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null Investigador de la UMU aplica la neurobiología de las plantas a la inteligencia artificial

Fuente: El Periódico de Españapaco calvo

Así, a tallo visto, qué es más inteligente, ¿un rosal o una tomatera? Es cierto que ninguna camina sobre dos, cuatro, seis ni ocho patas. No tienen cerebro ni son capaces de aprender trucos como dar la patita. Tampoco lloran, ríen ni manifiestan ninguna emoción si se les pone delante de un espejo, pero, según defiende Paco Calvo, director del Laboratorio de Inteligencia Mínima (MINT) de la Universidad de Murcia,  eso no les hace ser menos inteligentes o sintientes. Las plantas, a un nivel más básico que los animales o los seres humanos, también dependen de su propia capacidad para sobrevivir.

"Nuestro problema es que utilizamos al ser humano como paradigma de la vida inteligente, y necesitamos ajustarnos a su estructura física y cognitiva para evaluar la capacidad del resto de seres, pero las plantas sienten, se comunican y toman decisiones. Donde hay vida siempre hay inteligencia”, asegura el investigador.

En su libro Planta Sapiens, que acaba de publicarse en el mundo anglosajón y que llegará a España en mayo de 2023 de la mano de la editorial Seix Barral, el investigador desarrolla la teoría de que las plantas podrían ser seres menos pasivos de lo que puede parecer.

Para ello, en sus conferencias utiliza experimentos muy visuales como el que lleva a cabo con la mimosa pudica, una planta originaria de la selva tropical americana conocida por encogerse cuando se la toca. Al ponerse junto a un algodón impregnado con sedante debajo de una campana de cristal, deja de reaccionar a los estímulos. Esto, que es solo una demostración visual, también tiene su reflejo en otros experimentos más académicos como el que refleja la actividad electrofisiológica de la planta a través de electrodos.

Una línea de investigación que no debe ser tan descabellada si el Departamento de Defensa de los Estados Unidos, es decir, el Pentágono, decidió encargarle un proyecto de cuatro años que vence este diciembre y por el que le concedieron un presupuesto de casi medio millón de euros como investigador principal para estudiar si se pueden aplicar sus teorías relativas a la neurobiología de las plantas a las inteligencias artificiales. Algo que, según explica Calvo a este periódico, podría por ejemplo llegar a aplicarse en un futuro a los rovers que operan en la superficie de Marte.

Es cierto que una planta nunca va a resolver un problema matemático. Ni va a componer un poema. Tampoco va a estar frente a un espejo y va a ser consciente de su propia existencia. Pero, para investigadores como Calvo, la inteligencia no se reduce únicamente a eso, sino también a la capacidad de adaptación, de toma de decisiones, de supervivencia, de relación con el entorno… 

“Asociamos la inteligencia con cuestiones muy visuales como la motricidad, pero eso es un error. Piensa en dos seres que intentan subirse a un tranvía. Cuál es más inteligente, ¿el que corre muchísimo para intentar cogerlo o el que calcula la trayectoria y se sube con tranquilidad?”, plantea Calvo. “Normalmente pensamos en la inteligencia desde arriba de la cadena, es decir, desde el ser humano hacia abajo, lo que nos lleva a los primates, los delfines… Lo que yo planteo es empezar desde la base, desde la inteligencia básica”.

Pero, como sucede en el reino animal, si es cierto que las plantas tienen capacidad cognitiva, aunque sea mínima, también tiene que haber diferencias intelectuales entre ellas, por especie y por individuo. Es decir, que quizás una brizna de hierba tenga menos capacidad que un nenúfar, por ejemplo.

“Por supuesto, sería descabellado pensar que no hay unas plantas más listas que otras, pero esto no se trata de ser más o menos inteligente o tener un mayor o menor nivel de consciencia, sino de estar bien adaptado al contexto que te exige tu entorno”, apunta Calvo. 

Un ejemplo muy claro sería una planta trepadora. Una que esté “domesticada por la agricultura” o “mimada en una casa” no necesita más que enrollarse a la estructura que se le ha dado, pero una que se encuentre salvaje en la naturaleza tiene que calcular mucho más sus movimientos para sobrevivir. Si yerra en su trayectoria al tratar de enredarse en un árbol, por ejemplo, corre el riesgo de crecer demasiado, caer al suelo por su propio peso y morir.

Sin embargo, solo pensar que las plantas pueden llegar a ser seres intelectualmente capaces y sintientes plantea una gran cantidad de dilemas. Aceptarlo supone abrir una ventana a un nuevo mundo en cuanto a las posibilidades del desarrollo cognitivo, y, también, a que sean seres vivos capaces de experimentar sensaciones físicas.

“Estamos obsesionados con el cerebro, pero las capacidades cognitivas no tienen por qué reducirse a una única estructura. Las plantas no son como los animales. No pueden ubicar sus capacidades en un único punto, sino que tienen que deslocalizarlas porque su cuerpo es completamente diferente al de un mamífero, por ejemplo. Si les cortas una rama, les vuelve a crecer y sus funciones no se ven afectadas, pero no pasa lo mismo con un brazo o un ala. Con la inteligencia puede suceder lo mismo”, defiende el director del MINT.

 

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