POR ENCIMA DEL PUNTO DE PARTIDA por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico de número

El hombre ha admirado, desde siempre, la velocidad con la que algunos animales se desplazan. La agilidad que evidencian las gacelas en carrera o la gracilidad de las aves en vuelo siempre han provocado la envidia de un ser, el humano, limitado a desplazarse pegado al terreno y verse superado por la inmensa mayoría de los animales grandes. En ausencia de patas adaptadas a la carrera y sin alas para desplazarse por los aires, se sentía el ser humano realmente limitado. La máxima rapidez del ser humano la alcanzaba cuando se asociaba al caballo. Pero, ciertamente, el ser humano no estaba especialmente dotado para la velocidad. Por contra, tenía cerebro. Con él era capaz de superar cualquier reto que cualquier animal le planteara.

El cerebro humano fue el que le llevó al invento de la rueda. Puso así la base del desarrollo de la conquista de la velocidad. Conforme la Ciencia progresaba, el reto iba acercándose a su superación. Una vez que Newton dio con la relación entre la fuerza aplicada y la aceleración que se le imprime a un objeto material, ya disponía de una lógica, una estrategia para avanzar hacia mayores velocidades. Reduciendo la masa, se incrementaba la aceleración que se le imprimía a un cuerpo. Con idéntica fuerza, a menor masa, mayor velocidad a alcanzar. La aceleración era el sueño. Fue Francia el país que se vio subyugado por la velocidad. Aquí se organizó el primer concurso entre motores de vapor y motores de combustión, donde se celebró la primera carrera de automóviles. Daimler ganó los primeros premios. En 1894 los coches de Daimler tenían solamente seis caballos. Pero en 1895 en la carrera entre Rouen y Paris ya participaron coches de quince caballos. Al poco tiempo los caballos eran veinte. Daimler pensaba que el reto era el aire, conquistar el aire con un motor.
El vuelo de las cigüeñas siempre ha cautivado. Se las veía, como ahora, en las ciudades, construyendo nidos en los campanarios de la Iglesias o grandes postes. Vistas en el suelo, se podía observar como corría unos pasos con las alas extendidas y después comenzaba a moverlas, tanto si lo hacía a favor o en contra del viento. Alguna razón debiera haber para ello. Los hermanos Lilienthal, Otto con 14 años y Gustavo con 13, querían imitar el vuelo de las cigüeñas. Calcularon que el peso de la cigüeña era como el de ellos las alas debían ser de dos metros de largo por uno de ancho. El material debía ser ligero y resistente al tiempo. En un carpintero próximo encontró las virutas que empleaba para las tablas de pino, que parecían material indicado para su propósito. La sala de costura de su madre se convirtió en taller. Acabadas las alas, esperaron a la noche para trasladarlas por el pueblo para probarlas en una colina cercana. No hubo ni brisa ese día y al amanecer regresaron sin éxito. Otto, consiguió flotar un par de metros y planear con las alas. El trabajo escolar se vio afectado y el rector del Instituto recomendó a la madre que los sacara de allí y los colocase de aprendiz de panadero o zapatero. Solo dos años después, el mismo Otto hizo el mejor examen que se recordara en la Escuela Industrial de Postdam. Mientras transcurría el tiempo para que comenzaran las clases en la Escuela Industrial de Berlín, los dos hermanos emprendieron la fabricación de un “segundo avión”. Ahora las alas eran de 3 metros y el material era las plumas remeras de ganso. Ensayaron en la buhardilla con un resultado lamentable. Volvieron a contemplar las cigüeñas en solitario. Una noche volvió Otto con una paloma muerta y un gorrión y los puso sobre una mesa y examinando las alas, concluyó que eran abovedadas. Otto siguió examinando y estudiando durante 25 años. Estudió mecánica en la Academia Industrial, acepto empleos, tocó sonatas de Chopin y Beethoven, inventó un generador de serpentín, montó una fábrica haciendo socios a los obreros, fundó un teatro popular, etc. Tras esos 25 años escribió un libro titulado “El vuelo de los pájaros como fundamento del arte de volar” donde incluía el cálculo de los planos de sustentación, la resistencia del aire y la fuerza ascensional. En 1894 se hizo construir un cerro de tierra de unos 15 metros para ensayar desde la cumbre los nuevos modelos de vuelo. Llegó a desplazarse hasta 250 metros. Pero siempre pensó que hasta que no alcanzara una altura superior al punto de partida, no se trataba de un vuelo. Serían otros los que lo lograran.