¿PARA QUÉ SIRVE UN NIÑO? por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico numerario

La Presidencia de la Royal Society constituía y constituye el máximo reconocimiento a cualquier erudito inglés. Solamente se alcanzaba y se alcanza, tras haber prestado un servicio sobresaliente a la Ciencia, aunque todavía se podía esperar una aportación relevante del implicado. Sir Humpry Davy fue elegido presidente en 1820. El litigio que mantuvo con su esposa para divorciarse, le hizo perder el humor y el tiempo, incluso para trabajar en el laboratorio y cuanto había que hacer allí lo realizaba su alumno Faraday, que trabajaba desde hacía unos doce años con él, aunque Davy le seguía llamando “su alumno”. No obstante, Faraday, además de los trabajos que realizaba con Davy, hacía experimentos propios y comenzaba a ver las cosas con mayor claridad que su maestro. Al principio Davy había seguido las aportaciones de Faraday con curiosidad, pero pronto pasó a ser envidia, porque le irritaba que un retoño vigoroso floreciera con energía. Esto le hizo ser injusto con Faraday, despreciar su trabajo y empequeñecer sus logros. Faraday soportaba estas injusticias con paciencia, hasta el punto de afirmar que “lo desagradable es valioso” porque “nos forma y nos engrandece”, mientras que “lo amable nos afemina”. Opinaba Faraday que “había que soportar lo que la divina Providencia nos impone, sin contradicción y con serenidad” y que “Dios todo lo termina bien”. No en vano Faraday pertenecía a la secta de los sammanianos, que enseñaba a sus fieles que la desgracia, en realidad, es la felicidad en la Tierra. En todo caso, las simpatías de los colegas de la Royal Society se decantaban por el alumno y cuando supieron que en la próxima sesión uno de los miembros iba a proponer el ingreso de Faraday, tuvo una uniforme adhesión de todos los presentes y se aceptó la proposición. La votación tenía lugar cuatro semanas después. Davy hizo todo los posible para posponerla, pero al final tuvo lugar y en el balotaje solamente se encontró una bola negra, entre todas las blancas. Todos sabían de quien había sido. Cuando terminaban las sesiones, el elegido se dirigía a los partidarios y Faraday afirmó que todo lo que sabía se lo debía a Davy y que, gracias a él, que le había admitido como laborante para lavar cacharros en su laboratorio, estaba allí, independientemente de la actitud que tuviera con él. Faraday tendió la mano a Davy y se la estrechó afectuosamente. El 28 de mayo de 1829 en que murió Davy, se llevó una sorpresa fenomenal Faraday, ya que los bienes del difunto le fueron transmitidos a él.

 

Faraday comenzó su auténtica labor a los cuarenta años. Estuvo veinticinco años construyendo “su camino”. Llegado el momento, concluyó esta etapa reparando que Oerstedt, Ampere y Arago habían averiguado que se podía producir magnetismo a partir de la corriente eléctrica, pero, ¿sería factible obtener energía eléctrica a partir del magnetismo? A la muerte de Davy, retomó los experimentos de éste. Aclaró algunos conceptos, dando denominaciones explicativas a fenómenos y procesos nuevos. La acción del fluido eléctrico sobre las combinaciones químicas las denominó electrolisis. A un elemento o un grupo “emigrante” hacia uno de los polos le llamó ión, que en griego significa “andante”. Al polo positivo lo llamó “anodo” (en griego camino ascendente) y al negativo cátodo (camino descendente). A los iones que caminan hacía el ánodo, aniones y hacia el cátodo, cationes. Determinó que las cantidad de electrólitos descompuestas era proporcional a la intensidad de la corriente y las cantidades descompuestas en diferentes electrólitos por una misma cantidad de fluído, eran siempre equivalentes, constituyendo hoy una ley básica de la industria mundial.

 

Faraday sostenía ideas claras y deslumbrantes. Afirmaba, “el trabajo no debe aspirar al beneficio, sino que debe ser dirigido como ayuda al prójimo”. Le solicitaron rogando que aceptara la presidencia de la Royal Society, a él , al hijo de un herrador, hermano de un hojalatero y aprendiz de encuadernador, sobre todo para poder leer algún libro. Tras aceptar, realizó el experimento más importante de su carrera: el fluido eléctrico era capaz de engendrar magnetismo. Un día indujo un campo magnético en un alambre de cobre, haciendo pasar una corriente. Cuando presentó el experimento en la Royal Society fue mayor el estupor que el aplauso. Al acabar se le acercó un comerciante que apoyaba económicamente a la Royal Society y le dijo: “Muy bonito lo que usted ha hecho, mister Faraday pero, dígame usted ¿para que sirve semejante inducción magnética? Faraday le contestó realmente indignado: ¿para qué sirve un niño?