¿QUÉ NOS HACE SER COMO SOMOS? por el Prof. Dr. D. Francisco José Murillo Araujo, académico honorario

La apariencia y las capacidades funcionales básicas de los individuos de una especie están determinadas fundamentalmente por sus genes, transmitidos generación tras generación. Las especies que contemplamos ahora, de exuberante variedad, derivan de ancestros comunes, proceden de especies anteriores que se diversificaron durante millones de años. Ello ha requerido, por tanto, cambios en los genes, en su número o en su constitución (cambios en el “texto” de los genes, escrito, como sabemos, en un lenguaje de cuatro “letras”). A pesar del avance de la Genética, sabemos poco sobre esta cuestión fundamental: ¿qué tipo de cambios, en qué tipo de genes, explican realmente la aparición de una especie nueva? La pregunta resulta más sugestiva y fascinante si pensamos en nosotros mismos. El chimpancé es nuestro pariente evolutivo más cercano, del que nos separamos hace menos tiempo. Partiendo de nuestro común ancestro (que vivió hace 5-7 millones de años) ¿qué cambios genéticos en la línea evolutiva humana explican la aparición de características tan notoriamente distintas de las del chimpancé, como una capacidad cognitiva desarrollada o el empleo de un lenguaje complejo? Una forma de responder a esta cuestión es comparar el genoma (conjunto de toda la información genética) del hombre y del chimpancé. Conocemos el genoma humano con bastante precisión, y laboratorios de Europa, USA y Japón andan ahora descifrando el genoma del chimpancé. Varias publicaciones han recogido ya resultados parciales. La más completa (revista Nature, 27 de mayo) compara la secuencia del cromosoma 21 humano (el uno por ciento, aproximadamente, del genoma) con la del cromosoma correspondiente del chimpancé.

En el pasatiempo de los dos dibujos casi iguales, el reto es encontrar las diferencias, los “errores” que cometió el dibujante al hacer una copia del original. No existe tal dificultad en el caso que nos ocupa de los genomas, de cuya comparación se encarga el adecuado programa de ordenador. Aquí la dificultad está en “interpretar” las diferencias, reconocer cuáles tienen que ver con nuestra condición única de humanos y cuáles son mera consecuencia de un fenómeno que sabemos inevitable, que todos los genomas “mutan” necesariamente con el tiempo, sin que tales “mutaciones” signifiquen necesariamente una “innovación” funcional. La falta de espacio me impide extenderme sobre el artículo citado de Nature. Abreviaré diciendo que, por ahora, seguimos a oscuras sobre el asunto de qué genes nos hacen ser como somos. Pero aún nos queda por comparar el 99 por ciento del genoma.