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null Piedad de la Cierva, la pionera murciana de nombre casi desconocido

aaa“He llegado hasta aquí suavemente, casi sin darme cuenta y dejo atrás un largo pasado, que voy a recordar un poco duro a veces; pero lleno de sentido, de trabajo, de alegría y de paz”, escribió Piedad de la Cierva al comienzo de sus memorias. Un pasado repleto de logros a nivel internacional, arduo trabajo y obstáculos en el camino. Y, sin embargo, su huella en el presente tristemente es pasto del olvido incluso entre sus paisanos.

De la Cierva (Murcia, 1913- Madrid, 2007) tuvo la suerte de contar con un padre que ansiaba una hija universitaria. Eso sí, prefería que estudiase Farmacia o Magisterio, aunque ella sentía una gran atracción por la química, por lo que acabó matriculándose en la Facultad de Ciencias en 1928, a pesar de que acabó también Magisterio para tranquilidad de su progenitor.

Su carácter y determinación la acompañaron durante toda su vida, incluso cuando fue la única mujer estudiando en la Universidad de Murcia (UMU). Allí se negó a asistir a clase acompañada de una señora de compañía, tal y como su padre consideraba conforme a las costumbres de la época, dando muestras de su fuerte personalidad.

Con apenas 19 años esta murciana terminó la licenciatura de Ciencias logrando el Premio Extraordinario. Su calificación llegó a ser noticia en el periódico ABC y no es para menos: corría el año 1932 y solo un 6% de los estudiantes universitarios eran mujeres.

Una carrera científica repleta de logros

Piedad de la Cierva comenzó su doctorado sobre los factores químicos del plomo y del azufre en Madrid, avalada por el profesor Antonio Ipiens. En paralelo trabajó en el Instituto Rockefeller para aprender técnicas de Rayos X.

Durante esta etapa tuvo un encuentro con Marie Curie. La científica de origen polaco visitó el recién inaugurado Instituto Nacional de Física y Química, y encomendaron a De la Cierva, única mujer con conocimientos de francés e inglés, que se ocupara de atenderla. En el encuentro le ofreció azúcar para el té, según ella misma recordaba.

Una vez terminada su tesis, en 1935, consiguió una beca para investigar la radioactividad en el Instituto de Física Teórica de Copenhague Niels Böehr, junto al profesor George von Hevesy, el que sería Premio Nobel de Química en 1943 por sus trabajos en el desarrollo de métodos para estudiar trazas radioactivas en sustancias y organismos vivos y descubridor del hafnio.

Aunque más austero que el Rockefeller, en el Niels Böehr se estaba trabajando en los fundamentos de lo que sería la energía nuclear, y este hecho resultó de gran interés para la científica murciana. Gracias a su estancia aprendió métodos revolucionarios e incluso el manejo de diferentes instrumentos que posibilitaban la desintegración artificial del átomo (descubierta por el matrimonio Juliot-Curie).

Tras esta experiencia fructífera, la mejor científica murciana de esos tiempos volvió de nuevo al Rockefeller en España cargada de proyectos e ilusiones. Con objeto de continuar con estos estudios recibió otra beca, pero corría el año 1936 y la guerra civil truncó ese sueño. En esta época de conflicto bélico trabajó como profesora de Física y Química en el Instituto de Osuna y como enfermera en el frente.

Con la creación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en 1939, se abrió una nueva oportunidad: le propusieron participar en el proyecto de creación de una sección de Óptica dentro del Instituto de Física. Se ocupó de investigar el aluminio para la elaboración de espejos que servirían para fabricar prismáticos. Fue la única mujer admitida en la primera constitución del CSIC, aunque pronto llegarían otras.

En 1945, se crearía el LTIEMA (Laboratorio y Taller de Investigación del Estado Mayor de la Armada). José María Otero, su subdirector, quiso contar con ella y, en este contexto, inventó unas lentes antirreflectoras que permitían la visión nocturna, lo cual fue un éxito. Recibió el Primer Premio de la Academia de las Ciencias en 1946 por estas investigacionesy se convirtió en la primera mujer que obtenía un reconocimiento de tal grado.

Asimismo, participó en la industrialización del vidrio óptico en España gracias a sus investigaciones en centros internacionales, consiguiendo en 1955 el premio anual Juan de la Cierva de investigación científica y técnica. Solo diez años después, en 1966, obtuvo otro premio Juan de la Cierva por sus trabajos con cascarilla de arroz para fabricar ladrillos refractarios.

Discriminación de género

Mientras Piedad dirigía tesis que otros catedráticos firmaban en su nombre, cuando su carrera despegaba, las garras de la discriminación le atacaron más fuerte que nunca.

Una de sus grandes decepciones sucedió en 1941, cuando se convocaron las oposiciones de cátedra de Físico-Química para las universidades de Sevilla, Valencia y Murcia. De la Cierva se presentó junto a María Teresa Salazar Bermúdez. Ambas tenían los suficientes méritos para acudir con garantías de éxito.

No obstante, antes de realizar los exámenes, la científica se enteró de que los resultados ya estaban dados. Además, según parece, existía una especie de acuerdo de no otorgar la plaza a ninguna mujer. Por ello, las cátedras de Sevilla y Valencia las obtuvieron dos hombres y la de Murcia se declaró desierta.

La necesidad de poner en valor su historia

Justo ahora que se cumplen 125 años del nacimiento del que sobrevoló por primera vez el Canal de la Mancha, Juan de la Cierva, aeronáutico e inventor del autogiro, son muchos los medios que lo homenajean por aire, mar y tierra (ABC, Legado Arturo Soria, etc.). Coincide además este aniversario con la noticia oficial de que el aeropuerto de Corvera en Murcia llevará su nombre. Justo en este preciso momento es más oportuno que nunca valorizar la figura y legado científico de la hija de su primo.

Los últimos años de Piedad de la Cierva fueron una lucha contra la pérdida de memoria: “Desde hace algún tiempo noto que me falla la memoria: se me olvidan los nombres de personas muy conocidas; se me olvida lo que tengo que hacer o donde he guardado un papel”.

Que el legado de esta pionera española caiga en el olvido, como lo hizo su memoria, sería injusto y contraproducente, por ello, rescatar su historia sigue siendo a día de hoy una tarea pendiente. No se trata de reescribir la historia, sino de contarla bien, y de continuarla entre todas y todos, mujeres y hombres, como iguales.

 

 

Delfina Roca Marín es doctora con Premio Extraordinario de Doctorado en Gestión de la Información por la Universidad de Murcia (UMU).

Como investigadora es miembro del grupo de investigación E053-14 de “Periodismo y Comunicación Social”. Ha desarrollado y publicado artículos de investigación en revistas de impacto y capítulos de libro en editoriales reconocidas sobre áreas tales como las nuevas narrativas y formatos innovadores para divulgar ciencia como los microrrelatos, los cómics o las redes sociales (YouTube, Instagram, facebok o Twitter). También en el ámbito de la historia de la divulgación, de la mujer en la comunicación y en la ciencia, del impacto de las actividades de divulgación científica en el público y del tratamiento mediático de la información sobre ciencia.

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A nivel nacional forma parte de los subgrupos de Análisis-Investigación en Divulgación y de Visibilidad de las Mujeres en Ciencia de la Red de Divulgación y Cultura Científica (RedDIVULGA) de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE), dentro de la Comisión Sectorial de I+D+i.

Desde 2014 es profesora asociada de Comunicación Divulgativa en la Facultad de Comunicación y Documentación de la UMU y, como profesional, es responsable de su UCC+i, donde trabaja desde 2010 como periodista y divulgadora científica. Impulsó su creación desde sus inicios y actualmente cuenta con más 4.000 acciones de divulgación en su haber y ha obtenido financiación para la ejecución de 31 proyectos divulgativos conseguidos en concurrencia competitiva: tanto nacionales como europeos.

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