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Don Juan o la deseducación

 

Ángel González Hernández (1)

 

 

   

 

La cita con Don Juan es obligada en esta fechas de la fiesta de todos los Santos y la antepuerta de los Difuntos, que en realidad es el dos de noviembre, el día de las “animas”, pero que ha venido a suplantar la jornada de gran alegría del cristianismo primitivo, el primero de noviembre, en que la iglesia celebraba el tránsito glorioso de los que ya habían dejado este valle de lágrimas.

Una cita con Don Juan

Tener una cita con Don Juan es normal y un anticipo erótico, pues éste es su oficio, citar, como lo hace el juez o se cita al astado en la lidia. Pero tener por costumbre la representación teatral de uno de los variados y desiguales “donjuanes” que ha producido la literatura española y universal, debe tener un origen. Hace poco nos estremecía la estética y desgarro vital de la cinematográfica “Don Juan en los infiernos”, como unas décadas ha que el teatro nos ofreció la sugestiva obra de Max Frisch “Don Juan o el amor a la Geometría”. Y es que el mito hispánico acuñado por nuestro Tirso de Molina, y pre-existente en las leyendas romanceadas sobre el joven impío y libertino, -también vulgarmente “calavera”-, se convirtió rápidamente en un prototipo o paradigma universal de una manera de ser o comportarse, geométricamente asimétrico de los cánones y normas imperantes de la sociedad y de las costumbres que la censura podía tolerar.

El origen romanceado de Don Juan

El mozo “Calavera”, el burlador o infamador, el “convidado de piedra”, la invitación al muerto y la tradición de representar “El Don Juan” la noche de los difuntos, son piezas bien soldadas de un único rompecabezas: los romances que se relatan en estas noches lúgubres de los cortos días de un otoño ya adentrado en el inminente invierno castellano-leonés. Narraciones que, a modo de moraleja, venían a recordar a los jóvenes primaverales, briosos y libertinos, la fugacidad y brevedad de la vida, como el miércoles, tras el Carnaval (Valle de la “Carne”), la Iglesia nos recuerda (“memento”) lo efímero de la vida en la imposición de la ceniza y con las palabras que lo acompañan” eres polvo y en polvo te convertirás”.

Las romanceadas leyendas –de esta libaciones a los muertos, de donde vendrá luego la invitación a la estatua (del cementerio) que se traducirá en el “Convidado de piedra”-, son muy abundantes en tierras galaicas y leonesas, y su fecha, por la forma de expresión, medievales. La estructura de las múltiples versiones recogidas también en la Bretaña francesa y en América, es más o menos la siguiente: un galán, camino de la misa (los cementerios o “camposantos” rodeaban hasta hace poco las iglesias), encuentra una calavera de la que se mofa y hace escarnio, y dándole un puntapié le invita a cenar. Ésta acepta y cumple su palabra presentándose a la hora convenida a la mesa para la que se ha dispuesto cubierto y asiento. A su vez, el infamador es convidado al banquete que le ofrece la Calavera en el cementerio, en su tumba abierta, donde, evidentemente, no quiere entrar: aparece la lección, el castigo y escarmiento o el arrepentimiento del libertino. De esta leyendas del Infamador y del Convite Sacrílego , van a aparecer vinculados al “galán calavera” y conquistador, las connotaciones de “burlador”, y así Tirso de Molina –que se inspiró sin duda del “ Infamador ” de J. De la Cueva y de La fianza satisfecha de Lope-, juntó en la creación de su prototipo todos estos ingredientes, titulando su obra “ El Burlador de Sevilla y convidado de piedra ”, rápidamente suplantado el título pro el personalismo de su protagonista, Don Juan, de la familia de los Tenorio .

Posteriormente, y atribuido a Calderón, se le dio el nombre de “Tan largo me lo fiáis”, que el vulgarizador y popular romántico José Zorrilla utilizará como muletilla (“¡Cuán largo me lo fiáis!”) en boca de Don Juan, para contestar a los que le recriminan con los castigos de ultratumba.

Difusión del mito de Don Juan: su españolidad

El impacto de esta obra que asombró y aterrorizó el espíritu religioso de la Europa del Barroco, -en cuyas raíces religiosas se podrá ver un secreto deseo de punición a la represiva Iglesia de la época-, se tradujo en múltiples adaptaciones de dramaturgos de segunda fila de la Comedia del Arte italiana , como la de Cicognini (en 1560), en el francés Villiers y este en el Don Juan de Molière en 1682, el cual, como “moda francesa” contribuyó a una amplia difusión del “mito de Don Juan” en Europa y su asimilación a un tipo italiano, es la obra musical de Mozart, ayudado por el libreto de Da Ponte –inspirado en Molière-, y con ayuda directa de Casanova en persona, según se supone por la reintroducción del Aria del Catálogo , es decir, las 1.003 víctimas femeninas que su criado, -aquí es el italianizado Leporello- nos va a cantar (y contar) como aventuras de su dueño, añadiendo “ma in Spagna” para dar más fuerza si es que se supone -con el mito que perdura hasta hoy- que las mujeres españolas no son seducibles. (Error propagado por los viajeros extranjeros que visitaban España).

El éxito de las composiciones musicales de este Don Juan de Ópera, italianizado en su “attrezzo”, es tal, que podemos repertoriar unas 90 sobre el tema, de las que más de 30 son italianas. Se puede decir que, a partir de la obra de Mozart, otras muchas creaciones de Don Juan como la de Hoffman, Stendhal o Kierkegaard, no han conocido sino la Ópera. Así pues, este libreto de Da Ponte, titulado “Il dissoluto punito ossia el Dom Giovanni”, va a dar la vuelta al mundo con su nombre reconvertido al italiano, generando una simbiosis de confusión entre el original “Don Juan”, cuya grafía es internacional y española, y este “Dom Giovanni”: contemporáneo del Casanova italiano, un Don Juan real de carne y hueso. De aquí arranca ya el problema de la españolidad o no del conquistador de mujeres. Y es que el seductor, no es de ninguna parte, es un mito inasequible, y, por tanto, como mito y como decantación, pertenece a lo universal. Ahora bien, si hay que dar una cuna al “héroe” (permítaseme), ésta es por su primera plasmación teatral, la de Tirso, es decir, la España del barroco, en su cénit, pero en decadencia política y moral, apenas doce años antes de su primera derrota militar desde hacía doscientos años (Rocroi).

 

Bosquejo psicosocial de Don Juan

La psicología que el reflexivo Tirso captó de sus contemporáneos, es la otra cara del mismo hombre que años atrás enterrara Cervantes, derrotado, cansado y desganado, Don Quijote. El ideal de humanidad, el quijotismo español, tiene una feroz contrapartida o reverso de la medalla en Don Juan, individualista y asocial.

La sociología de Don Juan es un subproducto bien encarnado en el español de la época del gran Siglo de Oro de español-, sino del hombre español y cosmopolita, desengañado de sus quimeras de un ideal por el que luchar, frente al cual erige su feroz individualismo. Don Juan es un hidalgo español desarraigado, pero no hasta el punto de perder la conciencia de su estirpe y su sangre, algo tan consustancial a la exacerbada puntillosidad española de aquellos siglos. Él es siempre Don Juan, es decir, “un Tenorio ilustre, de los mejores linajes” (sic). Don Juan y los donjuanes que le rodean (D. Luis y otros nobles militarotes…) son inmorales para gozar más el hecho de la transgresión de las normas, de una sinceridad cínica –nunca hipócritas como el aburguesado Don Juan de Molière-, y como buen español de la época, “religioso”, aunque irreverente, lo que aumenta la grandiosidad de su riesgo. Nunga niegan la creencia, solamente la desafían: “¡Cuán largo me lo fiáis!” (sic). Jamás se proclaman ateos como en el de Molière, lo que es inconsustancial con todo el desenlace: la invitación al muerto. Si no se cree, es absurda la parodia.

Don Juan ama la osadía que le da la medida de su poder, es decir, no sumisión a nada ni a nadie. Éste es el motor de sus actos: probar y probarse que no hay dos como él (“Áquí esta Don Juan Tenorio y no hay hombre para él”). Y allí está su antagonista y rival D. Luis Mejías (“Aquí hay un don Luis que vale lo menos dos…”. “Y cual vos, por donde fui/la razón atropellé/ la virtud escarnecí/ a la justicia burle/ y a las mujeres vendí”).

Don Juan es un hijo de la época y de su país, a ultranza. Es la parte negativa de los Íñigo de Loyola, Juan de la Cruz o Bartolomé de las Casas y del gran estereotipo que lucha por un ideal de humanidad toda, D. Quijote. No, Don Juan lucha por sí, por su capricho, por los dictados de su real voluntad, que en español tiene aún una expresión más gráfica, “la gana”, vocablo intraducible y que toma giros vulgares y groseros con resonancias orgánicas y genitales. Don Juan es la afirmación ciega y estéril de su propio yo, de su egotismo y egoísmo sensual, y para ello, -porque Don Juan no puede ser cobarde, ni lo es-, sabe defender su punto de vista a punta de espada, aún con riesgo de su vida: “Con quien quiso me batí/a quien quise provoqué/ y nunca consideré/ que pudo matarme a mí/ aquel a quien yo maté”.

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Antropología amorosa de don Juan

A Don Juan no le interesa el amor en sí, es decir, la continuación de la conquista hecha. No le interesan las mujeres, porque si fuera así, dejaría de ser Don Juan, y quedaría prisionero en los brazos de las “Doñajuanas” que son todas las hijas de Eva (el pescador pescado). Por eso Don Juan huye tras la ¿victoria? No le interesa gozar de la conquista, pues sabe que si se queda está perdido… y como su fin o meta no es la mujer ni la sexualidad, sino probarse que es capaz de vencer, se mide a sí mismo arriesgando su libertad en la conquista. Como dice el filósofo Kierkegaard, cada vez que Don Juan besa la mano de una mujer, le mira las garras escondidas de la esfinge, rápidas a dominarle de un zarpazo. Su divisa es: vence porque si no te vencerán . Y la huida ya es una prefiguración antes de la conquista, soñando cabalgar de nuevo y rendir la próxima víctima.

Don Juan se presenta como el poder, categoría con la que algún estudioso le ha bautizado. Su antroposicología es la del afán de dominio, la del ego y poder sumo, y para ello, nada ni nadie por encima: ninguna barrera, ninguna norma que le coaccione, sean ellas religiosas, sociales o sexuales. Don Juan se dirige al bello sexo avasallando, porque supone una transgresión de los usos y costumbres morales de la misma manera que profana cementerios, maltrata a los clérigos, desobedece a la autoridad paterna y política y desafía al cielo.

 
   

 

En torno a la sexología y erótica donjuanesca

  Las mujeres, el sexo, no son para Don Juan más que un episodio. Un límite a traspasar, un riesgo de afirmación dejando detrás de la transgresión el clamor del escándalo. El testimonio de que no hay nadie capaz de hacer más que él haga. De esta característica sobre su relación episódica con las mujeres, y a la luz de alguna interpretación partidista de las teorías psicoanalíticas, se ha intentado explicar y ‘positivizar' a Don Juan colocándole algún sambenito determinado. Así, el profesor Marañón le ha tratado con el estereotipo de “varón indiferenciado”, de amor canino o perruno, que se dirige a las mujeres sólo en tanto que hembras y no como personas diferenciadas (“¿Quién ha de ser, un hombre y una mujer?” –sic-). Incluso, se ha atrevido a más, tildándole de bisexual o llanamente homosexual, tal vez llevado por la escenografía que nos pinta un Don Juan barbilampiño, con cara de adolescente indiferenciado, bello como una jovencita. Quizá sus investigaciones sobre la realidad y la historia de uno de los donjuanes de carne y hueso –uno de los muchos que pululaban en las corrompidas y libertinas cortes de Felipe IV y Luis XIV-, nos referimos a Don Juan de Tassis, conde de Villamediana, muy conocido por sus escándalos y calaveradas, le llevaron a tal conclusión.

De Villamediana –el más popular de cuantos galanes hubo en aquel Madrid cortesano y decadente-, se llegó a saber que estuvo acusado por el santo oficio de lo que entonces se llamaba el pecado nefando o “contra natura”, la homosexualidad (claro que, las acusaciones a la Santa Inquisición eran anónimas y en la mayoría de los casos llevadas por la envidia y la perfidia). La fama de Tenorio de Don Juan de Tassis era tal, y los riesgos que tomaba eran de tal osadía, que se presentó en la plaza Mayor de Madrid a alancear toros, llevando una banderola cuya divisa rezaba: “Francelina, mis amores son reales”. Las malas lenguas interpretaron el texto como una alusión a la esposa de Felipe IV, la francesita Isabel de Valois…, y el equívoco era expreso y no era ajeno el dicho conde de Villamediana. (Parece ser, no obstante, que se refería a Doña Francisca, dama portuguesa de compañía de la reina). Poco tiempo después moría asesinado una noche en su propio coche. El pueblo de Madrid cantaba: “A Cupido le han matado en un coche, ¿quién le manda a Cupido andar de noche?”.

 

Sociología educativa de Don Juan: Mito y paradigma

Hemos entrado en la sociología (monarquía y corte) de la época que vio nacer la obra y mito de Don Juan. Madrid, cabeza de un imperio aún en el cénit, pero en decadencia; la corte corrompida de los últimos austrias, y todo el entorno de una nobleza numerosa y ociosa, viajera y cosmopolita. En esta corte fue Confesor Real Tirso de Molina, y el confesionario le dio el conocimiento de un mundo disoluto y sus recovecos. Sea como fuere, eran del dominio público las galantes aventuras del propio rey, que ya a la edad de catorce años tuvo un hijo (uno entre tantos) con una de las primeras artistas, la Calderona. Aquel rey que en su decrepitud física engendró para heredero de un imperio al débil y enfermizo Carlos II.

En esta corte estrenaba y vivía el genio de la producción teatral, Lope de Vega, un Don Juan mil veces arrepentido y mil veces “en las andadas” –como el propio Felipe IV- y que pasó por el dolor de ver a su propia hija raptada por un tal Tenorio, llamado así de apellido. ¿Inspiró este hecho a dar nombre a nuestro héroe? Es plausible, dada la relación que Tirso pudo tener con su colega más viejo, Lope de Vega. Por otro lado, se hace nacer al personaje en la Sevilla de le época, primera ciudad del país, entonces, debido al tráfico de mercancías con América, y llena de extranjeros y comerciantes. Los Tenorio son una antigua familia de la nobleza. Éste es el cuadro que hace interrelacionar todos sus elementos y dar a luz una obra pronto mito universal. Añadamos algo más: a pesar de la corrupción, la Iglesia se presenta autoritaria y represiva, siempre vigilante patriarcal y jerárquica, y en fin, la moral social imperante, muy rígida.

Frente a todas esta fuentes de represión: Dios, Iglesia, Estado, familia, sociedad y moral sexual. Don Juan se enfrenta también solo, saltándoselo todo a la torera. Demostrando que no hay nada que se oponga a su real capricho: ni la amenaza de un dios castigador, ni la autoridad paterna (con quien no se enfrenta pero a quien no obedece), ni ante el rey que le destierra, ni ante los preceptos de la Iglesia y normas sociales. La mujer tampoco se libra. Frente a la norma impuesta de satisfacción sexual a través de la promesa y el matrimonio, Don Juan seduce y abandona.

Que el pueblo o la historia se hayan quedado con este episodio seductor y “burlador” (como un torero), puede que tenga muchas explicaciones conscientes y otras inconscientes: en primer lugar, porque la familia y los deberes que pesan de responsabilidad y compromiso, son los más directamente sentidos (en aquella época) por el hombre común, el cual aunque reprimido también por la Iglesia y la autoridad política, ve a estos represores más lejanos y distantes. En segundo lugar, Don Juan es visto por ellas como el varón inasequible al que siempre es posible –mientras está libre- llegar a dominar. Aquí radica el éxito con las mujeres. No hay seductor sino seductoras fracasadas. Don Juan es tolerado y secretamente envidiado por el público masculino, porque él posee lo que ellos carecen: la libertad, la capacidad de huir, de recobrar el primitivo estado sin obligaciones ni responsabilidades. Cuando don Juan se enamora, ha muerto para las mujeres, carece de atractivo, no es disponible a ser conquistado, y el hombre siente una velada compasión por el héroe.

No en vano su estereotipo ha sido reclamado por los anarquistas: ni Dios, Ni Patria ni Sociedad. Don Juan se burla de todo y no tiene más fin que él, su persona. Su instinto de poder al que nada ni nadie antepone que no sea real capricho: hacer lo que le da la gana. Idiomatismo tan español como intraducible a otras lenguas, exacerbado sentido de un individualismo negativo, incapaz de tarea colectiva. Por eso Don Juan ha pasado del estereotipo al mito. Y, si es cierto que encarna una tipología del hombre desengañado y hedonista, feroz individualista de un momento histórico español, si su creación es precisamente española porque las condiciones de represión, de la Contrarreforma, la Monarquía Absoluta, la sociedad tardo feudal y la moral familiar y sexual le hacía ser el ideal libertario, y no sometido, transgresión de toda represión, no lo es menos que este ideal es mítico, no se realiza en parte alguna, y, por tanto, pertenece a todo el mundo: es un mito del alma colectiva universal, decantado por la sensibilidad literaria y musical de la cultura moderna europea, y cuyos exponentes extremos pudieran ser Tirso como creador y el novelista Torrente Ballerter con su Don Juan “atemporal” y reencarnado a través del tiempo y sus consiguientes costumbres en el escenario francés-parisiense del amor, con un criado italiano, seduciendo nórdicas germánicas y no conservando de español más que su nombre y el origen de la leyenda. Tan europeo como estereotipo de una educación individual de las clases elitistas que literariamente se va a refugiar en la nobleza renacentista española, en el honnête-homme fránces, el aristócrata italiano seductor y culto, la libertina sociedad de los Relatos de Laclos, la visión fáustica alemana, y el aburguesado romanticismo nórdico, contemplando el paraíso de la luz mediterránea y de sus lover latin . Viajeros, aventureros, diplomáticos, donjuanes de carne y hueso alejados de lo cotidiano de las masas y del quehacer del común de los mortales. Vendedores de mito que como tal se devoran sin consumir, porque no son asequibles para el estómago voyeur a quien van dirigidos, de quien van dirigidos, las masas todas.

El poder educativo o deseducativo de Don Juan en cuanto modelo o estereotipo, -no apto para el común de las masas obligadas por las normas y convenciones sociales imperantes-, se pone de manifiesto en lo prolífico de las creaciones que a partir de este mito se han producido, tanto en la música como en la novela o el teatro. En cada momento-tiempo y espacio socio-cultural europeo, el calavera, burlador, libertino, “viejo-verde”, conquistador o play-boy se ha mostrado con las características y atributos de ensoñación que le hace convertirse en un ideal de sexy-symbol para las mujeres y envidia de los hombres, dominados y sometidos por todas las convenciones y obligaciones del Principio de la Realidad. Don Juan representa el Principio del Placer, de la satisfacción inmediata de los instintos, libre de ataduras, sin la mediación de la Civilización. Entre el Principio del Placer y el Principio de la Realidad. Don Juan es el arquetipo del eros, frente a la civilización represiva. La civilización como satisfacción diferida, como aprendizaje y adaptación social es la Educación que se nos presenta a través de todos los paradigmas de hombre educado: el guerrero, el escriba, el sacerdote, el caballero, el clerk , el buen burgués, el padre honesto de familia…. No cabe duda que Don Juan es la Deseducación .

No hay educación sin introyección y cumplimiento de normas y deberes, y de ello se encarga la represión, el castigo, la punición. La moraleja en el mito literario de Don Juan no se hace esperar: condenado al infierno, pierde a su amada, vende su alma al diablo…..y hasta el libertino de Relaciones Peligrosas , el hoy conocido Valmont del cine, se autodestruye en su actividad de instrumento al servicio del placer de las máquinas de placer, las mujeres conquistadas. Ni siquiera los play-boy de nuestra sociedad devoradora del consumismo audiovisual “made in América”, son tales; si no trabajan y son extraordinarios ( Superman ), no hay placer ni gratificación sexual con las numerosas conquistas de este héroe. Ya lo dice una canción de la sociedad de masas “aburguesada”: qui non lavora, non fa l´amore . ¡Pobre Don Juan, vagabundo, sin ocupación fija ni como soldado, jugador, sin gremios, puro individualista, energía sin control, inútil a la sociedad y , por tanto desadaptado y mal-educado….!No creo que hoy, con mujeres liberadas e incorporadas al trabajo en nuestra sociedad, tuvieras muchas ocupaciones…..Creo que es el tiempo de tu reeducación, de un reciclaje para los tiempos futuros.

 

(1) Este artículo fue publicado en Gaceta universitaria de Murcia . Octubre 1993. Nº 11.

Ángel González Hernández es Catedrático de Educación Comparada de la UMU.

 

 

 
       
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