VIRTUOSISMO CIENTÍFICO por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico de número

La concepción de la Ciencia como lenguaje ha sido la propuesta en vigor del positivismo y neopositivismo, que se ocupaba de enmarcar la Ciencia, mas como un producto lingüístico que como una actividad humana. La justificación se entendía enmarcada en la lógica y se mantenía al margen del descubrimiento, gobernado por la curiosidad.

En 1962 dos físicos revolucionan el escenario: Khun publicaba “La Estructura de las Revoluciones científicas”, introduciendo conceptos como “ciencia normal”, “revolución científica”, “paradigma”, “comunidad científica”, que hoy son harto frecuentes. Paul Feyerabend publicaba en 1970 Contra el método y Tratado contra el método, iniciando una nueva filosofía de la Ciencia, dado que, ahora, hasta la justificación hay que buscarla en la acción humana, dado que la Lógica, como el lenguaje, son humanos. Pennock ha publicado recientemente un libro “An Instinct for Truth” en el que otorga valor a lo práctico. Introduce ideas novedosas como que “los artículos son signos, indicadores de las pruebas, pero no pruebas en sí mismos” y esto lo formula así, porque entiende que las auténticas pruebas (evidencias) corresponden a la esfera de la acción, cuando se experimenta, cuando se somete la Naturaleza a prueba. Por tanto, es la actividad y no la componente lingüística, en la que hay que fijar la atención como Ciencia. De ahí la importancia capital de la denominada Ciencia Abierta que trata de validar esta posición filosófica como herramienta de avance científico inexcusable.

Si hay algo que caracteriza al ser humano, es la búsqueda de la verdad. Es el valor más importante a nivel humano. La verdad y la belleza, activan la misma zona cerebral humana, dejando constancia de la envergadura evolutiva del proceso. La verdad empírica de la Naturaleza orienta nuestra curiosidad hacia una búsqueda de la misma. Y en ese proceso, se desarrollan virtudes que generan el escenario para tenga lugar, como propone Pennock. La curiosidad, como impulso a desvelar conocimiento, es la primera virtud. La Ciencia se conforma por una curiosidad sistemática. De la curiosidad emana el escepticismo y la especial referencia a la objetividad que caracteriza a los buenos científicos. Otra virtud desarrollada por los científicos es la atención, incluyendo aspectos emocionales, es una virtud desarrollada en la propia acción investigadora, como elemento garante de estudio de los diferentes enfoques posibles. Pero la propia actividad científica impone una disciplina que garantice el rigor del análisis y de los resultados obtenidos y capaz de imponer el ritmo de trabajo que pueda llevar al éxito en los objetivos planteados. En relación con la disciplina e imbricadas en ella, se da la meticulosidad que desgrana todos y cada uno de los elementos para identificar los significativos, sin descartar la incidencia de ninguno de ellos. Y esta meticulosidad, solamente es factible si se desarrollan la paciencia y la perseverancia, que posibilitan una acción a largo plazo, acorde con la necesidad de lo que se investiga y ese carácter que nos mantiene en las circunstancias adversas, en que el camino se revela inútil o inadecuado y hay que replantear la ruta, para acometer de nuevo el intento para lograr el objetivo formulado en la hipótesis de partida. Pero todo ello conlleva la adopción de una posición ajustada, en la que lejos de sentirse triunfante, acometemos el trabajo desde la humildad de un ser, el humano, enfrentado, en ocasiones, a descomunales y ocultos problemas inexplicados en su trabajo, a los que queremos dar luz. Es tal la dimensión de la verdad, que siempre debemos adoptar la posición del que lo intenta, pero no necesariamente puede llegar a desvelarla, por la complejidad de cualquier problema de interés científico. Pero una posición de humildad no deja de lado, ni altera, la disposición con la que se enfrenta el problema que se quiere explicar, por lo que el empirismo conlleva la adopción de coraje intelectual para afrontarlo. Solamente, desde una disposición sin fisuras se puede lograr el fin pretendido. Buenas ideas, reclaman firmes convicciones para llevarlas a cabo. Este elenco de virtudes, constituyen la deontología científica o del científico.

La visión Aristotélica de la virtud, interpretaba a esta no como una componente emocional (pasión) sino como una acción, atribuyéndole que es el acto más conforme con su esencia, es la acción mas apropiada a la naturaleza de cada ser. Es el camino a la excelencia humana y las acciones para alcanzarla conforman las virtudes. Estas acciones van forjando la forma de ser, el carácter y lo hacen desde tres niveles: volición, deliberación y decisión, que delimitan los tres momentos ligados a algo que queremos, para lo que deliberamos para lograr encontrar la mejor forma para conseguirlo y, finalmente, tomamos la decisión para emprender la acción que permita alcanzar el objetivo del proyecto. El hábito se genera en base a la repetición de las buenas decisiones y ese hábito es la virtud. Si repetimos decisiones erróneas, se genera el hábito contrario. La virtud ética es un hábito, el de decidir el bien, y conforme a una regla. Solamente desde el ejercicio de las virtudes propias del científico, se logra el perfil.

Desde la deontología científica, por la propia estructuración de la Ciencia, las corrientes en vigor que no comparten sus presupuestos, confrontan con ella por razones fundamentales. Así, se descarta el dogmatismo, aunque eso no quiere decir que en determinados momentos históricos pudo cultivarse. El relativismo propone que ninguna proposición puede ser o tener verdad y validez universal, sino solo subjetiva. Para el relativismo moral, no hay ni bien ni mal absolutos, sino que tienen que ver con circunstancias concretas. Bertrand Russell afirmó que “hay gente que se cree superior afirmando que todo es relativo, pero de ser así, no habría nada relativo a ese todo”. Por otro lado, la posverdad describe una realidad en a que los hechos objetivos están en segundo plano, concediendo prioridad a las emociones y creencias personales. Finalmente, el dogmatismo propio de los de la corriente creacionista, no comparte ninguno de los principios científicos esenciales.

Cuando no se cumplen estas virtudes, la Ciencia cae en los vicios que le llevan desde la arrogancia hasta las desviaciones mas indeseables, sumergiéndola en el dogmatismo o en el relativismo. El diálogo entre Ciencia y espiritualidad es fructífero, siempre y cuando no sea un planteamiento dogmático, como ocurre con las religiones más practicadas. Todos los ámbitos que responden a principios epistémicos, entendidos como racionalidad aplicable al conocimiento, la justificación o la opinión fundada son susceptibles de entendimiento. Pennock asigna a la Ciencia la curiosidad mientras que al arte le reserva la creatividad.

Primero somos seres humanos y solo después somos científicos. La Ciencia, por amplios que sean sus objetivos, está al servicio de las personas, del bienestar humano, de su felicidad. El sentido común, la prudencia o la sensatez, o un conjunto de ellas son las virtudes que deben modular nuestra actividad científica, hasta arraigar como condicionantes conductuales. Así se puede aportar positivamente a la Humanidad, entendida como una mundialización que pudiera propiciar una globalización, en un sentido más amplio que los intereses económicos que son los únicos que hoy parecen ser operativos. Nuevos perfiles para nuevos tiempos. Son necesarios. Es el momento.