Un microbio inteligente por el Prof. Dr. D. Mariano Gacto Fernández, académico de número

Las ratas y los ratones huyen normalmente de los gatos, pero algunos investigadores han descubierto que estos roedores pierden su temor ante los gatos cuando, por infección, adquieren un microbio llamado Toxoplasma gondii, que en el hombre produce una enfermedad denominada toxoplasmosis. El llamativo cambio de comportamiento que este agente provoca en las ratas parece suicida para ellas pero, en cambio, resulta muy conveniente para el propio microorganismo. Este microbio se reproduce solamente en el intestino de los gatos y se excreta por sus heces, desde donde pasa a los roedores y a los humanos como hospedadores ocasionales. Debido a que la infección solo resulta productiva en el gato, el paso del parásito a las ratas como últimos hospedadores representaría el final del ciclo de su vida en la naturaleza a menos que el microbio vuelva a alcanzar al gato. De hecho, cuando un gato caza y come una rata infectada con toxoplasma, el parásito se reproduce de nuevo en el intestino del gato y sale por sus heces, iniciando de ese modo un nuevo ciclo vital. Por tanto, la captura e ingestión por los gatos de los roedores infectados por el microbio representa en realidad un aspecto esencial del ciclo de vida de este parásito. Curiosamente, comparando las reacciones que muestran las ratas sanas y las infectadas frente a la orina de gato, los investigadores han comprobado que las primeras manifiestan un rechazo muy fuerte al olor de dicha orina, como si previeran un peligro potencial. Por contra, las ratas infectadas pierden esta inhibición e incluso se sienten atraídas por el aroma de la orina, lo que facilita su captura por el gato. Aunque está claro que el hecho no favorece a las ratas, esto ayuda a los parásitos a completar su ciclo de vida, alargando así su supervivencia. Las implicaciones de este hallazgo son fascinantes, pues el conjunto de datos revela la existencia de una estrategia por parte del microbio para cambiar a su favor la etología del hospedador. Muchos microbios patógenos son también capaces de cambiar nuestro propio comportamiento. Por fortuna, sin embargo, el efecto final en la mayoría de los casos no es beneficioso para los patógenos. Cuando padecemos una enfermedad infecciosa adoptamos un comportamiento distinto al que mostramos cuando estamos sanos, con especial atracción por el reposo, la ingestión de reconfortantes alimentos y la toma de algún compuesto antimicrobiano.