NO ESTAMOS SOLOS por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico de número

No, no se trata de conjeturar la coexistencia en el Universo con otros seres similares a nosotros en planetas probables. Aquí, en este mundo, cada uno de nosotros no somos una unidad aislada al margen del resto de seres vivos que habitan la Tierra. En el primer tercio del siglo XIX, Cohn formuló un esquema clasificando taxonómicamente a las bacterias. Pasteur considerado padre de la microbiología médica y Koch fueron contemporáneos. Lo que no imaginaban entonces, era en el grado en el que microbios, bacterias y virus nos colonizaban.

Lo curioso resulta ser que, siendo algunos microorganismos  perjudiciales y causantes de enfermedades, los hay que son beneficiosos, a quienes debemos cuidar para que sigan rindiendo servicio y procuren salud. En el ámbito de las enfermedades infecciosas, hay evidencia de que son la primera causa de mortalidad en el mundo civilizado y hasta el 15% de los cánceres están provocados por ellos. Pero, afortunadamente, los patógenos son la inmensa minoría. Los beneficiosos son los que nos interesan. Los microbios están por todas partes, desde los fondos marinos, hasta los bordes de los cráteres volcánicos. Gracias a ellos las plantas fijan el nitrógeno y todos los  animales en mayor o menor grado los utilizan para sus procesos alimenticios. Nosotros estamos atestados de ellos hasta límites insospechados. Sin ellos, no existiríamos. Nos ayudan a preparar alimentos y a acabar con células malignas que nos amenazan. Es todo un mundo invisible, pero imprescindible para la vida.

Falsamente, pensamos que la Tierra sobre la que vivimos es bien sólida, pero no es tanto así. Las rocas y el polvo bajo nuestros pies se cruzan y asientan sobre fracturas y espacios vacíos que están repletas de cantidades astronómicas de microbios. Podemos considerar hasta 5000 tipos distintos y  si los agrupáramos, la profundidad que cubrirían en la Tierra se puede estimar  en cinco kilómetros. Si miramos hacia el suelo nosotros nos desplazamos con muchos de estos microbios que nos acompañan. No es usual que pensemos en ellos, pero viven en nuestras estómagos e intestinos, integran el microbioma de nuestras barrigas, como las de todo el mundo y la de todos los animales del planeta. Colectivamente considerados estos microbios, se puede estimar que pesarían unas 100.000 toneladas, ¡Ahí es nada! Esto es un bioma extraordinariamente grande que transportamos todos los días. Pero esto no es nada si lo comparamos con el número de microbios que hay sobre la superficie de la Tierra, o en los suelos o en los ríos o en nuestros océanos. Colectivamente considerados, el peso de los microbios del planeta es de unos 2.000 millones de toneladas. Sin embargo, la mayoría de los microbios de la Tierra no están tampoco en los océanos o en nuestras barrigas o en las plantas de tratamiento de las aguas residuales. La mayoría de los microbios están en el interior de las grietas de la Tierra. Colectivamente, llegan a pesar unos 40.000 millones de toneladas. Siendo como es uno de los mayores biomas del Planeta, no sabíamos de su existencia hasta hace pocas décadas.

Si estuviéramos en el espacio, como un extraterrestre e intentáramos construir un mapa del globo a partir de las muestras de los microbios que conocemos, en la superficie de la Tierra, no seríamos capaces de hacerlo.  Hay una cantidad enorme bajo tierra, pero se comportan como si estuvieran durmientes si los comparamos con los que hay en las plantas o en los animales.  Son lentos, si se compara su actividad con la de otros. Si se dividieran, por ejemplo, a la velocidad que lo hace la  E. Coli, llegarían a duplicar el peso de la Tierra, rocas incluidas, en una sola noche. De hecho, muchos de los microbios en el interior de la Tierra, no han llegado a sufrir ni una sola división celular, desde tiempos inmemoriales. Es complicado entender cómo se pueden hacer estas afirmaciones sobre eventos de tanta antigüedad.  Es algo parecido a lo que ocurre con los ciclos de vida de los árboles. Imaginemos que solamente vivimos un día, pongamos por caso, y es invierno; no llegaríamos nunca a ver un árbol con hojas. Muchas generaciones pasarían un invierno sin tener acceso a una historia que podría contar un libro diciendo que los árboles nunca tienen hojas y que no sirven para nada. Para nosotros esto es ridículo, porque sabemos que los árboles se reactivan en verano. Pero si los humanos tuvieran una vida más corta que la de los árboles, nunca podrían constatar este hecho. De este modo, cuando decimos que los microbios subterráneos son durmientes, somos como la gente que muere al día siguiente, como ocurre en la historia de los árboles. Podrían estos microorganismos estar esperando su versión del verano, pero nuestras vidas resultan demasiado cortas para verlo.  Si pusiéramos  E.Coli en un tubo sellado sin nutrientes y lo dejáramos durante meses o años, la mayor parte de las células morirían. Pero unas pocas sobrevirían. Si tomamos estas que han sobrevivido y las ponemos con nuevas, crecerían rápidamente tanto las viejas como las nuevas y no notaríamos nada. Eso puede enmascarar nuestra ignorancia. Estamos acompañados, no estamos solos, pero es posible que nos falte perspectiva para apreciarlo en su justa medida. Y nos acompañan en número extraordinariamente mayor de los que somos nosotros. ¡Un respeto!