REVISTA ELECTRÓNICA DE ESTUDIOS FILOLÓGICOS


ELLA, DRÁCULA, JAVIER GARCÍA SÁNCHEZ

(Booket, Barcelona, 2005)

 

          Se decía que la Condesa hablaba alemán y latín con fluidez, cosa que era cierta. De ello se ocupó su suegra Orsolya Kanisky, esposa de Jorge Nádasdy y mujer piadosa. También aprendió nociones de francés y de italiano, idiomas que estaban muy de moda en los salones y palacios. Pero su lengua era el húngaro antiguo, que János entendía con cierta dificultad.

          - Miert nem jössz? –le preguntó ella: «¿Por qué no vienes?», frase a la que acompañaría un gesto significativo de su cabeza.

          - Kérsz almát? –insistió de nuevo la Señora: «¿Quieres una manzana?» Le estaba ofreciendo una manzana roja que acababa de extraer de un pequeño capacho. János asintió, no porque le apeteciese aquel fruto sino por no contrariarla.

          Se la lanzó y él se limitó a cogerla al vuelo apretándola contra su pecho. Antes había depositado el haz de leña en el suelo. Por suerte no se le cayó de nuevo de manera aparatosa.

          - Hány éves vagy? -«¿Qué edad tienes?», volvió a preguntar ella, aunque con voz neutra, por completo carente ya no de afectación, sino de sentimiento.

          János lo dijo en un monosílabo, que procuró pronunciar respetuosamente. Acababa de recordar la edad que tenía, hasta tal punto estaba obnubilado. Siete años. En un instante se dio cuenta de que temblaba como una hoja.

          - as felelem? –oyó que le preguntaba esa voz llegada de arriba: «¿Tienes miedo?»

          János negó con la cabeza, aunque mentía. Se oyó una risotada de la mujer rubia que la acompañaba, y que poco antes había golpeado al haiduco con inusitada saña. El viento ululaba en la llanura. A duras penas el pequeño János consiguió articular una frase de disculpa:

          - Fáradt vagyoksjnálon, Asszony

          Tan solo eso: «Estoy cansado, lo siento, Señora», esgrimiría con párvula modestia.

(pp. 22-23)

 

 

          La chica rompió en un fuerte sollozo, ahora sí. Temía los golpes, al igual que las otras. Un codo la empujó hacia donde se hallaba su dueña. Era preferible aceptar el castigo o la reprimenda a enfurecerla, eso bien lo sabían todas. Mientras, la pobre no dejaba de emitir hipidos al tiempo que suplicaba:

          - Szjnálom, Asszony, szjnálom -«Lo siento, Señora, lo siento…»

          El silencio iba espesándose a cada segundo, que se les hacían interminables. Tuvieron que sentirse sumamente desconcertadas cuando oyeron que Erzsébet, quien parecía haberse puesto aún más pálida, decía en voz baja:

          - Kerszenni?

          Se miraron unas a otras, atónitas. Habían oído bien:

          - «¿Tienes hambre?»

          - Köszönöm, nen -«No, gracias.» Por un momento creyó que la obligaría a ingerir una, dos, tres manzanas a modo de escarmiento, hasta atragantarse. De nuevo sollozó–: Bocsánat, bocsánat… -«Perdón, perdón…»

          Pero era por completo inútil cualquier frase.

(p. 148)

 

 

          Como se ve, de todo aquello pudo haber tenido noción Erzsébet, a quien sin duda apasionaba el tema de los vampiros. Todavía más, si cabe, que el de la brujería, pues si mucho le había costado dar con una bruja digna de crédito como Anna Darvulia, aún más le costó encontrar a la única que poseía los suficientes méritos para erigirse en su digna sucesora, Ezra Májorova.

          En cambio, de los vampiros, y eso lo sabe a la perfección János Pirgist porque a él le sucedió lo mismo cuando era niño y aún ahora las gentes no dejaban de importunarle con tales historias, Erzsébet oyó hablar siempre y con total naturalidad a los Báthory, cortadores de cabezas y empaladores de cuerpos. A ellos poco podía impresionarles el cariz enigmático de esas fábulas, se llamase a los vampiros como se les llamase, y según la región: moroï, opers, varcalaci, vidmes, pricolici o el más implícito diavoloace.

          Erzsébet lo único que sabía, y no tendría ninguna duda al oír esas leyendas, era que los vampiros humanos habían dado pruebas de su existencia en episodios de los que quedaba constancia escrita y legal por parte de las autoridades en sitios como Blovu, cerca de Kadam, en Bohemia, y también en Olmutz, villa morava. O en las cercanías de donde ella nació en el cantón húngaro de Oppida Heidonum, junto a Transilvania, o en Amarasti, no lejos de Dolj, en Mehedinti, justo al lado de Vaguilesti, en Kartrzy, más al norte, y ya en plenos Balcanes, en lugares como Kilósova, Medredja o Kisiljevo.

          Así llamaron los antiguos escritores latinos a las sirenas, que también eran mujeres-vampiro: Cruenta sirenum ora…, las bocas ensangrentadas de las sirenas, o Deterrimae versipelles, las pérfidas sagaces que se alimentaban de sangre y eran insaciables. Pero había algo que intrigaba más a Erzsébet que toda esa serie de apariciones que mucha gente decía haber presenciado. La palabra pyr para los eslavos significaba «pájaro». Ella quería volar ni más ni menos que esos animales que, parecidos a los murciélagos pero más grandes que éstos, sí había podido ver con sus propios ojos: los vampiros de verdad.

(pp. 336-337)