REVISTA ELECTRÓNICA DE ESTUDIOS FILOLÓGICOS


LOS ARTÍCULOS DE “EL POBRECITO HABLADOR”

(IV: 2010)

 

Juan Gómez Capuz

 

LAS CLONES DE LA ESTEBAN

 

El boom mediático que ha experimentado Belén Esteban ha sorprendido a muchos analistas, tertulianos y al público en general. Se le ha llamado “la princesa del pueblo”, su presencia es imprescindible en ciertos pseudoprogramas de televisión y se la suele considerar un caso singular, inaudito (pese a lo que chilla), una perla no cultivada que se encuentra rara vez dentro de una ostra.

Pero, en el fondo, si analizamos con un poco de detalle la sociedad urbana española actual, nos daremos cuenta de que Belén Esteban no es única, sino que es el típico producto de un determinado estrato sociocultural. No es que ahora hayan surgido imitadoras de la Esteban, sino que la Esteban es una más de ese grupo. Como mucho, se podría decir que son productos clónicos, surgidos del mismo caldo de cultivo (de agua estancada), que son las “clones de la Esteban”. Intentaremos por tanto, ofrecer una radiografía o descripción biológica de esta nueva subespecie a la podríamos denominar, parodiando a Linneo, homo paulum sapiens Bethlem Stephani.

Las clones de la Esteban, como buen producto clónico surgido de una sociedad uniformada, apática y acrítica que cada vez se parece más a la que dibujaron Huxley en Un mundo feliz  y Orwell en 1984, tienen una apariencia física bastante similar. Suelen tener el pelo greñudo, rubias de bote mal tintadas con mechas horribles hechas sin querer por una peluquera de tercera. Las facciones duras (poco femeninas para mi gusto pequeñoburgués), prematuramente ajadas por vivir la vida a tope desde que eran unas crías (como luego veremos). Su boca es grande porque se ha ido adaptando biológicamente para poder chillar mucho, ya que ellas basan su argumentación no en la riqueza de los argumentos ni en la corrección idiomática sino en el volumen de la voz y algunas modulaciones particulares (por ejemplo, separar mucho las sílabas, pues parece que los enunciados largos quedan lejos de su corto alcance y necesitan fragmentarlo en unidades menores, como cuando dicen “por mi hi-ja maa-to”). Además de tener la boca grande, suele ser habitual en ellas hincharse los labios con silicona o bótox, no sé si para parecer más atractivas o para dar más miedo a sus rivales (generalmente mujeres como ellas, con las que discuten acaloradamente, como si fueran una colonia de bonobos hembras). Desde muy jóvenes, también se hacen implantes de silicona en los pechos, generalmente en la clínica semiclandestina de un dudoso cirujano plástico hispanoamericano en un polígono abandonado. Para que se note más, suelen llevar un sujetador de varias tallas más pequeño (como hacen las mujeres que salen en los concursos nocturnos de la tele): de esta manera, aunque las clones de la Esteban te produzcan alergia, no puedes evitar posar tu mirada en esos dos conos volcánicos que amenazan con desbordar las diminutas copas del sostén y explotar en un colosal Big Bang  venusiano (de Willendorf), mucho más potente que los experimentos de Flippy y Ferran Adrià con nitrógeno líquido. Otro rasgo físico que personalmente me espanta es la querencia de estas clones por los tatuajes y los piercings: llevan tatuajes hasta en el sobaco y piercings en los lugares más inverosímiles, como cejas, aletas de la nariz, labios (¡y no se les sale la silicona!), ombligo y otros que ocupan una posición más meridional… . La verdad es que no sé cómo se las apañaran para pasar por el detector de metales de un aeropuerto o para hacerse un TAC. En cuanto a complementos, llama la atención que casi todas las clones de la Esteban prefieran las gafotas de sol de espejo tipo antifaz, tops ceñidos que ponen de manifiesto el piercing del ombligo… y todas las lorzas, así como botas de caña alta (aunque sea verano). Todas las clones de la Esteban tienen esos mismos rasgos físicos e indumentaria, los cuales actúan a manera de uniforme de una sociedad igualitaria por lo bajo. El balance de todos esos rasgos nos hace pensar a una versión de regional preferente de Pamela Anderson y Angelina Jolie metidas de extras en una secuela barata de Mad Max.

En cuanto al carácter y la formación académica, ya nos podemos imaginar. Las clones de la Esteban suelen ser mujeres muy bastas, tremendamente incultas y que a menudo presumen de ello. Han crecido en barrios obreros en la periferia o el cinturón industrial de las grandes ciudades y piensan que la cultura es un lujo y una mariconada. Y vuelvo a insistir que no se trata de un ataque particular a Belén Esteban, sino que hay cientos de miles de mujeres así en este país y que cada vez son más, a causa de los pésimos planes de estudio que cambian por interés político cada cuatro años y a causa de una subcultura audiovisual que no siente el menor interés por la cultura seria y escrita ya que sólo se complace en ver por la tele las miserias de los que son igual incultos. Con tan pobre bagaje académico (muchas de las más jóvenes no tienen la ESO, pero es que las clones treintañeras no tienen ni siquiera el graduado escolar de la EGB) y sin apenas especialización profesional, sólo son capaces de sobrevivir con trabajos poco cualificados de salario ínfimo. Quizá esa marginación social modele su carácter: como hemos dicho, son bastas, groseras, chillonas, verduleras (con perdón para las verduleras), arrabaleras, peleonas, violentas, voncingleras y malhabladas. Suelen ir en grupo (como sus equivalentes masculinos) porque saben que sólo pueden vencer por la superioridad numérica y por el atronador volumen de su voz: dan miedo cuando ves una jauría de clones de la Esteban en un centro comercial, que es su hábitat más frecuentado.

A la hora de buscar pareja, las clones de la Esteban lo tienen muy claro: buscan un hombre de su mismo estrato sociocultural y, a poder ser, que sea más basto, inculto, violento y malhablado que ellas, una especie de macho dominante. Son como la mujer de aquel anuncio de Busco a Jacqs y luego nos sorprendemos de que haya tantos casos de violencia de género. Paradójicamente, pueden tolerar al mariquita de barrio que es más fashion victim que ellas, que tiene más cultura y mejor gusto que ellas, y lo aceptan casi como a un@ más del grupo (creo que no hace falta poner un ejemplo cercano a Belén Esteban). En cambio, suelen tener una inmensa ojeriza hacia los hombres heterosexuales (lo detectan en seguida cuando nos ven seguir la caótica evolución de sus pechos de plástico) que tenemos un nivel cultural alto y, para más inri, aficiones artísticas. Su escasa capacidad intelectual es incapaz de comprender que haya hombres que, sin perder sus gustos naturales, vayan más allá de la más pura animalidad y que dediquen más tiempo a leer libros y tocar el piano que a ver telebasura o ir al gimnasio. Nos miran como a bichos raros (quizá porque ellas no se atrever a mirarse en el espejo después de haber salido de la clínica del cirujano maligno), nos ignoran y desprecian nuestros gustos. Pero no nos importa: casi es un elogio.

Los institutos de educación secundaria de las grandes ciudades, de su periferia industrial o de las ciudades fabriles del interior de algunas provincias son los viveros donde se crían a gran escala las alevines de clones de la Esteban. Es fácil identificarlas por su uniforme: gafotas de sol tipo antifaz, tatuajes por todo el cuerpo, piercings ubicuos (algunas presumen en voz alta hasta de llevar piercings en el chumino), pechos de plástico que sus padres les han regalado por suspender sólo seis asignaturas, tops que dejan al descubierto la joya de la corona que es el piercing del ombligo. Es fácil identificarlas por su incultura y comportamiento: pasan de todo lo que huela a cultura, comparten entre dos los auriculares de un MP3 mientras el profesor está explicando, se llaman “amigablemente” entre ellas con palabras de cuatro letras como p*** , quizá porque su riqueza léxica no da para más; y si surge un conflicto por el macho dominante de la tribu (su precocidad sexual es de escándalo), no dudan en pelearse en medio de la clase, estirándose del pelo y diciéndose de todo mientras los chicos contemplan atónitos el espectáculo y echan de menos que no haya un ring  con barro.

Por tanto, me reafirmo en mi tesis inicial: no hay una sola Belén Esteban. Sus clones son infinitas.

 


VENTAJAS DE LA TDT

(LA TDT, ESE GRAN INVENTO)

 

A principios de abril se completó en todo el territorio nacional la implantación de la televisión digital terrestre, más conocidas por sus siglas TDT. Según sus propagandistas, este nuevo modo de recepción de la señal televisiva permite una mejor calidad de imagen y una mayor oferta de canales de los que se disponía hasta ahora. Ahora bien, pasados ya unos meses desde la llegada de la TDT a las grandes ciudades, nos podemos preguntar si realmente esta innovación ha supuesto una verdadera mejora de la oferta televisiva. En otras palabras, ¿qué tipo de canales son los más habituales en los formatos estándar de la TDT? (exceptuando, por tanto, a aquellos consumidores que disponen de otros tipos de canales de pago).

 Si nos fijamos con detalle, veremos que una de las grandes “novedades” de la tan ansiada TDT ha sido la proliferación de canales fachas. Se trata de canales de orientación ultraconservadora cuya programación se basa casi exclusivamente en “falsos debates”. Y digo “falsos debates” porque no se trata, ni mucho menos, del esquema que estamos acostumbrados a ver en programas como La Noria, de Tele 5: en La Noria  encontramos un debate acalorado y violento, casi a muerte (como en OK Corral) entre dos bandos de tres ¿periodistas? cada uno, como si se tratara de una versión bonsái  (o quizá banzái) de la Guerra Civil española, como si fueran las dos Españas; hay que reconocer que la mayoría de estos tertulianos se ganan el sueldo, más que por las ideas que defienden, por el modo como las defienden, chillando, gritando, insultando y amenazando con marcharse del plató. Y casi siempre son los mismos: Copito de Nieve, Mini-yo, el Delfín, la Maripuri de colegio de monjas, el Fotógrafo y alguno más que normalmente calienta banquillo, a los que debemos sumar un moderador que más que moderar se dedica a ir de vedette y sólo se escucha a sí mismo, pues debe de tener una autoestima muy alta. Todo lo contrario sucede en los “falsos debates” de los canales fachas de la TDT: aquí también encontramos seis tertulianos, pero no se enfrentan apenas porque los seis son del mismo bando y lo que hacen es sumar argumentos a favor de la misma causa; aquí también encontramos un moderador que más que moderar se dedica a echar más leña al fuego, que resulta ser el más cañero de los siete, sobre todo si se trata del jovencito moreno y atildado con apellido similar al pueblo natal de Hitler. Si los debates de La Noria  te producen un subidón de adrenalina y la adhesión clara a alguno de los dos bandos, los falsos debates de los canales fachas te hacen desistir de cualquier tipo de oposición ante la pléyade de argumentos en un solo sentido. Me recuerdan al refrán “si no puedes con tu enemigo, únete a él” o, más aún, a aquel chiste de Gila: “Iba yo con mi mujer por la calle y vi a cuatro grandullones que le estaban pegando a un hombre canijo. Y le dije a mi mujer: ¿me meto o no meto? Me metí y entre los cinco le dimos una paliza que no veas”. Es decir, que si ves a menudo estos falsos debates de los canales fachas, al final acabas pensando exactamente igual (no toleran la menor disidencia, como paradójicamente ocurre también en la izquierda más radical) como esos siete tertulianos sin piedad.

Si decides zapear en la nueva TDT para huir de los tertulianos fachas, lo más probable es que acabes en un canal de teletienda, es decir, un canal que se dedica las 24 horas del día a anunciar los productos más inverosímiles con la excusa de que son esenciales para la vida cotidiana o que te garantizarán el éxito y la felicidad. Lo curioso es que aunque te sumerjas durante un día entero en un canal de teletienda, verás siempre la promoción de los mismos productos, cuyas virtudes acabarás aprendiéndote de memoria. Sin duda alguna, mis favoritos son el Jes-Extender, maravilloso artilugio copiado de las tribus africanas y amazónicas que te permite obtener lo que la Naturaleza no te ha dado y Salamanca no te ha prestado; la baba de caracol, viscoso subproducto de los gasterópodos que por lo visto vale tanto para adelgazar como para mantener un cutis joven y firme; y, sobre todo, la variada gama de dietas milagro y artilugios gimnásticos anunciados con convicción por actores olvidados de tercera fila y famosillos de realities venidos a menos. Los actores y famosillos citados son también los protagonistas de los extraños concursos de madrugada con preguntas dificilísimas (concursos que también ocupan toda esa franja de ultimate time en canales más convencionales como Tele 5 o La Sexta), generalmente reforzados por starlettes de regional preferente que lavan la ropa en agua caliente y luego les queda un par de tallas más pequeña.

Pero lo que, sin duda, más me fascina de la maravillosa oferta que podemos encontrar en la TDT son los canales de radio donde sólo se escucha la voz (el audio  dirían los pedantes) y la pantalla se queda completamente en negro (un fundido en negro  dirían los pedantes). De nuevo me viene a la mente un chiste de Gila, que hablaba de un pariente suyo que pretendía inventar la radio en colores: se pasaba el día dando frenéticos brochazos de pintura al aire y diciendo “el día que pille la onda, verás”. Porque, vamos a ver, ¿quién es el lumbrera capaz de aguantar una hora escuchando a los tertulianos de la radio (que además son mucho más peligrosos que los de la TDT) sin ver absolutamente nada  en la pantalla del televisor? ¿Un friki siniestro o gótico, quizás, que siente veneración por el color negro? ¿O alguien que quiere recordar los momentos en los que se ha ido la luz y nos hemos tenido que contentar con la voz que salía de un modesto transistor de pilas? ¿No sería más consecuente apagar del todo la tele y encender la radio?

En fin, estos son los avances y las ventajas que nos ha traído la TDT, ese gran invento.

 


EL OTRO BOTELLÓN DEL VIERNES

 

El primer viernes tras acabar 2º de Bachiller, después de celebrar su graduación como Bachilleres y antes de enclaustrarse para preparar la Selectividad, nuestros jóvenes decidieron darse un homenaje y pasar una noche de fiesta. Como entre nuestros jóvenes cada vez prima más ese “pensamiento único” que la publicidad, los medios de comunicación y los políticos (todos ellos dignos herederos de Goebbels) quieren inculcar entre las masas, resulta que todos los jóvenes de la provincia de Valencia decidieron acudir al mismo local, deslumbrados por una apabullante y engañosa campaña de márketin. Obviamente, se trataba de una nueva macrodiscoteca recién estrenada, con nombre de árbol exótico, y que ocupaba un amplísimo espacio con amplias terrazas al aire libre. El aforo del local era amplio, pero entre el overbooking consentido por los organizadores y la picaresca de las entradas falsas, se vendieron 8.000 entradas cuando a lo sumo cabían 4.500 ó 5.000 personas. Ésa fue la causa del desastre.

Lo cuento en primera persona porque mi gran error consistió en acompañarles.

El inicio ya fue bastante lamentable, con un penoso traslado en autobús, de noche, por carreteras comarcales mal iluminadas y, sobre todo con continuas reprimendas por parte de un autobusero alarmado por un humo que cegaba sus ojos y que delataba relajantes efluvios jamaicanos.

A la llegada nos encontramos con cientos de autobuses repletos también de jóvenes. Demasiada gente, pensamos todos. Al principio a mis alumnos no pareció preocuparles, pues su inmediato objetivo, ya consuetudinario, era hacer un macrobotellón en el abandonado polígono industrial que circundaba la macrodiscoteca. Para ello nuestros jóvenes se habían provisto del líquido elemento, a medias refrescante y espirituoso, que consiguieron camuflar como pudieron en el portaequipajes del autobús pese a las protestas del conductor. El botellón transcurrió por sus cauces habituales, mezclando refrescos y alcohol sin demasiada ortodoxia del buen gusto y con un afán por la experimentación de nuevas e inauditas mezclas que superaba el nivel alcanzado en ámbitos similares por Flippy y Ferran Adrià.

 Ya más contentitos (o más “a gustito”, como dijo aquél), hacia las dos de la mañana, nuestros jóvenes decidieron que ya era hora de intentar entrar en la macrodiscoteca. Tras recorrer varias manzanas de naves industriales abandonadas, intentando esquivar los restos del botellón colectivo, contemplamos que la cola para acceder al local superaba con creces a cualquier cola del paro en una gran ciudad hoy en día. Apiñados en una masa informe, se encontraban miles (y no exagero) de jóvenes ya pasaditos de alcohol, pastis, THC y sueño. Sólo había un acceso y los guardias de seguridad lo controlaban con mano de hierro (y tampoco exagero): aunque ni lo vi ni lo sufrí, me contaron que estos guardias de seguridad (la policía local ya tenía bastante con controlar el caótico tráfico de los accesos) emprendían de vez en cuando expediciones punitivas (en lenguaje políticamente correcto, “ataques preventivos”) contra esa multitud de jóvenes cada vez más inquietos, blandiendo sus cachiporras para aplacar los ánimos del personal.

Pero el problema más gordo vino poco después, cuando esa masa rebotada y descontenta, con los ánimos ya alterados a basa de porros y de porras, decidió entrar por la fuerza en el local a modo de avalancha y poner en práctica lo que Ortega (no el de antes) llamó “la rebelión de las masas”. Nunca había sido protagonista anónimo de una avalancha, ni siquiera en partidos de fútbol o conciertos de rock, y puedo asegurar que es una experiencia que te incita a no repetir jamás. En una avalancha, las teorías del pensamiento único se hacen realidad: el individuo pierde toda su esencia y queda diluido como un eslabón más de una inmensa marea humana sin corazón ni pensamiento; ahora comprendo mucho mejor la psicología del hombre-masa y cómo funcionaban aquellas mastodónticas concentraciones humanas del partido nazi o, a escala menor, las horteras demostraciones pseudogimnásticas del franquismo y el bloque soviético. Cuando te encuentras atrapado en una avalancha que “se mueve”, nada importa tu voluntad sino que te mueves al ritmo de la masa, como en una inmensa y poco preparada coreografía tipo Thriller: tu único afán como individuo es no perder la verticalidad para evitar ser arrollado por la colectividad y conservar un mínimo de aire y espacio vital con un frenético braceo, como el náufrago que chapotea a la desesperada. En pocos segundos adquieres la convicción que sólo siendo un eslabón más de esa masa informe conseguirás salvarte. Al final, la avalancha duró relativamente poco y fue lo suficientemente intensa como para desbordar las defensas de los guardias de seguridad, los cuales no tuvieron más remedio que dejarnos pasar a todos.

Una vez dentro de la macrodiscoteca, con el corazón latiendo muy deprisa y la adrenalina por las nubes, con los brazos doloridos por el enérgico braceo de supervivencia, piensas que te has salvado de una buena. Y encima no era para tanto. La macrodiscoteca, a pesar de ocupar una superficie muy extensa, también se encuentra atestada de gente, con un continuo choque entre los que quieren entrar y los que quieren salir. Ya no hay avalanchas, pero debes seguir teniendo cuidado, sobre todo porque la superficie del local está salpicada (nunca mejor dicho) de pequeños estanques llenos de agua en los que puedes caer si no estás muy atento. La verdad es que la decoración del local era el colmo de lo hortera y el mal gusto, como una versión kitsch de los jardines colgantes de Babilonia mezclada con la mansión de nuevos ricos que aparecía en la película El guateque (pero sin elefante).

Para colmo, la avalancha me había separado de mis alumnos y aunque di mil vueltas, fui incapaz de encontrarles. Y cansado de este trote, salí de él. Cogí un taxi (que me costó un pastón) y volví a casa.


LA VIOLINISTA EN EL TEJADO DEL BÚNKER

 

En ese pozo sin fondo que es Internet podemos encontrar múltiples versiones sobre cuál fue el destino real de Adolf Hitler y Eva Braun desde el 30 de abril de 1945. Se ha cuestionado mucho la autenticidad de los restos humanos hallados en el jardín del Búnker y es un hecho sabido que sus principales antagonistas (empezando por Stalin) tenían la certeza de que ambos seguían vivos.

Una línea de investigación seguida por muchos autores es la que los sitúa en un largo periplo en submarino hasta la Patagonia argentina, tras una escala previa en España. Muy bien documentado, aunque ambiguo en sus conclusiones, resulta el reciente libro de los periodistas argentinos Di Nápoli y Salinas Ultramar Sur, publicado por Belacqua. En este libro y otros similares se apunta incluso la connivencia de los aliados occidentales, más preocupados en aquel momento por su creciente enfrentamiento con el antiguo aliado soviético y el surgimiento de la guerra fría.

Todo esto podría parecer historia-ficción, sobre todo si se combina con la leyenda urbana que dice que Hitler es uno de los huéspedes ilustres que habita en una isla (falsamente) desierta en medio de algún océano. Y que comparte tan apacible retiro con estrellas del rock (Elvis, Lennon, Morrison, Cobain, Jacko, quizá Hendrix), estrellas del show-business (Carlos Gardel, Marilyn Monroe, Walt Disney) y mandatarios o aristócratas (JFK, Lady Di, quizá Jesús Gil).

Sin embargo, algunos datos aislados parecen confirmar la hipótesis de su supuesta huida. Por ejemplo, hace poco estaba escuchando un cedé de música clásica, una grabación realizada (ojo) en mayo de 1963 en el Opera Studio de Viena por el Concentus Musicus Wien, una agrupación de cámara de tendencia historicista dirigida por el genial bachiano Nikolaus Harnoncourt. Este grupo de cámara (seis músicos) interpretaba piezas de la llamada Escuela o Corte de Mannheim, corriente intermedia entre el barroco tardío, el estilo galante y el clasicismo temprano que floreció en la corte provinciana de la palatina Mannheim a mediados del siglo XVIII, representada por músicos como J.C.Bach, Johann Stamitz, Franz Xaver Richter e Ignaz Holzbauer. Todo ello resulta de lo más inofensivo, pero nos encontramos, vaya sorpresa, que en los créditos aparece una violinista llamada… ¡Eva Braun!

¿Qué significa eso? En primer lugar, el dato objetivo de que Eva Braun estaba viva  en mayo de 1963, ergo  consiguió huir del Berlín asediado por los rusos. ¿Cómo? Disfrazada de violinista en una inofensiva orquesta de cámara que no molestaba a nadie, más o menos con la misma estratagema de la que se sirvieron Jack Lemmon y Tony Curtis en Con faldas y a lo loco  (Some like it hot). Por lo visto, Eva Braun sabía tocar el violín para deleite de su amante melómano y aprovechó esta contingencia para planificar su huida en tren hacia el sur de Alemania. Desconocemos cómo consiguió huir Hitler, pero parece casi seguro que ambos se encontraron en España. Unos dicen que en Barcelona, otros que en Gijón, pero en todo caso fue una localidad costera en la que los recogió un moderno U-Boot capaz de realizar viajes transoceánicos. También parece casi seguro que arribaron a alguna localidad costera de la Patagonia atlántica argentina. Después de esto, los investigadores difieren: cada vez tiene más adeptos la hipótesis de que se refugiaron en Chile, donde existía una importante colonia alemana y menor control por parte de los aliados angloamericanos. De ahí a la isla desierta donde viven todos los famosos, y que se encuentra en medio del Océano Pacífico o del Índico, sólo hay un paso, por muy friki que este sea.

Pero nos queda una última incógnita. Estando a salvo, bien fuera en Argentina, en Chile o en la masificada isla desierta, ¿cómo se le ocurrió a Eva Braun ir a Viena y aparecer en los créditos con su nombre real? La respuesta tiene que ver con el contexto político de 1963. Estamos en plena Guerra Fría, con una tensión máxima entre Estados Unidos y la URSS tras la crisis de los misiles en Cuba; en Alemania Occidental encontramos antiguos nazis de primera fila tranquilamente reciclados en el nuevo estado capitalista, como el jefe de la contrainteligencia nazi Reinhard Gehlen convertido en jefe de los servicios secretos (BND) o el aviador y jefe de la caza nocturna de la Luftwaffe  Josef Kammhuber convertido en inspector general de la nueva Bundesluftwaffe, ya que se necesitaba de militares experimentados (¡) para enfrentarse al nuevo (?) enemigo comunista. En ese contexto a nadie le molestaría que Eva Braun tocara el violín con una orquesta de cámara. Es un asunto menor. Además, ¿qué mejor sitio para reaparecer que Viena, la capital del Anschluss, la ciudad de la música, la ciudad donde murieron Vivaldi y Beethoven, la ciudad donde triunfaron Mozart y Schubert, la capital de la patria de su amado Führer, la ciudad donde Adolf iba a ver los ensayos de la Filarmónica dirigida por Mahler? Porque en Viena sólo importa la música.

                                                                               

 


IZQUIERDA ISLAMISTA Y DERECHA SIONISTA

 

La izquierda y la derecha españolas, cada vez más desorientadas, cada vez más radicalizadas, parece que no son capaces de ponerse de acuerdo en nada. Incluso asuntos de política internacional que hace veinte años hubieran suscitado un mínimo consenso, son ahora motivo de agudas discrepancias. Uno de esos asuntos es el espinoso conflicto de Israel y Palestina, cada vez de más difícil solución y periódicamente agitado por actuaciones brutales e insensatas de ambos bandos, como el reciente ataque de comandos israelíes a la llamada “flotilla de la libertad” que pretendía llevar alimentos, medicinas y juguetes a la bloqueada y masificada franja de Gaza.

Desde hace algún tiempo, ha sido habitual entre la izquierda española una actitud propalestina y muy crítica con Israel. Quizá surgió como una moda, posiblemente como reacción al descaradísimo apoyo que Estados Unidos ha brindado siempre a Israel, tal vez como un reflejo de cierta política antioccidental y de “no-alineados” que siempre ha anidado en la izquierda española más radical. Ahora bien, la izquierda española durante más de 80 años se ha dedicado más a luchar contra los disidentes internos (como ocurrió en las absurdas e inútiles luchas intestinas durante la Guerra Civil) que contra los enemigos de la derecha (la prueba es que la derecha de toda la vida sigue intacta en sus canales de TDT y periódicos digitales). Por ello, esta izquierda española parecía hallarse fracturada entre un sector más moderado, afín al PSOE, defensor de regímenes árabes cuestionables pero al menos moderados y relativamente prooccidentales, como Marruecos, Al-Fatah en Palestina y el bloque prooccidental del Líbano, y otro sector más radical, laico y antioccidental, cercano a los restos de Izquierda Unida, que curiosamente apoya a los movimientos islámicos más radicales, como Hamás y el Frente Polisario (¡hay que ver qué lío montaron con la Haidar y cómo este incidente provocó la ruptura entre los cómicos de la ceja y Zapatero!), un sector que ve con gusto la deriva islamista de la otrora civilizada y laica (¡como ellos!) Turquía y apuesta por establecer un diálogo fructífero (?) con Irán. Es la misma izquierda radical que hace casi veinte años ponía enormes retratos de Sadam Husein en las facultades de Letras. El problema es que esta izquierda más radical, laica, antioccidental y anticristiana está ganando terreno al sector más moderado, sobre todo dentro del actual PSOE. Lejanos quedan los tiempos de la labor mediadora de Felipe González (quien estableció relaciones diplomáticas con Israel, no lo olvidemos), Pacordóñez y la Conferencia de Madrid, y solitaria resulta ahora la labor mediadora que fuera y dentro del Gobierno ha realizado Moratinos y que ha sido reconocida por los dos bandos en conflicto. Ahora, repito, da la impresión de que esa izquierda radical está ganando la partida: como parece que su principal enemigo es la civilización cristiana, occidental y capitalista, aplican el sofisma maquiavélico de que “los enemigos de mis enemigos son mis amigos” y no escatiman alabanzas y ayudas al islamismo más radical. Las muestras son numerosas: la cantidad de gente joven y “progre” que lleva puesto el pañuelo palestino porque “queda guay”; las mujeres jóvenes españolas, teóricamente progres, feministas y liberadas, que no dudan en emparejarse con individuos de color procedentes de Malí o Senegal, países del Sahel donde prima una interpretación rigorista del Islam y todavía se practican salvajadas como la ablación de clítoris; las oenegés de charanga y pandereta que acuden al Sahel o se suman a la “flotilla de la libertad” pensando que se trata de ir de colonias de verano, y luego lloran porque les disparan y los secuestran; los que atizan el debate sobre el derecho al uso del velo, yihab  y niqab  para que la derecha más reaccionaria entre al trapo y ellos se puedan erigir en los defensores de la libertad de cultos y de opinión. Y yo me pregunto: si estos grupos abominan de la cultura y ética católicas porque la consideran machista y patriarcal, ¿por qué experimentan ese inmenso entusiasmo, ese Camino de Damasco, por una cultura que es mucho más patriarcal y machista? Ahora bien, lo más grave de todo, es que esa actitud que antes quedaba confinada en los grupos izquierdistas más radicales, ahora se infiltra con cada vez mayor fuerza en un Gobierno desnortado, con ministros –y sobre todo ministras- patétic@s que no dudan en esgrimir estas cuestiones marginales para disimular la mala marcha de la economía.

Pero si la actitud de la izquierda española nos puede resultar desconcertante, la derecha española no se queda atrás. La nueva derecha dura española, la que monopoliza los canales de TDT y periódicos digitales, también ha experimentado una fuerte radicalización con respecto al conflicto árabo-palestino. Como parece que los dictados en política exterior de esta nueva derecha dura española vienen del ala más conservadora del Partido Republicado de Estados Unidos, de los llamados Neo-Cons (fundamentalistas protestantes a menudo aliados circunstanciales del lobby  judío), resulta que ahora en los medios de comunicación conservadores la actitud “oficialista” es el apoyo ciego a todo lo que haga el Estado de Israel. El reciente suceso del brutal ataque israelí a la ambigua “flotilla de la libertad” que se dirigía a Gaza ha puesto de manifiesto cómo los tertulianos ultraconservadores más notables, como Federico, César Vidal y otros que curiosamente tienen apellido alemán (todos ellos desde los búnkers  de la cadena de TDT que debería llamarse “Los amigos De israel”), intentaban justificar lo injustificable, repitiendo hasta la saciedad los endebles argumentos del gobierno israelí y de los grandes medios de comunicación norteamericanos. Lo que me llama la atención es que este entusiasmo proisraelí de la nueva derecha española parece relativamente reciente, o al menos no es tan antiguo como la vocación islamista de nuestra izquierda: en mi opinión, se fraguó durante los ocho años de gobierno de José María Aznar, su pertenencia al Trío de las Azores y la brillante invasión de Irak. Pero, al igual que la deriva islamista de nuestra izquierda, resulta sumamente contradictorio: en apenas cuarenta años hemos pasado de escuchar las denuncias de un “contubernio judeo-masónico” a las denuncias, que todavía existen en esos medios ultraconservadores, de un “contubernio masónico” a secas. De repente, el estado israelí (nunca reconocido por la derecha franquista) se ha convertido, quizá por mandato de Washington y de Spielberg, en el bueno de la película, en el “intocable”. La derecha dura española ha pasado de la admiración al régimen nazi a la admiración a los Sabios de Sión. Se ha formado ahora una monumental alianza entre el catolicismo ultraconservador, el sionismo mesiánico y el fundamentalismo protestante. No hay quien los pare. ¿A dónde “irán”?

                                                                                          

 


JUECES O ENRIQUECES

(LOS SUPER-JUECES)

                                               

El sistema judicial español, caracterizado por el poder omnímodo de los jueces en detrimento de los jurados populares, los defensores, los fiscales y los diversos cuerpos policiales, amén de la cada vez menor independencia política de estos jueces, constituye un caldo de cultivo propicio para la aparición de jueces-estrella. Estos super-jueces, imbuidos con los super-poderes antes mencionados, aplican su peculiar visión de la las leyes para desconcierto de la opinión pública y, sobre todo, de los pobres ciudadanos implicados en un juicio que además de tardar mucho acaba con una sentencia arbitraria y casi surrealista. Algunos periodistas (colectivo que a veces también cae en paranoias similares) piensan que estos jueces actúan así por afán de notoriedad o para obtener algún tipo de beneficio pecuniario. Quizá la fama y el dinero sean “efectos colaterales” de la labor de estos jueces, pero en mi opinión actúan así en virtud de un motivo mucho más grave y peligroso: actúan por convicción, por principios, porque piensan que están llamados a ejercer una misión salvadora en una sociedad decadente e injusta. Es decir, les mueve la misma motivación que a los superhéroes de los cómics y películas… y a los líderes mesiánicos que convirtieron el siglo XX en un inmenso cementerio. Para que se vea con mayor claridad, pondré dos ejemplos de jueces españoles, muy alejados ideológicamente pero con un similar complejo mesiánico. Y además pondré esos dos ejemplos en particular porque su misión salvadora finalmente ha sido frenada por el Consejo General del Poder Judicial. Creo que a estas alturas del artículo resulta obvio que no me gustan las leyes ni los jueces, que a pesar de ser de Letras la última carrera del mundo que hubiera elegido es la de Derecho. Y por tanto he de reconocer que experimento un placer indescriptible cuando estos superjueces teóricamente invencibles acaban siendo cazados. Como dice el proverbio evangélico, no juzguéis y no seréis juzgados.

 El primero de estos superjueces es Fernando Ferrín Calamita, responsable de hasta hace poco de uno de los dos juzgados de familia de Murcia. Se trata de un juez ultraconservador, padre de familia numerosa, cuya “misión salvadora” consistía en denegar la adopción de niños por parte de parejas lesbianas (es decir, que el hijo natural de una las dos mujeres no pudiera ser adoptado por la otra) y obligar a que los hijos de inmigrantes se inscribieran en el registro civil con nombres “cristianos y españoles”. Más aún, en un detallado artículo publicado por El Mundo en junio de 2007 (para que se vea que este periódico también ataca a jueces conservadores… sobre todo si las víctimas son homosexuales o inmigrantes) titulado “En Murcia, familias como Dios manda” nos explica que Ferrín Calamita también presionaba matrimonios que estaban en trámites de divorcio para que no se divorciaran o que en su primer destino detenía a las mujeres que hacían top-less en la playa (Por cierto, los medios ultraconservadores se han escandalizado porque a este juez se le nombrara sólo con el segundo apellido, Calamita, y no con los dos: quizá influya en ello la paronimia de su segundo apellido con cierto sustantivo abstracto del castellano). Otra de las cosas que podemos deducir de este artículo de El Mundo  y de mi propia experiencia profesional en la Región de Murcia es que en dicha región el único modelo de familia válida, “como Dios manda”, es la formada por un hombre y una mujer que se han casado por la iglesia antes de cumplir los treinta años, con una prole numerosa (al menos tres hijos) bautizada con nombres (generalmente compuestos) tomados del santoral cristiano. Cualquier otro tipo de unidad familiar o de comportamiento individual está muy mal visto por la sociedad murciana, sobre todo en los pueblos de interior del Altiplano y del Noroeste, donde la vida sigue igual como la pintó Azorín hace 100 años. Alguien podría pensar que se trata de un ataque a colectivos muy concretos, como los homosexuales, las lesbianas y los inmigrantes. Pero mi experiencia personal en aquellas tierras me dice que el problema es mucho más profundo y mucho más grave: se trata del miedo y del odio al que es “diferente”. Y para ser “diferente” no es necesario pertenecer a los tres colectivos antes citados: basta, por ejemplo, con estar divorciado, situación bastante frecuente en la sociedad urbana actual; basta, simplemente, con tener más de treinta años y estar soltero, sobre todo si te encuentras en un pueblo de la Murcia profunda donde la edad media de nupcialidad se sitúa en los 20 años; basta, sencillamente, con tener un nivel cultural estratosféricamente superior al de los gañanes y gañanas que te rodean (uno acababa sintiéndose como el protagonista de la novela La conjura de los necios ); basta, lisa y llanamente, con tener ciertas aficiones, como la literatura y la música, comunes y bien valoradas en otras comunidades autónomas, pero que aquí son juzgadas por las propias mujeres aborígenes como “impropias de un hombre”. Y es obvio que en casi todos esos aspectos yo era “muy diferente” de la gente que me rodeaba y que me veía como poco menos que un extraterrestre, y por tanto se espantaban de que la educación de sus hijos estuviera en manos de una persona tan poco recomendable. En ese yermo contexto, Ferrín Calamita no ha inventado nada sino que, más bien, ha sido el “brazo ejecutor” de unas atávicas costumbres todavía vigentes en su tierra, brazo y costumbres que me alcanzaron de lleno como víctima. Por tanto, como decía Serrat, “entre esos tipos y yo hay algo personal”.

El caso diametralmente opuesto al de Ferrín Calamita ha sido el de Baltasar Garzón, un juez progresista ligado a los inicios de la asociación Jueces para la Democracia. Hay que reconocer que, al principio, lo de Garzón tuvo su gracia. Tuvo gracia cuando dio la espantada del PSOE en los últimos coletazos del felipismo y renunció a su escaño para volver a la carrera judicial. Tuvo mucha más gracia cuando, mediante una serie de carambolas jurídicas, consiguió inmovilizar en Inglaterra durante casi un año al sangriento dictador Pinochet, sometido a un kafkiano arresto domiciliario tan sólo aliviado por las visitas de una chocheante Thatcher. Pero una vez adquirida fama internacional –como ha ocurrido con algunos de nuestros presidentes de Gobierno- parece que se le fue la olla y se dedicó en cuerpo y alma a su labor de superhéroe. Adicto al trabajo (workalcoholic  como dicen los americanos), lo mismo instruía sumarios contra ETA, contra el GAL, contra el terrorismo islamista y contra exdictadores de monocolor pelaje. El poco tiempo libre que le quedaba lo dedicaba a dar conferencias millonarias, pues no quería renunciar a su parte del “botín”. Luego vino lo de la Memoria Histórica y el afán por excavar fosas en todos los sitios, como si Víctor Frankenstein hubiera ido a California en plena fiebre del oro. Si le hubieran dejado las manos libres, creo que ahora Garzón trataría de procesar a Woody Allen por “pertenencia a banda musical”, peligrosísimo delito si tenemos en cuenta las numerosas veces que los Rolling Stones y James Brown dieron con sus huesos en la cárcel o el exilio que hubieron de padecer músicos como Kurt Weill o Rostropovich. Pero hace poco, oscuros colectivos que dicen tener las manos limpias han frenado su meteórica carrera. Parece que el superhéroe Garzón ha claudicado y prepara su exilio dorado en los organismos de la Unión Europea, al igual que ha ocurrido siempre con los malos políticos españoles que han escapado por la puerta de atrás de las elecciones europeas.


LAS CANCIONES OLVIDADAS

 

La historia de la música pop-rock está repleta de grandes injusticias. Por un lado, la sobrevaloración de canciones y álbumes mediocres, pero que tuvieron detrás una inmensa campaña promocional o llegaron en el momento apropiado. Por otro, brillantísimas canciones que, precisamente por lo mismo, por carecer de una promoción adecuada, por no haber aparecido nunca en single o por ser poco difundidas por las FM, habitan en el olvido de las caras B de oscuros elepés. En este sentido, Brian May se quejaba de que una gran canción, si no era editada en single ni era difundida por las emisoras musicales, no conseguía permanecer en la memoria de las personas, que de otra manera la hubieran asociado a algún momento feliz de sus vidas o al paraíso perdido de la juventud. Tan sólo el favor del público y la tarea divulgadora de programas musicales como Classic Albums ha permitido recuperar del olvido esas grandes canciones que merecieron mejor fama.

Las “canciones olvidadas” son patrimonio de todos los grupos y solistas, incluidos los más grandes. La injusticia no ha hecho distingos entre grupos de primera y grupos de tercera. Por ejemplo, entre las canciones de The Beatles encontramos grandes éxitos que fueron canciones tontas y mediocres (sobre todo en los últimos años) y canciones de bellísima factura y atrevida elaboración musical que pasaron inadvertidas. Hoy en día Yesterday es un clásico y la canción más versioneada de la historia, pero en 1965 fue relegada a la cara B del álbum Help y no siquiera apareció en la película del mismo título; hasta los años 70 no fue single en Gran Bretaña. Su extraña orquestación, con una guitarra acústica y un cuarteto de cuerda, quizá el primer unplugged  de la historia del rock, sin guitarras eléctricas, ni bajo ni batería, fue visto quizá como un sacrilegio y un experimento demasiado “innovador” por su clasicismo. Pero el favor del público fue inmediato, apareció al año siguiente en el recopilatorio “sobre la marcha” A Collection of Beatles Oldies but Goldies y se convirtió en pieza obligada durante los quince meses que transcurrieron entre su publicación y la retirada de los Beatles de las giras, aunque era curioso ver solo a Paul en el escenario como si fuera un cantautor. Con Eleanor Rigby, de similar factura clasicista (sólo tiene como instrumentos un octeto de cuerdas, si guitarra acústica ni ná), la estrategia fue distinta y sí apareció en single. Otra canción de la misma época, esta vez de John, que al principio quedó relegada a la cara B del siguiente elepé, Rubber Soul, fue In my life. Se trataba de una melancólica balada en la que un joven de 24 años hacía balance de los recuerdos del pasado, de las personas que murieron y de los lugares que ya no existen, con la madurez de un anciano que escribe su testamento literario. Además, George Martin volvía a aportar un toque clasicista interpretando él mismo en el puente un solo de piano eléctrico que al acelerarlo al doble de velocidad adquiría el timbre de un antiguo clavicordio. In my life, tanto en la música como en la letra, era una canción perfecta, que sabía tocar las teclas más sensibles de la condición humana: el amor, el recuerdo, la vida, el paso del tiempo y la muerte. Nunca salió en single pero se ganó el favor del público. Ya en 1973 ganó una batalla al aparecer en el doble recopilatorio, el “doble rojo”, de 1962 a 1966. En 2000 ganó otra gran batalla al ser considerada por la revista musical británica Mojo como la mejor canción de todos los tiempos. En la actualidad es una canción muy popular, sobre todo en Estados Unidos, y es interpretada con frecuencia en graduaciones, bodas y funerales (entre otros, en el de Kurt Cobain, gran admirador de los Beatles). Y no puedo dejar escapar la ocasión sin citar mi propia traducción de las primeras estrofas, para que el lector pueda apreciar la rotundidad de su letra:

  Hay lugares que siempre recordaré

        en mi vida, aunque algunos hayan cambiado.

        Algunos para siempre y no para mejor,

        unos permanecen y otros se han esfumado.

       

 Todos esos lugares tuvieron sus momentos

        con amantes y amigos que aún rememoro.

        Unos están vivos y otros están muertos,

        pero en mi vida los he amado a todos.

 

      Pero de todas esas amantes y amigos

      no hay ninguna que se pueda comparar contigo

      y carecen de valor todos los recuerdos

      cuando pienso en el amor como algo nuevo.

 

      Aunque sé que nunca perderé el afecto

      por las personas y cosas que me precedieron.

      Sé que a menudo me pararé a pensar en ellos.

 

Años después, Paul McCartney heredó también la tendencia a hacer canciones olvidadas. Su trayectoria musical en solitario o con Wings es brillante pero irregular, sobre todo por su obcecación en convertir en singles de éxito canciones mediocres, cuando no malas, y relegar a la cara B de sus elepés a verdaderas joyas en miniatura, pequeñas baladas entre lo melancólico y lo optimista como la sensible Distractions  (de Flowers in the Dirt); el barroquizante venecianismo de Somedays  (de Faming Pie), con un magnífico arreglo que cuerdas que nos hace volver a los tiempos de Eleanor Rigby; y la clasicista English Tea (de Chaos and Creation in the Backyard), donde se combina el arreglo de cuerdas a lo Eleanor Rigby y Somedays  con un piano que suena como clavicordio al estilo de In my life .

En el caso de los Rolling Stones, encontramos numerosas canciones de su período dorado, 1964-71 (recogido en dos dobles recopilatorios denominados Hot Rocks), injustamente relegadas por otras canciones mediocres de años posteriores. En un elepé tan redondo como Aftermath, encontramos la joya de Paint it Black, que se inicia con una saltarina y sincopada melodía que roza lo pentatónico y que tiene, gracias al riff de sitar de Brian Jones, un innegable aunque vago sabor orientalizante, entre magrebí, cosaco, persa o hindú, y que sin duda hubiera fascinado a “expertos” en el tema como Rimsky-Korsakov o Ketèlbey. También encontramos la delicada balada isabelina Lady Jane, que demuestra que el grupo, a pesar de su vocación de rythm´n´blues no se quedaba en lo guitarrero sino que podía incorporar bellísimos fraseos de teclado, como sucede también en She´s a Rainbow.

A principios de los años 70 surgen nuevos músicos que pretenden desarrollar el sonido de Beatles y Stones, incidiendo sobre todo en los trucos de estudio. En la extensa obra de estos músicos también encontramos el consabido contraste entre mediocres canciones que fueron éxitos fáciles y brillantes canciones olvidadas. Con un perfil semejante al de McCartney, de producción amplísima pero irregular, Elton John es otra de las canteras de canciones olvidadas. Todos sus recopilatorios se suelen abrir con Your Song, magnífica canción sin lugar a dudas, pero olvidan que en su primer elepé Empty Sky ya apuntaba maneras con la brillante miniatura llamada Skyline Pigeon, balada isabelina donde el clavicordio se convierte en protagonista destacado. En un registro completamente diferente (como dirían los Monty Python), Elton también compuso poco después la espléndida balada country Roy Rodgers, apoyada en una soberbia letra de Bernie Taupin: nunca se han combinado tan bien una música y una letra de distintos autores, y lo consiguieron porque se trataba del homenaje de ambos a su héroe de la infancia Roy Rodgers, actor de westerns y cantante de country, a partir de la anécdota de que lo vieron después de muchos años de olvido en un típico canal de cable USA, joven y cabalgando, porque “los héroes de película nunca envejecen”. También es una gran canción de la misma época Levon, al igual que la minisuite Funeral for a friend/Love lies bleeding. El favor del público ha conseguido que en sus últimos conciertos (como el de su 60 cumpleaños), Elton recupere joyas como Roy Rodgers y Levon, aunque sigue olvidando Skyline Pigeon.

Otro gran pianista del rock que surgió a principios de los 70 fue Billy Joel. Quizá interesado en dar a conocer sus rocks más enérgicos, Joel también ha olvidado esas baladas intimistas perfectas de sus inicios (tan cercanas a las baladas folkies de Carole King, Don McLean y James Taylor), como She´s always a woman y She´s got a way . En el caso de Don McLean, no se puede negar que su versioneada American Pie  sea una canción perfecta y el mejor retrato de la primera generación del rock, pero conviene no olvidar la intimista Vincent, conmovedora elegía de Vincent Van Gogh acompañada por la mejor letra que se ha escrito jamás en el pop norteamericano. En el ámbito del folk-rock norteamericano de los setenta, también cabría destacar que Eagles, aparte de la magnífica y algo sobrevalorada Hotel California, también escribieron bellísimas canciones como Desperado y Take it easy, el grupo de origen británico America compuso maravillas como la delicada Another Try, mientras que Crosby, Stills & Nash consiguieron pequeñas joyas como Wasted on the way .

Volviendo al otro lado del Océano, podemos hacer balance de la numerosa, desigual y cada vez más hortera música de los primeros setenta. Pero algunos de los grupos más representativos de los excesos de esa época fueron capaces de crear canciones perfectas, aunque muchas de ellas olvidadas. Supieron combinar estilos tan dispares como la power ballad, la balada heavy, la canción himno, el estilo de music hall, la incipiente música disco y el blues. Tuvieron grandes éxitos, pero también grandes canciones olvidadas. Procol Harum  fue un irregular grupo de blues rock progresivo con aristas de música clásica y de heavy metal. Todo nació de la sinergia entre el blues de su líder y pianista Gary Brooker, el tono clasicista bachiano del circunspecto organista Matthew Fisher y la vocación heavy del guitarrista Ray Royer. De esa fusión nació una de las canciones más redondas del rock progresivo, With a wither shade of pale, con su inconfundible sabor a Bach sin copiar a Bach. Pero poco después supieron crear otra canción perfecta pero olvidada, Quite rightly so, en la que se aprecia con mayor claridad cómo a partir de una base de blues rock (y un impactante comienzo de acordes de órgano) se puede construir una canción sublime, mientras que el inigualable puente instrumental contiene un solo de órgano que recuerda a las fantasías de Bach y Buxtehude seguido por un contundente solo de guitarra casi heavy. También cayeron en los excesos de la década Queen, pero antes nos dejaron magníficos elepés como A Night at the Opera: en él, además de la recordada y redonda minisuite Bohemian Rhapsody, podríamos destacar la canción olvidada a la que Brian May suele hacer alusión al comentar las injusticias sobre este tipo de canciones, ’39, una balada acústica folkie sobre viajeros interestelares (en lugar de marineros, como era lo habitual en el género), y añadir también la rareza de Seaside Rendez-vous, divertimento en clave de music-hall donde Taylor y Mercury improvisan un solo de percusión y viento metal con los dedos y con la boca, sin hacer intervenir ningún instrumento real. A su vez, ’39  de Queen recordaba a las baladas folkies de temática espacial que tan bien supo cultivar su amigo David Bowie a finales de la década prodigiosa: todos recuerdan su sensacional debut con Space Oddity, pero Life on Mars? es sin duda una canción perfecta, con unas progresiones tonales ascendentes y repletas de notas alteradas que cautivan desde el primer momento al oyente (y que recuerdan vagamente a otra gran canción, My Way). También cayeron en los excesos del Glam y la comercialidad el grupo ABBA, que además de sus estándars habituales nos dejó canciones de bella factura como el elegante divertimento de music-hall titulado Head over heels y el demoledor testimonio del fracaso que representa The winner takes it all, mientras que los siempre excéntricos Kinks no sólo aportaron rocks enérgicos (You really got me ) y divagaciones vintage de music-hall (Sunnny afternoon ), sino que en etapas posteriores compusieron crepusculares canciones melancólicas de extrema sensibilidad como Celulloid Heroes .

Son tantas canciones que no caben en un artículo, que se ha hecho larguísimo, ni siquiera en un libro ni tan sólo en una colección de cedés. Supongo que cada aficionado a la música (y en todos los géneros musicales existe el olvido) tendrá su propio catálogo de “canciones olvidadas”.