UNA LECCIÓN POR APRENDER por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico de número

La inmensa mayoría de los científicos, incluyendo los muy acreditados, no se ven en la tesitura de estar implicados en un trabajo de tanta relevancia para la Humanidad, como para pasar a la posteridad por la aportación significativa que van a brindar. La humildad científica les mantiene en ese terreno en el que la honestidad de su trabajo es lo valioso. Gracias al trabajo de legiones de ellos, algunos, especialmente tocados por la mano de los dioses, destacan por su rutilante aportación que hace avanzar a la Humanidad en la vía del desarrollo y el progreso. .La perspicacia por el problema elegido es un requisito, pero no es suficiente, hay que encontrar el camino y hay que estar en el momento en que hay que resolver un gran problema. Normalmente, los tocados por la fortuna, han sido grandes personas. No solo grandes investigadores, sino humildes, precisamente porque saben de sobra de qué va esto; nada engreídos, seguro porque saben lo poco que una persona, en el fondo, representa para la Humanidad y mucho menos para la Historia, De los engreídos hay que desconfiar porque en la vorágine de trepar por todos los sitios, olvidan que hay que aportar cosas significativas, de las que hay muy pocas, precisamente por el esfuerzo que implican. Unos y otros, aportan lo que buenamente pueden a esta Humanidad que nos llama para avanzar, todos, no algunos, para progresar, no unos pocos, sino todos, para encaminar el desarrollo de los que ya son libres, iguales y potencialmente usufructuarios de todo lo que el mundo produce.

Tras la Ciencia, viene la Técnica, modificando la Naturaleza, para aproximarla y poder disfrutar de su trasfondo, de la sabiduría acumulada en el sinfín de años que se ha tomado para progresar de esa peculiar forma que denominamos evolución. Muchas veces, Ciencia y Técnica se confunden y es difícil distinguirlas. Cuanto más atrás nos sumergimos en el tiempo, más claro parece. Y hay cosas que, vistas hoy con perspectiva histórica, cambian nuestra percepción sobre ellas. Ciertamente podemos calificar a las armas como máquinas sin ética, por excelencia. Pero son máquinas construidas por el hombre, explícitamente para matar, desde el primer instante, por tanto con premeditación. Siempre ha sido algo así. En 2001, Una Odisea en el espacio, basada en una novela de Clark y realizada con la maestría sin par de Stanley Kubrick que enmarca a un homínido que encuentra un fémur y lo convierte en una herramienta con la que matar a sus adversarios. Todo en común con la historia de la construcción de la bomba atómica, en la que una vez comprendido el átomo, se pasó a liberar la energía que encierra y se construyó un arma mortífera. El desarrollo fue atribuido a Otto Hanh, pero estuvo acompañado de un hombre y una mujer, Otto Frish y Lisa Meitner, aunque a Lisa no le otorgaron el Nobel ¡?!. Fermi en 1942 desveló las reacciones en cadena a partir de los neutrones liberados en la fisión, que se pudieron emplear en producir más reacciones y conformar lo que se ha venido en denominar reacción en cadena, forma de multiplicar la liberación de energía, hasta límites increíbles. En 1941 se puso en marcha el proyecto Manhattan, autorizado por Roosvelt, en los Álamos, Robert Oppenheimer diseñó la bomba que en julio de 1945 se detonó en el desierto de Álamogordo a las 5 horas, 29 minutos y 45 segundos, supervisado por un militar, significando que la Ciencia estaba superada y la técnica controlada por los intereses militares, al servicio de los políticos. Ese mismo día, Truman informó en Postdam del arma que poseía, a los cofirmantes del pacto para derrotar a Hitler, como eran Churchill y Stalin. Sorprendió a este último que estaba dispuesto a invadir Japón en agosto. Estados Unidos se adelantó y el 6 y el 8 dejó caer la bomba en Hiroshima y Nagasaki. Le tomó la delantera a Rusia que declaró la guerra a Japón e 9 de agosto. Se inició la guerra fría en ese mismo momento. La reflexión a hacer es que los avances científicos condujeron a desvelar la intimidad del átomo, al tiempo que implicaron muchas muertes. Visto con perspectiva, faltó a ética. Lo han reconocido posteriormente muchos científicos que estuvieron muy cerca del centro de gravedad de los hechos. Es posible, según se conjetura, que hasta el propio Oppenheimer creyera que se iba a soltar en Japón, pero en un lugar deshabitado, a efectos de amedrentar, amenazar, asustar,

Las reflexiones a que induce algo de este nivel son muy diversas. Se puede pensar que los que estuvieron implicados, en especial en los Alamos, trabajaban bajo el temor de que la Alemania nazi pudiera estar cerca de tenerla. Con esto olvidaban el daño que lo que iban a producir pudiera tener. Probablemente, los científicos implicados, quisieran exhibir su capacidad intelectual, como tantos hoy día, aún sin la categoría o nivel de aquellos. Pudieron, cegados por el ego, no ser conscientes de que una vez producida la bomba se perdía el control, en especial dado el interés militar, que fue lo que justificó la inversión supermillonaria que se invirtió. Así que, algunos de los científicos, pusieron tanto interés en descubrirla y producirla, como luego lo pusieron en que no se usara, como ocurrió con Hans Bette o Victor Weiskopf, que tras haber intervenido, predicaron hasta la extenuación a favor de la paz.

Los humanos, parece que somos así. Creamos instrumentos que nos sobrepasan y superan los objetivos para lo que han sido construidos y su uso escapa al control de la razón y de la ética. No creo equivocarme si afirmo que es una lección todavía por aprender. Sigue en pie hoy día. No es previsible que la Humanidad haya aprendido estas lecciones. Es posible que hoy estemos en otro episodio de la misma o parecida naturaleza, con la emergente inteligencia artificial, que todos parecemos bendecir, cuando en realidad no sabemos lo que está ocurriendo, ni en la medida en que está pasando. Es posible que hayan derivas indeseables del mundo tecnificado que nos amenaza con tomar todas las parcelas, que hasta ahora eran puramente humanas. De no ser y estar educados en los errores del pasado, es posible que no dispongamos de la sabiduría suficiente para el futuro que se nos avecina. Cuando la ética se obvia o se desprecia, las consecuencias son tremendas. No hay que esperar milagros En el mundo de la razón, repugna tal recurso.