Tiempo de selectividad por el Prof. Dr. D. Alberto Tárraga Tomás, académico de número

Como ya es tradicional en estas fechas, los estudiantes se convierten en noticia en todos los medios de comunicación, siendo habitual que, incluso en los telediarios de todas las cadenas de televisión, se haga amplia referencia al nerviosismo imperante entre la población estudiantil y sus familias, a consecuencia de estos exámenes que les permiten el acceso a los estudios universitarios. Siendo sincero, nunca he entendido este nerviosismo frente a unos exámenes cuyo índice de aprobados supera con creces el 95% y que, según mi opinión personal, el único objetivo que consiguen es, más que evaluar conocimientos, “clasificar” a los alumnos para que puedan acceder, o no, a los estudios elegidos a priori. Considerando ese elevado índice de aprobados, es obvio que el acceso a la Universidad está al alcance de cualquier estudiante. Sin embargo, la gran frustración la sufren precisamente, los mejores. Aquellos que habiendo trabajado duramente a lo largo del Bachillerato para conseguir una nota media que les permitiese optar a “su carrera”, se encuentran con que las notas conseguidas en los exámenes de selectividad, disminuyen esa calificación y, por consiguiente, o bien acaban con la ilusión de ser un determinado tipo de profesional o les obliga a “peregrinar” hasta encontrar una universidad que les permita cumplir con ese objetivo. Lo que me resulta difícil de comprender es ese elevadísimo índice de aprobados puesto que si en el ranking sobre conocimientos básicos, realizado entre los estudiantes europeos de nuestro entorno, lo españoles están a la cola (informe PISA), ¿cuál es entonces el nivel de conocimientos exigido en la Universidad española para que más del 95% de esos estudiantes superen esas pruebas? Creo que esta es una cuestión básica a analizar por nuestras autoridades académicas, si es que el objetivo es conseguir estudiantes con niveles de formación, responsabilidad, capacidad de trabajo y esfuerzo que les permitan alcanzar con éxito las capacidades para las que les facultará su titulación. ¿Conseguirá esto la nueva ley de educación? Está por ver. Pero si no es así, continuaremos llenando nuestras aulas con un amplio porcentaje de alumnos con bajo nivel académico, que no asisten a clase, no se presentan a los exámenes, necesitan cada vez más convocatorias (ordinarias, extraordinarias, de gracia, aprobados por “compensación”, etc) pero que, a base de años, terminan sus estudios, aunque con una formación, según mi opinión, más que cuestionable, y a ¡qué precio!