QUINTA GENERACIÓN por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico de número

Asistimos atónitos a una creciente ola de acólitos de la teoría de la conspiración que encuentra en todos los casos, motivos explícitos para componer una culpa genitora a quien atribuir unos efectos perniciosos para la sociedad. No ha faltado en el caso de la pandemia que nos asola. Diríamos que han sido varias y variadas las conspiraciones montadas y mantenidas. En muchos casos, contribuyen a ello de una forma eficaz, gentes aparentemente preparadas, que ostentan, incluso títulos universitarios, en un claro alarde de que pasaron por la Universidad, pero ésta no pasó por ellos. La tecnología 5G no ha estado exenta de una supuesta y gratuita culpabilidad de la crisis sanitaria, aún cuando su única pretensión tecnológica conocida siempre fuera la de incrementar la velocidad de conexión de los dispositivos, cosa que, en especial los que disponen de una conexión inalámbrica, han percibido muy positiva y eficazmente.

5G, es el acróstico de quinta generación de redes móviles, que aporta un incremento de unas diez veces la velocidad de navegación en Internet. La Organización Mundial de la Salud la ha calificado como nivel 2B en las categorías de productos y prácticas cancerígenas, lo que significa que dado los bajos niveles de exposición y los resultados de las investigaciones realizadas, no se han encontrado ninguna evidencia científica de que puedan ser cancerígenos.  A ver, no se trata de la opinión del guardia de la esquina, sino de no haber encontrado ninguna evidencia de que puedan ser nocivas para la salud y que las radiofrecuencias implicadas en las emisoras y las redes inalámbricas no parecen tener efectos adversos. Cabe que resaltemos que 5G está en la misma categoría en que se incluye el café. Pese a esto, los medios de información y las redes que incluyen las comunicaciones entre particulares, sin filtro alguno sobre la veracidad de lo que dicen, a oleadas, airean casos de cáncer surgidos hipotéticamente en las proximidades de las estaciones emisoras de telefonía móvil, incluyendo entornos universitarios que insisten hasta la saciedad en algunos casos, sin prueba alguna de lo que advierten y alertan sobre posibles efectos sobre la salud humana derivados de la sobreexposición a las radiaciones electromagnéticas implicadas en la transmisión inalámbrica.

Estas conspiranoicas actitudes, ahora entran en el campo de la salud a través del coronavirus, proponiendo la relación entre 5G y la pandemia. Advierten que Wuhan fue la primera ciudad china en que se instaló la tecnología 5G y que el acceso fue letal. Nuevamente no hay evidencia científica alguna, pero la falta de control en las redes ha permitido una difusión masiva del supuesto sin fundamento. La aportación de datos y pruebas supuestas en distintos grupos sociales carecen de fundamento, como es evidente en alguna de las formulaciones concretas, como justificar que el coronavirus no había alcanzado al continente africano, precisamente por no tener tecnología 5G. Otra línea de expresión sitúa la tecnología 5G en el control mental de los usuarios.

La tecnología 5G cuenta con un elevado número de patentes vinculadas, cercano a las 90.000. Capacidad de soporte de moles de sensores de todo tipo, con cero latencia en su operación, posibilitan desde la realidad virtual hasta transporte autónomo eficiente. Ya no son solo ordenadores sino sensores los que se incorporan de forma autónoma. El fabricante Huawei es propietario de mas del 15% de las patentes, seguido por Qualcomm, Samsung, Nokia y Apple, este último menos de un 4%. Por sentido común, dado el planteamiento y la cuota de mercado que tienen estas empresas, es intuible que podrán liderar el mercado con mucha probabilidad. Quizás aquí habría que buscar el pecado en el que han incurrido, al no ser desarrollos norteamericanos los que lideran este sector que tanto progreso promete. Alguna relación, en un contexto conspiranoico de la misma categoría que el que le atribuye males a su uso, debe haber entre los ataques conspiranoicos y el hecho de la paternidad del progreso y su protagonismo.

Desde el ámbito de la creencia opinable de su incidencia negativa en la salud, se proclama disminuir la exposición a la contaminación electromagnética. En casos contados son recomendaciones que parecen sensatas, como emplear cables en lugar de wifi, o solamente mantener activos los dispositivos cuando se usen o fortalecer el organismo con una dieta sana y rica en antioxidantes, o disfrutar de las horas de descanso. Son recomendaciones válidas, en cualquier caso. Por supuesto, su parecido es extraordinario con la situación hilarante de ir a la consulta del médico y que te recomiende dejar el tabaco y el café, cuando no consumes ni uno ni otro, lo que evidencia que poca idea tiene de nuestra conducta y dispara sin mucho sentido.

Advertir que nuestro sistema inmunitario no está preparado para las altas frecuencias y que nuestro organismo comenzará a funcionar mal, significa una opinión, infundada, que atribuye consecuencias no demostradas, que ignoran hasta cual es el espectro electromagnético y cuáles son sus regiones y qué procesos moleculares tienen lugar en cada una de ellas. La radiación infrarroja tiene frecuencias mayores. Por supuesto la región visible, por la que vemos, también los que propician el universo conspiranoico, pertenezcan o no al gremio de la salud, emplea frecuencias superiores e inciden en el órgano más preciado de la vida humana, como es la vista. Solo a partir de esta zona espectral, tienen lugar procesos denominados ionizantes, en los que se pueden arrancar electrones que podrían potencialmente dar lugar a compuestos y procesos inesperados. La frecuencia de 5G es la banda de 700 MHz, propia de la TDT y podrá llegar a ocupar las actuales del GSM de 900 Mhz y 1800 MHz, u otras mayores como la 25GHz, 40 GHz y 80 GHz. Visto desde el lado contrario al conspiranoico, diríamos que la inocuidad esperable de 5G radica en que emplea frecuencias hasta ahora ocupadas por la Wifi o el microondas de su cocina que emplea 2,5 GHz.

No acaba aquí el colmo del desatino. El negocio, que no entiende de razones, hizo uso del contexto para poner en el mercado unos supuestos collares que protegerían contra las señales 5G. Ahora se ha conocido que no solo no protegen, sino que en los Países Bajos se ha estudiado su aportación y se ha llegado a la conclusión de que son radiactivos y, por tanto, peligrosos. La única diferencia ostensible con los antivacuna, es que éstos afectan con su sin sentido, al resto con los que conviven, convirtiéndose en cómplices obligados de lo que derive de sus prácticas, mientras que los usuarios de collares solamente se afectan a mismos al estar sometidos a una radiación constante. Las autoridades holandesas hacen saber que la radiación puede dañar la piel y el ADN y provocar enrojecimiento de la piel. Al ser un potencial riesgo para la salud, estos productos están prohibidos por ley. Aun siendo una radiación muy baja, el hecho de incidir de forma constante, al final el acumulado supera la exposición admitida por la piel.

Ciertamente, la única dotación razonable para desenvolverse en el mundo contemporáneo es el conocimiento y la razón. El caso de los collares ha llegado demasiado lejos extendiéndose a otras prendas desde cintas para muñecas, cobertores para embarazadas, pendientes o máscaras para dormir. Todos ellos pueden ser potencialmente perniciosos para la salud. Los intereses espurios, en una sociedad capitalista como la que disfrutamos, hacen que un nicho de actividad comercial se aprovecha siempre por alguien que se sumerge en él, aunque pueda ser a costa de la salud de los demás. No hay que soslayar que desde la ignorancia abrazar cualquier teoría conspiranoica, es propio de seres poco evolucionados. En todo caso, al menos, las consecuencias solamente son para ellos, en este caso.