Un gigante con los pies de barro por el Prof. Dr. D. Juan Guerra Montes, académico de número

Si los bosques y praderas de las latitudes templadas de Europa y Asia han soportado sin grandes catástrofes ecológicas las fragmentaciones y alteraciones intensas debidas a la presión humana, sobre todo desde la revolución industrial, es tentador pensar que igualmente podrían hacerlo los bosques tropicales. Sin embargo, los bosques templados tienen una peculiar característica, ya que una gran proporción de la materia orgánica se encuentra en la capa de humus, que frecuentemente alcanza una considerable profundidad y se encuentra a resguardo de los matorrales y del sotobosque, de tal manera que los nutrientes no desaparecen con facilidad. Esta es la explicación del mosaico que hallamos en la regiones templadas del Planeta, donde se combinan los campos de cultivo, con los pastizales, bosques y áreas urbanas. Pero este tipo de paisaje no es fácil de reproducir en las regiones de selva tropical. La regeneración del bosque tropical no es tan evidente como pudiera parecer a simple vista. Probablemente todo el mundo recuerda imágenes de templos abandonados en la selva y cubiertos por una vegetación exuberante, lo que sugiere que estos bosques puede recuperar fácilmente, en unos cientos de años, el espacio abandonado por el hombre. En los alrededores de la ciudad inca de Machu-Picchu, que fue abandonada hace unos 600 años, los bosque que la rodean, que fueron del dominio agrícola inca, son bien distintos, en cuanto a exuberancia y diversidad, respecto a los alrededores que permanecieron inalterados por esta civilización. Generalmente los cambios introducidos por la actividad humana en las selvas tropicales son irreversibles, y las razones estriban en la estructura y composición del suelo. Dos tercios del suelo ocupado por estas formaciones están constituidos por tierras rojas y amarillas, ácidas y pobres en nutrientes. La formación de un claro en la selva, en un régimen de lluvias torrenciales y abundantes, provoca el lavado de los escasos nutrientes y la erosión del suelo desforestado. Si estos claros en la selva se realizan para ganar tierras de cultivo, los nutrientes podrán sostener cosechas durante dos o tres años, después deben añadirse fertilizantes. La espiral de destrucción comienza cuando los agricultores, en lugar de añadir fertilizantes, casi nunca disponibles por motivos económicos, deciden talar una nueva parcela de selva. Si a este fenómeno, común en los bosques tropicales desde Camboya y Birmania a Venezuela, Perú o Brasil, se añade la escasa productividad de los cultivos y la enorme incidencia en ellos de plagas y enfermedades, cabe concluir que una alternativa a estos modos de explotación es urgente, si queremos salvar a un gigante que tiene los pies de barro.