Viae

Entorno de la Villa del Huerto del Paturro (Portmán)

­El estudio y análisis del tejido viario existente en época antigua en el Sureste peninsular plantea un reto de grandes dimensiones a cualquier investigador que se disponga a su acometida. Desde el punto de vista del historiador, las vías romanas se insertan dentro del análisis del paisaje en la Antigüedad, conformando un elemento que contiene características de tipo simbólico, económico, cultural e incluso religioso, en el caso de los altares y cultos asociados al cruce de vías, entre otros. Esta gran complejidad, insertada en un territorio tan compartimentado como es el del Sureste, viene supeditada al dinamismo que supone el paso del tiempo y los cambios político-culturales vividos desde la llegada de Roma en la II Guerra Púnica hasta prácticamente la entrada de la Alta Edad Media peninsular. También es necesario ver dentro de ese cambio el sustrato cultural anterior, que en el caso que nos concierne se trata del profundamente complejo mundo ibérico contestano, cuyo paisaje cultural goza de una enorme variedad en cada uno de sus ámbitos culturales propios, por lo que se ha propuesto el uso del término “paisajes ibéricos y romanos” en plural, como alternativa para tratar de integrar todos los procesos históricos ocurridos en el Sureste peninsular (López-Mondéjar, 2019: 2), entre los cuales las vías romanas tienen un papel fundamental dentro del paisaje.

En primer lugar, hemos de aclarar que cuando nos referimos al “Sureste” como sujeto de estudio histórico, estamos hablando de un término algo ambiguo, que comúnmente se ha asimilado al Ager Carthaginiensis o incluso a únicamente la Región de Murcia. En el caso de este trabajo, vamos a tratar de entenderlo como un “espacio extenso” coincidente con parte de la Contestania-Bastetania ibérica, la potencia de Carthago Nova y su hinterland y las propias barreras naturales salientes de dicho puerto, de manera que entendamos este Sureste como los territorios naturales comprendidos dentro de la parte oriental de Granada, Jaén y Almería, la parte meridional de Alicante y el sur de Albacete, así como el conjunto de la Región de Murcia. Al respecto de este tema, conviene recordar que ha existido un largo debate sobre la delimitación de la Contestania, planteado ya por Enrique Llobregat en 1972 y posteriormente discutido por Emeterio Cuadrado, Manuel Olcina y Lorenzo Abad, siendo este último el que ha propuesto una definición del binomio Contestania “estricta” / Contestania extensa, la cual han apoyado profesionales de la rama como los doctores Grau Mira o Sala Sellés, entre otros. Este término lo encontramos en Tito Livio (91.21), Plinio (Nat Hist., 3.19) y Ptolomeo (2.6.61-63), situándolo entre los edetanos, al norte, y los bastetanos, al suroeste.

Límites planteados actualmente para la Contestania (Quesada, 2017: 478)

Como bien aclara el profesor Noguera Celdrán, esta delimitación y extensión del término y del propio ager están todavía por aclararse, tratándose más bien de “un territorio ampliamente articulado mediante una tupida red arterial de vías primarias y secundarias y por escasas ciudades -de entre las cuales, las más relevantes fueron las colonias de Acci, Carthago Nova, Libisosa e Ilici, los municipios de Begastri o el Tolmo de Minateda, o núcleos como los de Eliocroca o Águilas-, primando un medio rural que, según lo conocido a día de hoy, estuvo intensamente poblado y explotado” (2010: 15). Por otro lado, la gran extensión de este territorio entraña la dificultad de comprender un proceso diacrónico de varios siglos de evolución y cambio, un puente entre el estado de las comunicaciones durante la época ibérica y la parcialmente fragmentada herencia vial que tuvieron los visigodos a su entrada en el territorio peninsular, en definitiva, una transición del sustrato indígena a la nueva cosmovisión romana, con las transformaciones que eso supuso. Además, el factor geográfico ha sido tenido en cuenta como uno de los más importantes, no sólo por su papel diferenciador del espacio sino también como uno de los elementos tenidos en cuenta a la hora de construir el paisaje cultural romano del Sureste, especialmente dentro de los factores económicos, para las villae y administrativos, para los municipia (Leveau, 1993: 459-471). Esta gran variedad casuística hace obligatorio el estudio pormenorizado de cada uno de los casos que nos encontremos, tanto para las villae como las viae, intentando disminuir lo menos posible los sesgos que nos genera la falta de información en algunas zonas en comparación a otras.

Como resulta evidente, el estudio de la red viaria romana en el área de Sureste de las Península Ibérica está supeditado al gran nodo de conexión político-económica que fue a ciudad de Carthago Nova, eje portuario de gran importancia geoestratégica para el poder romano por sus cualidades como puerto y por servir, a su vez, de entrada a la meseta castellana. La creación de esta ciudad en época púnica facilitó en gran medida la adaptación a los estándares culturales. Aunque, como afirman los arqueólogos Brotons y Ramallo (1989: 103), en un inicio la importancia de esta urbe se debió a su valor como capital púnica en la costa levantina y a la necesidad de mover tropas constantemente durante el desarrollo tanto de la II Guerra Púnica como de la propia conquista de Hispania, fue su evolución como nodo comercial romano lo que la hizo tan importante, especialmente por las excepcionales condiciones que ofrecía el puerto natural (Estrab., 3.4.6). Una vez transformada en colonia en el año 42 a.C., la ciudad vio crecer su poder al calor de las riquezas mineras del plomo y la plata en las sierras circundantes. Tras la gran acometida administrativa realizada por Augusto comenzó en un periodo diferente, coincidente con una fase de gran auge de la ciudad y sus alrededores, durante la cual empezó a desarrollarse con mayor perfección una red eficiente de conexiones territoriales por tierra y mar. El periodo altoimperial trajo a la Península Ibérica una estabilidad que benefició a Cartagena, capital de conventus en la cual se gestionaba políticamente todo un gran hinterland (Plin., N.H., 3.25), de ahí la necesidad de tener una buena red viaria que la conectase, como se constata en otros ejemplos de la Baetica durante la Antigüedad (Cortijo, 2008). Por otro lado, el puerto gestionaba gran parte de las salidas y entradas de bienes mercantiles exportados e importados (Estr., 3.4.6), por lo que no solamente tenemos que fijarnos en la parte centrada en los grandes ejes viales sino también en aquellas vías menores que actuaban como capilares entre grandes calzadas y las villae, entendidas como principales productores económicos agropecuarios (García-Entero, 2019: 27) y modelos de ocupación del territorio (Revilla, 2010). Como hemos mencionado, el estudio viario no puede separarse del poblamiento rural del ager Carthaginiensis, por lo que resulta necesario hacer un breve repaso de su evolución histórica y al entorno geográfico sobre la que se asienta. A este respecto escribe el profesor Noguera Celdrán et alii: “No es posible comprender las urbes sin la economía agrícola-mercantil de las áreas rurales y estas no se pueden entender sin la demanda y el marco organizativo e institucional emanado de las comunidades cívicas. Campo y ciudad son perspectivas poliédricas de una misma entidad social y económica: la del Imperio Romano entre los siglos I al IV-V d.C. La Hispania romana no fue ajena a esta realidad” (2019: 13).

Mapa con las vías romanas del Sureste según Pierre Sillieres (1990), completado con datos de Sonia Gutiérrez Lloret (2000: 500)