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Revista de estudios filológicos
Nº34 Enero 2018 - ISSN 1577-6921
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Mi madre en el Purgatorio. Perfil de Zoé Oldenbourg[1]
Agathe Idalie Oldenbourg

 

 

 

A mi amiga Juana Castaño, que supo oír mi llamada

 

 

En 2011 decidí abandonar París para instalarme en Avignon. No tenía raíces regionales, puesto que mis padres habían sido emigrantes, supervivientes ambos de grandes seísmos del siglo XX: mi madre, la escritora Zoé Oldenbourg, nacida en 1916 en San Petersburgo, dejó Rusia a la edad de nueve años y mi padre, judío rumano, se refugió en Francia un poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Aunque París los había reunido a ellos, la capital en la que yo había vivido siempre no era un lugar adecuado para mí. Echaba de menos la tierra, las raíces. Y fue en Provenza, en Avignon, donde sentí que, a mi vez, debía emigrar.

Mi madre había fallecido en 2002 y su obra había quedado medio abandonada, con serio riesgo de desaparecer. Antes de marcharme de la capital, lancé una botella al mar y dirigí a una centena de personalidades del mundo editorial y literario una especie de carta abierta para recordar ese abandono además de mostrar mi propia impotencia ante tal estado de cosas.

Hubo pocas respuestas a mi envío. La excepción llegó de la escritora Jacqueline Kelen, cuya obra admiro profundamente, que me aconsejaba aguantar, seguir peleando para defender la obra de mi madre.

No seguí sus consejos: necesitaba tomar distancia y dejar atrás, junto con París, a mi madre y su obra, esa herencia tan pesada, esa responsabilidad que se revelaba por encima de mis fuerzas. No es fácil ser hija de una gran escritora y mucho menos sostener su obra frente al silencio.

Poco después de mi marcha de París encontré en internet un elogio de mi madre publicado en el blog de Jérôme Bonnemaison, uno de sus admiradores. Le envié entonces mi texto «Ma Mère au Purgatoire», que me había pedido para reproducir en su blog.

Gracias a él, lejos de Francia, una investigadora interesada desde hacía tiempo por la obra de mi madre y que trabajaba con una de sus novelas oyó mi llamada… y unos años después pudimos escribirnos y, algo más tarde, conocernos personalmente.

Gracias a Juana Castaño por haber estado en ese camino para mi tan doloroso pero tan sosegado en la actualidad.

He aquí el texto de 2011, bastante modificado y completado a la luz de mi experiencia de hoy día.

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Soy la hija de la escritora Zoé Oldenbourg (1916-2002) y tengo un hermano dos años mayor que yo.

Seguramente muchos de ustedes ignoran ese nombre y su obra narrativa e histórica. Por el contrario, los que la conocen, imaginan que es natural que su obra perdure y siga siendo honrada, pero estarán tranquilos porque pensarán que todavía puede encontrarse con facilidad en los anaqueles de las librerías. Sin embargo, se quedarán sorprendidos al saber que esa obra se halla en vías de extinción. Algunos libros han desaparecido ya al no haber sido reeditados y otros duermen en los almacenes del editor sin ser difundidos de nuevo.

Seguramente los herederos de pleno derecho están convencidos de la injusticia que se comete con el progenitor que fue famoso un día. ¿Podrá salir mi madre de ese “purgatorio” donde la han relegado el editor, los libreros, los lectores olvidadizos? Y salir de allí, ¿en qué dirección? Cuando una obra desaparece de las estanterías y cae en el olvido por falta de atención, el “purgatorio” se convierte en una palabra amable para preparar la mayoría de las obras hacia un destino menos cristiano: el paso a la destrucción de los libros en la trituradora.

Ciertas obras ya no interesan al público de hoy y los editores,  invadidos por nuevas producciones, no pueden acumularlo y difundirlo todo. No son filántropos y la presión hacia las novedades es muy fuerte. En cuanto a los libreros, disponen de espacios limitados y, además, a veces no conocen bien a autores de otras épocas. Una obra maestra en la actualidad se arriesga a no gozar más que de una estación. ¡Que pase el siguiente! El nuevo será pronto ahogado por la llegada creciente de otros más nuevos que serán barridos a su vez rápidamente. Parece que es lo que impone nuestra época.

Tras el fallecimiento de mi madre, me reuní con Yvon Girard y Roger Grenier de Ediciones Gallimard, donde había publicado su obra. Conseguí la reimpresión de La Pierre Angulaire en la colección de bolsillo, pero para la redifusión del conjunto de su obra, totalmente ausente de las estanterías de las librerías, mis argumentos quedaron sin respuesta.

Pienso que existe una responsabilidad por parte de cualquier editor: la de mantener vivo su fondo, la de protegerlo. Sobre todo porque el contenido de una obra viene, incluso a posteriori, a hacerse eco de las demandas profundas de un nuevo público. De manera que, a veces, por ignorancia, se dejan desaparecer obras que en su tiempo fueron innovadoras pero que quizás no encontrarían su público hasta algunas décadas más tarde. Testimonio de ello son algunas reediciones y redescubrimientos de autores y textos, desgraciadamente escasos en el mundo de la edición francesa. ¿Quiénes pueden ser los promotores de estos redescubrimientos? ¿Qué argumentos pueden hacer que los editores se muevan?

Mi madre hizo su carrera como escritora francesa. Sin embargo, su origen extranjero así como su trayectoria, forzada como estuvo por las circunstancias familiares, hicieron de ella una autodidacta ilustrada pero no diplomada, pues tuvo que ponerse a trabajar tras el bachillerato para atender las necesidades de su familia. Estas circunstancias la dejaron algo aislada e incluso fue considerada ligeramente sospechosa por ciertos medios intelectuales, digamos oficiales, al menos en Francia. El hecho de ser mujer contribuyó igualmente a su marginalidad.

Sobre todo, sufrió por haber escrito y publicado sus novelas a partir de 1947, en una atmósfera literaria que daría pronto nacimiento al nouveau roman: descrédito de la narración, de los personajes, “ère du soupçon” por retomar un título de Nathalie Sarraute. La era de la sospecha frente al futuro de la ficción, del narrador omnisciente, del despliegue novelesco. La novela estaba en peligro de muerte.  

Sin embargo, mi madre era una gran, una auténtica novelista, marcada, entre otras, por la literatura rusa, embargada por un aliento épico. Una creadora de universos.

La corriente del nouveau roman ejerció en Francia una especie de terrorismo intelectual, de manera que una obra abundante y visionaria como la de mi madre no era propia de ese tiempo.

Por no mencionar que las novelas que sucedían en otra época, cualquiera que fuera su calidad, corrían el riesgo de ser etiquetadas como “novelas históricas”, un género absolutamente desacreditado.

En ese contexto, mi madre supo hacerse un sitio, mantenerse más de tres décadas y convertirse de alguna forma en un clásico, permaneciendo a la vez como alguien atípico.

El tiempo, las modas literarias cambiaron. La radicalidad de los partidarios del nouveau roman dejó paso al reconocimiento de los lectores, a su necesidad insaciable de ficción.

A finales del siglo veinte, las grandes librerías empezaron a integrar en sus espacios una sección oficial de “novela histórica”, lo que hubiera sido impensable, incluso vulgar, poco tiempo antes…

 La posición de mi madre frente a la parte de su obra narrativa que transcurre durante la Edad Media era firme: se negaba a ver sus libros colocados en la categoría de “novela histórica”, a su parecer, restrictiva y peyorativa. Para ella, sus obras eran novelas simplemente. Si por razones de necesidad interna no podían más que situarse en la Edad Media, eso no podía hacerlas caer en el subgénero que constituía a su entender la etiqueta “novela histórica”. Esta matización, no siempre bien entendida, era, a sus ojos, esencial. De ahí el exordio algo agresivo de su última novela medieval, La Joie des Pauvres:

ESTE LIBRO NO ES UNA NOVELA HISTÓRICA.

NI UNA CRÓNICA HISTÓRICA NOVELADA.

NI UN FRESCO HISTÓRICO.

NO ES UNA OBRA DE ERUDICIÓN.

NO HA REQUERIDO A SU AUTOR MUCHA DOCUMENTACIÓN.

El autor de esta obra protesta y afirma solemnemente que:

- Elogiar a un novelista sobre su erudición, real o supuesta, es tratarlo de plagiario o de arrogante.

- Habiendo documentación al alcance de todo el mundo, el escritor es libre de servirse de ella si así lo quiere. Esa documentación no tiene ningún interés por sí misma y no vale más que por la interpretación que se le da. Cualquier novela, por muy “objetiva” que sea en apariencia, es el retrato de su autor y no obedece más que a las leyes del universo interior del escritor.

Una novela es una imagen de la condición humana. Llámese alucinación, sueño, epopeya, grito o interrogación con tal de que se olvide que se trata de una obra “histórica”.

Además, que los amantes de la Historia se queden tranquilos pues los hechos descritos en esta novela son verdaderos. Incluso creo que la imagen que doy de los “pobres”, sobre los cuales los historiadores han sido siempre tan parcos en detalles, corresponde más o menos a la verdad.

 

 

Después de Argile et Cendres y La Pierre Angulaire, tras Les Brûlés y Les Cités Charnelles, la novela que ella misma anunciaba de esa manera era La Joie des Pauvres, la última de tema medieval, aunque la seguirían dos obras de teatro, L’évêque et la vieille dame y Aliénor, poco conocidas y sin representar hasta el momento.

Esa advertencia es la muestra del gran cansancio en el que Zoé Oldenbourg vivía, desde el comienzo de su carrera, como una especie de malentendido hiriente.

Pero cualesquiera que hubieran podido ser sus reticencias al verse catalogada entre los partidarios del género “novela histórica”, me parece sorprendente que su editor no hubiera querido entender que la obra de mi madre hubiera podido gozar de una segunda oportunidad para reencontrarse con el público cuando este género (sobre el cual no es momento ahora de hacer un juicio de valor al ser tan amplio y variado el espectro de escritores que lo representan en la actualidad) obtuvo reconocimiento general, con un nuevo y ávido público lector y un lugar indiscutible.

El otro punto sobre el que yo quería poner el acento era la recuperación del interés del público por la vida de los exiliados tras la Revolución, por los emigrados rusos llegados a Francia entre las dos guerras: estos también, y a su manera, conocieron su “purgatorio”, en un tiempo en el que la ideología del Partido Comunista francés dejaba planear sobre ellos sospechas fuera de lugar.

Mi madre escribió cuatro novelas contemporáneas: primero Les réveillés de la vie; Les Irréductibles (agotada); algo más tarde, su obra maestra La Joie-Souffrance; y, por último, Les Amours égarées, cuyos personajes pertenecen a los medios de emigrados rusos. Ninguna de ellas tuvo la acogida que hubiera merecido.

 

 

 

 

En sus dos relatos autobiográficos, Visages d’un Autoportrait y Le Procès du Rêve[2], mi madre evoca la vida de su familia tras la Revolución de 1917 y su llegada a París en 1925, la vida de la comunidad rusa emigrada a Meudon, sus dificultades de integración debido a una vida familiar demasiado acaparadora y su precoz vocación como escritora. Estas dos obras, además de su calidad como testimonio personal, tienen un gran valor histórico.

Para mi madre, Visages d’un autoportrait, era esencialmente el cuadro de la génesis precoz de una vocación de novelista. Le procès du rêve, extraño libro consagrado a la tiranía literaria y psicológica que infligía a su familia el padre de la autora, se plantea tanto como documento psicopatológico como el homenaje a un hombre excepcional, dominado por su vida fantasmal hasta morir a causa de ella. Se pueden leer estos dos ensayos como un testimonio de la relación entre la ficción y la vida, hasta el trágico y necesario “asesinato del padre”.

 

 

 

Cuando yo presentaba a los responsables de Gallimard estas dos pistas, que a mi parecer habrían justificado la redifusión de la obra de mi madre en las librerías, -la rehabilitación de la novela, el gusto del público por la novela medieval, el creciente interés por Rusia y el exilio-, Roger Grenier e Yvon Girard, mis interlocutores, me escucharon, pero enviaron a mi madre a la fatalidad del “purgatorio”, exilio del que solamente podría hacerla salir un acontecimiento mediático (algún famoso, un vip, que, si la mencionaba, justificaría un cambio de política editorial…). Así pues, hacían falta garantes pues ni la obra de mi madre ni mis argumentos alcanzaban para otra cosa.

 

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La carta abierta «Ma mère au purgatoire» fue mi última tentativa para llamar la atención: el texto era vehemente y demasiado apasionado en su versión de 2011. Me sentía responsable y no confiaba en el tiempo, en los hermosos encuentros, en la historia misteriosa de las obras que nos sobrepasan. Mi encuentro con Juana lo demuestra.

 

Yo había asimilado al pie de la letra la herida de mi madre, su sentimiento de no poder ser comprendida plenamente, una forma de discapacidad afectiva que sobrepasaba lo concerniente a su obra: en suma, una transmisión casi genética que me hacía parte perceptora del sufrimiento materno. Sufrimiento que “el niño dotado” (según la tesis de la psicoanalista Alice Miller[3]) capta y asume demasiado pronto para tratar de defender a su progenitor, convirtiéndose en un pequeño guerrero de su causa.

Este tipo de sufrimiento lo “atrapó” mi madre de Ada, su propia madre (la lectura de los dos libros autobiográficos lo ilustra ampliamente). Ada, la niña extraña percibida como un ser algo débil, al igual que muchos niños superdotados, por sus seres queridos hasta que hacia los seis años descubrieron su prodigioso genio para las matemáticas. Un genio excepcional y sacrificado a causa de la Revolución de 1917 que hizo de sus gentes de la intelligentsia, personas amenazadas, desclasadas, obligadas a vidas miserables después en el exilio. Pero Ada no consintió en renunciar a sus estudios de matemáticas tras la petición de su marido Serge Oldenbourg, el padre de Zoé, que quizás temía que su superior inteligencia pudiera hacerle sombra. Los obstáculos que se presentan en la vida tienen siempre múltiples causas.

 

Serge Oldenbourg, el padre de Zoé, fue también a su manera un genio sacrificado: la historia de Rusia jugó en ello un gran papel, aunque no se puede olvidar la historia personal y ancestral, - en este caso, una especie de locura (mi madre habla de esquizofrenia en el libro que le consagra) – que marca el destino de todos nosotros. Sus obras históricas publicadas en Payot desaparecieron (en la trituradora) sin duda injustamente: Lenin se refiere al “Golpe de Estado bolchevique” en la primera página de su Testamento político a través del resumen de los hechos ocurridos establecido por “el guardia blanco Oldenbourg”.

- ¿Y si el estado adormecido de la obra de Zoé se rehabilitara, a pesar de la indiferencia del editor, de esa supuesta “maldición”, de esa especie de contrato generacional?

 

Hoy, el encuentro con la universitaria e investigadora filóloga Juana Castaño me ha liberado de mi soledad y de esa desesperación impotente en la que me encontraba en 2011. Aun más: me ha permitido soltar amarras, confiar en la vida.

Hay que tener en cuenta la dimensión misteriosa que preside la suerte de las obras. Yo sabía que mi madre había jugado un papel importante en el olvido progresivo en el cual se encontró incluso en vida. Tenía que ver con su propia historia, con la relación con sus padres, con sus neurosis, con ese sentimiento de soledad que es también el motor y el núcleo de su obra. La famosa “morgue de San Petersburgo” de la que decía haber heredado ese sentimiento de superioridad (muy justificado en su caso), ese orgullo de formar parte de una élite, le impidió jugar el juego que deben jugar los escritores si no quieren ser olvidados.

Cuando mi padre en su librería recibió la propuesta del agente literario de Marguerite Yourcenar de ocuparse igualmente de la obra de mi madre, él rehusó y fue un error. Mi padre, al igual que mi madre, eran extranjeros en ese universo y en este punto mantuvieron un desclasamiento del que se sentían víctimas.

Esta altanería formó parte de la personalidad de mi madre, - en su integridad, su inocencia, su vulnerabilidad también calificada a menudo como timidez-. Pero eso no le impidió tener un inmenso éxito y ser estimada en su justo valor en su tiempo. El tiempo juzgará.

Por mi parte, yo me resguardé mucho tiempo bajo su sombra, asumiendo, como “niño dotado”, el sufrimiento y las injusticias que soportaba en su vida y en su obra: a veces el soldadito valiente pelea por una causa de la que no conoce los matices, la relatividad. Hoy estoy feliz al ser capaz de salir de la arena en la que me había enterrado y de poder desdramatizar ese antiguo combate. Lo que ocurre en la Universidad de Murcia, en el presente y en la energía de nuevas investigaciones, es el contrapunto a la mala suerte en la que pensaba que estábamos encerradas, mi madre y yo.

Cualquiera que sea el destino de la obra de mi madre, puedo confiar en otros, imprevistos, imprevisibles. Y esto me da derecho a ocupar mi propio lugar, habiendo devuelto a mi madre a las manos de los lectores y los editores del presente y del futuro. 

 



[1] Texto original “Ma mère au Purgatoire” traducido del francés por Juana Castaño.

[2] Véase Juana Castaño Ruiz "Zoé Oldenbourg cumple 100 años: una escritora en los cafés parisinos", en  M. Gloria Ríos Guardiola y M. Belén Hernández González (editoras) Mujeres con Luz, Murcia, Editum,  2017, p. 25-45.

[3] N. de T.: Véase la edición española  del libro de Alice Miller El drama del niño dotado y la búsqueda del verdadero Yo. Tusquets Editores S.A., 1998.