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Revista de estudios filológicos
Nº34 Enero 2018 - ISSN 1577-6921
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“PARAR” COMO “PONERSE DE PIE” EN LA REGIÓN DE MURCIA, ¿PERVIVENCIA O EXTINCIÓN?

Sara Latorre Cofrades

(Universidad de Murcia)

saralatorreco@gmail.com  

 

Fecha de recepción: 5-6-2017 / Fecha de aceptación: 15-12-2017

 

RESUMEN:

Esta investigación, persigue determinar el grado de pervivencia que experimenta el uso “parar” como “ponerse de pie” actualmente en la Región de Murcia, concretamente en Lorquí. Para ello, hemos utilizado la técnica de la encuesta aplicada a una muestra de 30 personas: se ha elaborado un cuestionario que posee tres partes. En la primera, se ha pretendido que el hablante alcance tal uso de forma espontánea e inconsciente. En la segunda, se ha guiado al entrevistado para que acceda a esta acepción que se muestra de forma explícita al final. La última parte nos ha permitido conocer la percepción social de este fenómeno para extraer después diversas conclusiones al respecto. Los resultados obtenidos demuestran la pervivencia de este  uso en el municipio ilorcitano, puesto que tanto los jóvenes como los adultos y mayores lo reconocen como habitual, cotidiano. A pesar de ello, se produce una distribución lingüística en los ámbitos y dominios: suele ser más frecuente en el contexto familiar y coloquial, lo que tiene que ver con el estigma del habla murciana.

Palabras clave: Encuesta; Léxico; Murcia; Parar; Ponerse en pie

 

ABSTRACT:

This research aims to determine the degree of survival that the use of "stop" as a "stand" currently in the Region of Murcia, specifically in Lorquí. To do this, we used the survey technique applied to a sample of 30 people: a questionnaire has been developed that has three parts. In the first, it has been intended that the speaker reaches such use spontaneously and unconsciously. In the second, the interviewee has been guided to access this meaning that is explicitly shown at the end. The last part has allowed us to know the social perception of this phenomenon to draw various conclusions about it. The results obtained demonstrate the survival of this use in the municipality ilorcitano, since both young people, adults and adults recognize it as habitual, everyday. Nevertheless, there is a linguistic distribution in the domains and domains: it is usually more frequent in the family and colloquial context, which has to do with the Murcia stigma of speech.

Keywords: Inquiry; Lexicon; Murcia; Stop; Stand up

 

1. INTRODUCCIÓN

Este trabajo de campo sociolingüístico pretende dar a conocer la particularidad del fenómeno “parar” como “ponerse en pie”, exclusivo, en la península, en la Región de Murcia. Se trata de un uso que despierta el interés del filólogo a raíz de su misterio, pues no se puede asegurar un origen concreto ni se conoce como se trasladó al continente americano, arraigándose allí en el lenguaje hasta el día de hoy. Francisco Gómez Ortín le auguró en el 1987 una desaparición próxima en la Región, debido a la desviación que supone de la norma estándar.

Esto es algo que pretendemos comprobar en la localidad de Lorquí, como muestra representante de un colectivo mayor. Para ello, nos hemos valido de la técnica de la encuesta a través del cuestionario. Además, el muestreo será de tipo mixto y abarcará un total de 30 personas. Así, podremos extraer conclusiones sobre la frecuencia de uso, su cotidianidad o su percepción social (vulgar o culto). Consideramos que este es un fenómeno desconocido para la gran mayoría, que enriquece el habla murciana y que tiene posibilidad de desaparecer. Por ello, resulta un planteamiento atrayente no solo para la parte entrevistadora sino para la que está siendo objeto de ella.  

2. MARCO TEÓRICO

2.1. revisión bibliográfica

Partiendo de las investigaciones del filólogo Francisco Gómez Ortín (2003), este artículo se centra en el peculiar uso de “pararse” como “ponerse en pie”, concretamente en uno de los municipios del enclave murciano. Al contrario de lo que se ha considerado durante décadas, esta acepción del significado no se limita a las fronteras hispanas del continente americano, sino que está presente en una extensión geográfica que incluye diversos territorios de España. Esta premisa se ve reflejada en la evolución que ha experimentado en cuanto a su caracterización en el lexicón y que se muestra de forma somera a continuación.

Fue un cubano, Esteban Pichardo, el que la registró por primera vez en el año 1836. En la península, habrá que esperar al diccionario de Gaspar Roig en 1855 para su admisión, siendo en 1882 cuando se asienta como americanismo en la obra de Roque Barcia. La Real Academia de la Lengua la incluyó en 1914 añadiendo la acotación de “anticuado”, es decir, perteneciente a la lengua medieval. Si bien, al demostrarse la falsedad de esta presuposición y al poseer una frecuencia de uso elevada en zonas latinoamericanas, se eliminó el término “ant.” en la edición de 1936, limitándose a “amér.”.

Esta idea fue reflejada en compilaciones léxicas posteriores. Señalamos, por ejemplo, el Diccionario Ideológico de Julio Casares (1984, p. 621) en que “poner de pie o en posición vertical” se refiere al verbo “parar” aunque se evitó la marca localizadora. Esto es algo que se repitió en el famoso Diccionario de Uso del Español de María Moliner (1998, p. 57) cuando se señaló en la cuarta acepción de “parar”: “(en algunos sitios de España e Hispam.) tr. y prnl. Poner[se] de pie”. A continuación, se añadió un ejemplo ilustrativo que parte de los habitantes de la Región de Murcia reconocerían como habitual: ʻEl niño tiene sólo nueve meses  y ya se paraʼ. Ello se debe a que este uso es frecuente en varios municipios de la localidad, hecho del que se percató por vez primera Gómez Ortín. El filólogo comunicó su hallazgo al presidente de la Real Academia en aquellos momentos, Ramón Menéndez Pidal, lo que conllevó en la edición siguiente, la de 1970, la inclusión de la acotación “mur.”, es decir, el reconocimiento de este uso tan peculiar no solo como americanismo, sino también como murcianismo.

Aun así, vocabularios posteriores con renombre como el de Zamora en 1975 o Sánchez y Monroy en 1985 no registran tal innovación (Gómez, 2003). Siguiendo esta línea, nos hemos dirigido a varios de los diccionarios regionales publicados con el ánimo de revisar esta acepción, llegando a la conclusión de su casi total desconocimiento. No se registra en el Vocabulario del dialecto murciano de García (1980, p. 95), en las Aportaciones para la formación del vocabulario panocho o del dialecto de la Huerta de Murcia de Lemus y Rubio (1933, p. 239), en el Vocabulario murciano de Sevilla (1990, p. 135), ni en Murcia de la A a la Z de Martínez (1973, p. 270-271). Sí aparece en el Vocabulario de las hablas murcianas de Ruiz (2000, p. 485) como “estar o ponerse de pie” y en el Vocabulario del noroeste murciano de Gómez  (1991, p. 319) como “tr. Poner en pie o vertical, empinar. 2. prnl. Ponerse de pie”. Además de esta distinción, este último señala una localización exacta: “Sólo en Calasparra, coincidente con Cieza, Mula y la vega alta del Segura[1]”, algo a lo que nos referiremos con posterioridad.

2.2. ORIGEN DEL FENÓMENO  

A la hora de abordar este epígrafe, dos preguntas surgen de inmediato: ¿cuál es el origen de “pararse” como “ponerse en pie”? y ¿cómo se trasladó este uso a América? Tanto en el primer como en el segundo caso, han ido surgiendo varias hipótesis que plantean situaciones diversas. Así, los primeros estudios afirmaron que el “pararse” americano se trata de un asturianismo. Cuervo (en Gómez, 2003), apoyado en un único texto, aseguró que esta acepción surgió en Asturias y que de ahí se trasladó a América. Esta tesis ha sido apoyada por estudiosos como Corominas (2014, p. 393) quien defendió en su diccionario que esta expresión “panamericana, se originó por abreviación de la frase antigua pararse en pie (Calila, ed. Allen, 103.212), en la cual pararse tiene la ac. común ʻponerseʼ; la misma evolución en Asturias, en judeoespañol [1554] y en el catalán fronterizo de Benassal (prov. de Castellón)”.

Sin embargo, el exhaustivo estudio de Gómez (2003) cuestionó este juicio al no ser incluida tal expresión en las diversas compilaciones sobre el habla asturiana. Sostuvo la posibilidad, en cualquier caso, de una presencia pretérita de esta acepción que desapareció con el tiempo —algo también discutible debido a la participación de un asturiano en el seno de la Real Academia cuando se reconoció este término; Menéndez Pidal—. Aun así, desmintió que fuera Asturias el puente que permitió su traslado a América. Entre otros factores, aludió a una emigración no muy numerosa y ubicada en zonas muy concretas. Además, este uso está datado por primera vez, como ya se ha mencionado, en 1836, mientras que la oleada migratoria asturiana comenzó en 1855 y alcanzó su punto álgido entre 1880 y 1920, lo que imposibilita esta acción[2].

Siguiendo la corriente de los desplazamientos humanos, el investigador se planteó un posible origen gallego debido a los altos índices de traslado que se alcanzaron en esta población concretamente. De la misma forma, descartó esta teoría al no encontrar restos bibliográficos ni conocimiento de este fenómeno entre los lingüistas de la zona. Tomando como partida el comentario, arriba señalado, de Corominas, Gómez dibujó unas probables raíces aragonesas, ya que se menciona el catalán de Castellón, frontera con Teruel. Sin embargo, tampoco se encontraron rastros del tal uso en este territorio. Llegados a este punto de la investigación, el filólogo declaró que “el uso de pararse ʻponerse en pieʼ no es ni asturianismo, ni arcaísmo castellano, ni aragonesismo, ni catalanismo, ni americanismo espontáneo, ni murcianismo autóctono siquiera”.

En una comunicación posterior, desarrolló la que sería su tesis final: se trata de un arabismo semántico. Durante el proceso de búsqueda, Gómez se percató de que este peculiar uso presenta su núcleo en el valle de Ricote, famoso por su elevada presencia mudéjar y por la expulsión tardía de los moriscos (el último reducto de España). Ello le llevó a vislumbrar un posible contacto entre la lengua árabe, por parte de los moriscos ya cristianizados (teniendo en cuenta que eran bilingües) y el castellano.

Cabe recordar que esta lengua fue durante un periodo superestrato del castellano y actúo al mismo tiempo como adstrato, lo que se demuestra en un enorme intercambio fonético y léxico. Efectivamente, tanto en el árabe neutro como en el dialectal, existe un único término para tres sememas: “wáqafa” significa “estar de pie”, “ponerse de pie” y “detenerse” (Cabanelas en Gómez, 2003), es decir, incluye las variantes transitiva y pronominal. Es más, las expresiones “pararse lo que se anda” y “empinarse” se reflejan a través de “uaquif, guacáft, aquif”, ambas. Por tanto, nos encontramos ante un caso de disemia, es decir, un vocablo que posee dos significados, trasladado al castellano por los moriscos bilingües de forma inconsciente, podemos suponer.

Así, se trata de un calco semántico árabe de suma importancia, ya que debió tener una enorme difusión popular en los siglos pasados para alcanzar tal expansión, arraigarse completamente y seguir vigente hasta hoy en el territorio americano. En este sentido, nos preguntamos cómo se produjo tal dispersión. Primeramente, se creyó que este uso se trasladó a América durante los siglos XVI y XVII  a través de los cristianos viejos ya contaminados en Andalucía —donde existía un mayor número de moriscos— o bien de los nuevos árabes convertidos al cristianismo. Podemos considerar que, debido a las restrictivas leyes de emigración, resultó improbable un movimiento morisco en masa, pero existen pruebas que demuestran su incumplimiento y aseguran desplazamientos clandestinos (Gómez, 2003). A ello debemos sumar el número de aquellos enviados como esclavos, dedicados precisamente, al cuidado sanitario y la servidumbre doméstica. En otras palabras, tareas que precisan del contacto directo entre las personas, sobre todo, en el segundo caso pues incluye el cuidado, crianza y educación de los menores (Fuentes en Gómez, 2003). Si bien, estudios posteriores demostraron un uso casi general en Canarias que podemos comprobar en el diccionario de Cristóbal Corrales y Dolores Corbella (1994, p. 139): “parar” como “erguir, estar o poner de pie”. Lo que nos permite establecer, con mayor seguridad, este enclave como puente entre la península y el continente americano.

2.3. DELIMITACIÓN DIATÓPICA

El uso de “parar” como “ponerse en pie” abarca “una cuarta parte del espacio regional, distribuida en veintidós municipios, más once pedanías del término municipal de Murcia” (Gómez, 2003) y zonas colindantes de Albacete. Coincide, completamente, con las comarcas en que fue mayor la concentración de moriscos, tomando como punto de partida el valle de Ricote y siguiendo la línea del río Segura[3]. Este estudio lexicológico se va a cumplir en el municipio de Lorquí, presente en la sucesión de localidades que registran esta acepción. Este pertenece a la Vega Media del Segura y está delimitado por Archena, Molina de Segura y Ceutí. Debido a su importancia para la comprensión diacrónica de este fenómeno, llevaremos a cabo un breve recorrido por la historia del pueblo ilorcitano.  

Las primeras noticias que conocemos acerca de esta villa datan del siglo I y III después d.C. y pertenecen a los restos del poblado romano que se extendió por toda la región en esta fecha. Con la llegada de los árabes, esta zona dependió directamente de Murcia, situación que cambió a partir del XIII cuando los cristianos recuperaron el territorio. En principio, se mantuvieron buenas relaciones con el colectivo musulmán hasta la llegada al poder del rey Alfonso X y las continuas presiones. Así, se sucedió la sublevación mudéjar y su consiguiente derrota, que permitió el reparto de las tierras entre los poderosos. En el siglo XIV, se produjo otro intercambio, pues estas fueron vendidas y ocupadas, de nuevo, por los musulmanes.

El siglo XV se caracterizó por un control total del campo por parte de los mudéjares, siendo estos los responsables de las faenas de arriería o el transporte de mercancías. Por su parte, eran constantes los saqueos cristianos, sobre todo, en lo que se refiere al impuesto real sobre la población musulmana. Este era tan elevado que a finales del periodo la villa quedó casi deshabitada, recuperando su proporción a principios del siguiente (alrededor de 200 habitantes). Lorquí se configuraba como un núcleo de viviendas cerrado, es decir, las fachadas de las casas se unían formando una especie de muralla. La economía se regía, sobre todo, por la agricultura de subsistencia, el cultivo del grano (trigo, cebada, panizo, pésoles, habas, entre otros), el olivo y los árboles frutales (higueras, nogales, perales, manzanos, entre otros).

Con la llegada del arroz o la seda a los campos en el siglo siguiente, se exigió el pago del diezmo al dueño, lo que fomentó una inclusión en el mercado económico, ya que parte de la cosecha se dedicó a la exportación. Sin embargo, se prohibió el trabajo con estos productos en toda la Región debido a las continuas enfermedades que generaban entre los agricultores. Así, la evolución poblacional se caracterizó por escasos cambios y un crecimiento muy lento: las 55 casas del siglo XVIII, pasan a 194 en el XIX. En este último, la agricultura siguió siendo el método de subsistencia, a partir del autoconsumo, y se construyeron importantes entidades como las primeras escuelas, el cementerio y el ayuntamiento. Finalmente, llegaron a la zona grandes terratenientes que se hicieron con el control de la economía, siendo una de las características de la Región el elevado índice de concentración de la propiedad (Montes, Lemeunier, Marín, Pérez y Navarro, 1994).

Según el censo del Ayuntamiento con fecha 28 de diciembre de 2015, Lorquí cuenta con una extensión de 15,8 Km2 y una población total de 7.051 personas (3.585 hombres y 3.466 mujeres). Al resultar unos datos interesantes en nuestro estudio, eliminaremos a los menores de 15 años —edad mínima para participar en la encuesta—, obteniendo un total de 5.857 personas (2.989 hombres y 2.868 mujeres). Además, podemos añadir que 753 personas de nuestro total pertenecen a muy diversas nacionalidades, quedando también excluidas en este trabajo. Basándonos en los grupos generacionales que se han establecido, los números ascienden a: 765 personas del primer estadio (de 15 a 25), 3.424 del segundo (de 26 a 55) y 1.668 del último (a partir de 56).

3. MARCO METODOLÓGICO

3.1. OBJETIVOS, PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA E HIPÓTESIS

         El objetivo general y principal de este estudio es comprobar la pervivencia de “parar” como “ponerse en pie” en uno de los municipios afectados, Lorquí. Sobre todo, vamos a prestar especial atención a las generaciones más jóvenes para aventurar el futuro más próximo. Como objetivos específicos podemos señalar tres. En primer lugar, dar a conocer este fenómeno entre la población murciana con el fin de evitar el rechazo al que Gómez Ortín (2003) se refiere en sus escritos: al establecer una discordancia con la norma general del castellano, se suele ocultar por considerarse no prestigioso (vinculado a gente analfabeta o campesina). Esto es algo que no ocurre en Hispanoamérica, pues se reconoce de forma general. El segundo vendría a ser: eliminar la concepción fatalista que el filólogo muestra en sus conjeturas. Este habla de una extinción temprana debido en parte a la situación que mencionábamos de forma previa. Finalmente, pretendemos responder a la petición de Gómez Ortín (2003) y aportar más datos en la investigación de este uso tan curioso y, a su vez, olvidado.    

         Consideramos, así, que existe un problema radical: ausencia de una investigación continuada en el tiempo, es decir, de un seguimiento de la vitalidad de este fenómeno en la oralidad del hablante murciano. Esto es algo que achacamos, en parte, a una hipótesis general de muerte prematura. Frente a ello, suponemos “a priori” la vigencia y permanencia de este uso, por lo menos en el enclave que forma parte de este trabajo de campo. Esta es la cuestión que recuperamos para su resolución particular.

  

3.2. DISEÑO DE LA METODOLOGÍA Y SUS FASES

Una vez que se ha detallado el fenómeno que pretendemos revisar, comienza el proceso de decisión, es decir, el momento en que se diseña la investigación acorde con los objetivos y con las particularidades del entorno. La primera cuestión gira en torno al tamaño y características de la muestra, es decir, la parte de la población total que será objeto de estudio. En este caso, se tratará de un muestreo mixto: aleatorio y no aleatorio. Ello se debe a que la persona que se encarga de la búsqueda forma parte del municipio en el que se va a llevar a cabo y, por tanto, tiene algún tipo de relación con parte de los habitantes de forma inherente.

Así, podemos hablar de un muestreo no aleatorio de partida, concretamente intencionado, pues se aplica un criterio particular a la hora de determinar quién debe formar parte del estudio. Sin embargo, no todos serán seleccionados a partir de este principio de familiaridad o cercanía, ya que los primeros miembros nos conducirán a otros, conocidos o no por la persona encargada, y así sucesivamente. Esta técnica es conocida como “bola de nieve” y se incluye en la clasificación del muestreo aleatorio o de probabilidad, pues toda la población tiene posibilidad de formar parte del grupo (Moreno, 2009, pp. 309-313).  

Siguiendo a Labov (en Moreno, 2009, p. 213), el tamaño de la muestra debería corresponderse con 25 por cada 10 hablantes. En este caso, teniendo en cuenta todos los pormenores de este fenómeno y el número de población ilorcitana, bastará con una muestra de 30 personas para obtener un resultado representativo y estratificado. Uno de los parámetros condicionantes a la hora de determinar el conjunto será el sexo: de las 30 personas, 15 pertenecerán al sexo masculino y 15 al femenino. El siguiente parámetro clave será la edad, que se medirá a partir de la pertenencia inherente a uno de los siguientes grupos: el primero de los 15 a los 25, el segundo de los 26 a los 55 y el tercero a partir de los 56. Se pretende comprobar el uso de “parar” como “ponerse en pie” especialmente en los jóvenes, por lo que la edad mínima de participación se situará en 15 años, contradiciendo la teoría de Labov que la fija en 20.

Otros parámetros (en este caso transitorios) van a ser el nivel de instrucción, la profesión, la clase social o nivel socioeconómico, el modo de vida y la procedencia. A raíz de este último, debemos matizar que esta investigación se destina a los hablantes nativos del castellano, por lo que quedarán excluidos aquellos que no la posean como primera lengua. Lo que nos interesa es comprobar su pervivencia en el municipio de Lorquí, por lo que la procedencia va a ser uno de los factores claves a la hora de determinar la participación (Moreno, 2009, pp. 39-74).

3.2.1. Fase de preparación y exploración

La primera fase de la metodología se corresponde con la preparación y exploración, es decir, la concreción de la propuesta y su planificación: qué estrategias se van a utilizar, qué materiales, de qué forma se va a proceder, etc. En primer lugar, se deberá construir una ficha del entrevistador en la que se recojan datos relevantes tales como el nombre, la edad, la fecha de nacimiento y la procedencia —aspecto definitorio para el tipo de muestreo, ya que debe ser una persona oriunda de Lorquí—. Además, este debe conocer la norma lingüística hispánica, no solo como nativo sino a partir de la competencia que aporta la especialización. En otras palabras, debe poseer un conocimiento metalingüístico elevado para poder resolver posibles preguntas del receptor, sobre todo, en lo que se refiere al uso particular que nos ocupa. Seguidamente, se redactará una ficha del informante que reúna los parámetros mencionados con anterioridad.

En este caso, la técnica que se va a emplear para comprobar este fenómeno se corresponde con la encuesta. Esta es una de las más frecuentes, junto a las de observación, a la hora de realizar estudios de corte etnográfico. Tiene como objetivo conseguir la producción de unos elementos lingüísticos determinados. Podemos diferenciar, en principio, dos tipos: cuestionario y entrevista. Ambas requieren que el investigador presente unos estímulos, generalmente preguntas, para generar una respuesta en el informante. La diferencia principal radica en que las interrogaciones que se han preparado para el cuestionario previamente se van a presentar de forma idéntica ante todos los participantes, mientras que en la entrevista se ajustarán a las particularidades de cada individuo. En este caso, se presentará un mismo estímulo ante todos los integrantes de la muestra con el fin de obtener respuestas diversas (Moreno, 2009, pp. 313-315).

Por otro lado, no será necesaria la obtención de muestras orales y por consiguiente tampoco la grabación. La cuestión fonético-fonológica no nos interesa en este sentido, ya que se trata de un asunto que relacionamos con la presencia o no de polisemia, es decir, con la existencia de un significante que posee varios significados. La muestra oral no tiene función más allá de proporcionarnos una información que se puede obtener por escrito: comprobar la pervivencia de “parar” como “poner de pie”. Por tanto, nos limitaremos al registro escrito a partir de una sucesión de doce preguntas con respuesta variada, en algunos casos será abierta y libre (cualquier tipo de contestación) y en otros guiada (de las opciones que se presentan, el receptor debe seleccionar una). Al perseguirse la naturalidad para evitar el rechazo al que se refería Gómez (2003), preferimos este sistema a la respuesta cerrada o el reflejo literal de la sentencia que queremos alcanzar.   

El cuestionario presentará tres partes (ANEXO I). En la primera se pretenderá introducir a la persona en la temática de la investigación de forma espontánea e inconsciente. En esta, se mostrarán una serie de actividades que guiarán al entrevistado hacia el alcance de “parar” en una de sus acepciones habituales “detener e impedir el movimiento o acción de alguien” y en el particular “ponerse en pie”. En caso de que no se haya alcanzado dicha designación de forma natural, se sucederán ejercicios que irán concretando la búsqueda hasta llegar a la segunda parte en que este uso se plantea de forma explícita a través de la pregunta directa. Además, se introducirán cuestiones que nos permitirán conocer datos acerca de la frecuencia de uso. En la parte final, se mostrarán actividades que nos indicarán la concepción del hablante sobre el prestigio (o desprestigio) de este fenómeno. Además, nos facilitarán datos acerca del conocimiento que poseen del mismo.

3.2.2. Fase de intervención

En esta segunda fase, se cumplirá el cuestionario elaborado con una parte de la población ilorcitana. La persona encargada de la selección, presentará el estudio al informante. A través de estructuras sintácticas como “¿Tiene un momento?” o “¿Podría contestar unas preguntas rápidas?”, se dirigirá al interlocutor en caso de no existir ningún tipo de relación. Si, al contrario, posee algún tipo de cercanía, la introducción será mucho más informal. En un primer momento, se detallará el mecanismo de ejecución y realización de la encuesta y se ofrecerán consejos y advertencias tales como “responda con absoluta sinceridad” o “tómese el tiempo que necesite”. Es esencial transmitir tranquilidad al informante y generar un ambiente coloquial y relajado para, así, liberar de presión a la persona y alejarla inconscientemente de la variedad más formal del lenguaje. Ante todo, se ha de aludir a la confidencialidad y anonimato para propiciar este ambiente desenfadado. Además, no es necesaria la grabación de los resultados, por lo que nos libraremos en menor o mayor medida de la paradoja del observador o del miedo escénico que puede suponer hablar en público.

El siguiente paso será la entrega de la ficha del informante y el cuestionario en sí. Durante el periodo de realización, la persona encargada estará a total disposición del receptor para ofrecer información y solucionar las posibles dudas que surjan al respecto, sobre todo en relación a la lectura y comprensión de los enunciados. Si este último lo precisa, el entrevistador podrá simplificar la resolución añadiendo palabras coloquiales o de mayor cercanía. Incluso, podrá rellenar por escrito el documento a partir de las respuestas orales que ofrece el entrevistado. Debemos tener en cuenta que se trata de un enclave rural, en el que una gran parte de la población del tercer grupo de edad es analfabeta. Una vez finalizadas las encuestas, se recopilarán para el consiguiente examen analítico.   

3.2.3. Fase de obtención y análisis interpretativo de los resultados    

         Esta última fase consiste en la recolección de los datos obtenidos y su posterior análisis de acuerdo a los objetivos que se han marcado con anterioridad. Para ello, nos valdremos de la técnica de la descripción, consistente en contar y ordenar cuantitativamente el conjunto de datos. Así, se elaborarán gráficos para organizar la información y presentarla de forma clara y esquemática.

4. OBTENCIÓN DE DATOS Y ANÁLISIS INTERPRETATIVO DE LOS RESULTADOS

Según lo programado, han participado en la realización de esta encuesta 15 hombres y 15 mujeres agrupándose proporcionalmente en tres bloques generacionales (GRÁFICO 1. ANEXO II). Así, cada extracto de población se ha visto representado en un 16,7% del total. De esta, un 96,7% pertenece al pueblo de Lorquí, habiendo residido algunos en otros países (Alemania y Francia), en otras Comunidades Autónomas [Andalucía (Málaga y Granada), Comunidad valenciana (Valencia) y Cataluña (Barcelona)] y en otros municipios de la Región (Murcia, Alguazas, Ceutí y Cartagena).

De la misma forma, un 63,4% de los padres y un 70% de las madres de los entrevistados pertenece a la villa ilorcitana, destacando otros lugares como el Llano de Molina, Ceutí, Molina del Segura, Archena, La Algaida, Alguazas y Villanueva del Segura en la región, Tobarra, Alicante y Madrid en el país y Alemania (GRÁFICO 2. ANEXO II). Consideramos este aspecto por la posible influencia que han podido tener los progenitores en la transmisión de expresiones lingüísticas concretas, es decir, del uso de “parar” como “poner de pie”. Además, un 56,7% del total asegura pertenecer a un barrio, lo que también influye en el desarrollo del lenguaje.

En cuanto al nivel de especialización, señalamos una sección del 20% de las mujeres y 13,3% de los hombres analfabeta, del 13,3% y 20% con estudios primarios, del 40% y 33,3% con estudios secundarios y del 26,7% y 33,3% universitarios (GRÁFICO 3. ANEXO II). Podemos comprobar que se produce un reparto equilibrado en el que los hombres poseen mayor cualificación. Este hecho se corresponde con las ocupaciones profesionales más destacadas: obrero cualificado (20%), empleado medio (27%) y estudiante (27%) entre los hombres y obrera sin cualificar (27%), empleada media (33%) y estudiante (27%) entre las mujeres (GRÁFICO 4, GRÁFICO 5. ANEXO II). Todo ello se traduce en una población que pertenece, sobre todo, a la clase trabajadora (33,3%) y media-baja (40%) (GRÁFICO 6. ANEXO II) y al modo de vida 2 (70%) (GRÁFICO 7. ANEXO II). Teniendo en cuenta que el motor económico del municipio ha sido durante mucho tiempo la agricultura de autoconsumo y tiende ahora hacia el sector servicios, se esperaban unos resultados semejantes: clase social media.

Una vez dicho esto, pasamos al análisis del cuestionario en sí. En la primera parte (ejercicio 1 y 2) se pretendía que el encuestado respondiera de forma espontánea ante la imagen de un niño poniéndose de pie y un hombre indicando a un perro que se estuviera quieto. Como se puede comprobar, existen otras construcciones para señalar estos significados, por lo que no era segura la respuesta requerida. En muchas ocasiones, se ha obtenido “levantándose” o “poniéndose de pie” en la imagen 1 y “que se esté quieto” o “que se detenga” en la 2. Además, a ello se ha sumado un importante número de personas que no ha interpretado las imágenes en este sentido. Así, solo un 10% del grupo 2 y del grupo 3 en la imagen 1 ha respondido con alguna de las conjugaciones del verbo “parar”, tales como “parándose”, “se ha parado” o “se está parando” (GRÁFICO 8. ANEXO II). Ningún participante del grupo 1 ha utilizado esta construcción de forma espontánea en primer término, lo que se puede relacionar en parte con una mayor especialización lingüística que les lleva a utilizar términos del español neutro en situaciones no coloquiales, algo no tan frecuente entre los grupos de edad más avanzada.

Ante la imagen 2, solamente este grupo 1 (60%) ha utilizado algunas de las conjugaciones del verbo “parar”, por ejemplo, “que pare” o “que se parara” (GRÁFICO 8. ANEXO II). En los otros, el error más frecuente ha sido la incomprensión del enunciado. En el ejercicio 3, un 33,3% de las personas ha alcanzado “parar” o equivalente como sinónimo de los verbos y construcciones que había utilizado de antemano en la imagen 1 y otro 33,3% en la 2. Debemos tener en cuenta que una parte ya había utilizado este término en las actividades que lo preceden, por lo que no se han incluido ya en esta. Podemos mencionar otras estructuras que todavía no han aparecido en este análisis como “auparse”, “incorporarse” “alzándose” o “arriba” ante la primera y “que no se mueva”, “tranquilo”, “”descansa”, “inmovilizar”, “que no se menee” o “stop” ante la segunda.

Esta reflexión desemboca en el ejercicio 4 al buscar una construcción que haya sido útil en ambas situaciones: un 80% del grupo 1, un 20% del grupo 2 y un 40% del grupo 3 ha respondido afirmativamente a la cuestión que se planteaba, es decir, se ha percatado de que el verbo “parar” es factible en los dos contextos (GRÁFICO 9. ANEXO II). Debemos tener en cuenta que las generaciones más jóvenes poseen un mayor conocimiento metalingüístico y están más cerca de términos como “sinónimo”. Esto se ha comprobado en que la gran mayoría de personas mayores de 40 ha tenido dificultad para llevar a cabo este ejercicio de búsqueda. Para el grupo 3, sobre todo, se ha constituido como un obstáculo. Algo semejante ha ocurrido en los ejercicios 5 y 6. En el primero, un 50% de los participantes —eliminando dos cuestionarios por incorrección— ha relacionado el verbo “parar” únicamente con la primera imagen, un 10,7% con la segunda y un 39,3% con ambas.

 Todo ello nos lleva a suponer un uso habitual de ambos significados de “parar”, también en los jóvenes, a pesar de que no se encuentre entre los primeros puestos en frecuencia de uso (ejercicio 6). Debemos tener en cuenta que la utilización de “ponerse de pie”, “levantarse” o “pararse” va a estar determinada por el ámbito y el dominio en el que se encuentre la persona. Podemos suponer un uso frecuente en el privado y coloquial, mientras que se buscará la norma cuando nos encontremos en el público. Además, existe una fuerte relación de esta construcción con la oralidad, ya que al tratarse de un cuestionario por escrito se tiende, de nuevo, hacia la excelencia lingüística. Aun así, este mantiene su vigencia entre las generaciones más jóvenes.

Esta hipótesis se demuestra en los ejercicios 7 y 8, pues se ha obtenido un 100% afirmativo, es decir, todas las personas que han participado en esta encuesta reconocen como habitual el uso de “parar” como “cesar el movimiento” (lo que era de esperar) y como “ponerse de pie”. Es más, se ha de destacar que los informantes no mostraban duda a la hora de responder la cuestión número 7, lo que nos hace pensar que se escucha esta construcción en su entorno de forma habitual y que se incluye en su repertorio lingüístico más cercano.

Una vez dicho esto, pasamos a la última parte, aquella que nos permite conocer la opinión de los participantes acerca del carácter del uso en cuestión. Un 60% de los jóvenes (grupo 1) considera que “pararse” como “estarse quieto” está caracterizado como vulgar. Esto es compartido por un 40% de los adultos (grupo 2) y un 60% de los mayores (grupo 3). Ante el murcianismo “pararse” como “ponerse en pie”, un 70% de los jóvenes, un 80% de los adultos y un 70% de los mayores respondieron “vulgar” (GRÁFICO 12, GRÁFICO 13, GRÁFICO 14. ANEXO II). Así, defendemos la opinión de Gómez Ortín (2003) al exponer la confusión entre vulgarismo y murcianismo tan frecuente en el hablante de la Región de Murcia. Se cree de antemano que el habla de esta zona se encuentra alejada de la norma lingüística estándar y por ello se evitan las marcas localizadoras con el fin de no caer en el error.

Incluso, un 50% del grupo 1, un 60% del grupo 2 y un 90% del 3 ha considerado “incorrecto” este último empleo. Esta es una visión que los informantes han transmitido de forma severa a la persona encargada de la entrevista, es decir, se muestran seguros de cometer errores de forma frecuente. Como curiosidad, un 60% de las mujeres y un 50,3% de los hombres creen que “pararse” como “estarse quieto” resulta vulgar, mientras que un 80% de las mujeres y un 60% de los hombres lo vinculan con “pararse” como “ponerse de pie”. Así, el 6,6% de las mujeres y el 7,3% de los hombres consideran que este último es incorrecto (GRÁFICO 10, GRÁFICO 11. ANEXO II). Ello nos lleva a hablar de una tasa elevada de hablantes “masoquistas” en Lorquí, es decir, de aquellos que sienten aversión hacia la propia forma de hablar o escribir en su lugar natal. Ha sido muy recurrente la expresión “en Murcia hablamos muy mal” (Moreno, 2009, pp. 177-201). El porcentaje de la muestra que describe como “no válido” este murcianismo es muy alto. Además, en el cuestionario se han añadido los dos usos con el fin de que el informante no prestara  atención únicamente al que nos compete.

Esta idea se completa con las respuestas obtenidas en el ejercicio número 10 (GRÁFICO 15. ANEXO II), puesto que un 80% del grupo 1, un 50% del 2 y un 60% del 3 estima que los significados mencionados no se encuentran recogidos en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua. De nuevo, aparece una concepción negativa de esta variedad lingüística. Finalmente, nos puede sorprender el número de personas que vinculan este uso con toda España, sobre todo, considerando el carácter incorrecto que le han atribuido unas líneas más arriba: 20% del grupo 1 y 20% del grupo 2. Por otro lado, un 10% del grupo 1, un 20% del 2 y un 30% del 3 lo relacionan únicamente con Murcia (GRÁFICO 16. ANEXO II). La respuesta más común (excluyendo el voto en blanco) ha sido Andalucía y Murcia, a partir de la expresión “hablamos igual de mal”. De forma general, se observa un desconocimiento total de este fenómeno entre los hablantes lo que tiene su reflejo en el estudio que se ha realizado.

5. CONCLUSIONES, CONSECUENCIAS E IMPLICACIONES

Podemos afirmar que se ha cumplido el objetivo principal de esta investigación: comprobar la pervivencia de este fenómeno en el municipio ilorcitano, prestando especial atención a los jóvenes. El americanismo (y murcianismo) “pararse” como “ponerse en pie” sigue vivo en la Vega Media del Segura, concretamente en Lorquí. No podemos asegurar que los habitantes lo utilicen de forma frecuente frente a “ponte de pie” o “levántate”, pues en el ejercicio 6 ha aparecido en posiciones diversas: algunos lo colocaban justo al principio, otros tras “levantarse” y los menos al final. Si bien, cabe resaltar que una actividad de estas características no mide fielmente la realidad, sino que se presenta como una aproximación. Solo los hablantes más curiosos prestarán atención al lenguaje que utilizan en cada momento, mientras que la mayoría de personas no realiza exámenes de sus comunicaciones.

Así, suponemos que una gran parte de la muestra no es realmente consciente de la frecuencia con la que utiliza “parar” como “poner de pie”, sobre todo, teniendo en cuenta su relación con la oralidad. Los jóvenes junto a los adultos, aquellos que en teoría pretenden en mayor grado acercase a lo normativo por mayor especialización profesional, lo suelen utilizar en ambientes familiares o coloquiales. Ello se demuestra en que no ha sido su primera opción en el ejercicio 1, pero sí lo reconocen como habitual y cotidiano en el 7; se sigue escuchando en el día a día de la vida ilorcitana. Ya en el ejercicio 4, un 80% del grupo 1 había alcanzado “parar” en su doble acepción, algo que no se ha cumplido con los otros grupos a tal nivel.

Esto se debe, en parte, a la dificultad que ha supuesto para algunos la realización del cuestionario. Desde la autocrítica, podemos señalar aspectos que deberían ser mejorados en intervenciones futuras. Sobre todo, tienen que ver con la modificación del ejercicio 1 y 2, ya que ha generado incomprensión en los hablantes del grupo 3. Hemos supuesto que la muestra poseía unos conocimientos lingüísticos básicos o avanzados, algo que no siempre se ha cumplido. Aun así, se ha alcanzado el primer objetivo específico ya que los habitantes de Lorquí han sido conscientes de este fenómeno una vez cumplimentada la encuesta.

Esta premisa de revisión se aplicaría también en los ejercicios finales, pues parte del grupo 2 y 3 no poseía verdadera constancia de la implicación de los vocablos “culto” o “vulgar” sino que aplicaba un criterio completamente personal. Además, ha confundido la inclusión de “correcto” o “incorrecto”. De esta forma, conectamos con el segundo objetivo, al señalar un 70% de jóvenes que consideran este uso vulgar, un 80% de adultos y un 70% de mayores. Incluso, un 80% de los jóvenes considera que no aparece en el DRAE, por lo que suponemos que lo reconocen, lo usan en lo privado pero lo evitan en lo público y formal. Aun así, no aventuramos una extinción tan temprana porque su uso, aunque limitado, sigue siendo muy frecuente.

Finalmente, consideramos que a partir de este estudio se ha cumplido la petición de Gómez Ortín al aportar datos en esta investigación abierta que nos permite adquirir un conocimiento más completo del fenómeno. Los habitantes de Lorquí entrevistados, al menos, prestarán atención cuando aparezca este uso en la comunicación y poseerán la certeza de que no están cometiendo una vulgaridad. Las consecuencias, por tanto, tendrán que ver con el retraso de la extinción de la que hablábamos, algo sumamente importante para el habla de la Región. En última instancia, animo a todo el colectivo lingüístico murciano a la realización de este estudio tan curioso y que nos puede ofrecer conclusiones diversas en otros municipios, ampliando el número de la muestra o utilizando otro formato de entrevista.   

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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Corominas, A. (2014) Breve diccionario etimológico de la lengua castellana (7ª ed.). Madrid: Gredos.

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Gómez, F. (1991). Vocabulario del noroeste murciano. Contribución lexicográfica al español de Murcia. Murcia: Consejería de cultura, educación y turismo.

Gómez, F. (2003). Estudios de dialectología murciana. Tonos Digital, 5. Recuperado el 15 Diciembre, 2015 de https://digitum.um.es/xmlui/handle/10201/50779

Gómez, F. (2004). El dialecto murciano y sus variedades. Tonos Digital, 8, 7-27. Recuperado el 15 Diciembre, 2015 de https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=1049691

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Montes R., Lemeunier G., Marín J.A., Pérez Mª.T., Navarro F. (1994). Historia de Lorquí. Murcia: Ayuntamiento de Lorquí.

Moreno, F. (2009). Principios de sociolingüística y sociología del lenguaje (4ª ed.). Barcelona: Ariel.

Ruiz, D (2000). Vocabulario de las Hablas Murcianas. El español hablado en Murcia. Murcia: Consejería de Presidencia.  

Sevilla, A. (1990). Vocabulario murciano. Murcia: María Dolores Sevilla

 

ANEXO I. CUESTIONARIO

1. ¿Qué está haciendo el niño?

HDOS.jpg

 

 

 

 

 

(Imagen 1)

 

2. Suponiendo que el animal estaba moviendo la cabeza hace unos instantes, ¿qué le ha pedido el hombre al perro?

untitled.jpg

(Imagen 2)

 

3. ¿Conoce algún sinónimo de los verbos o construcciones que ha utilizado? (Otra palabra con el mismo significado)

         Imagen 1:

         Imagen 2:

 

4) ¿Alguno de los verbos que ha utilizado se puede usar en ambas imágenes? Indique cuál.

 

5) ¿Podría relacionar estos verbos con las imágenes del ejercicio 1? Coloque 1 o 2:

a) Levantarse

b) Ponerse de pie

c) Estarse quieto

d) Detenerse

e) Pararse

f) Incorporarse

 

6) Coloque los verbos del ejercicio 5 en orden de frecuencia de uso, es decir, primero el que más usa y a continuación los demás, de mayor a menor uso.

Imagen 1:

Imagen 2:

 

7) ¿Reconoce como cotidiano el uso de “párate” como “ponte de pie”?

 

8) ¿Reconoce como cotidiano el uso de “párate” como “estate quieto”?

 

9) ¿Cómo calificaría estas expresiones? ¿Vulgar o culto? ¿Correcto o incorrecto? Marque con una X.

 

 

Vulgar

Culto

“Parar” como “estarse quieto”

 

 

“Parar” como “ponerse de pie”

 

 

 

 

Correcto

Incorrecto

“Parar” como “estarse quieto”

 

 

“Parar” como “ponerse de pie”

 

 


10) ¿Considera que el Diccionario de la Real Academia Española incluye “pararse” como “ponerse de pie” y “pararse” como “estarse quieto”?

 

11) ¿Considera que ambos significados son usados en toda España? Marque con una X.

 

Sí, en toda España

 

No, solamente en Murcia

 

No, solamente en Andalucía y Murcia

 

Desconozco la respuesta

 

 

* ¿Incluiría algún territorio más?

 

12) ¿Sabría decirnos algo acerca del origen de “parar” como “ponerse de pie?

 

Observaciones:

ANEXO II. GRÁFICOS DE RESULTADOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Premisa que se demuestra a partir de textos literarios pertenecientes a los poetas Vicente Medina y Amable Martínez Garrido (Gómez, 2003).

[2] Además, se rechaza un posible origen aislado, espontáneo y simultáneo en América y España. Esto es algo que se demuestra en la existencia del texto medieval que analiza Cuervo y en su actual vigencia en Murcia, puesto que da cuenta de su filiación a la metrópoli (Gómez, 2003).

[3] Concretamente: Abanilla, Abarán, Aguilas, Albudeite, Alcantarilla, Aledo, Alguazas, Alhama de Murcia, Archena, Beniel, Blanca, Bullas, Calasparra, Campos del Río, Caravaca, Cartagena, Cehegín, Ceutí, Cieza, Fortuna, Fuente Álamo de Murcia, Jumilla, Librilla, Lorca, Lorquí, Mazarrón, Molina de Segura, Moratalla, Mula, Murcia, Ojos, Pliego, Puerto Lumbreras, Ricote, San Javier, San Pedro del Pinatar, Santomera, Torre Pacheco, Las Torres de Cotillas, Totana, Ulea, La Unión, Villanueva y Yecla. A los que debemos sumar Socovos y Férez de Albacete (Gómez, 2003).