SÍNDROME DE DUNNING-KRUGER: HECHOS Y OPINIONES por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico de número

Esto no es lo mismo. Se nos ha venido encima el mundo al invadirnos Internet en todos los ámbitos de nuestra existencia. Hemos sufrido mucho, un tiempo atrás, para disfrutar de la documentación que requeríamos, dada la escasez de documentos a nuestro alcance en tiempo y forma. No voy a relatar el proceso, porque los que lo sufrieron no les gustará recordar las dificultades con las que había que lidiar, y los que no lo han vivido, es muy difícil que se hagan una idea de las circunstancias. Suele ocurrir así siempre y no iba a ser este un caso singular. Pero, no solo es la posibilidad de disponer de datos con todo grado de minuciosidad, rapidez y eficacia en el servicio, sino que muchas otras cosas han irrumpido en la escena. Cada vez es más difícil obtener argumentos de expertos y que sus reflexiones lleguen al público. Un informe cabal, riguroso y cierto, es cada vez más difícil de obtener en garantía de que cumple aquéllas premisas.

Es posible que haya una gran cantidad de gente a la que no le gustan los profesores. Hoy es muy corriente encontrar gente que afirma que sabe más que los expertos. Están convencidos de ello. El viejo adagio de “la ignorancia es atrevida”. Hoy se presenta en la envoltura del efecto Dunning-Kruger, para calificar un sesgo cognitivo, por el cual las personas menos competentes sobreestiman sus habilidades, al tiempo que las personas competentes se subestiman. En paleocristiano: los ignorantes piensan que saben mucho y los que ciertamente saben, se consideran ignorantes. Los menos competentes, en este síndrome, evalúan su competencia por encima de la media, por pura ilusión y, al tiempo, subestiman a los auténticamente competentes. Parece que el síndrome afecta solo a Occidente y que en Oriente no ocurre tal cosa. Habría que constatarlo. En todo caso, las personas que carecen del conocimiento suficiente para desenvolverse, muy frecuentemente lo desconocen. De esta forma la misma incompetencia que les impide reconocer su falta de capacidad, es la que les lleva a tomar malas decisiones. No obstante el éxito que puedan tener este tipo de personas se atribuye a una idea cautivadora, denominada “falacia del mundo justo” idea por la cual se piensa que cada cual está en su puesto justo y merecido.

Darwin, antes que los estudiosos hubieran puesto la lupa en el caso, ya sentenció que “la ignorancia engendra más confianza que el conocimiento”. Muchas decisiones y desaciertos de supuestos expertos y asesores nos llevan a niveles mediocres en cultura, economía, etc. Hoy hay una especie de pandemia por la que se cuestiona todo, sin importar si se manejan datos suficientes o no, si son o no de buena calidad, si son interpretados correctamente o no. Como subproducto, se ha perdido el respeto a los expertos. Se puede digerir a un escéptico, pero es difícil convivir con los que pretenden obviar a los expertos, como describe Nichols en su libro sobre este tema.

La crisis de la “pericia” no solo afecta a la Ciencia. Los pacientes indican al médico el tratamiento que han visto en Google, no están interesados en el asesoramiento y diagnóstico y remedios pertinentes que el médico les pueda suministrar. Muchas otras profesiones pasan por la misma crisis, desde Arquitectos a ingenieros. Los profesores, estamos cansados de ver referir casos en que los padres piden explicaciones porque no aceptan que sus hijos han contestado mal las preguntas de examen. Pareciera ser que la poderosa tecnología que disfrutamos nos hace la vida tan cómoda que todo el mundo cree que las cosas son tan fáciles, que ¿por qué no van ellos a saber contestar los interrogantes mejor que cualquier otro, por experto que este sea? Expresiones como “con teclear un botón es suficiente” ejemplifican certeramente la situación que vivimos. Nadie repara en el trabajo de expertos, ingenieros, científicos que hay detrás de las cosas que parecen sencillas. Quizás, habría que entonar el mea culpa, cuando nosotros mismos hemos tratado a los estudiantes como si fueran clientes, solicitando de su bondad una calificación al proceso y acto docente, en lugar de enfrentarles a retos que validen su capacidades y habilidades adquiridas. Esto, reconozcámoslo, supone una dosis de autoconfianza que tiene fácil acoplamiento con la falta de conocimiento.

Hay quien califica que lo que ocurre es simplemente una venganza del relativismo postmoderno, que ya inicio Nietzsche que proclamaba que “no hay hechos sino interpretaciones” lo que da alas a los teóricos que no se plantean interrogantes fundamentales sobre si cualquier cosa responde o no a una verdad objetiva. Ciertamente no es fácil argumentar sobre cuestiones enrevesadas como las que nos plantea el cambio climático provocado por el hombre, pongamos por caso, para una mera construcción mental. Hay que añadir que, en muchas ocasiones los expertos han ido demasiado lejos de sus respectivos campos de competencia. Por ejemplo en relación con las vacunas, se puede esperar de un experto en el área que estime la probabilidad a la que se arriesga alguien que no se vacuna, especialmente en edades tempranas, contra alguna enfermedad, aunque no puede ser opinable cuando efectuar una vacunación obligatoria. Esta decisión no es ni científica, ni técnica, sino política. Los científicos que están en el secreto y han trabajado en esta área, pueden dar su opinión, faltaba más, pero no pueden reclamar que se actúe con ninguna autoridad, como hacen algunos a menudo, salvo que quieran poner en riesgo su propia credibilidad. La religión o la moral entran en juego y juegan un papel, en casos decisivo y deberíamos aceptarlo.

Por el contrario, hay que aceptar también la situación sobrevenida, por la que hoy día la opinión informada y el conocimiento conviven en pie de igualdad con teorías de la conspiración y chismes. Incluso mucho peor, falsedades frecuentemente difundidas con mucha más rapidez que los propios hechos. Todos, en mayor o menor grado ojeamos las denominadas redes sociales, donde frecuentamos nociones absurdas bien conocidas, desarrolladas por cualquiera a quien se le da el mismo crédito. Es una forma de propiciar y promocionar el denominado “sesgo de la confirmación”. En el fondo, lo que ocurre es que rara vez la gente forma su opinión a partir de hechos, sino más bien a partir de opiniones. Una vez formada la opinión, entonces busca los hechos que la confirmen. Es tremendo, pero es así. Internet es el medio que permite buscar los hechos que se precisan para cerrar el ciclo y lo hace muy fácil. Rápidamente nos aporta lo que queremos creer.  Es la gran paradoja del mundo de la información: nunca hemos tenido más a la mano la información que queremos, pero al mismo tiempo, nunca ha sido tan fácil eludir la información que no queremos.

Cada vez nos enfrentamos más directamente con nuestras miserias, pues cada vez más hay que tener criterio para discernir. Es posible que la educación actual tenga tantas carencias que pasen desapercibidas las cosas de interés para desenvolverse en nuestro mundo actual y futuro. Al final el comercio gana la partida y se venden ordenadores y nos hacen creer en un paraíso en el que realmente somos más ignorantes, pero más fáciles de manejar. El comercio movió el mundo, lo modeló a su antojo y, probablemente, estemos en el mismo punto en el que siempre estuvimos. Ahora con Internet y con la Inteligencia Artificial en ciernes, amenazante y cada vez más cerca. Lo peor de todo es que siendo más ignorantes, proporcionalmente, nos creemos más expertos.  Curioso ¿no? ¡Esto no hay quien lo pare!