Una reflexión en tiempo de pandemia por el Prof. Dr. D. Alberto Tárraga Tomás, académico de número

Como consecuencia de la pandemia generada por el COVID-19, hemos visto a nuestros gobernantes referirse a los criterios de los “científicos expertos” (ignotos por el momento) para justificar sus decisiones.

Sin embargo, hablar de científicos, en general, implica hablar de esos grandes olvidados que, de forma discreta, desarrollan su labor investigadora en universidades y centros de investigación que, curiosamente, se mantuvieron cerrados e inactivos durante todo el periodo del “estado de alarma”.

No se había previsto esta situación a la que nos hemos visto abocados. Pero ha sucedido y parece sensato aprovechar este momento – en el que se nos induce a pensar que el beneficio del conocimiento científico sea exclusivamente satisfacer las necesidades derivadas de una pandemia – para hacer reflexionar a la ciudadanía sobre la necesaria consideración que, en todo momento, los gobernantes han de mostrar hacia la ciencia y los científicos.

Se hace necesario transmitir el papel social desarrollado por todos los científicos, en general, que, motivados por la emoción que supone adentrarse en el mundo de la investigación, ponen a trabajar su imaginación para conseguir nuevas soluciones a problemas ya planteados a la humanidad o, simplemente, para desarrollar nuevos conocimientos, incluso sin prever el posible impacto social que su investigación pueda generar. Sin embargo, este tipo de investigación, impulsada simplemente por la curiosidad (investigación básica) en la que no se tenga presente su impacto social – incluso antes de comenzar ésta -, frecuentemente es considerada, por las administraciones y entidades financiadoras, como una importante limitación a la hora de aportar fondos para su desarrollo. Contrasta con esta realidad el hecho de que muchos descubrimientos científicos, de gran trascendencia para la humanidad, se han producido por simple casualidad.

Es evidente que apostar por el progreso en la investigación exige recursos económicos e inversión en instrumentación. Pero esta financiación, siendo muy importante, no conducirá por sí sola a avances significativos si no se apuesta de forma decidida por una estabilización de los jóvenes científicos, con mentes creativas y demostrado talento, y formados sobre la base de un buen sistema educativo en el que, junto al esfuerzo y el trabajo, los conocimientos en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas han sido esenciales. Y esta es una de las prioridades que deben abordar los responsables políticos y las autoridades académicas. De momento, cantera, con preparación contrastada a nivel nacional e internacional, hay. El futuro dependerá de las medidas que ahora se adopten.