Referentes científicos y el futuro que viene por el Prof. Dr. D. Ángel Pérez Ruzafa, académico de número

Eliminar a científicos y personajes relevantes de nuestra memoria colectiva puede parecer un acto de estupidez. Pero, más allá del dicho: “ningún tonto se equivoca en su contra”, evidencia mediocridad. Y esto es más peligroso. La mediocridad no implica ser menos inteligente o tener limitaciones.

Todos las tenemos y la genialidad está al alcance de pocos. El problema es que el mediocre es incapaz de aceptarlo y no soporta verse reflejado en quien evidencia sus carencias. Por eso no hay nada peor que un mediocre con poder. La película Amadeus, de Milos Forman, lo retrataba magistralmente en la figura de Salieri. Buen músico y en la cima, pero, incapaz de soportar la genialidad de Mozart, no cejó hasta aniquilarlo. Estas personas resultan altamente destructivas. Intrigantes y manipuladoras, abundan precisamente en ámbitos donde se espera inteligencia, en la dirección de muchos departamentos y centros de investigación y en las esferas del poder, truncando la proyección de numerosos profesionales brillantes.

Evidentemente, el daño no pueden hacérselo ya a Ramón y Cajal o a Juan de la Cierva. Ellos ya justificaron su vida, contribuyendo con su genialidad y esfuerzo, a pesar de los mediocres de su época, al bien común y el progreso de la humanidad. Algunos, como Isaac Peral, incluso perdieron la vida en ese desgaste, pero su obra sigue aquí y ya nada pueden arrebatarles. A ellos es a quienes menos les importa que un premio, una beca o un aeropuerto lleven su nombre. Su trabajo sobrevivirá a quienes los denigran. Los perjudicados somos nosotros y nuestros hijos. Porque para batir una marca, hay que tenerla como referencia, para que la sociedad progrese, hay que saber que otros ya cruzaron horizontes y, como decía Newton, subirse a sus hombros de gigantes para ver más lejos.

Es aquí donde los mediocres no se equivocan, porque así eliminan el sentido crítico, el anhelo de superación y la excelencia, rebajando los referentes al nivel del populismo. Resulta fácil neutralizar un referente genial, basta con acusarlo por sus creencias y convicciones tras haberlas demonizado, o de cualquier debilidad humana de las que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, al tiempo que justificamos al que no siente remordimiento por disparar en la nuca o indultamos, en aras de la concordia, a los que no tienen más méritos que haber cometido delitos reales de violencia, supremacismo nacionalista o limitado libertades básicas en la educación, la lengua o la forma de pensar.

Lo triste es que argumentar es inútil, porque ya casi hemos perdido el sentido crítico. En estas condiciones, promover la ciencia hablando de nuestros grandes científicos a nuestros jóvenes, solo podrá hacerse desde las catacumbas y la clandestinidad, mientras en la superficie resuenan las palabras de Salieri en su locura: “mediocres del mundo, yo os absuelvo”. Qué duro resulta escribir esto desde una columna de la Academia de Ciencias.