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Revista de estudios filológicos
Nº25 Julio 2013 - ISSN 1577-6921
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TRES CUENTOS RECUPERADOS DE EMILIA PARDO BAZÁN: “ANACRONISMO”, “EL CASAMIENTO DEL DIABLO” Y "PROFECÍA PARA EL AÑO DE 1897"

Javier López Quintáns

(IES “Ramón Mª Aller Ulloa”. Lalín, España)

javierlopezquintans@yahoo.es  

 

 

RESUMEN: El artículo estudia y edita tres cuentos de Emilia Pardo Bazán que no han sido recogidos en las antologías contemporáneas de su obra. El trabajo analiza los rasgos fundamentales de los tres textos: “Anacronismo”, “El casamiento del diablo” y el fragmentario “Profecía para el año de 1897”. De esta manera se proponen los motivos fundamentales y las posibles fuentes de los documentos. En el caso de “Anacronismo”, se realiza un recorrido por el tema de la locura en la producción pardobazaniana. Con “El casamiento del diablo” se advierten especialmente sus raíces folclóricas y populares. Por último, en “Profecía para el año de 1897” se comenta el gusto pardobazaniano por los cuentos relacionados con el comienzo de año.

Palabras clave: edición; cuentos; decimonónico; Pardo Bazán; prensa.

ABSTRACT: The paper studies and publishes three stories of Emilia Pardo Bazán that have not been included in contemporary anthologies of her work. The paper analyzes the main features of the three texts: "Anachronism", "The marriage of the devil" and the fragmentary "Prophecy for the year 1897". Thus the possible sources of these documents are proposed. In the case of "Anachronism", it is made a tour in the theme of madness in Pardo Bazán´s production. With "The marriage of the devil" it is noted especially its popular and folk roots. Finally, in "Prophecy for the year 1897" it is discussed the Pardo Bazán´s taste for stories related to the beginning of the year.

Keywords: edition; stories; XIX Century; Pardo Bazán; press.

 

 

 


TRES CUENTOS RECUPERADOS DE EMILIA PARDO BAZÁN: “ANACRONISMO”, “EL CASAMIENTO DEL DIABLO” Y "PROFECÍA PARA EL AÑO DE 1897"

Javier López Quintáns

(IES “Ramón Mª Aller Ulloa”. Lalín, España)

 

1.          “ANACRONISMO”

2.          “EL CASAMIENTO DEL DIABLO”

3.          “PROFECÍA PARA EL AÑO DE 1897”

 

El trabajo recupera tres cuentos pardobazanianos que no han sido recogidos en las antologías modernas sobre su obra. Se trata de “Anacronismo”, “El casamiento del diablo” y "Profecía para el año de 1897", tres ficciones que fueron publicadas en la prensa de provincias, probablemente distribuidas por la Agencia Almodobar, cuyo fin último era precisamente la distribución de textos de diversos autores (entre ellos Clarín o Pardo Bazán). De forma paralela al presente artículo ha desarrollado su investigación Ricardo Axeitos, en un texto en prensa en el que analiza la función de la mencionada Agencia y recupera diversos documentos de autores finiseculares, entre ellos varios documentos pardobazanianos. El presente estudio edita, por su parte, los tres mencionados relatos, cuya edición es precedida por un análisis introductorio.

 

1. “ANACRONISMO”

El primer relato que analiza este trabajo ha sido rescatado de La lucha. Órgano del partido liberal de la provincia de Gerona (año XXIII, número 5058 , 18 de agosto de1893). Trata el tema de la locura, que descifrada en dispares planteamientos y motivos, es común en la producción pardobazaniana. Perturbados, dementes, enajenados sin remedio copan el protagonismo de múltiples relatos, en los que la cuestión de las raíces de la locura y las alternativas a la misma se desarrollan con cuidadosos pormenores. Forma por tanto “Anacronismo” parte de este grupo de relatos en los que Pardo Bazán manifiesta su interés por la figura de individuos dominados por una rareza o manía. De este grupo de textos, destacan algunos especialmente. Entre ellos sobresale el peculiar caso de “El ruido” (El Imparcial, 21 de noviembre de 1892), en el que se describe la perturbada sensibilidad de un actante, Camilo de Lelis, para el que cualquier alteración de su paz, cualquier elemento auditivo que ensucie el silencio en el que se sume para crear, puede conducir a situaciones de crispada alteración sensitiva. Participa por ello, a juicio de Latorre (1999: 210-211), del eco de la filosofía sensista del siglo XVIII, tal y como la predicaron Locke, Condillac o Destutt-Tracy. Más curioso todavía resulta comprobar el diálogo fructífero que la autora entabla con hechos reales, sucesos que empapan la crónica negra y atraen la mirada atenta de la creadora en busca de nuevos motivos. Esta afirmación cobra sentido tras la lectura de sus colaboraciones en prensa, en las que advertimos el interés por figuras a las que la locura conduce a una solución drástica, pues muchas veces ponen fin a una vida desequilibrada. Más interesante resulta comprobar la existencia de casos de artistas que, como el Camilo de Lelis de “El ruido”, se sienten incapaces de sobrevivir en un entorno percibido como hóstil, con lo que, precisamente bajo estos condicionantes, optan por el suicidio. Lo comprobamos, por ejemplo, en el artículo de “La vida contemporánea” (La Ilustración Artística, número 787, 25 de enero de 1897, pág. 66), atónita visión del fin de los días de un malogrado artista.

          Otras andanzas en los derroteros de la locura se perciben en el caso de “La calavera” (Nuevo Teatro Crítico, número 29, 1893), historia curiosa entre el tono tétrico de la narración fantástica (a imitación del “Lui?” de Maupassant, según Patiño 1993-1994: 508), del relato gótico, y de la humorada irónica por lo que describe una inclinación snob de un joven ocioso: la adquisición de una calavera como objeto decorativo en un divertimento decadente. La calavera, al cabo imbuida en un guiñol diabólico, ronronea en las noches de la casa, hasta quebrar los nervios del protagonista. Sirve el relato para que los tintes grotescos (bajo los auspicios de la “fascinatio” finisecular, según observa Latorre, 1997: 385) acaparen singular protagonismo. El personaje de “Los hilos” (Cuentos sacroprofanos, 1899), Carlos Marañón, muestra además una sofisticada pose de ocioso señorito que, en este caso, decide ocupar parte de sus horas de solaz con sesiones de espiritismo, causa primera de su desquiciado estado posterior. Dicho interés por los caminos que abren puertas hacia mundos del espíritu parecen revelar corrientes finiseculares que respaldaron tales gustos, como así señalan Clemessy (1978, 572-573) o Latorre (2002: 117).

Por su parte, en “Eximente” (Blanco y Negro, número 714, 1905) Federico Molina se siente acosado por una inquietante voz que conduce a su despresivo espíritu al suicidio, incapaz él de sobreponerse a un miedo inquietante por las fuerzas irracionales. Se empapa en ello el texto, cree Patiño (1993-1994: 519), de la impronta de Le Horla de Maupassant, autor que por otra parte parece ser el referente de los destellos fantásticos en numerosas obras pardobazanianas (Legal, 1967-1968: 200; Clemessy, 1978: 504; Paredes, 1983: 113-118, 1985: 272).

Con el Lucio Trilles de “El espectro” (La Ilustración Española y Americana, número 4, 1909) anotamos la figura de un actante que percibe la misteriosa presencia de un espectral gato, reminiscencia trágica de un oscurso suceso del pasado. El felino, acusador, recorre la casa en retadora aparición al modo del gato negro de Poe (Clemessy, 1978: 570). Los remordimientos y el complejo de culpa son más evidentes en el Ricardo Solís de “Confidencia” (El Imparcial, 5 de diciembre de 1892), también en “Afra” (Cuentos de amor, 1898) en el cuento del mismo nombre.

          La manía persecutoria se repite con Lorenzo Laroco en “La amenaza” (El Imparcial, 28 de junio de 1897), puesto que este se siente amenadado por su yerno, sin que nunca se concrete tal amenaza y al cabo derive la actitud de Laroco en peligrosa manía persecutoria.

Frente a la inconsciente elección, el hallazgo casual del esqueleto en el cuento del mismo título (Blanco y Negro, número 474, 1900) permite caracterizar la incipiente perturbación mental de Carlos Marañón, a través del uso de procedimientos hiperbólicos (Latorre, 1997: 386). Leocadio, por su parte, en “El clavo” (La Ilustración Española y Americana, número 140, 1913) se obsesiona con el objeto que observa en su habitación, un detalle que atrae irremisiblemente su mirada sin que pueda sustraerse a su influjo. Le ocurre también a Fedro Zanovitch en “La turquesa” (Blanco y Negro, número 961, 1909) con un anillo.

Macabras consecuencias observamos en otros relatos, en los que la locura del personaje conduce a terribles decisiones. Un ejemplo paradigmático lo ofrece el Justino Guijarro de “La lógica” (El Imparcial, 6 de diciembre de 1897), pues es un asesino inclemente de su familia bajo la motivación gloriosa del que cree entregarlos a una dicha mejor (alejados de los males de la carne mortal). El padre de “Delincuente honrado” (El Imparcial, 12 de abril de 1897) asesina a su propia hija, para evitar que esta termine comportándose deshonestamente, igual que hizo la madre de la joven.

Otros muestran manías sin solución aparente, piénsese en Cecilia Bohorques en “Aire” (Sud-Exprés, 1915): se tira desde una azotea creyéndose este elemento. El caso de Edgard de “Los cinco sentidos” (La Ilustración Española y Americana, número 20, 1908) muestra a un ser recluido en un selecto ambiente en el que los ricos objetos suplen la trágica ausencia de sus malogrados padres, muertos en un accidente de tren. Edgar se enclaustra en un entorno decadente, al modo de Huysmans en palabras de Latorre (2002: 108).

En suma, “Anacronismo” plantea la cuestión, ciertamente interesante, de la frontera de lo que en verdad puede ser considerado locura. Celso se desliza en los límites de lo que para algunos es pertubación maniática y lo que la voz narradora considera como vocación de un acérrimo anacoreta. Juzgue el lector cuál puede ser la opción más llevadera.

 

NOTA A LA EDICIÓN: se transcribe el texto, corrigiento erratas y actualizando ortografía y puntuación.

 

“Anacronismo”

 

En el asilo de dementes de Z. me enseñaron, hace bastantes años ya, la fotografía de un alienado que acababa de morir, lamentando que yo no hubiese podido verle vivo y oír sus predicaciones.

La historia de Celso era que se había cogido, mejor diré cazado, en una cueva montés, donde llevaba vida salvaje mortificando su cuerpo con extravagantes y asperísimas penitencias. El retrato estaba hecho al día siguiente de su ingreso en el manicomio.

Lo contemplé largo rato, sorprendida de la típica y espiritual belleza que resplandecía en los rasgos de tan extraña figura. La tarjeta le presentaba de medio cuerpo arriba, desnudo, con el cabello y la barba crecidos desmesuradamente. Su cara era muy larga, su nariz fina y angosta; su cráneo prolongado y abovedado recordaba la traza de los pórticos ojivales; sus ojos, hundidos en las cuencas, expresaban una abstracción profunda. Sobre la tetilla izquierda se percibía el tatuaje de una cruz apoyada en una esfera que simbolizaba sin duda el mundo. Estaba la anatomía de Celso seca y consumida como la de una momia, y me recordó la plumada feliz con que ha sido descrito San Pedro de Alcántara, diciendo que parecía hecho de raíces de árboles.

Me enteraron de que esta flacura y demacración se debía al ayuno que Celso rigurosamente practicaba, y a que no bebía más agua de la que cupiese en el hueco de la mano. Y cuando pregunté qué significaba la zona oscura que se advertía desde la mitad de las costillas hasta donde empezaba el paño femoral, me respondieron que era la huella del horrendo cilicio de púas de hierro que le quitaron trabajosamente antes de recluirle en la celda.

-No se puede V. figurar-añadieron- las barbaridades que hacía con su cuerpo el pobre hombre. Tenía en las rodillas dos durezas de un centímetro de grueso, formadas por el hábito de permanecer de rodillas sobre un peñasco horas y horas, hasta que caía desmayado de debilidad.

Si le hubiésemos fotografiado de espalda, vería V. el mapa que lucía en los lomos de los disciplinazos que se arreaba con una cuerda de  nudos, o con un trapo enrollado donde escondía unos quijanillos.

Increíble parece que resista tales embates la naturaleza humana. Aquí, después que se le retrató, vino un barbero y le desmochó esa selva de pelos; le arreglamos, le vestimos, le dimos una buena cama y una comida aceptable; ¡digo! sobre todo, después de las hierbas sin sal con que se mantenía en su antro. Pero, a buena parte ¡cómo si le diese a una estatua! Empeñado en no probar alimento, porque decía el muy bolo que era demasiado bueno para él.

Llegamos a temer que se muriese, ¿y qué discurrimos? Una cosa bastante aguda. Le presentamos la comida en un plato roto, diciendo al ofrecérsela. “Esto te lo damos de limosna; cómelo por el amor de Dios”. Si más pronto lo rezamos más pronto se lo engulle.

-¿Y les daba a Vds. mucho qué hacer ese infeliz?- pregunté con interés sumo_ ¿Alborotaba? ¿Escandalizaba? ¿Tenía accesos?

Quiá! Ni por pienso. Siempre tan manso y tan humilde. Solo que no nos obedecía sino en lo que le daba la gana; y ahí te quiero para reducirle a que se acostase, a que no se pasase las noches de invierno descalzo y medio en pelota, arrodillado sobre el baldosín. Llegamos a atarle a la cama, pero vimos que el remedio era peor que la enfermedad, porque trabajaba para hincarse las ataduras en la carne y reemplazar una mortificación con otra. Y no se figure V., trabajaba algo; ayudaba a los loqueros siempre que fuese en cosas bajas y en menesteres muy ínfimos.

Si veía algún loco en la cama, se ofrecía para las tareas que repugnan, para lavar lo que da asco... y lo ejecutaba con un gusto y un garbo pasmosos. Luego besaba los pies al enfermo y le hacía mil fiestas, tendiéndose como un perro al pie de su tarima.

Una vez le dio a otro loco por tomarle ojeriza a Celso.

Como los locos son tan vengativos y generalmente no abandonan la tema hasta que la satisfacen, procuramos que no se encontraran cerca en el patio a la hora de la recreación, ni en la capilla, ni en parte alguna. ¿Pues quién le dirá a V. que Celso de su propia voluntad nos cogió la vuelta y se fue a entregar a su enemigo, diciéndole que allí estaba, que ya podía hacer de él lo que quisiera y castigarle si así le placía, pero que por Dios tuviera caridad en interés de su alma?

El maldito loco ya se ve, ¿qué más quiso? Trincó un palo y dio la gran solfa a Celso.

Llegamos a tiempo de quitárselo medio moribundo, y a mí se me figura que debió de quedar resentido de la paliza porque le alcanzaría algún golpe en mal sitio; el caso es que desde aquel día siempre anduvo renqueando, siempre con calenturilla, hasta que se postró y no se levantó más.

Como viesen que me había quedado pensativa después de la historia y que volvía a examinar el retrato, me preguntaron qué opinión formaba de Celso.

_Primero desearía que me dijesen ustedes _respondí_ en qué consistía su locura.

_¡Su locura! ¡Cómo su locura! Después de lo que acaba V. de oír... ¿Le parece a V. poca guilladura no comer, matarse a golpes, dejarse reventar por otro demente, hacer esa vida de irracional, de bestia feroz en las cuevas de las montañas, lejos de la humanidad, sin provecho para nadie? Mire V. Aquí vienen, claro está, muchísimos enfermos, y algunos realmente tarda en conocérseles la manía, y hasta la conciencia, cuando los observamos tan sensatos, tan formales, tan correctos, no podríamos jurar que fuesen locos.   

Lo que es Celso... con verle bastaba. De fijo que si V. lo ve, no le deja andar suelto por el mundo.

Sonreí por deferencia, comprendiendo que no nos entendíamos. Y cerrando los ojos, evoqué un instante la austera visión de la Tebaida, los anacoretas en éxtasis, casi sin carne mortal, abrasados por la llama interior de sus fervores.

Los siglos no habían pasado: la imaginación suprimía el curso del tiempo.

EMILIA PARDO BAZÁN. Agosto de 1893.

(La lucha  órgano del partido liberal de la provincia de Gerona, año XXIII, número 5058 , 18 de agosto de1893).

 

2. “EL CASAMIENTO DEL DIABLO” 

          El curioso relato del que se ocupa este apartado aparece datado con fecha de 25 de enero de 1896. Ha sido recuperado de El Guadalete. Periódico político y literario (de 31 de enero de 1896). La peculiaridad de la historia radica especialmente en la tradición popular que la precede. Diversas son las fuentes de las que puede proceder el motivo central del cuento. De inicio, es evidente la impronta de texto bíblico sobre tal tradición popular:

Jehová Dios dijo en aquel momento a la mujer: “¿Qué has hecho?” A lo que la mujer responde: “He sido engañada por la serpiente, y de la manzana comí”. Entonce dice Dios a la serpiente: “Te maldigo por ello, maldita serás entre todas las bestias y animales de la naturaleza (…). Además habrá enemistad entre la mujer y tú, y entre vuestras simientes; ella te herirá en la cabeza y tú harás lo propio en el calcañal”.

 

          Se establece merced a este designio una enemistad antigua entre diablo y las mujeres, de las que se vale precisamente Dios para concretar sus castigos. Enjundiosa es además la tradición folclórica gallega, que conoció doña Emilia (conocida es su participación en la Sociedad de Folclore Gallego, así como su interés por las tradiciones populares: Ares Montes, 1988; Patiño Eirín 2006; Sotelo 2007; Herrero Figueroa 2009). Ahonda la tradición popular en la capacidad de la mujer para engañar al diablo y el rechazo en suma de este último de cualquier trato con ella: “E das que botou o demo pola cueira do carro; e das que fixo ¡ora!; e das que dixo o demo ¡xo!”, “Houbo o demo e a súa nai”, “Cangouma o demo: me la dio el diablo” (Noriega Varela, 1928: 18-31) son algunas de estas maliciosas expresiones cuyo sentido apunta a la bravura y mal carácter de una mujer (el pensamiento popular, gracias a expresiones como estas, destila la conflictiva relación con Satanás, gracias a la herencia recibida del pensamiento cristiano).

          Creemos pertinente considerar, por otra parte, el posible magisterio que ofrece el relato “El casamiento del diablo”, que Fernán Caballero publica (a partir, a su vez, de la tradición popular) en la prensa de mediados del siglo XIX (Semanario Pintoresco Español, número 47, 25 de noviembre de 1849, pp. 371-373; Folletín de Las Novedades, 30 de noviembre de 1854, pp. 1-5; El Eco de los Folletines, IV, 30 de noviembre de 1854). Cuenta la historia de la pobre Pánfila: la joven halla, en su deseo de casarse, los denuestos y el rechazo de la desengañada madre Holofernes, contraria a la vida matrimonial. Iracunda ante la decisión de su hija, la mujer la maldice, deseando que se case con el mismo diablo. Dicho y hecho: el pretendiente que seduce a la muchacha resulta ser el mismo Satanás. He aquí las reminiscencias que nos trae el cuerto pardobazaniano, en lo que toca de reelaboración del relato popular. El señor del Averno, siendo descubierto, padece abundantes azotes con rama de olivo de su esposa:

Cuando los novios se iban a retirar a la cámara nupcial, llamó la tía Holofernes a su hija y le dijo:

- Cuando estén ustedes recogidos en su aposento, cierra bien todas las puertas y ventanas, tapa todas las rendijas y no dejes sin tapar sino únicamente el agujero de la llave. Toma enseguida una rama de olivo bendito y ponte a pegar con ella a tu marido hasta que yo te avise; esta ceremonia es de cajón en todas las bodas y significa que en la alcoba manda la mujer, y sirve para sancionar y establecer ese mando.

 

 Y acaba siendo encarcelado en una redoma con la colaboración de su sagaz suegra:

Pero este señor, a pesar de que sabe mucho, según la fama, había dado con una suegra que sabía más que él (y no es la tía Holofernes el único ejemplo de esta especie). Así, apenas entró su señoría en el agujero de la llave, dándose el parabién de haber hallado como siempre la escapatoria, cuando se encontró preso en una redoma, que su prevenida suegra tenía aplicada por fuera al agujero de la llave, y no bien estuvo dentro, cuando la vieja tapó la vasija herméticamente; rogábale el yerno con las voces más tiernas y las súplicas más humildes, con los ademanes más patéticos, que le diese carta de libertad.

 

           Luis Coloma se hace eco del texto de Caballero en Solaces de un estudiante (1871), y el tema es igualmente recreado por José Muñoz Escámez en Azul celeste: cuentos morales (1903) (Amores, 1997: 209).

          El interés del diablo por la experiencia matrimonial, sea o no forzada, menudea en la tradición folclórica. Las Fiabe, novelle e racconti popolari siciliani (1870-1913) de Pitré recogen el relato del “Lu Diavulu Zuppidu”. Según documenta Delpech (2004: 124) el diablo decide casarse para conocer de primera manera qué sienten los hombres en tal estado; sin embargo, la experiencia es tan insufrible que decide abandonar a su inaguantable cónyuge para dedicarse a sus locuras demoníacas.

          En el relato pardobazaniano afirma el narrador valerse de un “cuento de viejas”, con todo lo que denota de cuento (a veces con tono de chascarrillo) bajo inspiración popular. Comienzan con ello las peculiares andanzas del demonio, castigado con la compañía de una mujer de excesivo celo en su recato (en la misma dimensión que procura poner orden en un infierno en esencia caótico). He aquí la historia.

 

NOTA A LA EDICIÓN: se transcribe el texto, según las norma actuales de acentuación y las convenciones vigentes en materia de puntuación. Se corrigen, igualmente, las erratas.

 

“El casamiento del diablo”

 

Voy a contaros un cuento de viejas, como que lo aprendí de una solterona de sesenta y pico, toda cansadita de llevar a cuestas su amarillenta palma, y tan corrida de envidia y despecho, que en vez de entretenerse cuidando loros y perros de lanas, no tenía más solaz que curiosear y celebrar los infortunios conyugales (ya supondréis que nunca le faltaba diversión). Ahora ya que sabéis la procedencia, oído al cuento.

Es el caso que el demonio, el mismísimo Satanás, a fuerza de padecer los suplicios infernales; a fuerza de ser por tantos miles de años achicharrado, frito, escabechado, tostado, esparrillado y dorado a la brasa, empezaba a sentir menos el dolor, y en cierto modo a habituarse a las torturas. No pudiendo la Justicia Divina tolerar que el ángel rebelde que nos perdió eludiese su castigo, trató de imponerle algún nuevo y desconocido tormento, no probado hasta entonces; y con la admirable previsión que determina los actos del Omnipontente, ordenó que sin pérdida de tiempo se casase Satanás.

El demonio, a quien todo se le podrá negar menos el pesquis, cuando supo el nuevo castigo, aturdió con ahullidos de desesperación  las negras sendas del averno; pero allí no valían pamemas, y no había sino que a casarse tocan, porque quien manda, manda. En vista de la necesidad ineludible, avínose Satanás a doblar el cuello al yugo; y únicamente pidió con gran humildad (estilo bien sorprendente en el maestro de la soberbia) que le permitiesen elegir de una terna la esposa que había de compartir con él las lobregueces del Tártaro; pensando para sí que elegiría mujer incapaz de engañarle (cosa difícil, porque rara es la mujer que no sabe engañar al diablo), a toda prueba virtuosa, pues no hay apreciador más refinado de la virtud en la mujer que el muy ladino demonio.

Concedida la gracia, el ángel exterminador bajó al limbo, y sin penetrar en la mansión doliente, presentó a Satanás tres novias. Tenía la primera ojos de lumbre, aceitunada tez, pelo color de ala de cuervo, talle flexible, y entre sus dedos morenos y afilados  temblaban las andaluzas castañuelas y repicaba la pandereta encintada de vivos colores. A su cuerpo de serpentinas curvas se ceñía el mantón manileño, y sus pies calzados de raso herían el suelo con gracioso ritmo.

“Te conozco”, calculó Satanás apenas echó la vista a la meridional belleza. “Eres un tipo que me ha sido en extremo útil para trastornar cabezas vacías y perder almas bobas. Que carguen contigo los hijos del mentecato Adán: no me convienes, porque me volverías loco a mí, y pata arriba el infierno, con tus quiebros y tus zalamerías”.

Y se fijó en la segunda novia, que en vez de bailar flamenco permanecía reclinada en rico sofá de raso. Su traje de terciopelo negro, escotado y de manga corta descubría y realzaba la magnificencia de sus formas esculturales y la deslumbradora blancura rosada de su cutis. Su cabellera abundantísima ondeaba por las espaldas hasta el suelo, con el matiz del oro en las joyas antiguas, y su boca era una rosa teñida en sangre fresca. “Te conozco, beldad rubia, beldad soberana”, volvió a decirse Satanás. “Si no condenas las almas de los demás como la morena, en cambio siempre pierdes la tuya embriagada por el humo del incienso y ofuscada por la vanidad. No te quiero para esposa: me afrentarías, solo por jactancia de encontrar adoradores y esclavos en el mismo infierno”. Y haciendo una señal negativa, fijó sus miradas en la novia tercera.

Esta no era fea ni bonita. Blanca, de pelo castaño, de facciones sin expresión, bajaba los ojos y no levantaba la mano de la costura. “Hacendosa esta parece”, reflexionó Satanás, “y no cabe duda que no se ocupa de pretendientes ni amoríos. Se me figura que cargo con esta”. Y el Ángel exterminador, encargado de arreglar la boda de Satanás, apenas adivinó el pensamiento del precito, le entregó la mujer elegida, diciendo con sonrisa celestial: “No te quejes de la divina misericordia. Te ha tocado en suerte una mujer fiel, virtuosísima”.

Regocijose el diablo, pensando que sería muy llevadero el castigo; tanto más cuanto que la nueva diablesa parecía al pronto lo que se suele llamar una esposa modelo. Sin embargo, al poco tiempo empezó la señora de Satanás a sacar las uñitas; y a echar un geniecillo que bien podía sin hipérbole llamarse de mil demonios. Satanás, no conseguía paz ni un minuto: por cualquier pretexto gruñía, tronaba o relampagueaba su cónyuge. Que si estaban los salones infernales mal barridos y llenos de colillas de cigarros; que si los diablos menores no la respetaban y delante de ella se tomaban la libertad de escupir azufre y maldiciones; que si Satanás no se lavaba y jabonaba como es debido al salir de las calderas de pez; que si la semana pasada se había gastado una arroba de aceite de más en freír condenados, lo cual era un desbarajuste y una ruina; que si todas las horquillas de ensartar almas estaban rotas, y el holgazán del diablo herrero no las componía nunca... En fin, la serie de broncas y gazaperas fue tal, que Satanás tenía la cabeza como un bombo, jaqueca diaria, y un ataque al hígado por mes. Y cuando reprendía a su mujer y se quejaba de vida tan infernal, replicaba ella: “Todos mis enojos son justos; todo lo que chillo y pataleo es en bien de tu hacienda y para ordenar tu casa, y debieras darte con un canto en los pechos, pues te ha deparado la suerte mujer fiel, virtuosísima”.

Tanto arreció la fiereza de la esposa y la melancolía y rabia del esposo, que un día Satanás, vencido, bajando la cresta y rogando al cielo, exclamó: “Señor, ya que me quieres casado, obedeceré, pero dígnate enviarme una pecadora, porque así a lo menos inspiraré compasión a alguno. Con las mujeres fieles y virtuosas, ni aun queda el desahogo de quejarse”.

 

EMILIA PARDO BAZÁN. 25 de enero de 1896.

(El Guadalete  periódico político y literario, año XLII Número 12239, 31 de enero de 1896, 1)

 

3. “PROFECÍA PARA EL AÑO DE 1897”

El relato que por último se ofrece, firmado por doña Emilia el 31 de diciembre de 1896, procede de El Adelanto. Diario político de Salamanca (época 2ª, Año XIII, número 3392, 2 de enero de 1897). El ejemplar que ha llegado a nuestras manos ofrece serias deficiencias de lectura en el primer párrafo y algunas de las líneas sucesivas, debida a una deficiente conservación; vanos han sido de momento nuestros intentos de recuperar algún otro ejemplar de este mismo número. Ofrecemos, por tanto, la transcripción de lo hallado, indicando cuando proceda las (pocas) partes en las que es imposible ofrecer una lectura fidedigna.

El texto nos ofrece un motivo bienquerido por la escritora, el final de un año y el nacimiento de otro nuevo, con las aspiraciones y deseos que este último pueda traer. Frecuenta a lo largo de los años este tema, con ocasión en especial de los últimos días de una anualidad y el comienzo de los nuevos. Se tratan de cuentos festivos en muchas ocasiones, de tono circunstancial en otros, cuyo objetivo busca conmemorar una festividad como colaboración específica para diferentes rotativos. Lo percibimos, como se señalaba, en diversos años, siendo este que nos ocupa un texto alusivo a 1897. González Herrán (2008: 407) ofrece, precisamente, una primera lista de textos relacionados con el tema del inicio de un nuevo año:

“Entrada de año”, El Imparcial de 2 de enero de 1898

“Diálogo secular” (curiosa conversación entre el siglo XIX y el XX), El Imparcial de 1 de enero de 1901.

“Juicio del año”, La Ilustración Artística, 1 de enero de 1902

“Chácharas de horas”, Almanaque de la Ilustración Española y Americana de enero de 1910.

“Los dulces del año” (desencantado relato, no exento de ironía, en el que el pequeño nuevo año reparte dulces; un carbonero, ante su ofrecimiento, le ruega que ese mismo año pase pronto) en el Almanaque de la Ilustración Española y Americana de enero de 1913

“El viejo de las limas” (alegórica bienvenida del año 1914, de la mano del personaje de Leonisa que despide al viejo 1913), en el Nuevo Mundo de 1 de enero de 1914

“El testamento del año”, en La Esfera de 1 de enero de 1921.

A ellos se suma la recuperación de un cuento, “Al arrancar la última hoja del Almanaque”, relato que se centra en los propósito de enmienda y de vida reformada de Juan Español, de nuevo alegórica figura que parece representar la propia realidad patria.

Podemos proponer otros ejemplos que completen el citado repertorio. Propósito de una existencia renovada se hace la Ángela de “Vida nueva” (El liberal, 1 de enero de 1893) el día de año nuevo, y recibe por ello con fervoroso ímpetu a la pequeña criatura que simboliza el cambio de fecha. En “El error de las hadas” (La Ilustración Española y Americana, Almanaque de 1912) se mantiene el tono pesimista de muchos de estos relatos, dado que, por equivocación, el hada de la vida reanima al moribundo año viejo y el hada de la muerte coge entre sus brazos al recién nacido año. Para disimular su error, disfrazan al vejestorio insuflado de nueva vida con ropajes de año recién germinado, cuando como cabe suponer nada nuevo brotará realmente con él.

Del paso de 1913 a 1914 se ocupa “Padre e hijo” (La Ilustración española y americana, número 48, 1913), desencantada visión en el que el año que muere vaticina ilusiones incipientes en el arranque de la nueva fecha, y una desilusión progresiva en su crecimiento cuando los males de la humanidad proliferen. La muerte del año viejo se escenifica en “Los años rojos” (La Ilustración Española y Americana, número 48, 1915); el decrépito año, antes de morir, es capaz de ver a su nuevo vástago, representante para él de una ansiada paz.

Con el advinimiento del año 1918 Pardo Bazán nos ofrece el relato “El panteón de los años” (El Sol, 30 de diciembre de 1917, número 29), composición de tono reflexivo en la que recrea el paso del Tiempo desde los albores de la humanidad y la llegada de Cristo, hasta la misma fecha que se pretende conmemorar. Merced a ello, se nos dice:

A la evocación del Padre de los Años, se presentó, en efecto, el de 1918. Levaba esta cifra en la frente, y solo por ella pudo reconocerle Kronos, que, atónito, le contemplaba. El Año acabado de nacer no tenía forma humana; era una sombría Esfinge de bronce, medio monstruo y medio fiera. Y el bronce de la Esfinge estaba caldeado por un fuego interno, inextinguible (Axeitos y Carballal, 2009: 412).

 

          Igualmente, los estertores del Año Viejo, 1918, se escenifican en “El crimen del Año viejo” (El Sol, 1 de enero de 1919, número 29):

Justamente mi pena al irme de entre vosotras al frío del panteón donde he de dormir eternamente, en compañía de los que me han precedido, consiste en que ignoraré en qué ha parado la Paz. Me voy con esta curiosidad, y no sé lo que daría por satisfacerla. Envidio a esa criatura. Dichosa ella, que verá lo que yo no he de ver, y sabrá la palabra del enigma (Axeitos y Carballal, 2009: 430).

 

          Alusiones estas últimas al fin de la I Guerra Mundial, sobre la que opina en numerosas crónicas periodísticas la autora para perfilar la posición de los partidarios de los dos bandos, aliadófilos y germanófilos, y el devenir de la guerra.  

          En fin, la muerte del año 1919 no augura nada bueno, dado que su sucesor es un ser deforme “cubierto de lacras y pústulas” (“El engendro”, Raza española, número 12, 1919). El tono pesimista se mantiene en el cuento que ahora se edita: la buena intención de Dios no prospera, ante la ineficiencia del Tiempo que, con su error, provoca que persistan los males del hombre. Disfrútelo el lector.

NOTA A LA EDICIÓN: se transcribe el texto, actualizándose puntuación y ortografía. Se corrigen, igualmente, las erratas.

 

“Profecía para el año de 1897”

 

El Creador de los cielos y la tierra mandó comparecer al Tiempo ante su solio  augusto (?), y el Tiempo obedeció sin tardanza.

Hallándose frente a frente los (…) dos ancianos el uno con su senectud augusta y divina (?), su barba extendida como las ondas de un argentado río, su inmenso manto de (…) púrpura, su aureola de rayos y el (…) triángulo, que encierra la paloma sirviéndole de diadema; el otro, descarnado, amojamado, sin más ropaje que un paño amarillento, con las alas fatigadas y peladas de tanto uso, los ojos de brasas, erizadas las greñas, y asiendo la guadaña reluciente y el reloj de arena fatídico. El Creador, sentado apaciblemente en la gloria de su eternidad, y el Tiempo, de pie, impaciente por deslizarse, por huir, por seguir su carrera, que jamás interrumpió.

_Te he llamado _dijo el Creador_ para hacerte un bien. No ceso de recibir quejas de ti: los mortales afirman que eres peor a cada paso, y que cada año les das más disgustos.

_Los mortales son un ganado sarnoso, hablando pronto y mal_respondió gruñendo el Tiempo._ No conocen mi inmenso valor; me desperdician, me derrochan, me echan por la ventana... y después dicen que no me tienen, que les falto; unas veces me acusan de volar, otras de que no me voy nunca: ya discurren medios de matarme, ya lloran porque me han perdido... A bien que no les hago caso y sigo mi camino, siempre igual, siempre indiferente. Ellos pasan, yo prosigo, ¡allá se las compongan!

_Ellos, advirtió el Creador_ llevan en sí algo que no pasa, mientras tú, ante la eternidad, representas infinitamente menos que una hoja en una selva. No olvides que también eres mortal, y que no tienes alma. Trata de ser dulce y agradable... Dales, por una vez, una año venturoso. Lo vas a elegir tú mismo. Busca un 1897 que les demuestre mi bondad.

Hablando así, hizo señas a dos angelitos, y estos trajeron un globo de esmalte azul lleno de bolas; una especie de bombo de la lotería celestial. El tiempo metió los esqueletados dedos en el globo, y sacó un buen puñado.

Eran las bolas de materias muy diferentes. Las había de barro, de arena, de piedra, de hierro, de acero, y hasta de oro, plata, marfil y ópalo.

Una de ellas consistía nada menos que en un limpio, gordo y claro brillante.

_Señor, exclamó el tiempo apartándola _ya que se trata de darles un año extraordinario y faustísimo (?), elegiré este brillante y lo mandaré con la cifra de 1897.

_Advierte_ objetó el Creador_ que los años como este (?) de un brillante cuya luz eclipsa la de las constelaciones, son aquellos en que nacen los genios extraordinarios, que modifican la faz del mundo. Mientras esté mamando el genio, de nada le servirá a la pobre humanidad doliente.

_Entonces apartaré una bola de oro.

_Menos. La bola de oro significa que los grandes capitales crecerán como los ríos en invierno. ¿De eso, qué les importa a los pobres?

_¿Una de hierro?

_¡Buena suerte les daría! Guerras, victorias, sangre derramada... No; busca entre esas bolitas, una blanquecina, blanda al tacto, una humilde bola de harina de trigo... Es el símbolo de los años de abundancia. Aunque nadie esté opulento, todos comerán en paz; en los hogares habrá alegría, y el bienestar les traerá al corazón la gratitud y a los labios la bendición.

Dócilmente, el Tiempo cogió la bolita, y abriendo sus peladas alas que parecían hechas de plumeros viejos, descendió del Paraíso al éter, y de la región del éter a la de las nubes.

Llevaba la bolita en el hueco de la mano derecha, pero el temor de perder el fatídico reloj de arena, que le estorbaba en la izquierda, le obligó a hacer un movimiento impremeditado, a abrir la mano sin querer; y como en aquel crítico momento se encontrase a plomo sobre el Atlántico, la bolita que representaba el año de abundancia y paz, cayendo desde el firmamento, fue a sumirse en las profundidades del Océano...

_¿Qué haré?_ pensaba el Tiempo, al dejarse desplomar a su vez sobre un terreno desierto y peñascoso. _ No me atrevo a volver al cielo y confesar mi torpeza. ¡Bah! Sustituiremos fácilmente la bolita...

_Reflexionando así, miró a su alrededor y vio una veta de tierra blanca, sobre las rocas. Esto se parece bastante a la harina... Después de todo ¡para lo que merecen estos sandios!

Dicho y hecho. Tomó de aquella tierra blanca, y con agua del mar amasó una bola muy semejante a la que se le había caído. Después, con un palo agudo, escribió encima: 1897.

Cuando la humanidad, y sobre todo cuando España reciba la bolita amasada por el Tiempo, le atribuirá una atroz venganza. Ni el mismo anciano de las peladas alas y de la guadaña inflexible, sabe lo que ha hecho... ¡La tierra blanca era nada menos que el speculum album, el arsénico! ¡Año terrible!

EMILIA PARDO BAZÁN. 31 de diciembre de 1896.

(El Adelanto. Diario político de Salamanca, época 2ª, Año XIII, número 3392, 2 de enero de 1897, 2)

 

 

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