Un biólogo fascinado por las lagunas costeras gracias a su devoción por el Mar Menor

ÁNGEL PÉREZ RUZAFA CATEDRÁTICO DE ECOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD DE MURCIA

El amor que Ángel Pérez Ruzafa (Murcia, 1958) profesa desde pequeño al Mar Menor le dirigió hacia la biología marina. «Mi abuelo Juan, que de joven fue minero en La Unión antes de emigrar a Murcia, tenía una carpeta donde con caligrafía inglesa impecable había escrito: ‘El Mar Menor, en peligro’. En ella guardaba documentos, fotos, recortes de periódico y actas notariales denunciando los vertidos de la actividad minera. En 1955, cuando el ecologismo no existía ni como concepto, consiguió con otros vecinos de Los Urrutias que cesaran los vertidos. Mi padre me transmitió estas inquietudes y la curiosidad por investigar esta laguna costera, de la que entonces no se conocía casi nada científicamente. Por eso decidí especializarme en biología marina y, en cuarto de carrera, me marché a la Universidad de La Laguna».

Hasta cuando le tocó cumplir con el servicio militar, Pérez Ruzafa, también sopesó el poder del mar en su trayectoria y solicitó la milicia universitaria en la Armada. «Estuve dos años y medio en Infantería de Marina. Tengo recuerdos inolvidables de mi periodo de alférez y de teniente». Así de clara tenía su vocación por el mar.

Nuestro académico regresó a Murcia a hacer la tesis alertado por su padre de que un discípulo del ecólogo Ramón Margalef había aterrizado en la UMU. Se trataba de Joandoménec Ros, hoy catedrático de Ecología en Barcelona. Pérez Ruzafa logró que fuese su director, lo que supuso un punto de inflexión de su trayectoria hacia la investigación de los ecosistemas marinos.

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Pseudoviaje de novios para científicos

Recién casado con Concepción Marcos -también ecóloga a la que tuvo la suerte de conocer en el archipiélago canario-, surgió la necesidad de visitar a especialistas de otros países. Recuerda que «montamos un pseudoviaje de novios con tintes científicos. Cogimos el coche y nos fuimos a Génova y a París, al Museo de Historia Natural, donde trabajaban los mayores expertos en equinodermos. Para formarte, tienes que moverte». Una máxima que ha mantenido a lo largo de toda su carrera. Hoy es un especialista en ecosistemas marinos de renombre internacional, lo que le ha llevado a sumergirse como investigador en aguas tan remotas como las de la Antártida, Galápagos, Vancouver, Venezuela, Azores, Cabo Verde…

 

El regreso de Joandoménec Ros a Barcelona motivó que Pérez Ruzafa se atreviese a crear su propio grupo de investigación de Ecología y Ordenación de Ecosistemas Marinos Costeros en aras de «abrir las líneas de investigación en un área que no tenía tradición en la UMU. Fueron años duros porque si estás en un departamento nuevo, donde no existe tradición ni infraestructura, tienes que poner todo en marcha».

 

Este apasionado de las lagunas costeras lamenta la persistente escasez de infraestructuras y presupuesto que sufren las universidades públicas para trabajar y mantener al personal técnico. «Los equipos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y del Instituto Español de Oceanografía cuentan con infraestructuras y técnicos estables, pero en la universidad, tras treinta años de formar y mantener personas a cargo de proyectos, seguimos en precario y sin personal técnico estable. Sobre el investigador recae, a nivel individual, la responsabilidad de conseguir financiación, ahorrando en varios proyectos, para tener una infraestructura básica como un barco, que tenga un patrón, pasar las inspecciones, limpiarle los fondos y darle mantenimiento y hasta conseguir el punto de amarre con el que, en nuestro caso, contamos gracias a la generosidad del Club Náutico de Lo Pagán. Así funcionamos».

Pioneros en gestión pesquera con reservas marinas

Aunque empezó investigando los equinodermos -concretamente las holoturias: animales invertebrados marinos como los erizos o las estrellas de mar-, tardó poco en diversificar las líneas: desde la planificación ecológica en las zonas costeras a los indicadores de contaminación o la genética de poblaciones marinas. Con satisfacción reconoce que con su grupo «nos hemos anticipado a líneas que luego se han convertido en temas ‘estrella’. Fuimos pioneros en España en el estudio las relaciones de los peces con su hábitat y el funcionamiento de las reservas marinas. Empezamos a trabajar en Cabo de Palos a mediados de los 80; antes incluso de terminar mi tesis sobre el Mar Menor, cuando las primeras reservas, como la de la Isla de Tabarca (Alicante) y Cabo de Palos, no se crearon hasta 1986 y 1995, respectivamente. Pedíamos proyectos nacionales, que nos denegaban porque decían que nuestra investigación no estaba relacionada con la pesca, y terminamos coordinando diez años después un proyecto europeo para el empleo de las reservas marinas como instrumento de gestión pesquera aunando perspectivas biológicas y socioeconómicas. Hoy las reservas funciona tan bien, que proliferan en Europa».

Pero su gran objetivo ha sido y serán las lagunas costeras; y en especial, su adorado Mar Menor. Nuestro experto defiende que «hemos roto muchos tópicos. Eran ecosistemas relativamente denostados por ser sistemas estresados de forma natural, con fluctuaciones ambientales muy marcadas, propensos a la contaminación, aparentemente simples y poco atractivos para la investigación. Sin embargo, el Mar Menor ha resultado ser tremendamente complejo con una gran capacidad de autorregulación: se defiende muy bien de las agresiones humanas y es un ejemplo óptimo para estudiar cómo se organizan los ecosistemas».

«Nuestras investigaciones muestran que todo es gracias a una red trófica compleja, muy heterogénea en el espacio y en el tiempo y con un porcentaje muy elevado de componentes variables que dependen de la baja probabilidad de colonización de las especies que entran desde el Mediterráneo». Pérez Ruzafa se apoya en una analogía con el sistema inmunológico humano: «El Mar Menor posee mecanismos homeostáticos que permiten compensar las presiones a las que lo tenemos sometido; por ejemplo, la entrada de nutrientes y la eutrofización. Algunos elementos de la red trófica aumentan su abundancia, como las medusas, para impedir la proliferación excesiva de otros, como las algas, evitando crisis distróficas y mareas rojas. La complejidad del sistema es posible gracias a un equilibrio delicado entre permitir que haya colonización de especies desde el Mediterráneo y poner restricciones para que esta no sea masiva. De este modo, se logra que los componentes de la red trófica sean distintos todos los años hasta en un 40%. Es admirable cómo esta continua y sorprendentemente alta tasa de renovación le permite defenderse de las agresiones; cómo un sistema tan dinámico puede ser estable y mantenerse ‘igual’ a sí mismo es una tema de investigación apasionante».

«Sois capaces de resolver problemas ambientales»

Aunque se define como tímido, Ángel Pérez Ruzafa es un asiduo de las charlas divulgativas (225) y ha escrito 82 libros y capítulos de libros que ayudan a los profanos a comprender cómo funciona el mar. «Morirse sabiendo mucho y no haberlo compartido, es como no haberlo vivido, como si sólo lo hubieses soñado. Debemos comunicar nuestros conocimientos».

El mismo espíritu ha guiado su trayectoria como profesor universitario. Nuestro ecólogo entiende que «muchos piensan que la docencia es estéril para un investigador universitario porque nadie te la reconoce y resta tiempo de investigar, lo que te hace menos competitivo frente a los científicos de entidades no docentes. En mi caso, la asignatura de Oceanografía Biológica no se había impartido nunca en la UMU. Prepararla fue un reto difícil, haciendo la tesis y sin un mentor ni tradición docente hasta ese momento. Sin embargo, la solidez conceptual que me aportó es impagable”. “Pero la mayor satisfacción de la docencia -prosigue- es despertar el sentido profesional en los alumnos y hacerles comprender que su principal herramienta es la capacidad de pensar e integrar información. Como les digo a mis estudiantes de cara a su futuro laboral y ante las dificultades de encontrar un trabajo remunerado: vuestro trabajo tendrá valor si sois capaces de identificar y anticipar, para evitar o en el peor de los casos resolver, problemas ambientales».

El arte de la ciencia

Unos retratos a tinta china de Leonardo da Vinci, Darwin, Beethoven y Ramón y Cajal decoran el despacho de Pérez Ruzafa. Retratos que ha dibujado nuestro académico: un humanista que combina el arte con la ciencia hasta el punto de que se licenció en Bellas Artes en el tiempo de ocio. «Justo al terminar mi cargo de vicerrector en la UMU, que fueron cuatro años intensos y agotadores al compaginar docencia, investigación y gestión, se creó la Facultad de Bellas Artes -rememora el catedrático de Ecología-. Al dejar el vicerrectorado, de repente me encontré con un montón de tiempo libre, más mental que real. Y me dije: es el momento de estudiar Bellas Artes».

El arte está siempre presente en su vida, otra afición que comparte con su esposa. Como el amor al mar, ya sea en el Mar Menor, en Los Urrutias, o en Bajamar en Tenerife, donde disfrutan con sus hijos cada verano que pueden. Pero su imprescindible curiosidad científica impregna esas vacaciones: «Cuando miro el mar, no puedo evitar pensar: ¿qué estará pasando allí abajo? Me fascina cómo los ecosistemas se organizan a pesar de la tendencia inevitable al desorden. Y esa es la clave de la supervivencia, de la vida. Dar sentido al caos que nos rodea».

 

                                                                       

 

Redacción: Paz Gómez

Fecha realización: 18 noviembre 2014