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Revista de estudios filológicos
Nº34 Enero 2018 - ISSN 1577-6921
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teselas

El cuervo blanco, Fernando Vallejo

(Alfaguara, Santillana Ediciones, Madrid, 2012)

 

 

En Roma, una noche de mi esfumada juventud, oí hablar en judeo-español. Solo esa vez lo he oído, esa noche inolvidable, y nunca más. Se lo oí a una muchachita judía que venía de viaje con un grupo de jóvenes músicos de Israel. El recuerdo no me lo borrará del alma sino mi señora Muerte. Estábamos la niña y yo en un corredor del segundo piso de una residencia de estudiantes, un corredor de altos arcos que daba sobre un gran patio. Ella y yo solos, bañados por la luz de una luna delirante, como de Estambul. Nos pusimos a conversar, en español, que según me dijo se lo había enseñado su abuela. En un principio no entendía en qué lengua me hablaba. Me trata de vos, pero no era el vos de mi abuela, el vos mío, el vos de Antioquia (el de esa Antioquia nuestra sin tilde de que hablaba Ángel en su diario): era otro, muy extraño, muy lejano. No decía los muchachos, decía los “mancebos”: los que venían de Israel. ¿O sería los “mancebicos”? Ya ni sé. Poco a poco fui entendiendo que la niña me hablaba desde el pasado, en sefardita. Que viene de Sepharad, España en hebreo. Nos fuimos acercando, ella a mí y yo a ella, y fui sintiendo su corazón contra el mío. En el milagro de ese instante único, palpitando ella y yo al unísono en la irrealidad de esa noche prodigiosa, el Tiempo que desde hacía quinientos años nos separaba ahora nos unía. La Luna, la Celestina, se sonreía viendo a ese par de ridículos que se hablaban de vos. ¿Se le hacía tan raro! Gente del siglo XX hablando como la del XVI…

 

(p. 53-54)