REVISTA ELECTRÓNICA DE ESTUDIOS FILOLÓGICOS


Partir, de Tahar Ben Jelloun

 

(El Aleph Editores, Barcelona, 2006 (Traductora: Malika Embarek López), pp. 126-8)

 

 

19

 

Kenza

 

Tres meses después, Kenza llegaba a Barcelona como una auténtica princesa. La fue a recibir Miguel, oculto tras un enorme ramo de rosas. Ella se había teñido los pies y manos con alheña. Estaba tan emocionada que al verlo, tropezó y estuvo apunto de caerse. Miguel la instaló en el cuarto de los invitados. En su equipaje llevaba un enorme paquete con comida preparada por Lal-la Zohra. Azel se sentía incómodo, intentaba sonreír, decir que estaba contento. Marruecos llegaba de pronto a España con guisos de pollo con aceitunas y limones confitados, pastelas de codornices, pastas de té, cuernos de gacela, dulces de miel para el ramadán, especias, hierbabuena seca, cilantro molido, incienso y un expediente que se debía cumplimentar en el que estaba escrito todo con mayúsculas LAL-LA ZOHRA.

Azel cerró los ojos, Miguel lo miraba con disimulo.

- Perdona, Miguel, voy al mercado a comprar un kilo de paciencia…

- ¿Y en qué mercado la vas a encontrar?

- ¡En el de los jesuitas…!

- Vaya, hombre, nunca lo hubiera imaginado. No vuelvas muy tarde.

Kenza se adaptó muy pronto. Hablaba español y esto la ayudaba a la hora de buscar empleo. Quería trabajar en algo que tuviera que ver con lo social; servir, por ejemplo, de mediadora entre los inmigrantes y la Administración. Estaba decidida a arreglárselas sola. No quería por nada del mundo ser una carga para Miguel. Él le había dado algunas cartas de recomendación y había hecho algunas llamadas a amigos suyos. Al cabo de un mes, estaba contratada por los servicios de la Cruz Roja.

Discreta, quiso también ayudar a Carmen en la cocina, pero ésta, para mostrar su descontento, se negó rotundamente. Miguel llamaba a Kenza “la esposa fantasma”; sintió por ella una simpatía inmediata, le gustaba su energía, su determinación en salir adelante y su mente abierta. Decía, ala observarla actuar: eres el Marruecos del mañana, las mujeres son las que hacen avanzar este país, son formidables. Confieso, incluso que tengo debilidad por las mujeres de tu generación, me gustan y tengo confianza en ellas.

Azel estaba cada vez más incómodo, evitaba encontrarse a solas con su hermana. Miguel lo mandó a Madrid a la galería de arte para sustituir al encargado, que estaba enfermo. Con el pretexto de la flexibilidad de horario de la galería. Se dedicó a trasnochar, y se despertaba pasado el mediodía. Miguel sabía que era inútil llamarle la atención. Lamentaba la terquedad de Azel y veía progresivamente cómo se hundía, lo poco a gusto que estaba consigo mismo. Todo eso lo apenaba y se confió a un viejo amigo que le respondió con franqueza:

-Tu amigo Azel no está hecho para esta vida; si lo hubieras puesto a trabajar en una obra de construcción, estoy seguro de que sería feliz, pues habría sido un inmigrante como miles de sus compatriotas. Pero tú le ofreces una vida de pachá, dinero a voluntad, todo lo tienen fácil, ¡y por si fuera poco ni siquiera es homosexual! ¡A su familia le ha tocado el Gordo! Muy pronto te invadirán, querido amigo. Después del hijo y la hija, vendrá la madre y la abuela si es que existe. En cuanto encuentran a un bendito como tú, se aprovechan.

-¡Eres un racista!

-No, es la voz de la experiencia. ¿Te acuerdas de Ahmed, el bello, el sublime Ahmed? Me hizo sufrir, me desvalijó, se aprovechó de la situación de manera descarada. Enseguida se dio cuenta de que seduciéndome podía obtener lo que quería. Ante él yo era débil, incapaz de negarle ningún capricho. Se largó llevándose mucho dinero. Me hacía chantaje, quería ir a contar todo a mis dos hijos con los que mantengo unas relaciones delicadas, difíciles, pues la madre los anima a rechazarme. Para evitar el escándalo, cerré la boca. Resultado: me robó todo lo que pudo. ¿Sabes en qué se ha convertido? En un estafador internacional, especializado en viejos caballeros, me han dicho que se ha instalado en Mallorca porque allí van los homosexuales alemanes de la tercera edad… Es una zorra, un puto de grandes vuelos. Si topo con él, soy capaz de matarlo.

-Lo sé, ha hecho una fortuna con su sistema gerontófilo. Un día u otro caerá con uno que le dará una buena lección asestándole un navajazo…