SEÑALES DE VIDA por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico numerario

El astrónomo italiano Schiaparelli informó en 1877 de la presencia de canales en Marte. Al margen de que, posteriormente se reconoció que había sido un error, la traducción al inglés del término italiano canali no se identificó con el término anglosajón channel que se asocia a una vía (no siendo necesariamente de factura humana), sino con el término Canals, que en inglés tiene la connotación de factura humana. Esto ha tenido una enorme incidencia por cuanto condicionó la actitud de la gente hacia Marte largamente influenciada por el trabajo y la imaginación del astrónomo americano Perceval Lowell, que en los comienzos del XIX publicó varios libros sobre Marte, el ultimo de los cuales fue titulado Mars as an Abode for Life (Marte como morada de vida) y que describía un vasto sistema de irrigación que transportaba agua desde las regiones polares al resto de la superficie del planeta rojo. Estas ideas supusieron una excitación de la imaginación de la gente. Después de Lowell apareció el libro de H.G. Wells War of the Worlds y el concepto de vida en Marte se asentó firmemente en la psique de los humanos y no se puede decir que hoy se descarte, todavía, para algunos.

 

La idea de vida inteligente no es un invento del siglo XIX, sino que viene de muy atrás, incluso de la Grecia Clásica. Pero fue en el siglo XIX cuando se dio el paso que media entre la creencia fantástica y la pretensión de darle un respaldo científico y aventurar predicciones sobre la posibilidad de vida extraterrestre. En un planeta distante la vida no tiene por qué parecerse a la terrestre pero, no obstante, se buscan condiciones similares a aquéllas en las que ha evolucionado la vida en nuestro planeta. Todas las formas de vida en la Tierra dependen del suministro de energía, solar fundamentalmente, y de agua líquida. Concretando algo más, la forma de vida compleja tal como la del Homo sapiens, requiere oxígeno libre para poder darse. Así que, la búsqueda de vida conlleva dar con entornos en los que haya agua líquida, como haríamos en nuestro planeta. El foco lo deberemos poner, en primer lugar, en nuestro propio sistema planetario. Tanto Mercurio, como nuestra Luna, no tienen atmósfera y son solamente una especie de rocas estériles. Venus tiene una atmósfera de dióxido de carbono muy delgada y por efecto invernadero alcanza temperaturas de hasta 450 ºC, lo que se sitúa muy por encima de la temperatura de ebullición del agua. Marte es el más intrigante, no por los canales de Lowell, sino por las fotografías tomadas por las naves que se han acercado que muestran que el agua debió fluir sobre su superficie. Esto sugiere que en algún momento debió tener una atmósfera delgada, pero es un planeta pequeño, mucho más pequeño que la Tierra y la atmósfera debió escapar y la capa fina que debe quedar es incapaz de retener suficientemente el calor para permitir que haya agua líquida. La temperatura en la superficie de Marte es de 0ºC, aunque puede haber agua congelada debajo de la superficie y es posible que existan bacterias vivas resistentes al frio. Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno son, básicamente, grandes bolas de gas inapropiados para la vida, y son un conjunto de rocas congeladas. Probablemente, uno de los lugares mejores para apostar por encontrar vida es una de las lunas de Júpiter, concretamente Europa. La gravedad de Júpiter produce mareas de fuerza que generan suficiente calor para mantener la temperatura por debajo de la superficie de Europa, por encima del punto de congelación del agua y que se dé la existencia de un océano de agua líquida por debajo de una capa de hielo.

 

Es razonable suponer que cualquier forma de vida que se encuentre en nuestro sistema solar será muy primitiva. Para encontrar vida inteligente, habrá que mirar fuera, muy lejos. Hasta hace bien poco no hemos conocido una estrella distinta a nuestro Sol, que tenga planetas que orbitan en torno a él, aunque no es probable que sea única la formación de un sistema solar en el Universo. Los primeros planetas fuera de nuestro sistema solar se descubrieron en 1991, pero no son adecuados para albergar vida. En 2001 se descubrieron dos planetas como la Tierra orbitando alrededor de una estrella como nuestro Sol a 57 años luz de distancia. Detectar planetas extrasolares de este tipo, no es nada fácil. Menos lo es identificar que son adecuados para que exista vida y ya resulta muy complicado concluir que realmente hay vida en ellos. Finalmente, resulta casi inalcanzable describir si la vida ha evolucionado hasta ser inteligente.

 

Los astrónomos detectan la existencia de planetas mediante el efecto de su movimiento sobre su estrella. No es un método reciente, sino que ya triunfó en 1846. El primer planeta descubierto, tras los conocidos en tiempo de los griegos, fue Urano, descubierto en 1781, por el entonces astrónomo aficionado Herschel. Urano no se movía según la trayectoria predicha por las leyes de Newton y provocó que muchos astrónomos pensaran que la explicación más probable era que debía existir otro planeta que a través de la atracción gravitacional perturbara la órbita de Urano. En 1840 dos teóricos como Le Verrier en Paris y Adams en Cambridge estudiaron teóricamente como debería ser este planeta nuevo. En 1846 fue localizado el planeta con una precisión de un grado sobre la predicción de Le Verrier. La predicción era que conforme pasara el tiempo se descubrirían nuevos planetas, en aquel momento invisibles. Seguimos en ello, Más Ciencia, más Tecnología, más capacidad para escudriñar el Universo, pero sobre todo más firme convencimiento de no estar solos.