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Vicente Molina Foix:

“Cine y literatura poseen la misma base, pero sus lenguajes son muy distintos”

No hay un misterio del ser humano que Shakespeare no haya explorado

   

Pascual Vera

fotos: Luis Urbina
     
   
 
                   

 

Autor dramático, crítico de cine, director, reputado traductor de Shakespeare, novelista de éxito… La personalidad de Vicente Molina Foix es múltiple y poliédrica. Desde que apareciera como uno de los poetas seleccionados en la célebre antología de Castellet ‘Nueve novísimos poetas españoles', el escritor y articulista ilicitano ha sido una de las personalidades más relevantes de la cultura española.

Hace años dejó su labor de profesor de literatura en la Universidad de Oxford para dedicarse a escribir, su gran pasión, que alterna con la traducción de sus obras preferidas de Shakespeare. Su nueva creación literaria ‘El abrecartas', le ha valido el premio Nacional de Literatura en su última edición.

Amigo personal del escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, estuvo en la Universidad de Murcia el pasado mes de noviembre para participar en un curso sobre el escritor cubano organizado por la Fundación Casa Pintada de Mula y la UMU.

 

 

 

-P: Hace casi 25 años Guillermo Cabrera Infante y usted nos formulaban a un grupo de alumnos de la Universidad Menéndez Pelayo, en Santander, la siguiente pregunta: ‘Literatura y cine: ¿Hijos o amantes'?. Era el título de un curso que ambos dirigían. Esta pregunta se la traslado yo ahora: ¿Cómo son las relaciones entre estas artes que tantos pasos han dado de la mano en el último siglo?

-R: No he cambiado mucho de idea en estos años. Sigo manteniendo intacta, como lo hizo Cabrera Infante, la pasión literaria y la cinematográfica. En lo que a mí respecta Cine y Literatura siguen siendo amantes, pero el desarrollo de estas dos artes ha sido muy distinto. El cine nació como un precipitado del teatro y la fotografía: teatro en movimiento, pero también nació, y sigue estando, muy unido a los relatos novelescos. El cine sigue viviendo muy frecuentemente de las adaptaciones novelísticas. En aquel curso quisimos subrayar hasta qué punto cine y literatura tienen relaciones de parentesco pero, al mismo tiempo, son mundos muy distintos. Aunque la base sea la misma, los lenguajes son muy distintos.

A mí personalmente no me gustan esas novelas que definen como cinematográficas, como tampoco me gustan, las películas literarias. Me gusta la literatura en los libros, y me gusta un lenguaje de cine, peculiar, autónomo, que se muestre en imágenes y en montaje.

Ambos territorios son independientes, e incluso, en algunos casos, opuestos, aunque en ocasiones el punto de partida sea el mismo: un relato.

                     

-P: Cabrera Infante y usted han compartido el hecho de ser críticos de cine. ¿Piensa que la crítica cinematográfica puede ayudar a extender la cultura del cine?

-R: Yo tengo mucho respeto a la crítica. La he ejercido mucho tiempo, y me ha gustado hacerlo. Hay muchos directores que dicen que no creen críticas, pero yo no les creo. Todo el mundo lee crítica y a todos les afecta. La crítica puede tener un papel importante, aunque a veces no lo cumpla, por ser superficial o mediatizada. Pero, cuando la crítica se ejerce con entusiasmo es muy positiva.

Yo creo en la crítica, y cuando me he acercado a ella, lo he hecho con la mayor seriedad e interés de que soy capaz.

   

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-P: ¿Qué rasgos debería tener una crítica seria?

-R: La crítica no tiene como única misión descubrir los defectos o las virtudes de una película. Yo me siento próximo al modelo anglosajón, que intenta dar la información suficiente como para saber si esa película debes ir a verla o leer ese libro. El espectador medio tiene un tiempo limitado, y no podemos tener un criterio propio de todo lo que se hace. Es preciso seleccionar el tiempo, y la crítica puede y debe guiar en ese sentido.

El crítico puede ser negativo, pero debe mostrar entusiasmo. A veces se tiene sensación de que al crítico le cansa, le aburre ir al cine.

El crítico debe tener una cierta autoridad entre sus lectores, que se le reconozcan conocimientos y cierta cultura, que son requisitos básicos para escribir una buena crítica.

 

Pasión por Shakespeare

-P: Su pasión a Shakespeare es bien conocida. Ha traducido tres libros suyos. ¿Sigue Shakespeare vigente, cuatro siglos después? ¿Qué puede aportar a la sociedad actual?

-R: la vigencia de Shakespeare, como la de los grandes genios de la literatura, es indudable. Yo diría que Shakespeare es el autor más vivo que existe. Eso lo atestigua no sólo el hecho de que se sigan reponiendo sus obras de forma constante en todo el mundo, y de que el cine haya reconocido el valor como guiones potenciales que tienen sus comedias y sus dramas, sino, sobre todo, el hecho de que Shakespeare ha creado una galería de personajes y pasiones tan rica que todos estamos comprendidos. No hay una pasión, un recoveco del alma, un misterio del ser humano que Shakespeare no haya explorado, que no le haya dado un realce. Y este es su gran mérito, de otro modo habría quedado como un mero conocedor del alma humana. Shakespeare une su gran conocimiento del ser humano y de sus pasiones con la poesía dramática más sublime que se haya hecho en lengua alguna. Es su manera de decirlo: ‘Hamlet' o ‘El rey Lear' no nos gustan sólo por las historias que narra, sino por la absoluta originalidad con que son expuestos cada uno de sus elementos.

Esa riqueza, esa poesía de su lenguaje hace que cada traducción de Shakespeare sea un reto. Pero Shakespeare siempre está, incluso en las adaptaciones que más le traicionan la presencia de Shakespeare es imborrable.

 

 

 

-P: ¿Cómo se enfrenta a una traducción de Shakesperare?

-R: Para mí ha habido un antes y un después desde que comencé a traducirlo. La ‘escuela Shakespeare', constituye un entrenamiento fabuloso para un escritor. A mí me cuesta mucho hacer una traducción de Shakespeare, por eso hago pocas. Necesito al menos seis meses para realizar una, y tienen que ser algunas de las diez o doce obras suyas que realmente me apasionan.

-P: ¿Hay algo que no le guste?

-R: No me gusta ‘Las alegres comadres de Windsor', porque degrada cómicamente a Falstaff, un personaje muy rico que había creado antes.

Pero hay gente joven que esta trabajando en cosas que me gustan mucho. También somos el país de Zara y de Mango , que están haciendo cosas que me parecen fascinantes.

 

Abriendo cartas, destapando emociones

-P: Su última novela le ha proporcionado uno de sus mayores éxitos literarios. ¿Cómo surgió la idea tan original de plantearla a través de cartas?

-R: La novela tiene un origen muy preciso: estuve hace cuatro años invitado por el gobierno suizo, con un grupo de escritores españoles de varias generaciones. Allí pude hablar con emigrantes españoles en Suiza, con la idea de escribir algo sobre el asunto para un libro colectivo.

Al volver a España se me ocurrió crear una correspondencia imaginaria, aunque basada en hechos reales. Me inventé dos ejes de emigración española a la Europa libre de los años 50 y 60: un emigrado oficial que procedía de Almería –que habla ‘un andaluz amurcielagado'- que viajaba a Suiza en tren. Allí se encuentra con un estudiante valenciano que huye de la policía, un emigrante político. A partir de ahí, y con documentación y conversaciones con emigrantes, construí una ficción basada en hechos.

Lo escribí en formato carta, aunque no se trata de un género epistolar, porque en la novela la carta no actúa únicamente como comunicación entre dos personas, sino como una unidad de relato: la novela se va relatando a través de cartas y se va ampliando el elenco de personajes.

Pero no contiene solo cartas, también hay comunicados, informes oficiales, de la policía…

Me di cuenta de que este sistema daba más de sí, y empecé con la carta que un amigo de García Lorca le escribía al escritor. Yo tenía en mi escritorio una vieja foto de Lorca con sus compañeros del colegio, y elegí al azar a un niño. Le di una vida y, sobre todo, una voz. Es este desconocido quien escribe a Federico y quien recibe sus misivas. Me inventé su vida, la vida de su prima, de sus amigos, y también de otros personajes reales, como Alberti, Aleixandre…, aunque otros muchos son inventados, como Setefilla Romero.

El libro tiene algo de indiscreción: estamos leyendo cartas ajenas.

 
   

 

Incluso en las adaptaciones que más le traicionan, la presencia de Shakespeare es imborrable.

La gente sigue teniendo necesidad de escribirse.

Aunque cambie el soporte, seguimos necesitando los mensajes que llevan las cartas.

Shakespeare es el autor más vivo que existe.

 

 

-P: Siento enterarme de esta forma tan directa que Setefilla Romero no existe. Para mí se hizo absolutamente real con la lectura del libro.

-R: Mucha gente lo piensa. Forma parte de la dinámica del libro. Yo quería que los personajes ficticios tuvieran el mismo grado de misterio que los históricos, y que los históricos tuvieran algo de ficticio, pues de alguna manera también los he creado.

-P: Muy acertadamente, la solapa lo describe como un libro sin diálogo pero con muchas voces. Me ha llamado la atención ese poder evocador con que describe sentimiento y sensaciones de los personajes a través de cartas ¿Cree que en un tiempo como el que vivimos, hecho de prisas y de correo electrónico se tiene el mismo interés por el correo a la vieja usanza?

-R: Yo creo que la gente sigue teniendo necesidad de escribirse. Cartas de sobre y sello hay muchas menos, pero el prestigio de recibir algo escrito no se ha perdido. En mi casa crecimos en el respeto a la carta.

Cuando voy en el autobús y veo a una joven poniendo un mensaje por sms, pienso que, en realidad, está haciendo lo mismo que se hacía antes.

Pienso que la gente sigue necesitando de esos mensajes que pueden llevar las cartas, aunque cambie su soporte.

 

 

 

 

 

Descubriendo a Cabrera Infante en La Manga

Molina Foix rememora el impacto enorme que tuvo en la sociedad de finales de los años 60 –y en él mismo- la novela de Cabrera Infante ‘Tres tristes tigres', una novela que tuvo ocasión de leer en La Manga cuando hacía labores de ayudante de dirección para Jesús Franco, en dos filmes que el prolífico director rodó al mismo tiempo y sin que los propios actores de uno y otro lo supieran, para así aprovechar decorados y cámaras. Uno de los filmes se desarrollaba en Brasil, y otro en Asia. ‘Capeé aquella circunstancia con angustia e insomnio', recuerda.

Mientras Vicente ponía especial empeño en cambiar las matrículas de los coches –única ambientación diferente que tenía uno y otro-, entretenía sus noches con la lectura de aquella novela: ‘la leí con asombro. El libro tenía una capacidad inmensa para recrear La Habana '.

Para Molina Foix, el libro descubría ‘un humorismo moderno y basado en el lenguaje, e introducía modelos muy ajenos a los que se manejaba en España'. La mayor cualdidad de Cabrera Infante fue, en su opinión, la de ser ‘un gran manipulador del lenguaje'.

 
   

 

 

 
     
     
     
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