REVISTA ELECTRÓNICA DE ESTUDIOS FILOLÓGICOS

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LA DIMENSIÓN BIOGRÁFICA DE VEINTE AÑOS Y UN DÍA DE JORGE SEMPRÚN

Jaime Céspedes

(Universidad de París X-Nanterre)

 

 

 

La presente contribución al estudio de la última obra de Jorge Semprún se centra en las motivaciones y la intención del autor para escribir esta novela que incluye muchos elementos autobiográficos. Si bien el planteamiento novelesco de la obra puede justificar el rechazo, desde un punto de vista inmanente del análisis literario, de cualquier análisis biografista, nos parece en cambio sumamente interesante buscar la motivación de muchos elementos narrativos en la biografía del autor. A fin de cuentas, se trata de una novela con muchas referencias políticas, y la alusión política invita a la crítica ideológica antes que a la meramente poética. Por ello, creemos que esta obra de Semprún adquiere un significado más homogéneo a nivel pragmático que si no tuviésemos en cuenta estos elementos, al menos en este caso, dado que prescindiendo de ellos la novela puede parecer falta de cohesión interna o algunas características atribuidas a los personajes pueden parecer demasiado caprichosas, incluso extravagantes a veces. De hecho, la novela configura un lector modelo desconocedor de las líneas generales de la historia del comunismo europeo en el siglo XX, pues muchas de ellas se van presentando y explicando de manera didáctica y digresiva, lo que atenta en cierto grado contra el desarrollo de la acción novelesca principal.

 

En esta obra en que se mezclan invención y realidad, la realidad viene dada por la representación que se llevaba a cabo en el pueblo toledano de Quismondo cada 18 de julio entre 1937 y 1956 del asesinato, cometido el primer día de la Guerra Civil por un grupo de campesinos, del hijo menor de los Avendaño, familia terrateniente del pueblo. Entre los varios personajes que comparten el protagonismo de la obra, acompaña al lector en su recorrido por la acción Michael Leidson, periodista estadounidense que se acerca al pueblo en julio de 1956 para observar la anunciada última representación con el ánimo de incluirla en una próxima investigación sobre la Guerra Civil Española. En las primeras páginas el narrador omnisciente parece centrarse en una focalización interna limitada a Leidson, si bien más adelante otros personajes van siendo objeto de especial atención para el narrador y Leidson llega a parecer un personaje secundario o una manera de que el lector se identifique desde el comienzo con una mirada objetiva o al menos con alguien que va al pueblo por primera vez. Después cobran protagonismo el propio asesinado y su mujer, de quienes se recuerda con bastante detalle su viaje de novios por Italia y Francia pocas semanas antes del asesinato. José María Avendaño es presentado como una especie de García Lorca toledano, pues se insiste en el paralelismo del destino de ambos, quienes habrían coincidido además en la lectura que el poeta granadino hiciera de La casa de Bernarda Alba pocas semanas antes de morir. Más tarde, es el hijo póstumo de José María Avendaño, Lorenzo, quien más preocupa al narrador junto con Benigno, el bibliotecario del pueblo. A todos estos personajes principales les son atribuidas características que comparten en mayor o menor medida con Semprún y todos ellos sirven de vehículo a la expresión de su ideología.

 

Recordemos rápidamente las diferentes intrigas que se entrecruzan en el argumento de la obra para tener presente el sentido del pensamiento en relación con el del autor. Siguiendo el orden del argumento, el primer lugar lo ocuparía la investigación y la curiosidad personal de Leidson en su visita al pueblo para asistir al ritual y tomar notas en su diario que puedan servirle para su estudio: mientras el narrador focaliza a este personaje, la intriga consiste en saber cómo sucedió exactamente el asesinato, quién fue su autor material y qué motivos pudo haber al margen de la razón generalmente aceptada de que la guerra había empezado ese día y los campesinos estaban exaltados. En segundo lugar se situaría la investigación policial que lleva a cabo el comisario ficticio Roberto Sabuesa, de la Brigada Político-Social, investigación que consiste en descubrir la actividad política de Lorenzo, quien, a pesar de tener sólo 20 años, mantiene múltiples contactos con importantes personalidades del exilio y conoce a fondo el comunismo, siendo para el comisario un auténtico “agitador universitario”. Sabuesa espera que Lorenzo le conduzca involuntariamente a quien más le interesa: Federico Sánchez, el nombre clandestino más conocido de Semprún en la realidad, pues lo usaba frecuentemente en los años 50 y principios de los 60 como miembro del Partido Comunista de España en la clandestinidad. Sin embargo, el Narrador (quien se nombra a sí mismo con mayúscula) no realiza en ningún momento una identificación entre sí y Federico Sánchez, pues presupone que el lector está enterándose por primera vez de quién es Federico Sánchez. Por último, tenemos la incógnita de quién es el Narrador, cuestión que éste mismo introduce y que revela en las últimas páginas de la obra y en particular en la frase siguiente: “el Narrador, dirigente por entonces del partido comunista clandestino, con el seudónimo de Federico Sánchez [...]” (p. 236). El problema lógico a este respecto reside en que el Narrador es a todas luces omnisciente, cuando parece plantear la incógnita de su identidad como si pudiese ser atribuida a alguno de los personajes.

 

A nuestro parecer, los objetivos que Semprún persigue al hilo del argumento son al menos tres. Por un lado está su revisión crítica del comunismo español. Por otro lado tenemos el elogio y el homenaje a algunas personalidades hoy famosas que Semprún conoció a mediados del siglo XX. Finalmente, se dedica mucho espacio también a desgajar la trayectoria de Federico Sánchez como si se tratara de un puzzle a recomponer por el lector a medida que avanza la lectura. El primero y el tercero de estos objetivos son los más importantes para el narrador. El segundo sólo queda plasmado en algunos párrafos dispersos en los que se menciona el elogio de la persona en cuestión de manera directa. Es el caso de Fernando Sánchez Dragó o de Domingo Dominguín. Del primero se cita abriendo el capítulo 4 una declaración oficial de febrero de 1956 en la que Dragó afirma haber recibido propaganda comunista pero no una proposición para formar parte del PCE. Y se menciona a Dominguín para afirmar que si en su juventud había sido falangista, ahora le parece al narrador alguien de ideología liberal (p. 147). Mayor interés tiene el recuerdo de Domingo Malagón (p. 239), un hábil falsificador de documentos al servicio del PCE a quien, ya en 1999, dedicó Mariano Asenjo el libro Malagón: autobiografía de un falsificador. De hecho, Semprún ya había intentado elogiarlo en Autobiografía de Federico Sánchez (la obra que hizo popular al autor y a su seudónimo en España), sin mencionar el nombre real de Malagón, pues pensaba que todavía podía perjudicarle desvelándolo: “Y ahora, en este relato o memorial en que no pienso callarme nada, voy a callarme el nombre del camarada que falsificaba nuestra documentación [...] porque ¿quién sabe?, quizá sea todavía necesaria su diabólica, o angélica, habilidad” (Autobiografía de Federico Sánchez, p. 68).

 

Veamos con detalle estos objetivos de Semprún en esta novela. El que nos parece más importante es la vuelta a un tema recurrente en su obra literaria: la revisión crítica del comunismo. Semprún marca aquí de nuevo sus distancias con respecto a su pasado comunista, implicando en todo momento lo que constituye la base de su mensaje: distinguir claramente entre el comunismo y el Partido Comunista, entre el comunismo como ideología y el comunismo como partido político con una historia y una evolución determinada en la que él intervino mientras fue miembro del partido, especialmente entre 1953 y 1964, años en los que, gracias a su bilingüismo adquirido en el exilio y al prestigio de haber sobrevivido a quince meses de deportación en Buchenwald, se ocupaba de coordinar actividades clandestinas en España organizadas desde Francia. De este modo, resulta comprensible que Semprún se esfuerce en distinguir en varios personajes, sobre todo en el del bibliotecario Benigno (también en su rápido comentario sobre Sánchez Dragó), una mentalidad afín al comunismo pero al margen de cualquier pertenencia a la organización política comunista, con el fin de dar a entender que las personas que puede representar Benigno no eran menos ni peores comunistas que los miembros del partido. En este sentido cabe entender el comentario del narrador cuando afirma que a Benigno le inspiraba confianza Federico Sánchez porque iba a España clandestinamente, es decir, porque “no era uno de esos de fuera que tan escasa confianza le merecían a Benigno” (p. 190). Este personaje sirve también para ejemplificar que, como Semprún, una persona pudo formar parte del PCE y abandonarlo después sin dejar de ser comunista, ya que nos dice el narrador que Benigno es “comunista por libre, que ahora no tiene contacto regular con la organización” (p. 105).

 

Es en este sentido en el que hay que entender también la insistente presencia en la obra del informe Jruschov (pp. 98, 123, 142), informe de reconocimiento público de los campos de concentración soviéticos y de denuncia al culto a la personalidad emitido en el XX Congreso del partido ruso en 1956 (p. 194) y que tuvo el efecto, entre otros, de desmoronar el mito de Stalin que dominó los años del Kominform. La inclusión de este informe en el relato puede parecer en ocasiones forzada, como, por ejemplo, en el hecho de que José Ignacio Avendaño le regale a Benigno un ejemplar del informe: “Apenas le hubo entregado José Ignacio sus regalos, Benigno se encerró después de la cena en su cuarto para leer de un tirón, estremecido, sobresaltado, atónito, el informe secreto de Jruschov sobre el culto a la personalidad de Stalin y los crímenes de éste. [...] El informe [...] permitía una nueva mirada sobre la historia del comunismo” (p. 143). Lo importante es que, comentando esta obra y otras de Marx que son ofrecidas a Benigno, el narrador realiza una labor pedagógica sobre el comunismo que se justifica desde ese objetivo general de criticarlo para lectores que no lo conozcan. Sus explicaciones (digresiones en relación con la acción principal que se desarrolla en el pueblo) pueden parecer innecesarias para quien ya conozca en líneas generales los avatares del comunismo, pero, de todos modos, la presentación del autor es interesante porque su opinión está inevitablemente superpuesta a la explicación.

 

Junto a esta finalidad pedagógica de la obra hay otra faceta más autobiográfica dentro de este primer apartado que llamábamos revisión del comunismo: la crítica a los dirigentes del Partido Comunista de España en la clandestinidad como mandatarios que habrían ejercido un uso personalista del mando para eliminar en determinados momentos a destacados miembros cuya mentalidad política podía diferir en algún punto de la de la cúpula dirigente y constituir a corto o medio plazo una amenaza para la dirección o para provocar secesiones, justamente lo que le pasó a Semprún cuando fue definitivamente expulsado del partido por “divergencias” con sus líneas de actuación, como sabemos por Autobiografía de Federico Sánchez. Esas divergencias se resumían en esa obra, en una palabra, en el hecho de que Semprún, junto con otros miembros que también iban siendo expulsados (como Fernando Claudín), no creía en una revolución súbita o una huelga absoluta que pusiera fin de repente a la dictadura en España, sino en una acción de transición prolongada y organizada con otras fuerzas opuestas al régimen. Es desde este ángulo desde donde se hace comprensible la inclusión en la historia del aparentemente aislado relato acerca de José Juan Castillo, a quien Sabuesa tuvo detenido durante una época y con quien estableció finalmente un trató que el detenido aceptó desde la convicción de que la obsesión del partido comunista por una huelga radical no tendría éxito. Es este personaje de Juan Castillo quien vehicula las críticas de Semprún acerca de la responsabilidad directa de los dirigentes Santiago Carrillo, la Pasionaria y Vicente Uribe en los asesinatos de valiosos camaradas, como León Gabriel Trilla y Heriberto Quiñones:

 

José Juan Castillo creía saber por qué los dirigentes del buró político, los de fuera, como solía calificarlos, o sea, Dolores Ibárruri, Santiago Carrillo, Vicente Uribe: los que mandaban de verdad, por qué habían decidido asesinar a Trilla. Ellos dirían “ajusticiar”, probablemente (p. 117).

 

Si bien Quiñones no fue asesinado sino por los franquistas, Semprún acusa sin muchos rodeos a estos mismos dirigentes de utilizar su asesinato para reforzar sus posiciones en lugar de rendir el debido homenaje al camarada moldavo que realizaba bajo tal nombre una dura tarea de reorganización de miembros del PCE que habían perdido contacto con la organización desde principios de 1941 hasta que fue detenido, torturado y ejecutado el 2 de octubre de 1942. La crítica de Semprún consiste en que tras la acusación de traición por haber revelado supuestamente secretos importantes bajo tortura se escondía la verdadera causa del desprestigio de Quiñones: el hecho de que pensaba, como otros, que los comunistas debían buscar la colaboración de otras fuerzas ideológicas, aunque éstas no compartieran ciertos postulados de base, para aunar esfuerzos en la lucha contra el fascismo en España.

 

Benigno no pudo evitar, y se comprende, el recuerdo de Heriberto Quiñones, a quien había conocido en la época, inmediatamente posterior a la victoria franquista, en la cual éste había reconstruido la organización clandestina del partido en España; no pudo evitar el recuerdo de Quiñones, ferozmente torturado por la policía de los Sabuesa y demás ralea hasta el punto de haber sido transportado en una camilla, incapaz de moverse por sí mismo, hasta el piquete de fusilamiento; no pudo evitar las calumnias que el partido, su dirección, al menos, los Carrillos y Pasionarias, habían vertido sobre aquel cadáver heroico, acusando a Quiñones de aventurero, de agente del espionaje inglés, ¡válgame Dios! (p. 144)[1].

 

Menos importante históricamente es otro aspecto que, sin embargo, preocupa mucho al narrador de la obra: dejar patente la, en opinión del autor, incompetencia de la policía franquista, representada en esta obra por el comisario Sabuesa, agraciado no sólo con este despectivo apellido, sino también con toda una serie de críticas directas acerca de su torpeza. En este caso los comentarios del narrador pueden parecer exagerados o redundantes, pero en el fondo creemos que no hacen sino dar a entender que si Semprún no fue detenido en el transcurso de alguna de sus misiones clandestinas en España no fue porque no lo mereciera la calidad de sus actuaciones, sino únicamente por la incompetencia de la policía. Recordemos que el título de la obra no sólo se refiere al tiempo que transcurre entre la primera y la última representación anual del asesinato de José María Avendaño, sino que hace mención también a la pena común reservada a los comunistas clandestinos y que a Semprún mismo le habría sido como mínimo impuesta si lo hubiesen detenido en alguna ocasión. A este respecto, el comisario Sabuesa sale tan mal parado en Veinte años y un día como Conesa en Autobiografía de Federico Sánchez (p. 64), torturador de los sótanos de la Puerta del Sol durante la posguerra e inspirador sin duda de este imaginario Sabuesa. Pero lo que quiere criticar Semprún no es tanto la crueldad como la incompetencia, si bien no olvida en absoluto lo primero, pues hace a Sabuesa responsable de pasada de la ejecución el 5 de agosto de 1939 de las llamadas Trece Rosas, a quienes Jesús Ferrero dedicó una novela el mismo año de aparición de Veinte años y un día cuyo éxito ha contribuido mucho a su difusión:

 

Y es que el comisario Sabuesa, desde que había organizado la caída y el fusilamiento en 1939 de un grupo de chicas de las Juventudes Comunistas de Madrid –las “trece rosas”, en la memoria mítica de la resistencia–, era famoso, triste, abominablemente famoso, entre los militantes (p. 95).

 

Al mismo tiempo, es posible que con el recuerdo de este crimen en la obra se pretenda reinsertarlo en una memoria colectiva comunista en sentido amplio, evitando limitarlo a una memoria sólo socialista en la que se situaría en la novela de Ferrero, basada en documentos oficiales según los cuales las trece mujeres, en su mayoría menores de edad, fueron fusiladas por haber intentado, según el fiscal, reconstruir las Juventudes Socialistas Unificadas, organización a la que algunas habían pertenecido:

 

En la exposición de aquel sentimiento súbito de frustración, de desaliento, sin duda desempeñó su papel [...] el hecho de que Nieves Castillo se pareciera tanto, ¡increíble parecido, milagrero!, a una de las chicas de las Juventudes Comunistas que él había detenido en Madrid, en 1939, y mandado al piquete de ejecución. Una de las “trece rosas”, como se las llamaba en la leyenda oral de la organización comunista (p. 125).

 

Al mismo tiempo, las palabras con que Semprún presenta la novela de Ferrero en el prólogo a la edición francesa parecen ajustarse a la función social que cumple en su conjunto una novela como Veinte años y un día[2].

 

Las críticas noveladas en mayor o menor grado hacia personas o instituciones que existieron en la realidad están relacionadas en el fondo con el tercero de los objetivos de la obra que hemos señalado: la revalorización de la figura de Federico Sánchez, que es obviamente la del propio Semprún, la del infatigable luchador contra la falta de libertades. En este sentido, esta novela cumple también una función narcisista más propia de la autobiografía, pues se introduce fácilmente en una novela cuando el contenido autobiográfico es tan alto como en ésta, sobre todo cuando sabemos que Federico Sánchez fue el seudónimo más usado por Semprún durante sus años de permanencia en el PCE (“Puede ser, incluso, que aquel seudónimo tenga más que ver conmigo que mi propio nombre”, dice el narrador, p. 228). Así, poco a poco y en boca de diferentes personajes y del narrador va desgajándose la ficha de méritos de Federico Sánchez, aunque algunos sean externos, es decir, no sólo hechos protagonizados por él sino reacciones sobre él que sirven también para dar una mayor proyección a su carácter. El momento álgido de protagonismo de Federico Sánchez se encuentra en seis páginas de digresión (pp 217-222) motivadas por la pregunta de Benigno a Lorenzo de si conoce a Federico Sánchez. Resumiendo, se nos informa de que fue miembro del Comité Central del Partido desde el V Congreso (1955, p. 189) y un agente especial (p. 88), que escribía desde 1954 en Cuadernos de Cultura artículos de corte filosófico como “Ortega y Gasset o la filosofía de una época de crisis” (p. 87), que su nombre aparecía en la prensa clandestina en general desde la celebración del mencionado V Congreso (p. 149), que se hablaba de él “en la prensa del Régimen, en la radio, en los cuchicheos de un círculo bastante amplio –quizá demasiado– de estudiantes e intelectuales madrileños” (p. 245), que su “nombre salía en la Pirenaica, y hasta en la prensa del Régimen” (p. 123), que sus conocimientos le permitían hacerse pasar por “opositor a una cátedra de Sociología” (p. 233), que fue deportado al campo de concentración de Buchenwald durante los últimos 15 meses de la II Guerra Mundial (p. 244), que fue instructor de camaradas como Fernando Sánchez Dragó, y que intentó “crear un centro autónomo de dirección clandestina” (p. 148), ganándose por ello enemigos entre sus propias filas e incluso el temor de ser asesinado como Trilla.

 

La intención didáctica de Veinte años y un día es, pues, personal y colectiva, pues repasa la evolución del comunismo a la vez que la trayectoria particular de Federico Sánchez, incluyéndose a veces auténticas digresiones históricas, como la que ocupa las páginas 202-203 para explicar el contexto político europeo de los años 1950, lo que parecería innecesario si sólo nos interesásemos por el asesinato del hijo menor de la familia terrateniente del pueblo y el problema de la última representación de este asesinato. El afán didáctico presupone un lector modelo que, como hemos dicho, desconocería estos contextos históricos del segundo tercio del siglo XX, pero sin duda la obra reclama un lector informado para ser entendida en toda su dimensión, pues la mirada de Semprún no es objetiva, como es evidente, por mucho que en esta ocasión haya elegido el género de la novela para mantener posiciones que ya había defendido en autobiografías como la mencionada Autobiografía de Federico Sánchez, con acusaciones y justificaciones en esencia del mismo signo que las mostradas aquí. Ese lector informado, que sólo Semprún conoce en toda su complejidad, sería la instancia capaz de leer la obra distinguiendo lo que pertenece a los hechos históricos, lo que forma parte de la ideología del autor y lo que es invención novelesca. Pese a que haya sido usada para otras obras del autor, no nos atrevemos a utilizar la etiqueta de autoficción para ésta porque el protagonista de la acción no es Federico Sánchez ni el Narrador, sino la familia Avendaño y los demás personajes que hemos destacado al principio de este trabajo. Sin embargo, las digresiones contextuales y los diferentes comentarios sobre Federico Sánchez, quien aparece sobre todo en las digresiones y en los comentarios de algunos personajes, cargan la obra ideológicamente y determinan la comprensión global de la trama.

 

Como ejemplo de la necesidad de recurrir a un lector informado capaz de dar sentido a elementos que pueden parecer sorprendentes en la novela podemos referirnos al personaje del hijo póstumo del asesinado, Lorenzo, inspirado directamente en el propio Semprún en cuanto a su trilingüismo en español, francés y alemán (capaz, por ejemplo, de leer el Quijote en alemán, p. 204), cosa que puede sorprender en un joven de sólo 20 años de un pueblo castellano en los años 1950, cuando el trilingüismo de Semprún se explica por el hecho de haber tenido institutrices germánicas durante su infancia y por haber llegado como exiliado a Francia con sólo 15 años. En realidad, el carácter intelectual de Lorenzo (influido, como Semprún, por Sartre), su afán de cultura, sus contactos con personalidades de la clandestinidad, hechos como el haber sido recibido en casa de María Zambrano en Roma (donde conoce también al padre de Semprún, p. 279) y su papel como “agitador universitario”, que hace pensar al comisario Sabuesa que puede conducirle hasta la “cabeza dirigente” que busca (Federico Sánchez, p. 85), recuerdan la importancia del papel que jugó Semprún en la organización de un Congreso de Escritores Jóvenes, frustrado por la policía en 1955 pero germen del manifiesto estudiantil de febrero de 1956 que marcase el comienzo oficial de la lucha desde la universidad española contra el inmovilismo del SEU. De hecho, la primera misión clandestina que llevó a cabo Semprún en España (en junio de 1953) fue precisamente la de empezar a establecer los contactos necesarios con las personas de confianza a las que dirigiría con vistas a la celebración del mencionado congreso (entre otros, Ramón Tamames, Enrique Mújica y Javier Pradera) y de manera general a proyectar acciones que despertasen un instinto liberal y democratizador entre la población universitaria, lo que dio lugar a la oleada de manifestaciones de enero y febrero de 1956 que abrió el camino de la larga transformación de la educación durante la dictadura que desembocó en la promulgación de la Ley General de Educación (1970), en espera del advenimiento de mayores reformas con la democracia.

 

Durante aquellas semanas de efervescencia intelectual, de dudas y de opciones arriesgadas –Lorenzo volvió de París decidido a buscar un contacto con las actividades comunistas clandestinas, de las cuales Benigno Perales, aunque orgánicamente distante, algo le había insinuado en los últimos tiempos–, Lorenzo halló un fuerte refuerzo ideológico en un largo reportaje que Jean-Paul Sartre publicó aquel verano, al regresar de un viaje por la URSS (p. 203).

 

En definitiva, hemos querido demostrar aquí la necesidad del estudio de Veinte años y un día desde un punto de vista biográfico para que puedan entenderse en toda su dimensión los múltiples comentarios y datos históricos que aparecen en la obra. Si bien se trata de una novela, y si arranca con un planteamiento policiaco, éste es en realidad el desencadenante de una búsqueda más amplia que abarca al narrador omnisciente que se corresponde con Federico Sánchez y con el autor en la esfera pragmática de la ideología que cohesiona la obra. Si bien la obra contribuye a la revisión crítica y autocrítica del pasado político de España del lado del memorialismo republicano, se utiliza también para realzar la figura de uno de los protagonistas de la lucha clandestina que llegó a ser luego Ministro de Cultura entre 1988 y 1991, hecho que no se menciona en la obra. Así, el argumento principal resulta ser lo menos importante en ésta, pues se trata ante todo del marco que justifica la entrada de una galería de personajes cuyos comentarios políticos y sociales contienen el mensaje de más largo alcance de la obra.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Asenjo, Mariano y Victoria Ramos (1999), Malagón. Autobiografía de un falsificador, Barcelona, El Viejo Topo.

Ferrero, Jesús (2003), Las trece rosas, Madrid, Siruela, 2003. Edición francesa con prólogo de Jorge Semprún: Les Treize Roses, Castelnau-le-Lez, Climats, 2005, traducción de Jean-Marie Saint-Lu.

Semprún, Jorge (2003), Veinte años y un día, Barcelona, Tusquets, 2003.

Semprún, Jorge (1977), Autobiografía de Federico Sánchez, Barcelona, Planeta, 1977.

 

 



[1] En el mismo sentido pueden verse las páginas 214 y 252.

[2] Dice Semprún a este respecto: “Los historiadores, los sociólogos dirán [...] cómo y por qué vuelve el tiempo de la memoria. Seguramente, por decirlo en una palabra, porque la democracia española, ya consolidada y en pleno desarrollo, tiene la fuerza suficiente para pagarse el lujo de una memoria verdadera, crítica, sin equívocos ni merodeos. Si el sueño de la razón produce monstruos, como afirmaba Goya, el despertar de ésta, el desarrollo de la razón democrática, disuelve los monstruos del pasado, permite que se los afronte a plena luz, que se les plante cara.

Así, las trece rosas rojas de la lejana epopeya salen de su largo sueño. Las rosas de la memoria roja de los combates populares se exponen de nuevo en la literatura más reciente, en la cual florecen” (p. 7 del prólogo a la edición francesa de Las trece rosas de Jesús Ferrero, traducción nuestra).