Resultados

Las vías romanas que discurren por el territorio de la actual Región de Murcia siguen un patrón de comunicación marcado por el paisaje y las vías naturales, en muchos casos herencia de la protohistoria de sustrato cultural ibérico (Sillières, 1977: 81). Muchas de ellas han podido ser confirmadas gracias a la presencia de miliarios, fragmentos de vía y edificios cuya estructura parece suscitar la existencia de mansiones o mutationes destinadas a mantener el cursus publicus y a encargarse de ofrecer servicios durante el viaje. También son síntoma de presencia de una vía romana la existencia de las viae sepulchrales alrededor de las ciudades, actuando como un jalonamiento del espacio de salida de las ciudades, como podemos corroborar en las áreas de San Antón y Torre Ciega en Cartagena, ambas pertenecientes a los ejes viarios norte y este, respectivamente.

Antes de adentrarnos en la cuestión de las vías romanas conviene realizar un breve repaso sobre algunos de los ejes de comunicación tradicionales que han pervivido en el área durante siglos, e incluso milenios. Tradicionalmente, la cuestión de las vías pecuarias en época romana ha estado marcada por una percepción a caballo entre la exageración y el escepticismo, dado que las conclusiones que se sacaban de la lectura de las fuentes clásicas hacían una descripción sobre la pastio agrestis y la pastio villatica que pecaba de ambigüedades e inexactitudes, cuando no de juicios peyorativos, en parte fundadas en los múltiples tópicos que algunos autores romanos tenían sobre los indígenas peninsulares o a la población romanizada dedicada al pastoreo (Gómez-Pantoja, 2001: 195). Sin embargo, la existencia de una larga tradición ganadera, fuese trashumante o nómada, nos da la oportunidad de repensar el paisaje antropizado del Sureste y tratar de ver en las cañadas, cordeles y veredas algunas posibles rutas usadas en época romana. Por suerte, el avance de las investigaciones a nivel histórico y científico ha permitido desentrañar algunos detalles omitidos en los autores clásicos mediante otros campos, como la epigrafía, arqueología o la geografía (Alfaro, 2001: 215; Fairén et al., 2006). Como bien señala la Dra. Alfaro, las vías pecuarias antiguas requerían muchos de los elementos necesarios para mantener viva una vía romana: “algún curso fluvial; en su defecto, fuentes-abrevaderos o lagunas; en determinadas zonas, la existencia de vados, que permitieran salvar una vía fluvial; en lugares muy escarpados, pasos naturales (puertos), que evidentemente condicionarían también el trazado; la presencia de sal en algún punto del camino, para el buen funcionamiento de los animales, entre otros” (2001: 218).

Tramo de calzada romana en Font de la Figuera

En cualquier caso, haciendo un ejercicio de abstracción respecto a la relación entre las vías pecuarias y la posterior trama romana viaria, encontramos en el entorno del Sureste un buen espacio de trabajo para plantear qué pudieron encontrarse las tropas de los Escipiones tras la llegada a Iberia y cuál fue el comportamiento de los ejércitos romanos durante su expansión inicial. El territorio meridional peninsular había resultado de especial interés para la esfera de poder fenopúnico, así como el levante Mediterráneo para los griegos, en virtud de la capacidad para encontrar aquí una fuente de riquezas y un nicho de comercio. Es a partir de la expansión bárquida cuando parece desprenderse de esta potencia militar un interés en adentrarse en el interior, entrando inevitablemente en contacto con el mundo contestano y bastetano del Sureste. A través de la negociación y el establecimiento de pactos, así como otros medios como la toma de rehenes de la clase alta, tanto el ejército púnico como el romano fueron capaces de ir adquiriendo poder en territorio peninsular para avanzar militarmente mediante pastores-guía (Alfaro 2001: 220-221). A través de dicho territorio hispano, caracterizado en las fuentes por un constante topos a caballo entre los relatos sobre riquezas minerales y las descripciones etnológicas donde se hablaba de “un territorio agreste, montañoso, y de clima extremado que en nada favorecía ni la agricultura ni la civilización” (Gómez-Pantoja, 2016: 305), las tropas romanas fueron reconociendo el terreno y trazando lo que serían los principales ejes de comunicación peninsulares.

Uno de los aspectos que vuelve interesante el estudio de las vías pecuarias en la Antigüedad es su posible relación con el periodo de conquista de la Península Ibérica desde la Segunda Guerra Púnica en adelante. La llegada de las tropas romanas en pleno conflicto bélico tuvo que enfrentarse al hándicap añadido de no conocer bien el territorio ibérico. No cabe duda de que ya existía en el territorio peninsular toda una red de caminos asociados al tránsito animal, cuyo conocimiento había sido transmitido de generación en generación, en muchos casos remontándose hasta el propio Paleolítico. Este conocimiento, tanto de los caminos como de otros elementos del paisaje como las cuevas y montañas, ha sido estudiado con especial interés en los periodos del Calcolítico y Edad del Bronce, conformando el sustrato cultural de lo que se encontrarían las tropas republicanas en el paisaje ibérico de finales del siglo III a.C. De hecho, el propio desarrollo de las vías romanas dentro de la Península Ibérica iría sujeto a ese conocimiento previo de los pasos entre regiones y rutas óptimas para salvar tanto las distancias geográficas como los problemas añadidos de la logística y las inclemencias temporales. Muchas de estas son las que consideramos en los mapas como “vías secundarias”, por carecer del tamaño, importancia e inversión equiparable a una via publica de gran calado. Solemos reconocerlas por ser vías más enrevesadas, con menos líneas rectas y que tienden a morir en rutas más importantes antes que en un destino exacto. Por el contrario, las vías principales aparecen como grandes ejes de comunicación a gran escala, caracterizadas por la existencia de mansiones y mutationes, mayor presencia de epigrafía y hasta presencia en algunas fuentes itinerarias como el ya mencionado Itinerario de Antonino. Sin embargo, cuando cruzamos los datos entre las grandes vías y las vías pecuarias registradas históricamente, observamos que hay una gran falta de información sobre la auténtica capacidad de comunicación existente, a pesar de tratarse de diferentes tipos de caminos para diferentes tipos de vehículos o cargas. En el caso de las vías pecuarias, estas contienen otra serie de elementos asociados para el uso pastoril, en su mayoría de origen natural como ocurre con las cuevas y fuentes de agua, aunque también otros antrópicos como los rediles de animales o las áreas sagradas, en forma de santuarios rupestres ibéricos (Cf. Ocharán, 2017).

Análisis de conectividad en Hispania (Proyecto Mercator-e, por Dr. Pau de Soto Cañamares).

Ejes viarios romanos

  • Ilici-Carthago Nova: como parte del eje de la Via Augusta, aunque “Los miliarios augusteos del convento cartaginense obedecen a una ordinatio que suprime el nombre de la vía” (Lostal, 1992: 17). Este trozo conectaba ambas vías, un tramo que aparece representado tanto en las fuentes literarias como en las itinerarias. Sin embargo, cuando comparamos los tres textos ( Infra) aparece en ellos una serie de topónimos que han generado problemas de interpretación, caso de Ad Turres o Ad Ello. Menos dudas genera el término Thiar, asociado históricamente con una mansio intermedia en el término del Pilar de la Horadada (Alicante). La distancia entre Ilici y Carthago Nova encaja con la real, una distancia que recorrería toda la costa a través de San Pedro del Pinatar, La Puebla, La Aparecida y Torre Ciega hasta la ciudad.
Itinerario de Antonino Anónimo de Rávena Guidonis Geographica
Ad Turres Turres Turres
Adello XXIV Elloe Edelle
  Celeret Celeris
  Dionio  
  Lucentes  
  Leones Ad Lennes
  Allion  
Aspis XXIV    
Illici XXIV Hilice Ilice
Thiar XXVII    
Karthagine Spartaria XXV Cartago Spartaria Cartago Partaria
  • Carthago Nova-Basti: El eje de la Via Augusta continuaba hacia poniente atravesando la región interior de Baza. Este tramo es conocido gracias al hallazgo de miliarios y algunas fuentes itinerarias como el Anónimo de Rávena. El itinerario saldría del barrio de la Concepción de Cartagena, pasando la rambla de Benipila, cruzando la sierra por Tallante, Las Palas y La Pinilla (supuesta Mansio), hasta llegar a Eliocroca (Lorca). Desde Lorca pudo seguir dos rutas, una por el cerro del Castillo siguiendo el curso del Guadalentín hasta Velez-Rubio, o bien por la rambla de Nogalte, atravesando Puerto Lumbreras hasta Cúllar mediante los Alamicos y la rambla de Chirivel, un recorrido sin duda más escarpado que el primero y que para algunos autores queda descartado (Martínez y Ponte, 2014: 71).
  • Carthago Nova-Complutum: uno de los ejes más importantes para el puerto, ya que comunicaba directamente con el interior de la Península Ibérica. Esta vía se conoce gracias, en parte, a los estudios de los miliarios y la topografía local. Esta vía partía de Carthago Nova atravesando el barrio de San Antón, rodeando el estero por su cara occidental. El trazado remontaba hacia el norte por todo el campo de Cartagena, el cual debía estar flanqueado de diferentes explotaciones agropecuarias. Existe poco consenso sobre si atravesaba el puerto de la Cadena por Rambla Salada o el puerto del Garruchal, el cual requería realizar un rodeo hacia la cara este del Valle y Carrascoy. Posteriormente cruzaba la actual población de Alcantarilla y el Río Segura, hasta llegar a Archena. Desde ahí seguía por la Venta de la Rambla y La Losilla hasta Cieza, continuando hacia Minateda, Tobarra y Pozo Cañada en dirección a Saltigi (Chinchilla) para adentrarse en la Meseta.
  • SalticiSaetabi: esta vía permitía una penetración al interior de la Península Ibérica desde la actual costa valenciana, permitiendo escalar hacia la bética sin necesidad de rodear por la costa. Este recorrido es el mismo que menciona Estrabón (3.4.9) y el que aparece en los Vasos de Vicarello, cuyas paradas son Saltici, Ad Palem XXXII, Ad Aras XXII, Ad Turres y hasta Saetabi XXV. Una de las claves de esta calzada es que pasa junto al Cerro de los Santos, santuario ibérico de gran importancia al actuar como cruce de caminos en Montealegre del Castillo, por lo que posiblemente coincida con la mansio Ad Palem. Desde ahí continuaba por Caudete, cruzaba por Fuente de la Higuera (Ad Turres) y terminaba en Xátiva. Por otro lado, el tramo de Castulo hasta Saltigi “evita el gran rodeo de la Vía Augusta litoral, obligada a tocar en Cartago Nova. Esta vía es descrita por primera vez en los Vasos de Vicarello” (Lostal, 1992: 9).
  • Carthago Nova-Malaka: vía de difícil adscripción por las pocas pruebas que se conservan de ella. Su recorrido lo conocemos por el anónimo de Rávena y los itinerarios medievales. Partiría del barrio de la Concepción de Cartagena, posteriormente se desviaría al sur hasta la Azohía, continuando hasta Mazarrón, Aguilas, San Juan de los Terreros, Villaricos (Baria) y Málaga.

 

Otras vías

  • Ilici-Eliocroca: esta variante vial debió existir como fruto de la comunicación entre ambas localidades sin la necesidad de pasar por Carthago Nova. Este trazado cruzaría el valle del río Segura enlazando por las actuales localidades de Albatera, Callosa, Orihuela y las actuales pedanías de Los Ramos, Torreagüera, Beniaján y los Garres, coincidiendo con el poco estudiado poblamiento de Algezares y La Alberca. Una vez cruzado el tramo, entraría en el valle del Guadalentín hasta Lorca.
  • Ilici-Cieza: Esta otra variante permitiría encadenar el comercio ilicitano con la entrada hacia la Meseta Castellana, rodeando por Cieza. Aunque no se tienen pruebas fehacientes de las vías romanas, sí que conocemos esta vía por las relaciones topográficas de Felipe II. Al mismo tiempo, la localidad de Fortuna conserva multitud de restos arqueológicos que constatan un enclave importante de culto y aprovechamiento termal en la zona. Esta calzada debía salir por Albatera, cruzar por Fortuna y posteriormente adentrarse en la Garapacha (Sierra de la Pila) hasta Cieza.
  • Yakka-Caravaca: Este camino natural conecta el norte con el suroeste regional, sirviendo de medio para dar salida a la producción de las villae. Su recorrido debió cruzar desde la actual Yecla hasta Cieza, pasando posteriormente por el Cagitán hacia Bullas, La Encarnación de Caravaca, Zarcilla de Ramos, hasta llegar a Caravaca por las Cañadas del fraile.

 

Vías romanas hispanas (Proyecto Mercator-e, por Dr. Pau de Soto Cañamares)