REVISTA ELECTRÓNICA DE ESTUDIOS FILOLÓGICOS



ENTREVISTA a Alfonso Ortega Carmona.
“La escuela española ha fracasado al igualar a todos por el nivel más bajo”  
Maite Gobantes (periodista de La Opinión)

 

 

         ¿Qué nivel de oratoria tienen los políticos y periodistas que nos rodean?

         Mediocre y esto tiene una razón muy clara: los partidos políticos han limitado la libertad de sus miembros, sólo los portavoces hablan y al resto de sus compañeros no se les ocurrirá nunca decir algo contrario a lo que mantienen ellos. En la República no pasaba esto: un miembro de un partido podía dar argumentos y votar en contra del resto del grupo… Ahora, los discursos se quedan sólo en un gesto o en un eco.

         Con tanta prisa en nuestras vidas no parece que sean buenos tiempos para la retórica…

         La prisa no deja pensar. La retórica no es más que el arte del biendecir, de embellecer nuestros conceptos, de hacerlos eficaces para enseñar, persuadir y deleitar. La palabra bien insertada en la emoción de la presencia física de un pueblo puede arrastrar. La revolución francesa comenzó con un discurso y la Segunda Guerra Mundial, con otro: con una mentira de Hitler emitida por radio a la nación americana.

         ¿Cree que hay palabras que puedan parar la guerra contra Irak?

         Sabemos que Sadam Hussein no se va a desarmar. Ha tenido once años para hacerlo y no hay ni una sola prueba documental de lo que haya hecho. En torno a la guerra se están produciendo discursos demagógicos y discursos hipócritas como los de Francia o Alemania, que no apoyan la intervención porque están explotando pozos petrolíferos en el sur de Irak. Pero eso no lo dicen. Tampoco nos paramos a pensar qué está pasando con la herida abierta en Estados Unidos (tras el 11 – S) y las relaciones que existen entre el terror y ciertos países árabes. El deseo de paz es compartido por todo el mundo, también los norteamericanos lo tienen.

         Periodistas y políticos somos oradores mediocres y ¿el resto de la población? ¿Obtiene mejor nota?

         No. La escuela en este país ha fracasado porque ha igualado a todos por el nivel más bajo, por la vulgaridad. Aquí los jóvenes dan muchas patadas al lenguaje y no me refiero a que digan alguna palabra fuerte en un momento de furia, sino a las patadas constantes y al “tío”, “macho” a cada segundo… Hace poco en Alemania se alertó de que estaban desapareciendo las élites, que los jóvenes con un potencial mayor que otros se les dejaba en la misma escuela. La democracia consiste en dar al diferente cosas diferentes y los jóvenes con mayor capacidad deben de recibir otras cosas y convertirse en mejores empresarios, médicos y profesores. No se debe olvidar que el pórtico de la formación es el lenguaje, ésta es la presentación del espíritu y un arte que se puede cultivar. Cuando quiero conocer a alguien sólo le tengo que decir que hable. El lenguaje nos dice cómo se mueve y cómo proyecta el cerebro.

         Nunca el ser humano ha disfrutado de tanta información (o sometido a ella) y ha tenido acceso a tantas posibilidades técnicas de comunicarse con los otros, ¿qué se esconde bajo estos aparentes logros?

         Vivimos una de las mayores crisis de la comunicación humana digna. Estamos en un mundo de oyentes mudos donde se recibe mucha información pero donde hay poca comunicación.

         Si el lenguaje conecta con el espíritu, ¿una mala persona puede ser un buen orador?

         Quintiliano, cuya obra traduje, decía que ninguna persona que no fuera honrada podía ser buen orador porque los hechos negarán sus palabras.

         Usted ha dado clases de oratoria en todo el mundo: dicen que desde el ex presidente de Estados Unidos Bill Clinton hasta la señora Ana Botella han recibido lecciones suyas…

         Jamás he dicho el nombre de uno de mis alumnos. Mantengo hacia ellos la misma norma que mantienen los médicos con respecto a sus pacientes; pero es que además me lo piden las personas que hacen los cursos. Entiendo que sienten que es algo íntimo.

         ¿Por qué sentimos tanto miedo a hablar en público? ¿Qué es lo que tememos?

         Hay mucho miedo, horror incluso a la oralidad, a las candilejas. Y la mejor forma de perder el miedo es pasándolo. Ese miedo es también miedo al ridículo: son prejuicios contra nosotros mismos los que nos impiden salir a hablar. Además, hay falta de costumbre: nadie quiere examinarse oralmente. Yo nunca he hecho a mis alumnos un examen escrito; al hacerlos orales podía ayudarles a recordar lo que habían estudiado.

         ¿Cómo es posible que haya llegado a hablar nueve idiomas?

         El cerebro es el ordenador más perfecto que existe. Le diré que sólo cuesta aprender a hablar los tres primeros idiomas. Después de hablar tres se desencadena en el cerebro un mecanismo que hace que todas las siguientes no cuesten apenas esfuerzo.

         Dentro de poco tendrá que regresar de nuevo a la Región, su tierra, para recibir un doctorado honoris causa por la Universidad de Murcia. ¿Qué ha sentido con esta distinción?

         Entiendo que es un generoso reconocimiento al trabajo en silencio y sin grandes manifestaciones exteriores que ahora se llevan tanto. He trabajado en tres universidades transmitiendo y escribiendo cosas que pensaba que estaban al servicio del hombre. Entiendo que si mi nombramiento sirve de modelo a otros, les anima a que trabajen en silencio, ésta es la mayor recompensa, la más duradera.

(LA OPINIÓN, 19 de febrero de 2003)