Número Actual - Números Anteriores - TonosDigital en OJS - Acerca de Tonos
logo
Revista de estudios filológicos
Nº34 Enero 2018 - ISSN 1577-6921
<Portada
<Volver al índice de perfiles  

perfiles

 

 

RAMÓN DE CAMPOAMOR, DOSCIENTOS AÑOS DESPUÉS

 

Francisco Javier Díez de Revenga

(Universidad de Murcia)

revenga@um.es

 

A los doscientos años del nacimiento de Ramón de Campoamor en Asturias (Navia), el 24 de septiembre de 1817, merece un recuerdo aquel escritor singular, respetado e, incluso, admirado por sus contemporáneos, tan cercano a nuestra tierra, desde que fuera nombrado en 1847 Gobernador de la provincia de Alicante, donde conoce a una joven de ascendencia irlandesa, Guillermina O’Gorman, católica y acaudalada, con la que se casa al año siguiente. La familia adquirirá al Sur de la provincia una inmensa finca junto al Mediterráneo, la Dehesa de Matamoros, que con el tiempo se conocería por Dehesa de Campoamor, en la que el poeta pasaría largas temporadas veraniegas a lo largo de su vida.

 

 

Por ello, no es de extrañar que numerosos topónimos de las provincias de Alicante y Murcia aparezcan en sus doloras y cantares, como Elda (que tenía que atravesar en el tren de Madrid a Alicante), Torrevieja, San Miguel de Salinas, San Pedro del Pinatar (próximos a la Dehesa de Matamoros), o Pilar de la Horadada, el pueblo que figura en los versos siguientes, pertenecientes a su «pequeño poema», «Los grandes problemas»:

 

El cura del Pilar de la Horadada,

como todo lo da, no tiene nada.

Para él no hay más grandeza

que el amor que se tiene a la pobreza […]

Así con tanto amor y pudor tanto,

el cura del Pilar de la Horadada

es, según viene la ocasión rodada,

ya eremita, ya cuákero, ya santo. […]

Está el pueblo fundado sobre un llano

más grande que la palma de la mano,

y a falta de vecinos y vecinas

circulan por las calles las gallinas.

 

 

 

Resultado de imagen de Pilar de la Horadada foto antigua

 

         Relación con Levante que tanto valoraba el maestro Azorín, cuando señalaba que «Este hombre, nacido en el verde campo del Norte, donde el cielo es gris y los paisajes están suavemente velados, había de solidarizarse espiritualmente, andando  el tiempo, con las claras y diáfanas tierras de Levante, en que viven las mujeres por él retratadas. En su poesía, había de haber siempre, sobre el fondo de sentimentalismo norteño, la claridad realista del levantino. Y a lo largo de su obra poética habrá de alentar también la preocupación por la mujer; preocupación n o trágica, no henchida de anhelos y de angustias, sino bonachona, paternal, indulgente, elegantemente voluptuosa» (1929: 126).

Podría afirmarse que la biografía de Campoamor ocupa todo el siglo XIX y, de hecho, por su participación tanto en los aconteceres políticos de la centuria como por sus ideas literarias y filosóficas, llega a convertirse en una de las figuras más respetadas y conocidas de la vida española. Ramón de Campoamor y Campoosorio nace en Navia (Asturias), el 24 de septiembre de 1817, el mismo año exactamente que los poetas románticos José Zorrilla o Gabriel García Tassara. Perteneciente a una familia acomodada, su madre procedía de la hidalguía asturiana y su padre, que morirá siendo Campoamor niño, del campesinado. Su infancia transcurre en Piñera, aldea muy próxima a Navia. En 1826 comienza sus estudios en Puerto de Vega, en donde aprende latín y griego, junto a las más elementales disciplinas humanísticas, que combinará con estancias, hasta los diecinueve años, en Santiago de Compostela, donde estudia filosofía.

Tras una crisis espiritual, en 1835 intenta ingresar en la Compañía de Jesús, sufre los exámenes de ingreso, las durísimas «vistas», que no logra superar o no le convencen, por lo que renuncia a los estudios eclesiásticos y se traslada a Madrid para estudiar Medicina en San Carlos, entre 1836 y 1838, época en la que comienza a escribir sus primeros versos, al tiempo que inicia sus colaboraciones en revistas de la época, como Las Musas, El Correo Nacional y No Me Olvides, donde publica su primer estudio de critica literaria: «Acerca del estado actual de nuestra poesía». También colabora en Siglo XIX, El Alba y El Panorama y publica su primera obra, la comedia en verso Una mujer generosa (1838), que no se representó. 

En 1840 abandona los estudios de Medicina e intenta los de Derecho que tampoco llegará a terminar. Es el año de la publicación de su primer libro poético, Ternezas y flores, por el Liceo Artístico y Literario de Madrid. Escribe una comedia en tres actos, La fuerza del querer, que tampoco es llevada a la escena. Al año siguiente, 1841, sí logrará estrenar, pero sin éxito alguno, El hijo de todos, y en 1842 lleva a la imprenta dos nuevos libros poéticos: Fábulas, que aparece en primavera, con el título de  Fábulas orijinales, y Ayes del alma, que se edita en otoño. También publica la primera parte de una curiosa novela, Los manuscritos de un padre y el cuento Acasos y providencias. En Ayes del alma incluye dos poemas dedicados a la reina gobernadora María Cristina, que le abren las puertas de la política y facilitan su afiliación al Partido Moderado, por lo que se puede decir que este año, 1842, es muy importante para Campoamor ya que supone el inicio de su dedicación definitiva a la literatura y a la política.

En 1845 publica la Historia crítica de las Cortes Reformadoras de 1837, con la que gana enemigos irreconciliables como Francisco Martínez de la Rosa y amigos muy provechosos como José Luis Sartorius, luego conde de San Luis, que le consigue el puesto de redactor político de El Español, mientras que ya figura como diputado suplente por Asturias. En 1846 trabaja como auxiliar en el Consejo Real y edita su Filosofía de las Leyes y la primera de las treinta ediciones que conocerá en vida de su obra de mayor éxito: Doloras.

Resultado de imagen de Ramón de Campoamor

 

 

En 1847 el conde de San Luis le nombra Jefe Político de Castellón, cargo que posteriormente se convertiría en Gobernador de la Provincia. Y ya con ese título es trasladado por el Marqués de Molíns a Alicante, en donde conoce a  una joven de ascendencia irlandesa, Guillermina O’Gorman, como más arriba hemos recordado.

Diputado por Lucena (Córdoba) por el Partido Conservador en 1850, inicia una carrera parlamentaria de unos treinta y cinco años, a lo largo de los cuales será elegido por los más diversos distritos. Nombrado Gobernador de Valencia en 1851, allí escribe su poema Colón en 1853, «poema del Atlántico que ha sido escrito en el Mediterráneo» como señalara Azorín, que alabó en él «una luz, una fluidez, una etereidad que no tienen otros» (1952: 51). En Valencia, en 1854, se ve obligado a reprimir una insurrección contra Isabel II. Su cese llegará pronto: en 1855. Regresa a Madrid y se dedica a la actividad periodística y literaria, y también política, participando en diferentes polémicas. Dirige el periódico El Estado, trabaja como oficial primero de la Subsecretaría del Ministerio de Hacienda y publica El personalismo. Apuntes para  una filosofía. En el Congreso de los Diputados pronuncia un sonado discurso defendiendo la libertad de imprenta. Se bate en duelo con el capitán de navío Topete y colabora en diversos periódicos nacionales.

En 1861 es nombrado Académico de la Real Academia Española, en la que no podrá ingresar hasta después de la muerte de su director, Martínez de la Rosa, ya en 1862 y con el discurso titulado La Metafísica limpia, fija y da esplendor al lenguaje. El discurso de contestación lo pronuncia su amigo el marqués de Molíns. De ese mismo año son sus Polémicas con la democracia, serie de artículos aparecidos en El Estado que recogen un levantado debate con Castelar acerca de la entonces llamada «Fórmula de progreso».

 

 

 

Resultado de imagen de humoradas Campoamor

 

En 1865 publica Lo absoluto y en 1866 su edición de Doloras y cantares con prólogo de Ventura de la Vega y notas de Menéndez Rayón. Destronada en 1868 Isabel II, acude a rendirle fidelidad a la reina a su exilio de Pau, se retira de la política, abandona Madrid y alterna estancias en sus casas de la Dehesa de Matamoros y de San Pedro del Pinatar (Murcia). En 1869 escribe su poema alegórico simbólico El drama universal y en 1870 intenta de nuevo la fortuna en el teatro con obras como Guerra a la guerra, El palacio de la verdad, Cuerdos y locos, sin éxito alguno. En 1872 comienza a editar «pequeños poemas», los once primeros: los restantes hasta treinta y uno se publicarían en sucesivas ediciones.

Con la Restauración monárquica, Cánovas del Castillo lo nombra en 1874 Director General de Beneficencia y Sanidad. Volverá a ser en los años siguientes diputado, consejero de estado, senador del reino, mientras que su carrera literaria conoce constantes nuevos y sonados éxitos, con numerosas ediciones de las Doloras y de los Pequeños poemas, colaboraciones poéticas y prosísticas en los más importantes periódicos y revistas españoles (La España Moderna, Revista Contemporánea, La Ilustración Española y Americana, etc.), así como extranjeros (La Época de Santiago de Chile le nombra su corresponsal en 1880) y nuevos libros: Poética en 1883, Estudio y semblanza de D. Antonio Cánovas del Castillo en 1884 y Humoradas en 1886, con segunda edición en 1888, fecha de otro poema extenso: El Licenciado Torralba. En este mismo año inicia una polémica con Juan Valera sobre la poesía, que el autor de Pepita Jiménez recogería con los artículos de ambos en La metafísica y la poesía. Polémica por don Ramón de Campoamor y don Juan Valera (1891), que han estudiado Joaquín Marco (1994: 11-12) y Enrique Rubio Cremades (1994: 13-15). Campoamor incluiría sus textos con el título de «¿La forma poética está llamada a desaparecer?», como capítulo XII de su Poética, en la edición de 1890.

Pero no fue esta la única polémica en la que participó. En 1875, al prologar el libro de Manuel de la Revilla Dudas y tristezas atacó a los krausistas y desató una polémica en la que participaron el propio de la Revilla y Francisco de Paula Canalejas. Y en 1875, tras el estreno de su drama Así se escribe la historia, sobre la originalidad y el plagio con Vázquez y Muñoz, Fernández Bremón y José Nákens. La Época había elogiado la originalidad de su obra, pero El Globo. Diario Ilustrado aseguró, comparando textos, que había sido copiada de Víctor Hugo.

El 20 de noviembre de 1890 muere su esposa, con la que no había tenido descendencia, por lo que entra en períodos de postración y melancolía, agravados por sus propias dolencias físicas, y, aunque va reduciendo su actividad pública, todavía escribe su último pequeño poema, El confesor confesado, en 1894, y una crónica de la guerra del 98, titulada España y Estados Unidos, en 1898. Tras varios intentos de coronarlo poeta nacional (como Quintana, Zorrilla o Núñez de Arce), a lo que el poeta se niega rotundamente, muere en Madrid el 12 de febrero de 1901, a los ochenta y tres años. En su testamento dispone: «Es su voluntad renunciar, como renuncia, para después de su muerte, la propiedad de sus obra literarias, las cuales podrán ser impresas libremente después de su fallecimiento». Justamente, en 1901 se inicia la publicación de sus obras completas que se culminará dos años más tarde.

 

 

Resultado de imagen de Ramón de Campoamor

 

 

 

En El canto errante, Rubén Darío lo recordaba así:

 

Este del cabello cano

como la piel del armiño,

juntó a su candor de niño

con su experiencia de anciano.

Cuando se tiene en la mano

un libro de tal varón

abeja es cada expresión,

que volando del papel

deja en los labios la miel

y pica en el corazón.

 

         Y es que, en efecto, fue Campoamor en su tiempo todo un personaje, valorado, como señalaba De la Revilla, por su «alma bondadosa y dulce», por su «carácter franco y jovial», por «su corazón sencillo» y por «su poderosa inteligencia» (1889: 380). Quizá, el mejor retrato suyo se deba a su propia pluma que, en su Poética de 1883, aseguraba, entre irónico y escéptico: «Leyó por entretenerse; escribió para divertirse; vivió haciendo al prójimo todo el bien que pudo y se morirá con gusto por olvidar  el mal que muchos prójimos le hicieron. Mi biografía es muy sencilla. La de algunos de mis detractores será un poco más complicada» (1901: 370).

Francisco Giner de los Ríos dejó escrito que «no ha faltado en tiempos recientes, algún escritor que pretenda poner en duda los títulos del señor Campoamor, como poeta original. ¡Vano intento! Mientras se sigan estimando en el mundo el ingenio, la imaginación, la poesía, la gracia, el señor Campoamor será siempre uno de los primeros y más ilustres líricos que honran las letras patrias de nuestro siglo» (1919: 240). Y Joan Maragall aseguró que «Campoamor, para la gente, ha sido un moralista, tanto o más que un  poeta; y por esto hay que hablar de la moral de Campoamor, cosa ociosa en los grandes poetas puros. Dante, Sahakespeare, no son morales ni inmorales, porque se limitan a intensificarla vida expresándola. Pero Campoamor no se limitó a tal grandeza, sino que quiso explicar a la gente lo que lógicamente había que penar de la vida tal como él la veía. Y al explicarla fue inmoral, porque la mostró como vanidad de vanidades sin contrapeso ideal alguno: vanidad de la ciencia, vanidad del honor, vanidad de la bondad, vanidad del amor, la gloria, todo, la vida misma en sí, que no vale la pena ser vida. Esto es lo que Campoamor dio a entender a nuestras clases medias (las de la fortuna, la de la inteligencia, las del corazón); y como todo lo que tiende a deprimir la fe en la definitiva bondad de la vida es inmoral, su obra fue inmoral» (1912: 130).

 

 

 

Resultado de imagen de Ramón de Campoamor

 

En 1886, cuando estaba a punto de cumplir los setenta años, Campoamor edita por primera vez sus Humoradas, colección de brevísimos poemas que constituyen la quintaesencia de la poesía, pensamientos ingeniosos, sentencias, «rasgos intencionados», como los denominó el propio poeta, que se halla muy en consonancia con la obra anterior de Campoamor, con las doloras y con los pequeños poemas, de los que viene a ser la coda final, la síntesis, ya que en sus breves estructuras, lo que encierran estos poemas es un pensamiento de moral muy rudimentaria, un pensamiento ingenioso, a veces humorístico, muchas veces malicioso, que recoge toda su filosofía de la vida.

Fue Luis Cernuda quien puso en relación las humoradas de Campoamor con las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, aunque en sentido negativo, ya que señala que algunas greguerías son en realidad humoradas campoamorianas. Menos valoradas por la crítica posterior, hoy podemos considerarlas como el epílogo ideal a una obra poética que constantemente se introdujo en la filosofía de la experiencia y de la vida cotidiana. Desembocar en este tipo de poemas aforísticos, de pensamientos entre ingeniosos y profundos, muchas veces meros juegos de palabras, era el destino esperado de la poesía de Campoamor, una poesía que, en conjunto, fronteriza entre el lirismo más encendido, de origen romántico y sentimental, el ingenio filosófico y la constante presencia de la realidad cotidiana.

Ramón de Campoamor gozó, como hemos advertido, a lo largo de su dilatada vida de constante fama y respeto de sus contemporáneos. Admirado por sus numerosos lectores, editado y reeditado, supo ganarse a un público fiel que valoró en él su ingenio, su gracia e incluso su malicia, pero también su aparente realismo, su rechazo constante de los excesos del romanticismo, del que fue absoluto contemporáneo.

Su dilatada vida, transcurrida entre 1817, el año del nacimiento de Zorrilla, y 1901, con el advenimiento del nuevo siglo, le permitió asistir a todos los avatares no sólo de la política de la época, en la que participó activamente, sino también en los vaivenes estéticos de su siglo, frente a los cuales se mantuvo firme en su poética, fiel a sus  teorías en torno al realismo en poesía, en busca de una expresión innovadora que quiso ser singular, y que los lectores contemporáneos apreciaron por su proximidad, por sus ideas sencillas y también por la gracia y desenvoltura de su verso siempre dominado con elegancia y buen gusto, en general mantenido a lo largo del tiempo hasta sus humoradas finales.

Inventó géneros poéticos, o por lo menos intentó crear nuevos esquemas capaces de sustentar una poesía filosófica y moral, en la que las experiencias de la vida cotidiana lo eran todo. Y tal poesía caló entre sus sencillos lectores contemporáneos, mientras creaba la división de opiniones de los intelectuales, entre los elogios no siempre mantenidos de Leopoldo Alas Clarín, como ha estudiado Laureano Bonet (1994: 20-23) y la aversión declarada de don Juan Valera, recordada potr Martínez Cachero (1994: 16-18). Aunque Clarín dijo de él: «Campoamor, que es poeta de veras, que no necesita recurrir a las abstracciones de la poesía en prosa para defender la inopia del ingenio, porque no padece tal inopia, debiera desterrar de sus poemas ese cúmulo de consonantes vulgarísimas, esas asonancias molestas y esos giros prosaicos (los adverbiales y las oraciones de gerundio, en que tan lamentablemente abunda) que en nada favorecen a sus poesías, por más que aprueban las convicciones de su autor» (1891: 270). Y don Juan Valera no ocultó, sin embargo, su admiración: «Campoamor es cándido y natural, hasta cuando quiere mostrarse más taimado y artificioso, y deja siempre ver a las calaras que está satisfecho de sí mismo y de todo cuanto le rodea, que todo lo halla dispuesto y ordenado para el bien, y que las cosas no pueden estar mejor de lo que están, pues hasta sus defectos son perfecciones, si se atiende al enlace y trabazón con que van encaminadas y conviene a la universal armonía» (1864: 186-187).

Un crítico actual, José Luis García Martín ha resumido la situación de la fama póstuma de Campoamor con afirmaciones contundentes pero certeras y ha elaborado un diagnóstico preciso y claro: «Quizá no haya en toda la literatura española un caso comparable al de Campoamor. Su fortuna literaria se resume en dos palabras: cima y sima. De ser el gran poeta español del XIX, el más leído, admirado y discutido, pasó, no al olvido, sino a algo peor: a convertirse en el hazmerreír de los aficionados, en el santo patrón de la cursilería y del ripio» (1994: 29).

         Porque, una vez muerto el poeta, su poesía fue despreciada y denostada, hasta el extremo de ser el caso más singular de toda la literatura en que un poeta sea menos valorado por la posteridad, tras haber alcanzado fama tan extraordinaria y sonada, aunque hay opiniones para todos los gustos, como la del Padre Blanco García que consideraba los poemas extensos de Campoamor, como El drama universal comparables a la Divina comedia de Dante, mientras que elevaba su obra a la categoría de Byron, Heine o Víctor Hugo. «Es también, por su genialidad personalísima, el más inimitable de cuantos [poetas] ha producido España en el presente siglo» (1912: 116).

 

 

 

Y ha habido incluso juicios contradictorios, como los de Azorín, que, de considerar al poeta en 1902, en La Voluntad, «con su vulgaridad, con su total ausencia de arranques generosos y de espasmos de idealidad, un símbolo perdurable de toda una época de trivialidad, de chabacanería en la Historia de España» (1968: 112), en 1929 diría que «Campoamor no es sólo un gran poeta, uno de los grandes poetas de la literatura española» (1929: 125) y posteriormente le dedicaría varios artículos generalmente elogiosos, como en 1951, cuando señala que, frente a la retórica dominante en su época, «Campoamor se presenta sencillo, natural, sin galas» (1952: 147). Juicios elogiosos de Rubén Darío, que admiró tanto al poeta asturiano, contrastan con opiniones de Ortega y Gasset y Unamuno, camino ya del desprecio de las generaciones siguientes, que representan muy bien unas palabras de Pedro Salinas, en su estudio sobre Jorge Manrique: «Cuando Campoamor coge una idea, la mete en dos versos malos y se la brinda al lector, acaso dice algo, acaso mucho, pero hace poco o nada, el poema no es. Da en muchos casos —y muy convencido de que no es así, y de que él está en lo cierto (véase su Poética)— gato por liebre, aforismos morales por poesía» (1952: 222). Quizá quien lo vio con más claridad fue Dámaso Alonso, que nos muestra certero la situación de la fama póstuma de Campoamor: «No estamos aún preparados para hacer justicia a Campoamor. La reacción, primero violenta, después despectiva y al fin de mera ignorancia, contraria a él, alcanza ya a tres generaciones. Espero que llegará un día en que se reconozca cuán original fue su posición dentro del siglo XIX español, cuán desigual fue la lucha entre su propósito (el poema filosófico en tres dimensiones) y los medios estilísticos que supo o pudo allegar para ello» (1952: 84).

         Y a Campoamor le cupo, sin embargo, la fortuna de que dos poetas de prestigio se ocupasen de él y lo estudiasen y analizasen con objetividad mostrando sus cualidades y todo aquello que más se debe apreciar en su obra: Luis Cernuda y Vicente Gaos. Para Carnuda, en Campoamor hay una gran disonancia entre sus propósitos, expresados en su Poética, y su ejecución. El fracaso de Campoamor reside en su incapacidad para dar expresión poética a su proyecto de poesía. En relación con la realidad, le interesa especialmente la posición del poeta ante las «impresiones subjetivas»: «Campoamor, al introducir lo subjetivo en la lírica da un paso decisivo, descubriendo una senda que ni los neoclásicos ni los románticos (y que nuestros románticos apenas descubrieran lo subjetivo es algo paradójico) pudieron dar.» (1994: 84). Y el otro logro, para el poeta sevillano, es su proyecto de crear un lenguaje poético nuevo, distinto del neoclásico y del romántico, un lenguaje que no fuese previamente poético, sino que representase la expresión natural: «En eso consiste el valor histórico de Campoamor, en haber desterrado de nuestra poesía el lenguaje supuestamente poético que utilizaron neoclásicos y románticos» (1994: 85). Para afirmar con rotundidad que digamos lo que queramos de nuestro poeta, hay que reconocerle su capacidad de renovación de la poesía de su tiempo ya que consiguió, en opinión de Cernuda, desnudar el lenguaje de todos aquellos elementos que más lo avejentaban (1994: 87). Un caso parecido a lo que Wordsworth había conseguido hacer en la poesía inglesa romántica respecto al lenguaje de los neoclásicos. Y, si Cernuda compara a Campoamor con Wordsworth, Vicente Gaos, tras realizar un espléndido estudio sobre la poética de Campoamor y la evidente distancia que existe entre su teoría y su práctica de la poesía, lo compara con T. S. Eliot, en lo avanzado de su especulación teórica en relación con el hecho poético (1959: 127).

         Y, posteriormente, Campoamor ha sido objeto de reflexiones y de recuperaciones por parte de poetas contemporáneos, especialmente por Luis García Montero, aunque no sólo él. José Luis García Martín ya demostró (respecto a la posición de Campoamor como autor del programa lingüístico que decide «no levantar demasiado el tono y escribir como el Romancero en el lenguaje del pueblo», tal como señala en su Poética) que «Antonio y Manuel Machado, Moreno Villa, Luis Cernuda, Jaime Gil de Biedma, Ángel González, Luis Alberto de Cuenca o Jon Juaristi seguirán, consciente o inconscientemente, el camino por él trazado» (1994: 29). Y cita textos teóricos y poéticos de todos ellos, en los que la intención de no separar el lenguaje hablado del poético se convierten en programa de actuación. Así, «La mal casada» de Luis Alberto de Cuenca recurrirá a un realismo expresivo similar, sin duda, al de Campoamor. Y junto a estos nombres, otros más recientes como Javier Salvago o Carlos Marzal, pero sobre todos Luis García Montero, que ha dedicado diversas reflexiones a Campoamor, desde la confesión de que su padre les leía en voz alta «El tren expreso», a la actitud ante la realidad de Diario cómplice, recogidas por García Martín.

Respecto a la importancia de Campoamor en su formación como poeta, ironías aparte, García Montero así lo confiesa con meridiana claridad: «Yo creo  que soy poeta porque en una tarde lluviosa de domingo, envuelto en las palabras de don Ramón, no resistí que al final muriera ella, la mujer alta, rubia, delgada, muy graciosa y francesa, presentada con un rasgo de orgullo patriótico como ‘digna de ser morena y sevillana’» (2004:27). En efecto, el poeta granadino ha puesto de manifiesto en diversos lugares recientemente su interés por Campoamor. En el prólogo a la biografía de Manuel Lombardero, ha asegurado que hay un Campoamor que salvar: «su personalísimo mundo poético de escepticismos, consejos, ironías, versos cotidianos, dramatizaciones amables y fábulas sociales, mundo protagonizado por un personaje lírico de marcada madurez, curtido por la experiencia, que ya conoce las vueltas y las revueltas de las grandes verdades y no pude evitar una sonrisa ante las declaraciones solemnes de los credos y los amores eternos» (2000: 18).

Y, por encima de sus argumentos y moralizaciones, sobrevive el proyecto de un lenguaje innovador, en el que la crítica ha visto una relación con la realidad y el realismo, un intento de representar en poesía el mundo tal como es. Pero sin lograrlo, como García Montero, con toda razón, señala: «Si el lenguaje del poeta quería ser el de la sociedad, la intención moralista de la estética campoamoriana impidió una verdadera reflexión literaria sobre el asunto, porque no basta con ofrecer lecciones fáciles y con buscar ante los lectores un ámbito de comunión lingüística. La naturalidad, el tono coloquial, la apariencia sencilla de una palabra cotidiana sólo puede conseguirse en poesía tras un esfuerzo retórico, buscando los recursos de la lírica, las posibilidades del estilo, es decir, en la conciencia clara de que el espacio del poema, del arte, necesita trabajarse como un ámbito independiente. Sólo se consigue que la poesía no sea un dialecto diferenciado después de un cuidado proceso de escritura. Los ripios y las caídas prosaicas suelen estallar en el texto como variantes dialectales. A Campoamor le faltó moral poética para conseguir que sus palabras se acercaran del todo a la lengua social» (2000: 24).

         Es Campoamor, desde luego, un poeta de su tiempo, representante genuino de una actitud ante la creación poética singular que él supo poner en práctica a su manera y crear, en sus doloras, en sus humoradas y sobre todo en sus pequeños poemas (subgéneros líricos por él inventados), una nueva versión de la realidad que se alejaba de cualquier actitud estética de su época. Si bien es cierto que, como ya hemos advertido, buscó un lenguaje poético nuevo para representar una realidad, que le alejase de la grandilocuencia y las exageraciones de neoclásicos y románticos, no es menos cierto que su versión de la realidad fue subjetiva, como demostró fehacientemente Russel P. Sebold con ocasión del homenaje que en 1994 le dedicó la revista Ínsula, en uno de los pocos intentos recientes de realizar una valoración objetiva y actual de Campoamor.

En efecto, como afirma el hispanista norteamericano, Campoamor «no es realista», ya que en él confluyen, y sobre todo en la historias de sus pequeños poemas, elementos cotidianistas de la vida burguesa pero con argumentos de origen romántico y melodramático, alejados en numerosos aspectos de la estética realista de la novela contemporánea con la que Campoamor ha sido muchas veces comparado o asimilado: «Por la asimilación entre poesía y medio prosaico, éste se ablanda prestando un cariz risible en medio de su dureza, y las flores de aquella se ponen al alcance del hombre de la calle, con el resultado de que la ejemplaridad de los personajes se reviste de una suavidad cursi que conforta más que espanta» (1994: 32).

         Campoamor nos legó una obra extensa y variada. Junto a su poesía dejó escritos y publicados tratados diversos, de poética y de filosofía. En poesía partió de tanteos diversos vinculados a la estética romántica imperante en el momento. Cultivó géneros nuevos, por el inventados, doloras, pequeños poemas, humoradas, de los que esta antología da cumplida cuenta. También cultivó el poema extenso, épico-lírico, de dimensiones prodigiosas, con el que pretendió alcanzar la altura, y la hondura, de los grandes poemas de Víctor Hugo e incluso de Dante o de Goethe: Colón (1853), El drama universal (1869) y El licenciado Torralba (1887) son los títulos de tales poemas que quedan, por razones obvias, fuera de los propósitos de esta antología poética, pero que en la personalidad conjunta de Campoamor constituyen una muestra más de su veta aventurera en la recuperación de géneros poéticos y de su facilidad y fecundidad versificatoria.

        

Resultado de imagen de Ramón de Campoamor

 

Bibliografía

 

Alas Clarín, Leopoldo, Solos de Clarín, Madrid, Librería de Fernando Fe, 1891.

Alonso, Dámaso, Poetas españoles contemporáneos, Madrid, Gredos, 1952.

Azorín, «Doloras», ABC, 15 agosto 1951. Recogido en Varios hombres y alguna mujer, edición de José García Mercadal, Barcelona, Aedos, 1952.

Azorín, «Filosofía», Leyendo a los poetas, Zaragoza, Librería General, 1929.

Azorín, «Leyendo a los poetas. Campoamor», ABC, 26 de enero de 1914. Leyendo a los poetas, Zaragoza, Librería General, 1929.

Azorín, «Un verso de Campoamor», ABC, 28 de septiembre de 1951, en Varios hombres y alguna mujer, edición de José García Mercadal, Barcelona, Aedos, 1952.

Azorín, La Voluntad, edición de E. Inman Fox, Madrid, Castalia, 1968.

 

 

Resultado de imagen de humoradas Campoamor

 

Blanco García, Francisco, La literatura española del siglo XIX, Madrid, Sáenz de Jubera Hermanos, 1899-1912.

Bonet, Laureano (editor), Campoamor, en la memoria, Ínsula, 575, Madrid, noviembre, 1994.

Bonet, Laureano, «Campoamor en Clarín: la estrategia de la araña», Ínsula, 575, 1994, pp. 20-23.

Borja, Carmen, Campoamor, trazado de una negación, Oviedo, Grossi, 1983.

 

Campoamor, Ramón de, Obras completas, revisadas y compulsadas con los originales autógrafos bajo la dirección de los señores D. U[rbano] González Serrano, D. V[icente] Colorado y D. M[ariano] Ordóñez, Madrid, González Rojas 1901-1903, 8 volúmenes.

Campos, Jorge, «Introducción», Ramón de Campoamor, Poesías, Madrid, Alianza, 1983.

Cernuda, Luis, «Ramón de Campoamor», Estudios sobre poesía española, contemporánea, Obra completa, Prosa I, edición de Derek Harris y Luis Maristany, Madrid, Siruela, 1994.

Cossío, José María de, Cincuenta años de poesía española, Madrid, Espasa Calpe, 1960.

Darío, Rubén, «La coronación de Campoamor», La Nación, 9 de febrero de 1899. Recogido en España contemporánea, Barcelona, Lumen, 1987.

Darío, Rubén, El canto errante, Poesías completas, edición de Ernesto Mejía Sánchez, México, FCE, 1993.

Gaos, Vicente, «Prólogo», Ramón de Campoamor, Poesía, Zaragoza, Ebro, 1961.

Gaos, Vicente, La poética de Campoamor, Madrid, Gredos, 1969.

Gaos, Vicente. «Campoamor, precursor de T. S. Eliot», Temas y problemas de la literatura española, Madrid, Guadarrama, 1959.

García Martín, José Luis «Campoamor y la última poesía española», Ínsula, 575, 1994, p. 29.

García Montero, Luis, «Las dudas de don Ramón», en Manuel Lombardero, Campoamor y su mundo.

García Montero, Luis, «Las dudas de don Ramón», en Manuel Lombardero, Campoamor y su mundo, Barcelona, Planeta, 2000.

García Montero, Luis, «Las primeras palabras», en Poemas, Visor, Madrid, 2004.

Giner de los Ríos, Francisco, «Una dolora en prosa. Lo Absoluto», Estudios de literatura y arte, Madrid, La Lectura, 1919, vol. III.

González Blanco, Andrés, Campoamor. Biografía y estudio crítico, Madrid, Sáenz de Jubera, 1911.

Lombardero, Manuel, Campoamor y su mundo, Barcelona, Planeta, 2000.

Maragall, Joan, «Campoamor», Artículos, Barcelona, Gustavo Gili, 1912, vol. III.

Marco Revilla, Joaquín, «Campoamor, poeta de la restauración», La nueva literatura en España y América, Barcelona, Lumen, 1972, pp. 19-29.

Marco, Joaquín, «Al filo de una polémica: Campoamor y Valera», Ínsula, 575, 1994, pp. 11-12.

Martínez Cachero, José María, «Celebrando la gloria de Campoamor», Ínsula, 575, 1994, pp. 16-18.

Montolí, Víctor, «Introducción», Ramón de Campoamor, Antología poética, Madrid, Cátedra, 1996.

Pardo Bazán, Emilia, Campoamor. Estudio biográfico, Madrid, La España Moderna, 1982.

Revilla, Manuel de la, Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (De Literatura, Ciencias y Artes), Barcelona, Montaner y Simón, 1887-1889, volumen V, p. 380.

Revilla, Manuel de la, Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (De Literatura, Ciencias y Artes), Barcelona, Montaner y Simón, 1887-1889, volumen V.

Rivas Cherif, Cipriano, «Prólogo», Ramón de Campoamor, Poesías, Madrid, Espasa Calpe, 1921.

Romano, Julio, Campoamor, Madrid, Editora Nacional, 1947.

Rubio Cremades, Enrique, «Campoamor y Valera: una polémica literaria», Ínsula, 575, 1994, pp. 13-15.

Salinas, Pedro, Jorge Manrique o tradición y originalidad, Buenos Aires, Sudamericana, 1952.

Sánchez Pérez, A., Ramón de Campoamor. Estudio crítico-biográfico, Madrid, Fernando Fe, 1889.

Sebold, Russel P., «Sobre Campoamor y sus lecciones de realidad», Ínsula, 575, 1994.

Valera, Juan, Estudios críticos sobre literatura, política y costumbres de nuestros días, Madrid, Librería A. Durán, 1864.

Verdes Montenegro, José, Campoamor. Estudio literario, Madrid, Victoriano Suárez, 1887.

Zurita, Marciano, Campoamor. Estudio biográfico, Madrid, Agencia Mundial de Librería, 1924.

 

Imagen relacionada