REVISTA ELECTRÓNICA DE ESTUDIOS FILOLÓGICOS


Fortuna y riesgo de la palabra
Luis Rubio García
(Universidad de Murcia)

 

LECCIÓN MAGISTRAL LEÍDA EN EL ACTO ACADÉMICO

DE LA FESTIVIDAD DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

EL 28 DE ENERO DE 1992

 

Excmo. y Magfco. Sr. Rector.

Excmo. Sr. Presidente del Consejo Social.

Ilustre Claustro.

Señoras y Señores.

 

INTRODUCCIÓN

         Quiero agradecer a este Rectorado la oportunidad que me ha brindado para ejercer la docencia, no en vano profesor viene de pro – fateor el que habla, el que expone delante, claro que los alemanes no fiándose ni de la memoria ni de la improvisación prefieren la Vorlesung, leer delante lo que se ha preparado con antelación. En cualquier caso se procura establecer un diálogo, una comunicación entre el docente y el discente por medio de la palabra.

         La lengua se erige en uno de los distintivos más característicos de nuestra condición humana, ya que a través de ella manifestamos nuestros sentimientos y pensamientos, incluso en buena medida configura este mismo pensamiento. Se dirá que el apelativo con que reconocemos un objeto es un signo arbitrario, ciertamente, pero una vez adjudicado adquiere una consistencia, unos derechos, y de ahí siguen una serie de ramificaciones, que generalmente dependen de la idea matriz, aunque puede ocurrir lo contrario. La palabra como un organismo vivo se desarrolla y progresa con la sociedad, y contribuye a aclarar su evolución, y naturalmente como tal organismo puede también morir, si bien ocurre con mayor frecuencia que sus orígenes quedan oscurecidos y entonces para averiguarlos debemos proceder como el arqueólogo, levantar los distintos estratos, sedimentados en el tiempo.

         Descubrir sus motivaciones, los sucesivos cambios y vicisitudes en la historia, es lo que presta gracia y encanto a la Filología.

 

CABALLO

         Tomemos un ejemplo, caballo. Para expresar este concepto hubiéramos podido escoger un signo diferente, tal sucede en otras lenguas: inglés horse, alemán Pferd, ruso “lóchad”, “faras” árabe, de ahí alférez.

         Las lenguas románicas hemos preferido caballo. Poco conocido en Roma era más bien tenido como bestia de labor o carga, pero en el bajo latín desplaza paulatinamente al clásico equus, y a partir del s. VI se usa ya en exclusiva. En aquella época heroica era un elemento de suma importancia, quien podía mantener un caballo y participar en las contiendas y cabalgadas era el caballero que constituirá una clase social, si bien en el escalafón inferior de la nobleza, y llegará a su cenit con el feudalismo.

         Tan apreciado era el caballo que los servidores de las caballerizas reales alcanzaron honrosos títulos, el comes stabuli latino, el condestable, y en germánico de maris kalk, el mariscal y también el marshal, para quienes disfrutamos con las películas del Oeste.

         Durante el feudalismo la Iglesia se propuso dulcificar y atemperar los comportamientos belicosos de los caballeros, proyectando sus energías hacia un modelo ético, en defensa del derecho y la justicia, cuyo último y más genial representante sería el hidalgo de la Mancha. Aquellos valores morales sin embargo han persistido hasta nuestros días, cuando definimos a alguien como un caballero, o aludimos a su caballerosidad.

 

URBE

         Consideremos ahora la urbe, la gran urbe, es una voz latina que procede a su vez de orbis, círculo o redondel. Menos explícita es pues su relación con la ciudad, pero el escritor latino Varrón acude en nuestra ayuda:

         Urbs dicitur ab orbe, quod antiquae civitates in orbe fiebant.

         Llamamos urbe de orbe, porque las antiguas ciudades se construían en un círculo. Por tanto los primitivos romanos para fundar una ciudad cogían un arado, trazaban un gran círculo o redondel y dentro de él edificaban la ciudad.

         De modo análogo los antiguos germanos y anglosajones protegían sus pueblos y aldeas, colocando a su alrededor un apretado seto espinoso, en alemán Zaun, en inglés antiguo tun, medio toun, y luego town, la ciudad.

 

CORTE

         Típico del bajo latín es cors – cortis, o curtis, que designaba el patio o corral que se anteponía a la entrada de la casa. En Cataluña todavía en los pueblos se mantiene la cort como corral, donde se guardan los animales. Y aún en el Siglo de Oro, Covarrubias recoge tal acepción en su Tesoro: “Los muchachos de la escuela piden licencia a su maestro, para ir a la corte; conviene a saber al corral a hazer sus necessidades”.

         Naturalmente este patio variaba, según la calidad de las mansiones, pronto en las residencias reales asumiría el sentido de la curia latina, era allí donde notarios y escribas redactaban los diplomas reales, in curte nostra, leemos ya en documentos del s. VIII. Y seguidamente el florilegio de derivados: cortes, como actividad legislativa; corte, residencia real; corte, comitiva del soberano, etc. como se suponía que en presencia del monarca debían sobresalir los buenos modales y educación, de ahí cortés y cortesía.

         En el s. XVI se publican tratados sobre el cortesano, modelo ideal del Renacimiento, aunque igualmente el cortesano podía adquirir connotaciones negativas, pues al desenvolverse en un centro de poder, le era fácil caer en la adulación y el servilismo y no digamos de la mujer que acudía a la corte a exhibir sus encantos o a comerciar con su cuerpo, la cortesana.

 

CAPILLA

         Cuando entramos en un templo y nos detenemos ante una capilla, pocos adivinarán que éste era el sentido recto del vocablo, pequeña capa, capita o capilla.

         Hemos de remontarnos al s. IV y remitirnos a un mílite imperial que convertido al cristianismo llegaría a obispo de Tours, S. Martín. Cuenta la leyenda áurea que cierto día al dirigirse a la ciudad reparó en sus puertas en un mendigo a quien nadie hacía caso, y Martín no teniendo nada con qué socorrerlo, cortó su capa en dos y dio la mitad a aquel mendigo.

         Fue un Santo de extraordinaria popularidad en la Galia, quizás el más popular del Medievo, de la Galia se propagó la devoción al resto de los países occidentales. Los monarcas francos guardaban aquel trozo de tela, la presunta media capa, en un relicario de su oratorio, era por definición la chapelle, en español capilla, luego por extensión designaría a estas partes con altar, integradas en la estructura del templo.

         En el s. VIII Carlomagno trasladaría la capital imperial a esta ciudad fronteriza alemana, cuya onomástica varía, según las naciones, aunque todas hacen referencia al agua, porque allí se encontraban unas termas, alemán Aachen, francés antiguo Aix, español Aqüis, Aquisgrán. En el traslado Carlomagno llevó consigo la reliquia de S. Martín, y desde entonces la Chapelle se añadiría como atributo a la ciudad, en francés Aix la Chapelle.

 

CRISTIANO

         La palabra se ennoblece y a su vez la misma puede degenerar. Cristo deriva del griego χριεινuntar, ungir. En Israel se ungía a los reyes, así en Cristo afirmamos su realeza. Sus seguidores los cristianos difundieron sus enseñanzas por el imperio romano con mucha sangre, sudor y lágrimas, pero a partir del edicto de Constantino el Grande y la protección oficial rápidamente el cristianismo se propagó en las ciudades, mientras los viejos cultos romanos se refugiaban en el campo, villas y aldeas, los pagos latinos y de ahí paganos. Por el contrario cuando S. Cirilo y S. Metodio en el s. IX introdujeron el Evangelio entre los pueblos eslavos, la gente sencilla y llana acogió con entusiasmo aquella doctrina liberadora, hoy todavía se llama al campesino ruso “kriestiánin” o “kriestiánskii”. 

         Durante la E. Media y después, cristiano y hombre fueron sinónimos, al considerar que la persona no alcanza su plenitud sino dentro de la concepción cristiana. En la región del Delfinado y Saboya a los que sufrían deformaciones congénitas o taras hereditarias por compasión se les denominaba cristianos, creitin o cretin, de donde tendríamos la enfermedad conocida por cretinismo, pero igualmente de las deformaciones físicas se pasó a las carencias anímicas, que recoge el francés cretin, el español cretino. Vemos por tanto que de una voz tan noble como cristiano ha surgido el cretino, el imbécil.

 

RETRETE

         Hace aproximadamente un año en una mesa redonda de la Televisión, uno de los participantes señaló que el hijo de Carlos V había nacido en un retrete, lo que provocó las risas y los comentarios jocosos de los asistentes y entre ellos un celebrado presentador de la Televisión, quien repetía irónicamente: el hijo de Carlos V nacido en un ‘water’. En realidad se burlaban de su propia ignorancia, al desconocer que en aquella época, retrete significaba un aposento privado y retirado de la casa. De lo contrario esta redondilla de Lope de Vega de un drama poco conocido El Bautismo del Príncipe de Marruecos, la podríamos tachar de irreverente, reza así:

 

En el retrete del Padre

verás la Virgen María

que fue tu divina guía

que es nuestra piadosa Madre.

 

         Todavía en el s. XVIII anotaba Moratín en una de sus obras: “La dama ha de esconder en su retrete a dos o tres galanes rondadores”.

         Todos sabemos que luego esta voz, apropiándose de algunas de las características citadas, se ceñiría a otro reservado que hoy por eufemismo indicamos con una serie de sinónimos: escusado, inodoro, water, servicio, toilette, etc. etc.

 

DECORO

         Ha sido de siempre norma de cultura y civilización obviar o disimular las situaciones primarias y elementales, o los actos repugnantes y sórdidos, y guardar de ese modo el decoro y elegancia en la expresión, como indicaba Cervantes de La Celestina: “Obra a mi entender divina, si encubriera más lo humano”. Cuando nos inunda un vocabulario, donde impera la zafiedad y la grosería y si por medio de la lengua manifestamos nuestros sentimientos y pensamientos, es que también la sociedad que lo sustenta se está degradando. Y no me refiero a gentes poco ilustradas, ya que si una Academia de Lengua, donde la mediocridad tiene su asiento, en lugar de fijar y dar esplendor al idioma, como registra su lema, aplaude y premia la chabacanería y la ordinariez, habrá que convenir con los clásicos:

 

corruptio optimi pessima

 

         La corrupción de los mejores es la peor. Aunque tampoco podemos caer en el otro extremo, la mojigatería y exageración de las preciosas ridículas, satirizadas por Moliére, porque en la voz francesa in – cul – quer, la sílaba central cul hería sus púdicos oídos, la desterraron de su repertorio. Y en esta tesitura tampoco debería usar ridículas, en francés ridi – cul, en español ridí – culo.

 

AMÉRICA

         Hay nombres igualmente que por las circunstancias adquieren un destino insospechado. Un héroe famoso de la épica francesa fue Aimeri de Carbona, sus hazañas transcurrieron en su feudo de Carbona, principal ruta en el Midi Francés, para la peregrinación a Santiago. Es un compuesto germano, probablemente de heim, y rich algo así como la casa fuerte o poderosa.

         Este andrónimo penetraría en las lenguas románicas en catalán Aimeric, en italiano Amerigo. Andando el tiempo recibiría este nombre un hijo de la acomodada familia de mercaderes florentinos los Vespucci. En 1491 Amerigo se trasladaría a España en misión comercial, un año después se produciría el descubrimiento de Colón, o el encuentro que prefieren otros y que no voy a discutir, si bien los documentos coetáneos consignan descubrimiento. Tentó a Amerigo la aventura transatlántica y al servicio de los reyes de España y Portugal realizó varios viajes, levantando una serie de mapas, juntamente con las descripciones de aquellas tierras, que menciona como las Indias o Nuevo Mundo. Sus relaciones fueron recogidas por el geógrafo alemán Waldseemüller, quien entusiasmado propondría el primero el bautismo de aquel Continente con el nombre de Amerigo. Al imprimirse el tratado Cosmográfico del geógrafo alemán en Saint Dié, Francia, recogieron su propuesta y llamaron a las nuevas tierras Amérique, y de este galicismo procede América, que se impondría a las demás designaciones.

         Resulta pues, un nombre germano latinizado, confluyen en él la Europa del Norte y la del Sur, viene a ser, en mi opinión, un símbolo de que en la empresa de América ha participado, ha colaborado Europa en su totalidad.

 

LA BIBLIA

         “Qaraa” en árabe significa leer, de ahí el Corán, la lectura por excelencia para los musulmanes.

         Nosotros tenemos la Biblia, el libro por antonomasia, no existe otro que pueda comparársele ni que haya influido tanto en la cultura occidental, y seguirá influyendo, sea en las artes, ciencias y letras, en cualquier aspecto de la dedicación humana, hasta en el habla con frecuencia e inconscientemente operamos con contenidos bíblicos. Si uso la palabra, sé que deriva de parábola, que era la manera con que Cristo adoctrinaba a sus discípulos, y al referirnos a una persona de talento, estamos aludiendo a la herencia que recibimos al nacer, los pocos o muchos talentos, y sólo quien sabe acrecentarlos y fructificarlos, éste posee el talento.

         En el Génesis asistimos a la creación del hombre, cuando Dios tomando limo del suelo moldea a Adán, que esto significa el formado de barro, al igual que hombre, homo, humano, tiene por base humus, la tierra. La amonestación de la Iglesia al entrar en la Cuaresma, pulvis es, polvo eres, para advertirnos que este cuerpo perecedero un día será inhumado en el seno común de la madre tierra, pero también nos recuerda la Biblia, que llegará un momento al cumplirse el tiempo en que los huesos de los muertos se revolverán en sus tumbas y se levantarán para reclamar el cuerpo.

         Este mismo pasaje del Génesis nos revela que el Supremo Hacedor contemplaba complacido al hombre, mientras iba dando nombres a las cosas, porque adjudicar un apelativo a los animales y objetos, es el mejor medio de aprehenderlos, poseerlos y dominarlos. Y más adelante ya perdido el Paraíso leemos: “todo el mundo era de un mismo lenguaje, idénticas palabras”, pero cuando las gentes en su soberbia proyectaron alcanzar el cielo con la torre de Babel, el Señor decidió su castigo provocando la multiplicidad de lenguas, así lo relata el versículo: “confundamos su lenguaje de modo que no entienda cada cual el de su prójimo” por tanto los humanos al perder la capacidad de comunicarse, al hacerse incomprensibles, se dispersaron, se alejaron unos de otros.

 

SAN JUAN

         Quiero centrarme ahora en aquella maravillosa página con que se inicia el Evangelio de S. Juan, tan bella e inspirada que en la liturgia trentina constituía el colofón de la Misa. Έν άρχή ήν ό λόγος,                        escribía S. Juan, traducido en la Vulgata: “In principio erat Verbum” personalmente hubiera conservado el Verbo por tradición y mayor riqueza de matices que la Palabra, y prosigue S. Juan, el Verbo, la Palabra estaba en Dios y Dios era el Verbo, y por Él han sido hechas todas las cosas y sin Él nada se hizo de cuanto ha sido hecho.

         En consecuencia el Logos, Verbo o Palabra sintetiza, encierra en sí todos los atributos divinos: Verdad, Belleza, Sabiduría, Justicia, etc. etc. y de ahí también nuestra palabra adquiere otra dimensión, un carácter cuasi sagrado, religioso, porque esta palabra humana ansía religarse a la divina de donde procede y procedemos todos, porque, según S. Juan, de este Verbo, esta Palabra, en un acto gratuito, movido por la caridad, se origina el prodigio de la Creación.

 

EDAD MEDIA

         Cuando el Romanticismo alemán volvió los ojos hacia la Edad Media, el gran poeta germano Novalis formulaba esta ecuación: Europa oder Christenheit, Europa es igual a Cristianismo. En efecto no ha existido época alguna en la cual los ideales del cristianismo hayan sido tan sentidos y asumidos por las gentes, con sus contradicciones inherentes, en especial para los que desconocen el Medievo o lo interpretan desde la óptica del criticismo actual.

 

UNIVERSIDAD

         En estas circunstancias y bajo tales condicionantes nace la Universidad, con la pretensión de obtener la respuesta intelectual del mundo que nos rodea, vertere in unum, ordenar y racionalizar la dispersión, reducir la multiplicidad de objetos en un conjunto homogéneo, un todo indiviso, y recuperar, reconstruir con ello la unidad sustancial y orgánica del cosmos.

 

ÓRDENES MENDICANTES

         Cuando a principios del s. XIII la Iglesia, piedra angular de la sociedad medieval, entraba en crisis y amenaza con fragmentarse, entonces el Espíritu sopló como un vendaval, y mantuvo incólume la roca de Pedro. Como en tantas ocasiones en horas decisivas de la historia, suscitaría los instrumentos adecuados para su regeneración, tales las órdenes mendicantes.

         Ya no es el monje, el mónaco, el solitario que se aísla en la celda para rezar, sino el fraile, el frater, el hermano que recorre los caminos del mundo, pueblos, calles y plazas, compañero que comparte el pan con los humildes y desheredados, y en esta fraternidad universal aspira a ser el más pequeño entre los pequeños, el último de los últimos.

         Fueron los grandes reformadores de la Iglesia Católica, reformadores desde dentro, desde la ortodoxia, no cuestionaron ni el dogma ni el papado, pero sí ofrecieron una lectura nueva del Evangelio. Auténticos revolucionarios que venían a desmantelar estructuras caducas, y a transformar el mundo, no es extraño que las clases dominantes los observaran con recelo, temerosas de perder sus privilegios.

 

SANTO TOMÁS

         Y en este marco permitidme situar a un joven, un aristócrata, con decidida vocación religiosa. En aquel tiempo las familias nobles tenían a gala que uno de los suyos entrara al servicio de la Iglesia, pero, cuando aquel joven manifestó su propósito de profesar en una orden mendicante, el padre se opuso con todas sus fuerzas, incluso lo encerró. Había soñado para su vástago en una gran abadía o la púrpura cardenalicia, poco podía imaginar aquel padre que sus sueños se cumplirían en grado sumo, pues aquel hijo suyo brillaría en el firmamento de la sabiduría y la santidad con luz propia, inmarcesible, perenne como su filosofía. Nada ni nadie torcería la voluntad de hierro de Tomás de Aquino, quien finalmente ingresaría en la orden dominicana, orden dedicada al estudio y a la reflexión, presente en las Universidades.

         Occidente en el Medievo constituía una especie de gran nación y paradójicamente fue la época más internacional, no existían por así decirlo ni pasaportes, ni fronteras definidas, las distintas etnias en las escuelas solían agruparse por sus lenguas respectivas, pero tenían la gran ventaja que toda la ciencia, toda la enseñanza se impartía con un idioma común, el latín, de ahí la gran movilidad de los estudiantes que recorrían las universidades europeas de acuerdo con la fama de sus maestros y la especialidad de las Facultades.

         El de Aquino no fue ajeno a tal costumbre, pasó también por diversas universidades, en Colonia asistiría a las clases del maestro Alberto, San Alberto el Magno. Era aquel joven dominico de complexión corpulenta, tirando a grueso y en sus maneras taciturno y reservado, por ello sus condiscípulos le pusieron el mote del buey mudo, pero S. Alberto, que había penetrado en el interior de su alma, un día alzaría su voz de profeta:

         “Vosotros le llamáis buey mudo, yo os digo que este buey mudo bramará tan alto que sus mugidos henchirán el mundo”.

         Ya doctor Tomás ejercería la docencia en centros de Italia, Alemania y Francia, principalmente en París, en aquel entonces la primera Universidad de Europa, y en donde tuvo igualmente la oportunidad de defender a su antiguo maestro S. Alberto.

         Santo Tomás se planteó organizar en profundidad el conocimiento humano, ordenando y jerarquizando las diversas ciencias, en grados sucesivos y en su cúspide, coronándolas a todas, la ciencia de las ciencias, la teología. La sabiduría entera configurada en un árbol frondoso, que hundiendo sus raíces en suelo, sus ramas tocaran el cielo, nueva escala de Jacob que ayudara al hombre a trascender.

         Sería una presunción vana y hasta un despropósito que aquí y ahora me propusiera glosar la obra de Santo Tomás de la que tantos cientos de clarividentes comentarios se han publicado. El tomismo es un Guadiana, a veces da la impresión de soterrarse y desaparecer, para luego emerger más caudaloso y renovado. Dos notas sobresalientes pondría de relieve en su pensamiento, el equilibrio y la armonía, equilibrio y armonía en la dialéctica entre materia y forma, potencia y acto, esencia y existencia, razón y fe, intelecto y voluntad.

         Santo Tomás contempla el mundo con alegría y optimismo, en una naturaleza reconciliada, desde aquella fecha en que la historia dio un vuelco y el hombre recobró su grandeza, un 25 de marzo, día del anuncio hecho a María.

 

FINAL

         No abusaré más de vuestra benevolencia y voy ya a terminar. Se le otorga el título de Doctor Angélico, quizás no tanto por la forma apasionada con que defendió su castidad, como porque su inteligencia portentosa le acercaba a los coros angélicos, a los espíritus puros. Le fue concedido vislumbrar, intuir la Verdad inefable, y en su celo apostólico quiso explicarla, traducirla y transmitirla a los demás, en la convicción que a través de ella el hombre adquiere la libertad y la salvación. Aquella misma Verdad que hacía exclamar al gran S. Agustín:

         ¡O Veritas, semper antiqua et semper nova, sero cognovi te! ¡Oh Verdad, siempre antigua y siempre nueva, tarde te conocí!

         Descubrir la verdad y enfrentarse con ella, he ahí el imperativo categórico, epistemológico y ético, el desafío personal que cada uno debe solucionar de acuerdo con sus medios, sus ideas, y su conciencia.

         La verdad de cada cual, que diría Pirandello, cierto, máximo respeto a la verdad de cada cual, sólo que algunos, intentando seguir las huellas de nuestro patrón y maestro Santo Tomás, esta Verdad en mayúscula, esta Verdad absoluta, la reconocemos y confesamos precisamente en la encarnación del Verbo.