Universidad en crisis por el Prof. Dr. D. Pablo Artal Soriano, académico de número

El concepto decimonónico de universidad ha entrado en los últimos años en una fase de crisis aguda. Es algo mucho más profundo que la falta de dinero. Todos los cometidos tradicionales de la universidad están en cuestión. Valga como muestra esta pregunta: ¿Qué sentido tienen para los alumnos las clases anticuadas y aburridas (probablemente una mayoría) si pueden tener gratis las más actualizadas y brillantes en las plataformas “MOOCs” (“massive open on-line courses”)? Es cierto que estas todavía se usan principalmente como complemento por las dificultades en la evaluación y homologación de títulos, pero es probable que se acaben imponiendo de manera natural. Para el estudiante es una gran ventaja, pero para aquellas Universidades que ofrezcan una mala calidad docente suponen una gran amenaza. Las miserias y limitaciones de muchos docentes, tradicionalmente amparados en la libertad de cátedra o en el hermetismo del aula, quedan ahora al descubierto. Los conocimientos y los métodos están expuestos a la comparación constante en esta época. Para el estudiante es positivo ya que tiene menos posibilidades de ser engañado, pero las universidades mediocres tienen cada vez más difícil no parecer que lo son. Para complicar más el escenario, aunque existe un enorme potencial de talento entre el personal de las universidades, en muchos casos se encuentran sin guía, sin objetivos claros, sin estímulos y moviéndose sólo por las inercias o por criterios personales de hacer bien las cosas. Al no existir mecanismos sólidos de dirección, las fobias y enfrentamientos entre empleados son moneda común y suelen empantanar la acción correcta. Ninguna organización puede avanzar con un personal desmotivado, envejecido y mal aprovechado, además costoso. Otro aspecto en el que la universidad española fracasa en gran medida es en el aprovechamiento del potencial de los estudiantes. La falta de motivación y el poco esfuerzo son moneda común en nuestras aulas. El círculo vicioso está servido: el estudiante no se esfuerza en algo que le interesa poco y que cree que le servirá de poco. Los intereses pequeños y cortoplacistas, el desinterés de los políticos y de la sociedad no parecen augurar que la situación pueda mejorar. Si no se hace nada, todas nuestras universidades irán pareciéndose cada día más a flojas academias de enseñanza. Eso lastrará el país y sobre todo hará que los jóvenes brillantes más pobres tengan menos oportunidades de subir en la escala social a base de su esfuerzo y talento.