PERFILANDO LA VIDA por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico numerario

De forma intuitiva, distinguimos, muy fácilmente, lo que está vivo de lo que no lo está. Pero si intentamos formular una definición, la cosa no resulta tan simple. Sí parece aceptado universalmente que los extremos de la materia viva se sitúan entre el ser humano y el átomo. Entre ellos, todas cuantas posibilidades quepa imaginarse.

Las definiciones clásicas de vida proceden del ámbito biológico, tal como aquélla que considera que los ingredientes son la ingesta de nutrientes, la excreción de los productos sobrantes, el crecimiento o desarrollo y la reproducción. Estos marcadores se consideran óptimos, aún cuando estén contaminados por nuestro conocimiento de la vida en la Tierra. Pero, a poco que ahondemos, esta definición se nos va a quedar escasa Por ejemplo, pensemos en una llama, la de la clásica vela de cera, por ejemplo. La llama ingiere nutrientes, ya que los toma del aire en forma de oxígeno y el combustible (normalmente parafina) lo toma de la propia cera. La llama de la vela produce, a su vez, y como consecuencia de su actividad, productos de deshecho, que no hay más que observarla para ver las caprichosas “estalactitas” de cera que crea y que descienden como chorreando, formando figuras, muy frecuentemente, fantasmagóricas. Finalmente, crece, porque llega a cubrir grandes áreas y da la sensación como de que puede reproducirse creando nuevas llamas mediante chispas. Está localizada gracias a un gradiente de temperatura y de concentración y podría ciertamente, estar viva.

Heráclito afirmaba que todo está en el cambio constante, que el ente deviene y todo se transforma en un proceso de continuo nacimiento y destrucción al que nada escapa. Es uno de los primeros filósofos físicos, para quién el fuego es el principio, metafóricamente hablando, refiriendo con ello el movimiento y cambio constante en el que se encuentra el mundo. Esta constante movilidad se fundamenta en una estructura de contrarios. La contradicción está en el origen de todas las cosas.

Una de las características de los seres vivos es la adaptación al medio. Por si fuera poco lo dicho, una llama también se adapta. La forma alargada de las llamas se explica razonando el efecto de la gravedad. El aire caliente del interior de la llama es menos denso que el aire que está alrededor de aquélla. Esa es la razón de que ascienda el aire caliente de la llama dentro del más frio de las inmediaciones. Así, se conforma una figura alargada, típica de la llama de las velas y de cualquier llama en cualquier parte. ¿Qué ocurrirá en un lugar en el que no haya gravedad? De estar presente el oxígeno, la combustión sigue estando asegurada, pero ahora el aire del interior de la llama, más caliente que el del entorno, no pesa, porque no hay gravedad, luego su densidad no es menor, luego no tiene razón alguna para ascender en el aire menos caliente que le circunda. Por tanto, la forma de la llama no será alargada. El aire caliente se difundirá, por igual, en todas las direcciones, sin ninguna de ellas preferente. Se formara una llama esférica. Para nuestros efectos, se ha adaptado la llama al entorno, en este medio ingrávido. Siguen, por tanto, presentes en la llama, las características que observamos en los sistemas vivos. La Química del “metabolismo” de la llama supone unas 350 ecuaciones químicas que describen la combustión y esto se puede considerar como una receta del tipo ADN.

La NASA ha elegido como definición de vida la siguiente: “Es un sistema químico autosuficiente, capaz de sufrir la evolución darwiniana”. Una alternativa podría ser : “Un sistema vivo es aquél capaz de efectuar el metabolismo y propagar información”. Las dos se quedan cortas. La vida es tan compleja, que ya presenta dificultades la propia definición.