REVISTA ELECTRÓNICA DE ESTUDIOS FILOLÓGICOS


Madre mía, que estás en los infiernos, de Carmen Jiménez

 

(“Nuevos tiempos”, Editorial Siruela, Madrid, 2008, pp. 78-79)

 

 

 

III

 

 

Cuando conocí a Reinaldo yo tenía treinta años y él cuarenta y cuatro. En aquellos tiempos era todavía coronel y yo trabajaba como maestra en La Loma, un minúsculo núcleo poblacional en la zona caficultora. En la escuela normalizada, el periodo escolar iba de septiembre a junio, pero en La Loma se prolongaba desde finales de enero o principios de febrero hasta septiembre, para adecuarse a los ciclos de recolección del café. Era octubre y por eso estaba de vacaciones en Coa.

Él pasó con su jeep y me vio leyendo en el patio de mi abuela. Estaba haciendo tiempo antes de ir a buscar a mi hijo Rubén a la escuela. Parqueó enfrente, junto a la casa de doña América, una vecina aficionada al trago a la que, según mami, no convenía dar la espalda nunca. Trabajaba para el ejército. Su oficio consistía en hacer la comida, lavar y planchar la ropa del comandante de turno. Su beneficio, en chismearles las murmuraciones que circulaban por el campamento y oficiar de celestina para ellos. Transcurridos apenas diez minutos desde la llegada del coronel, la doña vino en mi busca.

-Oye, Adela. Ven, que el coronel te quiere conocer. Es simpático, cachondo, guapo… Un machazo –me tentó con alcahuetería.

-¿Qué vaya a conocerle yo? Si el que quiere conocerme es él, que venga él –contesté tan resuelta que la celestina, aficionada a réplicas y contrarréplicas, se marchó sin rechistar.

Reinaldo avanzó erguido, con tranchos resueltos. Reconozco que era un tipazo de hombre. Muy alto. Pelo crespo muy corto. No era guapo, pero tenía una presencia imponente. Demasiado, quizá. Puede que su enorme fortaleza física me alertara sobre mi propia menudencia, aunque nunca me han achicado los hombres grandes. Todo lo contrario. Siempre me han gustado especialmente. Pero había algo en él que me desasosegaba. Su mirada de percutor. Ese porte, propio de los militares de carrera, de persona acostumbrada al mando. No lo sé.

Saludó educado y me dijo, con voz bien calibrada, que estaba en Coa de puesto. No conocía a nadie y le gustaría tener amigos, aunque de lejos se adivinaba que su interés era más carnal que amistoso. Años después me confesó que doña América le había informado de que yo era una viudita y que, por tanto, muy probadamente me mostraría propicia a sus requerimientos. Esperaba una conquista fácil y se encontró con una mujer difícil. Sé que no es un hombre acostumbrado a que nadie tuerza sus deseos y que, lejos de desalentarlo, mi indiferencia a sus galanteos lo espoleó.