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Revista de estudios filológicos
Nº34 Enero 2018 - ISSN 1577-6921
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teselas

Los cinco y yo, Antonio Orejudo

(Tusquets Ediciones, Barcelona, 2017)

 

En la rehabilitación de Villa Kirrin se habían conservado los materiales originales. El suelo, por ejemplo, era el que había tenido la casa siempre; el mismo que habían pisado tía Fanny, tío Quintín y Los Cinco, dijo Lilian. La planta original se había ampliado en la parte posterior para ubicar las oficinas de la Administración, la Blyton Library, que conservaba el archivo personal y literario de la escritora donado a la institución por su única hija viva, y la sala de conferencias.

Lilian Canon nos enseñaba la sede de la Blyton Foundation y me recordaba a mí mismo dando clase. Al principio de mi carrera docente, cuando impartía asignaturas muy especializadas como “La tradición clásica en la literatura del Siglo de Oro” o “Edición y anotación de textos medievales”, sí mandaba leer a mis alumnos. Pero desde que los cursos pasaron a durar tres meses en vez de un año, la lectura empezó a resultar un estorbo. En las quince semanas que duraban las asignaturas era muy complicado imponer a los estudiantes una bibliografía obligatoria. No tenían tiempo. Sólo en la Égloga II de Garcilaso se nos iba un mes. Entre eso y la presión social y académica para que todas las enseñanzas universitarias tuvieran un perfil práctico y fueran rentables, decidí hacer un experimento.

¿Por qué en vez de dictar apuntes encerrados en el aula no sacaba a los chicos para que vieran con sus propios ojos los lugares donde habían sucedido las novelas que tenían que leer o las calles por las que habían transcurrido las vidas de los autores que tenían que estudiar? En Almería podía visitar aquellos lugares que habían sido citados alguna vez por Thomas Müntzer, Wilhelm von Humboldt, Eugenio Noel, Valente, Aquilino Duque, Gerald Brenan, Goytisolo o Houellebecq. Podía estudiar al García Lorca de Bodas de sangre llevando a los alumnos al Cortijo del Fraile, donde ocurrió el suceso real, e imaginar allí la huida a caballo de los prófugos enamorados por aquellos desmontes. Esa ruta podía completarse, aunque no fuera estrictamente hablando literatura española, con la visita a los lugares donde se habían rodado las escenas de Indiana Jones y de otras célebres producciones de la historia del cine.

Y luego estaba Madrid. Madrid daba mucho juego: allí teníamos la casa de Lope de Vega, la Residencia de Estudiantes, las casas donde vivieron muchos miembros de la Generación del 27, el Café Comercial de La Colmena, el lugar donde estuvo el Café de Pombo, el Madrid de Galdós.

Hacer la ruta del Quijote era lo más evidente, y seguramente era lo más efectivo. No lo descartaba, por supuesto; pero ¿por qué no ir también a Valladolid, al lugar donde se levantaba el Hospital Maudes, de El casamiento engañoso y el Coloquio de los perros? O a Sevilla, para seguir los pasos de Rinconete y Cortadillo. Era un mundo de infinitas posibilidades.

Empecé con un curso de verano titulado “La Almería de Goytisolo y Steven Spielberg”. Se apuntó un montón de gente. Durante una semana visitamos todos los lugares que aparecen en Campos de Níjar y La Chanca y los exteriores de Indiana Jones. Nos deteníamos y leíamos los pasajes correspondientes o veíamos las secuencias rodadas allí. El curso tuvo tanto éxito que acabé convirtiéndolo en un máster: “Rutas literarias y turismo rural”, para atraer también a los estudiantes de turismo, que en Almería son muchos.

Me he dado cuenta, y a punto estuve de escribir sobre ello, de que el fetichista literario quiere ver el lugar real donde sucedió este o aquel episodio inventado. Sin embargo, el fetichista cinematográfico lo que quiere ver es el lugar donde se rodó la secuencia, no donde sucedió la ficción. La Ruta Indiana Jones no transcurre por África, sino por los escenarios de Almería donde se rodaron las secuencias que transcurrían en África. Si existiera un bar Rick’s en Casablanca y se conservara también el plató donde se rodó la película Casablanca, mis alumnos querrían visitar el plató antes que el bar. Es un fenómeno curioso, pero me dio pereza sacar conclusiones.

(p. 156-9)