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Revista de estudios filológicos
Nº34 Enero 2018 - ISSN 1577-6921
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teselas

Si una noche de invierno un viajero, Italo Calvino

(Siruela, Barcelona, 2002, 6ª ed.)

 

         El ambiente es angosto, las paredes recubiertas de estantes, más otro estante que al no tener donde apoyarse está en medio de la habitación segmentando su exiguo espacio, de modo que el escritorio del profesor y la silla en la cual debes sentarte están separados por una especie de bastidor, y para veros tenéis que estirar el cuello.

         - Estamos confinados en esta especie de tabuco… La universidad se amplía y nosotros nos apretamos… Somos la cenicienta de las lenguas vivas… Si es que el cimerio puede considerarse una lengua viva… ¡Pero su valor es precisamente éste! –exclama con un arrebato afirmativo que en seguida se diluye–, el hecho de ser una lengua moderna y una lengua muerta al mismo tiempo… Condición privilegiada, aunque nadie se dé cuenta…

         - ¿Tiene pocos estudiantes? –preguntas.

         - ¿Quién quiere que venga? ¿Quién quiere que se acuerde de los cimerios? En el campo de las lenguas ahora recuperadas hay muchas que atraen más… El vasco… El bretón… El caló… Todos se matriculan en ésas… No es que estudien la lengua, eso no quiere hacerlo ya nadie… Quieren problemas que debatir, ideas generales que relacionar con otras ideas generales. Mis colegas se adaptan, siguen la corriente, titulan sus cursos «Sociología del galés», «Psicolingüística del occitano»… Con el cimerio no se puede.

         - ¿Por qué?

         - Los cimerios han desaparecido, como si la tierra se los hubiese tragado –menea la cabeza, como para revestirse de toda su paciencia y repetir una cosa dicha cien veces–. Éste es un instituto muerto de una literatura muerta en una lengua muerta. ¿Por qué deberíamos estudiar cimerio, hoy? Yo soy el primero en comprenderlo, soy el primero en decirlo: si no queréis venir no vengáis, por mí hasta podrían cerrar el instituto. Pero venir aquí para hacer…No, eso es demasiado.

         - Para hacer, ¿qué?

         - De todo. De todo, me toca ver. Durante semanas no viene nadie, pero cuando viene alguien es para hacer cosas que… Bien podríais quedaros lejos, digo yo, ¿qué puede interesaros en estos libros escritos en la lengua de los muertos? Pero lo hacen aposta, vamos a lenguas botnio-úgricas, dicen, vamos con Uzzi-Tuzzi, y así me cogen en medio, estoy obligado a ver, a participar…

         -…¿En qué? –indagas tú, pensando en Ludmilla que venía aquí, que se escondía aquí, quizá con Irnerio, con otros…

(pp. 69-70)

 

 

         He leído en un libro que la objetividad del pensamiento se puede expresar usando el verbo pensar en la tercera persona impersonal: no decir «yo pienso», sino «piensa», como se dice «llueve». Hay pensamiento en el universo, ésta es la constatación de la que debemos partir cada vez.

         ¿Podré decir alguna vez: «hoy escribe», al igual que «hoy llueve», «hoy hace viento»? Sólo cuando me salga con naturalidad usar el verbo escribir en impersonal podré esperar que a través de mí se exprese algo menos circunscrito que la individualidad de un ser aislado.

         ¿Y con el verbo leer? ¿Se podrá decir «hoy lee» como se dice «hoy llueve»? Pensándolo bien, la lectura es un acto necesariamente individual, mucho más que el escribir. Admitiendo que la escritura logre superar la limitación del autor, sólo seguirá teniendo un sentido cuando sea leída por una persona aislada y atraviese sus circuitos mentales. Sólo el poder ser leído por un individuo determinado prueba que lo que está escrito participa del poder de la escritura, un poder basado en algo que va más allá del individuo. El universo se expresará a sí mismo mientras alguien pueda decir: «Yo leo, luego él escribe».

(pág. 188)

 

 

El libro sagrado del que mejor se conocen las condiciones en que fue escrito es el Corán. Las mediaciones entre la totalidad y el libro eran por lo menos dos: Mahoma escuchaba la palabra de Alá y se la dictaba a su vez a sus escribanos. Una vez –cuentan los biógrafos del Profeta–, al dictar al escribano Abdulah, Mahoma dejó una frase a medias. El escribano, instintivamente, le sugirió la conclusión. Distraído, el Profeta aceptó como palabra divina lo que había dicho Abdulah. Este hecho escandalizó al escribano, que abandonó al Profeta y perdió la fe.

         Se equivocaba. La organización de la frase, en definitiva, era una responsabilidad que a él le atañía; era él quien tenía que arreglárselas con la coherencia interna de la lengua escrita, con la gramática y la sintaxis, para acoger la fluidez de un pensamiento que se expande al margen de toda lengua antes de hacerse palabra, y de una palabra particularmente fluida como la de un profeta. La colaboración del escribano resultaba necesaria para Alá, desde el momento en que había decidido expresarse en un texto escrito. Mahoma lo sabía y dejaba al escribano el privilegio de concluir las frases; pero Abdulah no tenía conciencia de los poderes de que estaba investido. Perdió la fe en Alá porque le faltaba la fe en la escritura, y en sí mismo como agente de la escritura.

         Si a un infiel le estuviera permitido inventar variantes a las leyendas sobre el Profeta, propondría ésta: Abdulah pierde la fe porque al escribir al dictado se le escapa un error y Mahoma, pese a haberlo notado, decide no corregirlo, encontrando preferible la dicción errada. También en este caso Abdulah se equivocaría al escandalizarse. Es en la página, y no antes, cuando la palabra, incluso la del rapto profético, se convierte en definitiva, esto es, en escritura. Sólo a través de la limitación de nuestro acto de escribir la inmensidad de lo no-escrito se vuelve legible, esto es a través de las incertidumbres de la ortografía, las equivocaciones, los lapsus, los saltos incontrolados de la palabra y de la pluma. Si no, que lo que está fuera de nosotros no pretenda comunicar mediante la palabra, hablada o escrita: mande por otras vías sus mensajes.

(pp. 192-193)