Género como traducción de gender, ¿anglicismo incómodo?
Pilar García Mouton
(Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid)

 

 

“Desde mediados del siglo XX se ha ido abriendo camino, en la bibliografía generada por una nueva visión de la cultura desde la mirada de la mujer, un enfoque nuevo. En este caso, “el otro” es también la mujer, sujeto casi ignorado en los estudios científicos, escondida a lo largo de la historia detrás del hombre. Esta nueva mirada encontró que era necesario repensar la realidad, volver a observarla, estudiarla de nuevo, para descubrir cómo era y cómo había vivido esa mitad ignorada, en el mejor de los casos solo entrevista, desde la óptica de los imperativos no ya biológicos, sino culturales, impuestos a la mujer y al hombre por el mero hecho de serlo.

         Los feministas americanos encontraron en uno de los sentidos tradicionales de su término gender la denominación que buscaban esos estudios que describían la importancia del hecho cultural de ser hombre o mujer y los constructos culturales asociados a ello. Y la fortuna acompañó al término desde el principio, porque ningún problema lingüístico acechaba en inglés tras el éxito de gender. Esos trabajos se inscribieron en una corriente llamada Gender theory o Gender studies, y crearon una bibliografía importante que poco a poco fue ganando terreno en los campus universitarios.

         Entre los años sesenta y ochenta esta corriente novedosa se extendió con fortuna desigual por el mundo, principalmente por el occidental, que era el que podía llegar a admitir, aunque fuera parcialmente, esta revisión autocrítica de su cultura. Los ambientes feministas y los departamentos universitarios que tocaban materias susceptibles de ser revisadas desde este enfoque, empezaron a utilizar el término inglés adaptándolo a sus lenguas de llegada, sin plantearse ningún problema. En español, que no conocía este sentido, comienza a aparecer el calco género, que no se puede considerar mera traducción. Como vimos, los primeros títulos no aparecen antes del año 1988 y están relacionados con proyectos de promoción de la mujer en América Latina o de revisiones teóricas en el ámbito de la Psicología y la Antropología (...)

         Lo mejor, como pasa tantas veces con la lengua, sería esperar. Dejemos subir y bajar la marea, y veamos después qué es lo que queda. ¿Qué se puede hacer mientras tanto? Entrecomillar este género, como dice Molina Foix, escribirlo en cursiva, ponerlo junto a su equivalente inglés, lo que sea. Pero sobre todo, observarlo. Seamos ecológicos también con nuestra lengua. Sabemos que el uso es el que manda y que poco se puede mandar en él, porque destierra en poco tiempo lo que no es sostenible. Pero también sabemos que se puede planificar, mejor dicho, orientar el uso, aunque a la larga nunca dé buenos resultados una planificación contra el sentido natural de la propia lengua. Si este género no progresa solo –es decir, si los hablantes y su cultura no lo necesitan-, dejémoslo vivir en su gueto, donde todos saben qué significa y cumple una función, pero no impongamos al hablante usos que vayan contra su competencia lingüística, ni intentemos implementar desde arriba un uso elitista que vaya contra el general.

         Ahora bien, si este género nuevo progresa y se hace un hueco en la lengua, ella misma reequilibrará sus esquemas para hacerle sitio, y entonces sería absurdo querer luchar contra un uso asentado que, al fin y al cabo, tampoco estaría tan mal.”

(Cf. ‘Género’, sexo, discurso, de Ana María Vigara Tauste y Rosa Mª. Jiménez Catalán (eds.), Laberinto, Madrid, 2002, págs. 133-150, fragmento)