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REVISTA ELECTRÓNICA DE ESTUDIOS FILOLÓGICOS
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NÚMERO 2 - NOVIEMBRE 2001

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Ramón Gaya, nuevo doctor Honoris Causa

Doctor de la luz y de la forma [1]

 

Pascual Vera

 

(Universidad de Murcia)

 

Como su obra, personal, atípica y a contracorriente, la casa de Gaya en Madrid se aleja de lo que a uno se le antoja como previsible en esta ciudad. El edificio es noble, hermoso e iluminado, con las grandes puertas de su entrada abiertas de par en par a un tranquilo jardín. Desde el espacioso zaguán de la entrada se accede -caprichos del destino- a una galería de arte en cuyas paredes, curiosamente, pueden verse en esos momentos las esplendorosas pinturas del artista murciano: su primera exposición madrileña en muchos años.

La tarde es plomiza y amenaza tormenta, pero hasta que la lluvia se enseñorea totalmente del ambiente, el estudio de Gaya, convertido en privilegiada atalaya hacia el jardín, permanece iluminado. En un extremo, abigarrados anaqueles llenos de libros de pintura, prestos a ser ojeados, alternan protagonismo con un puñado de fotos con cuya contemplación el pintor confiesa sentir un grato placer -recuerdos familiares, de alguna figura del toreo, o de alguna cantante-. En el extremo contrario, el más próximo a la entrada, un lienzo con una de sus copas a medio adquirir esa rara cualidad -¿presencia o ausencia?- que sólo Gaya les sabe conferir, nos recuerda que estamos en el estudio de un pintor que, pese a cumplir 89 este año, conserva su vitalidad y su genio.

Los salzillos, Murcia y la Trapería

Son vísperas de Semana Santa y don Ramón está preparado para contemplar en breve la procesión de los Salzillos, ese acontecimiento que él definió como "una mañana entera y grande de Murcia" y al que acude, año tras año, para ver desfilar por nuestras calles la obra de nuestro imaginero: "Mi padre tenía pasión por todas las artes, y cada año me despertaba temprano para acudir a contemplar la procesión del Viernes Santo. Para mí no es ya sólo el valor que tienen por sí mismas estas imágenes, sino esa tradición que me gusta conservar".

Los salzillos, la Trapería, la catedral, el sonido de sus campanas... imágenes, sonidos y recuerdos que le fueron arrebatados a Gaya durante 20 años, en un exilio forzoso en el que le desprendieron de lo que más quería y del que regresó en 1960: "El calor, la luz, mi colegio, las campanas..., me impresionó mucho volver a encontrarme con la huerta, con la casa en la que había vivido, cercana a la calle de la Aurora..., aunque me habían pasado tantas cosas en la guerra que no me podía entretener mucho...".

México, Francia, Italia... varios países lo acogieron durante décadas, haciendo de Gaya un artista desarraigado -tan sólo en el sentido etimológico del término- al que, pese a todo, y en acertada frase de Castillo-Puche, "Murcia le sienta muy bien". "Lo que me sienta mal -dice socarrón- es lo que a veces le hacen a Murcia, tantas obras han acabado con la identidad de la ciudad".

Pero antes, mucho antes de aquellos lejanos años 60, un Gaya jovencísimo y vanguardista, influenciado por el cubismo y preocupado por el arte y la cultura en general, un muchacho que había conocido personalmente a Juan Ramón Jiménez y a buena parte de la Generación del 27, viajó a París junto a sus paisanos Pedro Flores y Luis Garay: "Yo me crié en el ambiente de ellos, de Clemente Cantos, de Joaquín, etc., pues mi padre, que era litógrafo, les enseñó a todos esta técnica".

De vuelta a los clásicos

En la ciudad de la luz, y con tan solo 17 años, expone en París, y conoce a Picasso. Pero el joven Gaya se siente desilusionado cuando ve al natural a los artistas que tanto le habían apasionado..., y decide volver a Murcia. Se produce entonces un rompimiento con la pintura moderna por parte de Gaya y un reencuentro con los clásicos: "Al poco de regresar, me encontré en la Platería con Jorge Guillén -entonces profesor en la Universidad de Murcia- y me preguntó por mi viaje a París. Recuerdo que le contesté que lo que más me había gustado habían sido Las Meninas, de Velázquez".

Más tarde escribiría: "Después de ver a Braque, fui al Prado y vi "Las Meninas", de Velázquez. Inmediatamente Braque me pareció viejo, anticuado; lo que era en verdad moderno era el cuadro que tenía delante. Las pinturas de Braque parecían hechas hace mucho tiempo; "Las Meninas", la semana pasada". Gaya había tomado una decisión que mantendría ya durante toda su vida: no seguir los dictados de la moda y andar su propio camino.

"Yo reconozco -explica como haciéndonos partícipes de un secreto- el genio descomunal de Picasso, pero, inmediatamente después, si estamos entre amigos y no nos peleamos -dice irónico-, tengo que decir que a mí el genio me gusta poco. Al que se siente genial lo encuentro algo farsante"

Pintor velazqueño, su pasión por el genio sevillano es conocida, aunque le gusta matizar: "no estoy abonado a Velázquez, me impresiona su grandeza, pero hay muchos pintores, y no sólo pintores, sino escultores y poetas, que me llegan muy dentro". "Hago pocas diferencias entre un poeta, un escritor, un pintor, un músico... todo está interrelacionado, y no comprendo a los historiadores que son capaces de aislar a un artista de su entorno o de otras manifestaciones artísticas".

Ahora, en la primavera de 1999, siete décadas después de aquella primera muestra parisina, Gaya se ha reencontrado de nuevo con la capital francesa exponiendo su obra nuevamente en una galería de aquella ciudad.

Gaya ha roto el aserto/maldición que asegura que nadie es profeta en su tierra. Los murcianos le observan con admiración cuando pasea por las calles de la ciudad -algo que pudimos corroborar días después, durante el acto de investidura, en el que, a la salida del mismo, se vió literalmente asaltado por cientos de entusiasmadas personas que querían acercarse al artista-: "Yo ya me sentí muy querido de joven, cuando marché a París, con 17 años".

Juan Ramón Jiménez, Machado, García Lorca, Alberti, Cernuda, Salinas, Dámaso Alonso, Bores, Picasso, Rosa Chacel, María Zambrano, Italo Calvino, Octavio Paz... son algunos de los intelectuales y artistas con los que Gaya ha mantenido relación. "Conocí a mucha gente, entre ellos a toda la generación del 27", pero es probablemente el recuerdo de Juan Ramón Jiménez el que más huella le deja: "Juan Ramón era muy impresionante, de un gran rigor, el estar con él producía una tensión tremenda, tanto que a veces te daban ganas de echar a correr", asegura sonriendo, mientras en la retina parece dibujársele el lejano recuerdo del poeta de Moguer.

La esencia de la pintura

Contemplar un cuadro de Gaya es sumergirse en un apasionante pulso con la luz, en un contínuo juego de colores y luminosidades en el que la forma es sólo insinuación; la captación de la esencia íntima de esos pequeños objetos que con frecuencia pueblan sus cuadros: copas, jarrones... -"Siento predilección por esos objetos de cristal, y los suelo incluir en mis obras"-, y el encuentro con una nueva dimensión en cuyo interior el espectador acaba penetrando ineludiblemente .

El excelente humor del artista es patente cuando, en determinados momentos de nuestra charla, los constantes apuntes de datos de su esposa, a su lado, y atenta a la entrevista, le hacen exclamar sonriendo y señalando en su dirección: "Es que la utilizo para que me diga cosas..., habla mejor que yo".

Pájaro solitario -"Ya os estáis metiendo conmigo", dice afable-, como el Velázquez protagonista de su espléndido y modélico estudio, Gaya ha intentado rehuir modas al uso: "la vanguardia a veces tiene mucho de mero juego intelectual: no se puede estar inventando lenguajes nuevos contínuamente. Yo creo que a la pintura hay que respetarla". Un respeto que se transforma en una relación casi espiritual con lo pintado y que él definió en límpidos endecasílabos:

 

"Pintura no es hacer: es sacrificio,

es quitar, desnudar, y trazo a trazo,

el alma irá acudiendo sin trabajo."

 

Han pasado 88 años desde que su vieja casa del Huerto del Conde, en la murcianísima Puerta de Orihuela, le viera nacer. Ahora, en una fecunda madurez, el murciano Ramón Gaya es nombrado doctor Honoris Causa por la Universidad de Murcia, una distinción que para él tiene no sólo el valor del reconocimiento en su propia tierra que, sino que supone, además, formar parte de la mayor institución docente de la región para una persona que, como él, apenas fue a la escuela: "Un día llegué a mi casa y dije que no volvía al colegio, que lo que yo quería era pintar y que lo demás no me importaba nada".

"Resulta curioso que en la Universidad de Murcia tengan esa atención hacia mí -reconoce-. Reflexionando sobre ello, he llegado a pensar que en otro momento, 20 o 25 años antes, quizás no hubiese aceptado la distinción por mi carácter un tanto inconformista. Pero en estos momentos  pienso que esto obedece a una buena intención, y tengo que aceptarlo".

Ahora, 76 años después de que aquel chaval que ya leía a Nietzsche cuando, con 12 años, decidió dejar para siempre el viejo colegio de Santo Domingo, ha vuelto a las aulas, y lo ha hecho por la puerta grande, como esos artistas del toreo que tanto admira: para recibir, en un Paraninfo repleto y entregado, el doctorado Honoris Causa por la labor de toda una vida dedicada al arte con la pasión de los convencidos y el saber hacer de los verdaderos maestros.



[1] Campus, Universidad de Murcia, III Época, junio 1999, nº 4, Sección “Reportaje”, p. 18-20.


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