REVISTA ELECTRÓNICA DE ESTUDIOS FILOLÓGICOS


ESTAMBUL CAPITAL IMPERIAL MARÍTIMA EN LAS DESCRIPCIONES DE VIAJEROS HISPÁNICOS (1784-1916)[1]

 

Pablo Martín Asuero

(Instituto Cervantes de Estambul)

 

 

ABSTRACT

During the whole Eastern Question, Spain, whilst not participating, did show, however, a great deal of interest on the final fate of the Ottoman Empire, as we can see in the amount of texts printed about Istanbul. The ottoman capital, surrounded by sea is described, studied and analysed by soldiers, diplomats, travellers, journalists, politicians and tourists, their opinions lie somehow between the cronics and travellers’ literature. We must nor forget that at that time Russia was searching its way to the Mediterranean through the Ottoman empire.

Key Words: Sea of Marmara, Black sea, Mediterranean, the Golden Horn, the Bosphorous, Istanbul, Ottoman Empire, Spanish and latinamerican travellers.


 

          Los siglos XVI y XVII trajeron consigo la máxima expansión de un Imperio Otomano enemigo del Imperio Español. La gran cantidad de relatos que surgieron aportaron bastante información sobre el otro gran imperio mediterráneo[2]. A pesar de la abundancia de impresos y manuscritos la mayor parte de ellos son resúmenes o compilaciones de autores italianos o franceses. Uno de los aspectos que se mantendrán hasta el siglo XVIII es la imagen de la forma triangular de la ciudad  rodeada de mar. José Solano lo vuelve a decir en 1793 "Está situada sobre siete colinas y su circuito forma un triángulo de lados desiguales, de los cuales el uno se extiende sobre el mar de Mármara o antigua Propóntide; el otro, que mira a Levante está sobre el puerto y el tercero y mayor se presenta a parte de tierra"[3]

 

          Sin embargo, a partir de finales del siglo XVIII la imagen de Estambul empieza a cambiar, dependiendo de los movimientos artísticos y de los adelantos tecnológicos. Así,  entre la aparición del segundo tomo del Tableau General de l'Empire Ottoman de  Mouradgea d'Ohsson en 1790 y 1893 en que el sultán Abdul-Hamid II ofreció a las autoridades británicas y americanas una serie de álbumes fotográficos hay un abismo en la imagen de Estambul. Ambos documentos tienen como objetivo la presentación de la imagen del imperio Otomano a los extranjeros, pero, mientras en el primero los 233 grabados constituyen el aporte iconográfico, las 1800 fotografías del segundo son suficientes[4]. Estambul empieza a ser conocida a través de colecciones fotográficas y de tarjetas postales, a pesar de que mantengan similares tópicos y personajes pintorescos dan una visión más real que los viajes románticos.

 

          La visión de los textos española evoluciona desde la visión clásica hasta las descripciones realistas de la segunda mitad del siglo XIX o las modernistas a principios del XX. Las memorias militares españolas de las expediciones fletadas tras las paces hispano-otomanas de 1782 están escritas por ilustrados y algunas de ellas siguen modelos enciclopédicos. Casi todas tienen también  un aporte iconográfico que acompañaba a las descripciones como la obra de José Moreno, Viaje a Constantinopla en el año 1784 que  contó con varios artistas como Vázquez, Velázquez o Aguado. Los dibujos de la expedición se grabaron en Barcelona y sirvieron de ilustración a las dos memorias. Los planos, mapas y vistas de edificios hicieron innecesarias las descripciones de las vistas. La página 230 tiene una Vista de la Punta del Serrallo de Constantinopla que prueba esta teoría y en la que se puede apreciar la importancia del mar en la ubicación de la ciudad.

 

          La memoria de José Solano al ser una obra más personal  compagina el grabado anteriormente mencionado del Viaje a Constantinopla con una descripción del mismo sitio:

 

El serrallo o palacio de los sultanes, edificado por Mahometo II  sobre la punta oriental de Constantinopla, tiene una  circunferencia de tres millas y una figura casi triangular, le rodean murallas bastante elevadas y una espesa y alta arboleda que casi le cubre a la vista, la mayor parte del edificio es de piedra, y sus techos de bóveda cubiertos de plomo, y está sobre una colina: por la parte del mar de Marmora no llega a la  orilla, pero sí por el lado del puerto, sobre el cual tiene el serrallo varios Kiosk  a la chinesca, cuyos techos de pizarra en figura de pirámides hacen una bellísima vista . [5]

 

          La descripción bidimensional del grabado se amplía con una visión a vista de pájaro que le permite abarcarlo por completo. Esta perspectiva es heredera de los antiguos planos de la ciudad que tuvieron una gran difusión con fines militares[6].  En este contexto, las primeras vistas panorámicas de la ciudad aparecen a principios de los años de 1830. Michaud en Correspondance d'Orient describe el panorama que se ve desde la torre de Seraskierat. Este punto de vista, edificado en la cima de una de las colinas de Constantinopla, le permite una visión total de la ciudad: al Norte el Cuerno de Oro y los barrios francos, al Sur el mar de Mármara y las Islas de los Príncipes, al Este el Bósforo y la costa asiática y al Oeste las murallas y Rumelia. El problema de este emplazamiento es que no permite abarcarlo todo sin  girar la cabeza. La torre de Gálata, al otro lado del Cuerno de Oro, se convertirá en el lugar ideal para esta clase de descripciones.

 

          Así, Lamartine, autor del Viaje a Oriente, una obra que conoció numerosas traducciones al español en el siglo XIX[7], descubre en un mirador edificado en el barrio de Gálata un punto de vista que le sorprende y maravilla: "La Europa, la Asia, la entrada al Bósforo todo se abarca con la vista desde aquí pues está la ciudad a mis pies [...] pasaba las horas enteras y me asombraba de que de tantos viajeros a Constantinopla no se haya deslumbrado ninguno al aspecto de esta escena y no la haya descrito"[8].  Es más, Lamartine  se dio cuenta de que las descripciones anteriores no correspondían con los nuevos viajeros como Potocki, Chateaubriand o él. A pesar de que la idea de que se trataba de la ciudad más bella de la tierra ya babía sido expresada a lo largo de los siglos había sido necesaria la llegada de los viajeros románticos:

 

Llegados aquí, olvidamos a Marmara, la costa de Asia y el Bósforo para abarcar con la vista la laguna del Cuerno de Oro, y las  siete ciudades sentadas sobre las siete colinas de Constantinopla, que venían todas a unirse al brazo de mar  para formar una ciudad  incomparable y única que a un tiempo es, ciudad, campo, mar, puerto, ribera de rios, jardín, frondoso monte,  valle profundo, océano de casas, hormiguero de buques y de calles, lagunas apacibles y encantadoras soledades, que ningún pincel puede expresar en conjunto, y que a cada golpe de remo, se presenta, recibiendo el alma una nueva impresión  [9]

 

          Lamartine esboza una visión del Cuerno de Oro como centro de la ciudad donde su alma encuentra el éxtasis. La temática romántica también es otro aspecto que encuentra en las noches de Estambul un escenario idóneo: "Esta noche me he sentado solo a la luz de una esplendente luna que se reflejaba en el mar de Mármara y aún sobre las moradas líneas de las perpetuas nieves del Olimpo, bajo los cipreses de la escalera de los muertos. Estos cipreses que dan sombra a los innumerables sepulcros de los musulmanes"[10]. Estas líneas contienen casi todos los elementos del romanticismo dentro  de una de las primeras vistas nocturnas: la exaltación del yo contemplando la belleza, la muerte desde el exotismo del cementerio musulmán y el monte Olimpo con todas las connotaciones que conlleva. 

                  

          La torre del Gálata es el lugar desde donde el viajero peruano Pedro Paz Soldán y Unanue dice que el panorama es más grandioso que el de Nápoles en 1862, un tiempo en que la torre todavía no estaba acondicionada para el turismo "También subí a la torre del Gálata, donde no hay como esperaba una azotea o plataforma desde la cual se pueda abrazar toda la perspectiva de la ciudad; antes bien se ve uno obligado a irla admirando por partes por entre las ventanitas"[11]

 

          Adolfo de Mentaberry, un diplomático español destinado en la Sublime Puerta en 1868, tiene una panorámica de la ciudad desde el puente del Gálata donde describe mezquitas y palacios. La visión del diplomático recuerda a una guía de viajes: "A lo lejos se destacan imponentes las torres de Santa Sofía, grandiosos monumento e interesante, que merecería ser descrito por un gran historiador más allá la mezquita del sultán Ahmed con sus seis gallardos minaretes; después la de Bayaceto, más elegante que ninguna."[12]

 

          Esta descripción sigue entre la enumeración y la erudición. Gautier prescinde de este aspecto porque " […] nous ne  pousserons pas plus loin cette revue de mosquées à des légères différences." será necesaria la visión fotográfica para captar estas diferencias[13]. La larga estancia del diplomático posibilita esta clase de visiones. Los viajeros describen una ciudad en un momento de plenitud estética que queda inmutable entre las páginas de los libros.

 

          La visión de Juan de Dios de la Rada, responsable de la memoria del viaje a Oriente de la fragata de guerra Arapiles en 1871, procede de la cubierta  del barco, mientras se atendía a las formalidades burocráticas de la aduana, está sacada del libro de Mentaberry. Algunos fragmentos están prácticamente copiados palabra por palabra: "[...] el panorama que se extendía ante mis atónitas miradas [...] Santa Sofía, monumento que él solo necesita un libro para narrar su historia y hacer su descripción crítica; el Ahmédieh, con seis minaretes; la mezquita del sultán Bayazid o Bayaceto, la más elegante de todas"[14]. Otros son una versión  del mismo paisaje de verano el 30 de Junio  de 1871 "Altos cipreses elevando como aspiración del alma a lo infinito sus oscuras y agudas ramas al cielo, plátanos con su follaje de brillante color verde prestan sombras a aquellos venerados templos, y su verdura contrasta y armoniza de una manera indescriptible con la blancura de los minaretes y los tonos oscuros de las casas que los rodean"[15].

 

          Lo cierto es que De Madrid a Constantinopla se publicó en 1873, dos años después del viaje de la fragata Arapiles cuya memoria no vio la luz hasta 1882.  Este texto prueba el proceso de  elaboración de los libros de viajes: inicialmente se documentan sobre el tema en el punto de partida, en un primer momento contemplan la ciudad desde un barco con bandera occidental, llegan a la ciudad donde pasan un tiempo que suele durar un mes y medio. Las notas que tomaron durante la estancia configuran la primera versión. El texto se corrige, amplía, completa con los últimos acontecimientos y publica en el punto de origen del viaje.

 

          La vista desde la torre de Gálata sí  parece ser fruto de su percepción personal. Los detalles de una vista panorámica casi fotográfica la separan de la visión paisajística de Lamartine. El mundo fantástico rodeado de agua, oculto en casas y jardines revela la formación romántica del autor del Viaje a Oriente de la fragata de guerra Arapiles.

 

Desde tan elevado observatorio, abarca la mirada el Serrallo, el castillo de las Siete Torres, la cúpula de Santa Sofía, los minaretes de la mezquita de Achmet, los verdes cipreses de Scútari, elevándose al cielo, como plegarias de la naturaleza por los que a su sombra descansan, la lejana campiña, las casas de recreo y los haremes, ocultos entre bosques de flores y de verdura, las blancas líneas de los acueductos casi borrados por festones de yedra, el Bósforo con su ondulante superficie, movida por las contrarias corrientes que le agitan, y el Cuerno de Oro, inmóvil, y el mar de Mármara, resplandeciente como un inmenso espejo en el que, iluminado por el espléndido sol de Oriente, refleja aquel hermoso cielo su inmensidad  [16]

         

            Engin Çizgen llama a esta clase de descripciones visuales del siglo XIX le parcour des yeux[17]. Algunos autores siguen la perspectiva romántica  de Lamartine como Nerval para quien  el espacio contemplado no es más que aspecto menor en los llamados itinéraires de l'esprit. La comparación de Gautier a la llegada con el escenario de una opera de cuento de hadas refleja como ninguna la concepción de Estambul como espacio romántico oriental. 

 

          La vista panorámica encuentra en Estambul un marco ideal en la fotografía y en la literatura realista. Estas nuevas imágenes reproducen una visión mucho más completa del urbanismo y de la geografía que las anteriores. El primer panorama de Estambul es de Roberstson y Beato de 1860. El lugar elegido es la torre de Galata frente a la otra torre que domina la ciudad, la de Seraskier hoy en el recinto de la Universidad de Estambul, muy cerca del Gran Bazar.

 

          El panorama formaba parte de los gravados y retóricas literarias de obras como Voyage Pinttoresque de Constantinople et des rives du Bhosphore de Melling[18] o Promenades Pittoresques dans Constantinople et sur le Bosphore de Perthusier en 1815. La entrada a Estambul por mar tiene otra visión panorámica inicial, aparecida en el álbum de gravados de Thomas Allom, que con las llegadas románticas serán las precursoras de estas nuevas imágenes.

 

          La primera mitad del siglo ha hecho que "La vision panoramique s'impose. Elle s'impose aussi bien que aux peintres qu'aux écrivains. Elle impose aux écrivains de se faire peinares."[19] El desarrollo de la fotografía conoce un impulso inicial durante los años cincuenta y acabará por consolidarse como la forma oficial de las imágenes del imperio durante el reinado de Abdul-Hamid II (1876-1908).

 

           Edmundo de Amicis, uno de los autores extranjeros más conocidos por los viajeros hispánicos, participa de este espectáculo desde el mismo punto que Michaud "Para el que se halla puro y pronto a subir a las estrellas, nada más apropiado que encaramarse a la cabeza de aquel gigante de piedra conocido por el nombre de torre de Serasquier"[20]. Unos años antes, la difusión de álbumes como Panorama du Bosphore en 1870 y Panorama de Constantinople pris de la tour de Galata de Sebah Pascal en 1873, han difundido una nueva imagen de la Sublime Puerta por Europa. Los parcour des yeux literarios tienen que adaptarse a sus limitaciones y buscar nuevos elementos que mantengan la atención del lector. La subida a la torre por una oscura escalera de caracol crea una atmósfera  muy adecuada con fragmentos de lo que se verá a través de las ventanas.

 

          Si las fotografías de las vistas panorámicas están limitadas al campo de lo visual la literatura puede abarcar otras percepciones sensoriales como el oído o el vértigo: "viendo en derredor aquella inmensa bóveda azul; oyendo el viento que zumba furioso, haciendo crujir los vidrios y bambolear el conjunto, apoderándose del espectador el vértigo"[21] Incluso sentidos como el olfato o el gusto están presentes "[…] en una especie de mirador circular, cubierto y rodeado de vidrieras, en el cual permanece constantemente un guardián que sirve el café a los visitantes."[22]

 

          La visión literaria del paisaje no sólo reproduce una vista panorámica sino también las reflexiones de un viajero  que ha visitado y descrito otras ciudades como París, Madrid y Sevilla "Me acordaba de mis desmañanadas descripciones y me decía con amargura:-¡Desgraciado! ¿Cuántas veces han brotado de tu pluma las palabras bello espléndido, magnífico! ¿Qué te queda ahora para este espectáculo?"[23]. La vista panorámica unida a la descripción de la subida se acerca a un documental con una panorámica cinematográfica donde los ojos del viajero hacen de cámara y sus pensamientos de narrador. A partir de esta época la atención se fija otros aspectos como  el movimiento de los barcos y de las palomas y en los cantos de los almuédanos. Si la visión de Lamartine es pictórica la visión de de Amicis es cinematográfica.

 

Constantinopla entera está allí, y se abarca con girar en derredor la mirada: todas las colinas y los valles de Stambul, desde el castillo de las Siete Torres hasta el cementerio de Eyub; toda Gálata y toda Pera, cual si la mirada cayera a plomo sobre las mismas; toda Scutari, cual si me hallara debajo: tres zonas de la ciudad, de bosques, de flotas que se extienden hasta perderse de vista, a lo largo de tres riberas encantadoras, y otras fajas interminables de aldeas, y de jardines que en suaves ondulaciones, se pierden y desvanecen en el interior de la campiña; y el Cuerno de Oro inmóvil, cristalino y salpicado de innumerables caiques que semejan inquietos mosquitos que estén nadando; y el Bósforo que parece cerrado aquí y acullá por las colinas más avanzadas de ambas orillas, ofreciendo el aspecto de una continuada serie de lagos, cada uno de los cuales parece ceñido por una ciudad y cada ciudad rodeada de jardines; y al lado del Bósforo el mar Negro, azulado, cuyos últimos límites se confunden con el firmamento; y por la opuesta banda el mar de Mármara, el golfo de Nicomedia, la isla del Príncipe, la orilla europea y la orilla asiática, tapizadas de blancas aldeas; y más allá del mar de Mármara el estrecho de los Dardanelos que brinda cual sutilísima hebra de plata; y más allá de los Dardeanelos un vago fulgor blanquecino que es el mar Egeo y una curva oscura que es la orilla de la Troada; y más allá de Scutari la Bitinia y el Olimpo; y al otro lado de Stambul la soledad sinuosa de la Tracia; dos golfos, dos estrechos; dos continentes, tres mares, veinte ciudades, una miríada de cúpulas plateadas y de esbeltas agujas de oro. Una gloria de luz y de colores  bastante para hacer dudar si es aquello un espectáculo existente en nuestro planeta, o propio de otro astro más favorecido por el Señor [24].

 

          La panorámica presentada como real tiene una particular versión del espacio: desde la torre el mar Negro está oculto por el Bosque de Belgrado, el mar de Mármara tiene varios cientos de kilómetros de ancho hasta los Dardanelos y los estrechos no son  rectas trazadas por un tiralíneas. Pero qué  importa que todo esto no se pueda ver si es el paisaje que todo viajero ha soñado con admirar.

 

          La fotografía, representante de las versiones oficiales, ha permitido que la literatura vuelva a adoptar nuevas perspectivas dentro del amplio espacio que es la realidad. La pintura y la literatura se escaparán de las reglas de lo real para descubrir otros mundos en los movimientos vanguardistas de principios de este siglo. Es el inicio del nuevo orden artístico.

 

          Durante el último cuarto de siglo proliferan las vistas. La ciudad se libera de la primavera perpetua de Lamartine y de la eterna luz crepuscular  de Chateaubriand. Ordóñez Ortega la describe con todas las luces en el transcurso de las primeras horas: el crepúsculo de la llegada proporciona una vista de una ciudad a punto de ser tapada por las famosas nieblas. La vista nocturna desde el barco, que parece ser que no fue impedida por la anunciada niebla, para terminar por la mañana, otro momento ideal para describir lo que no pudo ser visto la víspera.

 

          Los otros dos puntos de vista se mantienen: el serrallo y la torre del Gálata "Desde este observatorio Constantinopla vuelve a ser la ciudad grandiosa, se desarrolla ante los ojos un espléndido panorama, en el que no se sabe que alabar más"[25]. La contemplación de un paisaje  donde los ojos encuentran tantas cosas que ver y la memoria que recordar hace que las multitudes, la suciedad de las calles, la fealdad de las casas y la cuesta se olviden. Una vez más la belleza de Estambul es desde una perspectiva panorámica donde los habitantes no son dignos de mención.

 

                   La larga estancia del diplomático y poeta Antonio de Zayas, el duque de Amalfi, a finales del siglo XIX se ve reflejada en las descripciones de la ciudad donde vivía a lo largo de las cuatro estaciones del año. La contemplación del panorama desde el hotel Pera Palace le permite olvidar el trayecto entre la estación y el hotel: "El soberbio panorama que surgió de improvisto ante mis ojos absorbió de tal modo mis sentidos"[26]. Introduce una vista del Cuerno de Oro.

 

          A los pocos días se cambió de habitación a la fachada del quinto piso donde "[…] permanecí largo rato asombrado ante el espléndido panorama que divisaba a través de los cristales de mi balcón. Veía a mis pies [...] de humildes casas separadas entre si por huertecillos, que estaban ya próximas a cubrirse con las frescas y lozanas galas de la primavera."[27] La ciudad, visitada por los viajeros románticos en primavera o verano no suele estar descrita en invierno, el mito de la ciudad inmutable va desapareciendo también  de las letras españolas.

 

          La misma ventana le sirve para describir la noche donde aparece la nostalgia de aquel que lleva tiempo lejos de la patria. El siguiente fragmento es más la descripción de un paisaje muchas veces visto que una vista panorámica en un momento puntual. Una vista que la rutina ha hecho que deje de ser exótica. Esta visión, adornada de muchos tópicos, esconde un escenario que forma parte de la cotidianeidad. Encierra un elemento que caracteriza la visión española. La nostalgia de Zayas es fruto del recuerdo de una patria con un pasado oriental.

 

Yo he contemplado muchas veces desde el balcón de mi cuarto del Hotel Pera el espectáculo que describo, a la luz indecisa del crepúsculo vespertino. Yo he presenciado el rápido paso de aquella alada procesión de negras aves, sino con el terror siniestro, sí con la melancolía profunda con que contempló Don Juan Tenorio el paso de su propio entierro. Yo he visto desdibujarse gradualmente en el fondo grisiento del cielo las cúpulas y alminares de las vecinas mezquitas de Stamboul, y confundirse, al vencer las tinieblas nocturnas a la claridad del día fugitivo, las luces encendidas en el barrio turco con las estrellas del firmamento. [...] mientras el almuedano, viviente campana de los  templos musulmanes, dirigía su voz a los cuatro puntos cardinales exclamando con el tono lastimero de los incomparables cantares andaluces: "no hay más Dios que Dios, Mahoma es el Profeta de Dios.

Entonces, en aquellas horas de penumbra, sentía con más viveza que nunca la nostalgia de mi tierra bendita.[28]

 

         

          El verano hace su aparición en el paisaje literario: "El espectáculo es brillante. En el fondo, a mano izquierda, verdes y frondosos árboles [...] Por fondo el azul purísimo de un cielo sin nubes"[29] o la noche primaveral completa la visión del diplomático español a través de las estaciones del año. El romanticismo tardío español  se revela en este fragmento.

 

En la noche del 11 de Mayo de 1897 [...] abrí de par en par el balcón de mi cuarto [...] El firmamento estaba despejado y sobre su inmensa bóveda azul oscura, fulguraba misterioso séquito de estrellas. Las cúpulas de las mezquitas de los sultanes Selim y Bayaceto se erguían coronadas por fúlgida cornisa de diminutas luces y los esbeltos alminares de tan esbeltos templos y los mas modestos que de trecho en trecho se elevan entre las casas que dormitaban en anfiteatros ante mis ojos, perdían sus contornos en airosos en el fondo oscuro del cielo [...] Los navíos turcos ostentaban en sus altos palos innumerables luces que, al rielar en la superficie tranquila de las aguas, semejaban tembladoras cintas de cristal. El frescor de la brisa acariciaba mi rostro y el perfume que exhalaban los árboles y las plantas engalanados con toda la lozanía y verdor de exuberante primavera, inundaba de gozo inefable todo mi ser y sumía mis sentidos en dulcísimo sopor semejante a los preludios de un tranquilo y dorado sueño.

Acordeme de las encantadores noches de Granada [...]  Involuntariamente comparé entonces las noches de Oriente con las noches de Occidente; las noches de la Península Ilírica con las noches de la Península Ibérica, las noches bizantinas con las noches andaluzas, las noches de Constantinopla con las noches de Granada.[30]

 

          No todos lo observadores tenían alma de artista, así la visión práctica del hijo del Dr. Pulido, entonces estudiante de medicina supone una vuelta a las descripciones tradicionales: "Es de todos sabido que el Cuerno de Oro, prolongación del Bósforo, divide a la capital de Turquía, en dos partes completamente diferentes. La inferior bañada por el mar de Mármara, es Estambul, la más antigua, la que contiene todas las bellezas"[31]

 

          Blasco Ibáñez, el cual llegó a Estambul en 1907, es tajante en el aspecto de la ciudad "Nada queda en Constantinopla del pasado; pero ¡cuán hermosa es con su aspecto musulmán!"[32]. El novelista valenciano hace su aparición en Oriente después de una introducción a la ciudad, la tradicional descripción de la forma triangular da  paso a la forma en Y. La descripción de esta letra compuesta de tronco, dos ramas y los ángulos y espacios existentes le sirve para explicarlo.

 

          La visión panorámica desde un lugar típico, el Cuerno de Oro, produce está visión donde el elemento humano está presente. Esta visión, heredera de las llegadas en barco, sintetiza todos los elementos anteriormente expuestos. La afición a los escenarios cinematográficos se refleja en esta primera vista de la ciudad. Será necesario que el cine descubra el sonido y el color para poder hacer un documental que pueda describir la realidad como lo hace este texto:

 

¡El atardecer de mi primer día en Constantinopla! ... venía yo de contemplar a cierta distancia, la santa mezquita de Eyoub, donde jamás ha puesto el pie ningún cristiano. Eyoub es un arrabal en el fondo del Cuerno de Oro, que se conserva como lo más turco y creyente de Constantinopla. Su mezquita, viene, en rango de santidad, detrás de la Meca. Las viejas del barrio, envueltas en su manto negro, escupen a los pies de todo cristiano que encuentran al atardecer en sus calles, y le desean a gritos las mayores desgracias.

La corriente del Cuerno de Oro empujaba el caique dulcemente, y el remero sólo tenía que dar débiles paletadas para seguir el viaje. Había desaparecido el sol, los minaretes de Constantinopla cortaban con su blanca línea un cielo suave, teñido de rosa y violeta. Una estrella centelleaba en ese inmenso telón de seda, como un brillante perdido. En lo alto del cielo brillaba un fragmento de luna en creciente, como la que se muestra en el escudo otomano: la media luna de los turcos.

La enorme ciudad parecía partida en diversos términos, como los bastidores de un teatro. Los barrios inmediatos a la ribera, negros y levemente moteados de rojo por las luces de las ventanas iluminadas; los de segundo término ligeramente sonrosados por los reflejos del atardecer; los remotos marcados azulados e indecisos como montañas, reflejando con fulgores de incendio los últimos rayos de un sol invisible en los cristales de los miradores, y sobre esta aglomeración, envuelto en el misterio del crepúsculo, los bosques de marfil de los agudos minaretes, los enormes huevos blanquecinos de las cúpulas de las mezquitas.

Un espacio sagrado descendía del cielo, esparciéndose en compañía de la sombra entre la ciudad y las aguas. Pasábamos entre buques de guerra, anclados en el puerto militar: acorazados grises de triple chimenea, cruceros de una sola cofa, esbeltos avisos, yates imperiales que aguardan la visita del sultán, el cual no los ha visto nunca. De pronto la roja bandera con la media luna blanca comenzó a descender de los mástiles. Sobre la cubierta veíanse agrupadas las tripulaciones, con el fez, que iguala a oficiales y marineros. En el cuartel del Almirantazgo, la infantería de marina extendía sus pelotones a lo largo del muelle, destacándose el la penumbra la línea roja de sus cabezas alineadas.

A un mismo tiempo se conmovió la calma majestuosa del crepúsculo con gritos que parecieron rasgar el espacio como disparos cruzados. En los balconcillos circulares de los minaretes, hombres liliputienses con turbante blanco, agitaban los brazos, acompañando estos movimientos con las modulaciones de un chillido sobrehumano. Sobre los puentes de los buques de guerra, un hombre entonaba un canto majestuoso y triste, semejante a las saetas de Andalucía.

 La Ilah il Alah ve Mohamed resoul Allah!, cantaba con melancolía  religiosa, en el misterio del crepúsculo, los hobrecillos semejantes a hormigas sobre los puentes de los acorazados. Los centenares de gorros alineados a lo largo de las bordas, entre las bocas de los enormes cañones y las torres blindadas, rugían al contestar como un estampido: Allah, Allah! Y al ver esta fe de los desiertos asiáticos, este ardor fervoroso de los jinetes errantes en otros tiempos, repetirse a bordo de los buques acorazados, última expresión de los adelantos científicos, que repelen y destruyen con sus bocas de acero las fantasmagorías del pasado, tuve una visón exacta de lo que es la Turquía moderna: europea exteriormente pero cuando escucha la voz del Profeta siente despertarse en ella la misma alma de los que llegaron tras el caballo de Mohamed II a la conquista de Constantinopla.[33]

 

          La revolución de los jóvenes turcos de 1908 abre una nueva página de la historia turca conocida como Ikinci Mesrutiyet Dönemi, Segundo Periodo Constitucional, que terminará  con el derrocamiento de Abdul Hamid II   en 1909. La ciudad constitucional fascina a Gómez Carrillo, uno de los mejores cronistas del modernismo. Este acontecimiento histórico predomina en toda la descripción de Constantinopla de Ciudades de Ensueño. El desencanto del periodista al encontrar una ciudad donde la monarquía parlamentaria ha acabado con el poder del sultán es patente al estar en una ciudad donde "la época musulmana que ahora agoniza"[34]. El año que pasa entre el viaje de Blasco Ibáñez y el de Gómez Carrillo ha hecho que la visión del novelista valenciano haya quedado obsoleta. La ciudad que un año antes mantenía su alma musulmana bajo la apariencia occidental está empezando a considerar la figura del califa dentro de un estado de derecho.  

 

          La influencia europea es la culpable de que la ciudad haya dejado de ser exótica "De todas las injurias que Europa ha hecho a Constantinopla en los últimos cincuenta años, ninguna debiera ser tan dolorosa para el corazón de los turcos como esta invasión del más detestable occidentalismo [...] lo "parisiense" ha matado en él lo que antes tenía de exótico y hasta la misma luz de Oriente parece haber huido a su contacto"[35].

 

          En poco más de un siglo se ha pasado de acusar a los turcos de destruir la ciudad clásica a compadecerlos ante la agresión europea. Las descripciones de los viajeros románticos, encargadas de revitalizar el mito de la ciudad más bella del mundo, aportaron un exotismo a la imagen de Estambul que acrecentó el interés occidental. La penetración cultural europea y las reformas del Tanzimat están acabando con el Estambul otomano.

 

          El escritor guatemalteco, indignado en los barrios francos por lo que ha visto, contempla la torre del Gálata "¿Por qué no subir?... Para olvidar la vulgaridad de la Grande Rue nada mejor que un instante de muda contemplación."[36] 

 

          La descripción de la vista está contemplada con un nuevo elemento: el viajero se da cuenta de que es el final de una época. El paisaje vuelve a  mantenerse como testigo mudo de esplendores pasados, sólo la contemplación de la vista panorámica le permite revivirlos "de pronto, para borrar todas mis visiones crueles o banales, he aquí la terraza que domina a Stambul.[...] Bañada por la luz púrpura de la tarde, la ciudad antigua se extiende, entre las aguas rosadas del Cuerno de Oro y del Bósforo, en la gloria de su belleza milenaria"[37]. Gómez Carrillo llega a despreciar las mejoras en la calidad de vida de la población "desdeñando los ejemplos muy higiénicos pero muy poco pintorescos de las viviendas europeas de Pera"[38].

 

          A través de las líneas de este texto modernista se puede interpretar que para  Gómez Carrillo la ciudad pertenece más al reino de la belleza que a su población.

 

          La visión de la ciudad de Carlos Ibáñez de Ibero, un observador español en Grecia y Turquía durante la Gran Guerra, también se centra sobre un acontecimiento histórico: la situación política en Oriente, motivo del viaje, produce la descripción de la guerra  desde la llegada. Antes de llegar al hotel tuvo que sufrir un control en el puente del Gálata porque "un sous-marin anglais torpilla un transport ottoman en plein port de Costantinople"[39]. El punto de vista de tantas  panorámicas ha dejado de ser un lugar idílico: "dès les premiers mois de la guerre, la plus grande partie de la flotte turque de commerce fut dètruite par les Alliés; une promenade dans le port de Constantinople suffit pour se rendre compte de la paralysation du trafic"[40]. No sólo el puerto ya no es lo que era, toda la ciudad ha cambiado "[…] la terreur regne à Constantinople, aussi bien que dans les milieux politiques que chez les simples particuliers; tout le monde sait que la moindre parole, le moindre geste imprudent peut coûter à son auter la dèportation ou même la vie." [41] La ciudad vuelve a ser la capita otomana que románticos y modernistas habían convertido en escenario de sus fantasías. A pesar de la guerra y del fuego la ciudad no ha perdido su belleza. Como se puede observar el cumplimiento de su misión no le impide admirar la vista desde el senado:

 

La salle des séances se vide rapidemente. Peu à peu  l'ombre l'envahit tandis que là-bas, tout au fond, derrière la tribune du president, une inmense baie vitrée, d'où l'on decouvre la rive d'Asie, demeure éblouissante de lumière. Du haut de mon perchoir, je regarde passer avec ravissement de superbes barquasses aux voiles ensoileillées glissant lentement  sur les eaux bleues du Bosphore; c'est un paysage de rêve dont la douceur exquise s'acentue encore  maintenant que réssone au loin le chant du muezzin appelant les fidèles à la prière. Mais les députés rentrent bruyanment et le mirage disparait.[42]

 

 

        



[1] El presente artículo procede de un capítulo de mi tesis doctoral que no ha sido incluido en la publicación, Viajeros hispánicos en Estambul; de la cuestión de Oriente al reencuentro con los sefardíes (1784-1918), Estambul, Isis, 2005.

[2] Este aspecto ha sido estudiado por Albert Mas en Les Turcs dans la littérature espagnole du Siècle d'Or, París, NRS, 1967.

[3] Josef Solano Ortiz de Rozas, Idea del Imperio Otomano, Madrid, Imprenta de Sacha, 1793,  p. 12

    [4] Véase el capítulo I del catálogo de la exposición Images d'Empire, aux origines de la photographie en Turquie, por Gilbert Beaugé, Estambul Banque Ottomane, 1993.

    [5] Josef Solano Ortiz de Rozas, op. cit. Pp. 20-21

    [6]  Las vistas a vuelo de pájaro dice Jean Ebersolt que empiezan a difundirse desde  principios del XV siendo famoso el plano de Buondelmonti. Estos documentos emplazan aproximadamente los monumentos. Son una curiosa amalgama de fantasía y realidad ya que no se puede discernir qué procede de la observación personal, de la erudición libresca o de la pura imaginación. Ver Jean Ebersolt, Constantinople Byzantine et les Voyageurs du Levant. París, Ernest Leroux, 1918, p. 53

[7] Véase mi artículo.” El viaje a oriente de Lamartine, su traducción al español e influencia en autores hispánicos” http://www.um.es/tonosdigital/znum9/estudios/lamartineespa%F1ol.htm

 

    [8] Lamartine, Viaje a Oriente, Madrid, Landóz y Sagasti, 1848, pp 222-223

    [9] Ib. Pp. 194-195

    [10] Ib. P. 208 La descripciones nocturnas encuentran su apogeo en el conde de Nerval. El cambio a un ritmo de vida  más de acuerdo con los preceptos coránicos fascina a este viajero en Les Nuits du Ramazan.

    [11] Pedro Paz Soldán y Unanue, Memorias de un viajero peruano, Lima, Biblioteca Nacional del Perú, 1971,  p. 333

    [12] Adolfo de Mentaberry, Viaje a Oriente, de Madrid a Constantinopla, Madri0d, Berenguillo, 1873, p. 442.

    [13] Engin Çizgen cita a T. Gautier en Images d'Empire, aux origines de la photographie en Turquie p. 82,

    [14] Juan de Dios de la Rada y Delgado, Viaje a Oriente de la fragata Arapiles, Madrid, 1882, p. 64

    [15] Ib. P.  65

    [16] Ib. Pp. 406-407

    [17] Ver el capítulo titulado Le parcour des yeux: du panorama général aux détails de la mosaïque. (1855-1870) pág 81-94 del catálogo Images d'Empire, Estambul, Banca Otomana, 1993 por Engin Çizgen.

    [18] Ebersolt llama a Mellin "le peintre incomparable du Bosphore" cuyas vistas están "calquées de la nature". Arquitecto de Selim III y pintor de la sultana Hadice pudo durante su larga estancia penetrar en los menores detalles del paisaje. El álbum se presentó en París en 1818 y el texto se reeditó en Les peintres du Bosphore  au XIXe siècle, París, Treuttel y Würtz, 1911, pag 166-221. Un viajero anónimo en Notes d'un voyage fait dans le Levant en 1816 et 1817 dice "dessinées (les vues) avec un scrupule de vérité, poussé quelquefois trop loin dans les détails, donneront une idée bien plus exacte des édifices modernes et de l'aspect de cette ville dont tous les points de vue sont enchanteurs, que ne le ferait la description la plus minutieuse" Ver Jean Ebersolt, op. cit. P. 201-202 y 218      

    [19] Engin Çizgen, op. Cit. P. 85

    [20] Edmundo de Amicis, Constantinopla, publicado en El Mundo Ilustrado, Barcelona, Espasa, 1881, p. 522 tomo I

    [21] Ib. P. 522 tomo I

    [22] Ib.

    [23] Ib. P. 524 Tomo I

    [24] Ib. p. 523 Tomo I

    [25] Melchor Ordóñez Ortega, Una misión diplomática en Indochina, Madrid, Rubiños, 1882, p. 186

    [26] Antonio de Zayas, A Orillas del Bósforo, Madrid, Juan Pueyo, 1912, p. 31

    [27] Ib. P.  34. 

    [28] Zayas op. cit. P. 146.

    [29] Ib. P. 261.

    [30] Ib. P. 280, 281, 282.

    [31] Angel Pulido Martín, Cartas Médicas, Madrid, Teodoro, 1906, p. 132.

    [32] Vicente Blasco Ibáñez, Oriente, Madrid, Aguilar obras completas  tomo II p. 49.

    [33] Vicente Blasco Ibañez op. cit. pp 50-51

    [34] Gómez Carrillo, La vida errante (Oriente) ,Madrid, Mundo Latino, 1919, p. 15

    [35] Ib. p. 22-23 

    [36] Ib. P. 26

    [37] Ib.

    [38] Ib.

    [39] Carlos Ibáñez de Ibero, D’Athenes à Constantinople, París, Asttinger, p. 115.

    [40] Ib. P. 238.

    [41] Ib. P. 146

    [42] Carlos Ibañez de Ibero op. cit. P. 151