MÚSICA MOLECULAR por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico numerario

No hay nada nuevo si se refiere la asociación de la música con las matemáticas. No parece necesario acudir a referir al mismísimo Pitágoras para recordar que la componente acústica de la música es inseparable de los números. La música de contrapunto del final del medioevo descansa en números para conciliar las voces concebidas separadamente. Ya en el siglo XIV los compositores practicaban juegos matemáticos con el sonido. La propia medida de la música occidental consiste en multiplicar o dividir unidades de tiempo estándar. En Oriente y ahora de forma creciente en occidente, es práctica común efectuar adiciones de o de tales unidades. El uso de las matemáticas, no parece ser lo más significativo hoy día, sino la predominancia de las influencias lingüisticas del pasado. Hay recursos hoy populares como emplear la serie de Fibonacci, en el que cada término es la suma de los dos precedentes, para la determinación del tono, la duración de la nota o establecer proporciones entre secciones. Supone una organización que no es tan regular como una progresión aritmética o geométrica, pero conlleva orden y proporción. Las secciones así organizadas se aproximan a una serie de oro que puede ser una referencia organizativa.  Los compositores han hecho uso de cualquier conjetura que podamos hacer en relación con las matemáticas. La teoría de la probabilidad, la de la información, la ordenación en serie de una o varias dimensiones del sonido, las teorías, etc. Según Crawford, en el diccionario de Música contemporánea de Vinton se incluyen hasta cinco columnas en el epígrafe “matemáticas”.

 

Cabe citar que los compositores tienen limitaciones derivadas de la resistencia de los materiales, por ejemplo. La elección de los sonidos, en virtud de los sintetizadores electrónicos no está limitada a timbres de instrumentos, voces humanas o divisiones de la octava en tonos equidistantes, como es usual en la música occidental. Hoy. hay que seleccionar materiales y establecer límites. Stravinsky fue muy explícito en esta cuestión cuando decía “si nada me ofrece resistencia, entonces es inconcebible cualquier esfuerzo… en el arte como en cualquier otro entorno uno debe construir solamente sobre una resistencia fundada”. La lógica matemática, quizás proporcione limitaciones a la imaginación libre para deambular. Todos los dispositivos matemáticos incrementan la tendencia a la abstracción. La Ciencia ha pasado por etapas de abstracción creciente en esa incesante búsqueda de leyes únicas en las que amarrar la Naturaleza misma. Las Matemáticas han llegado a ser el lenguaje en la que la comprensión de la Naturaleza se ha expresado. Las artes, en cambio han seguido un camino diferente, entre otras cosas, para reflejar realidades básicas, más allá de la fachada de la Naturaleza. La estructura parece ser la clave. No la materia. También del Universo.

 

Crawford atribuye a Bronowski la reflexión de que el arte moderno y la Física Moderna comienzan al mismo tiempo, dado que parten de las mismas ideas; trabajan ambas con elementos diminutos; construyen de dentro hacia fuera; desde la partícula dentro del átomo, desde el punto de color del pintor, desde el módulo del escultor, desde la unidad de sonido del músico. El músico no comienza con un tema. Sus tonos no son miembros de una familia de siete tonos con un centro sobre el que gravitan los demás tonos. Son entidades separadas, que se usan en cualquier orden o combinación. Los doce tonos de una octava son los mismos de siempre. Ahora bien, esa igualdad indiferente aparente de los elementos, es una premisa del nihilismo. Desde otro punto de vista, esta igualdad, cuando nos referimos a los átomos y moléculas de la naturaleza, las cosas son diferentes. Un átomo de carbono, se une con otros de la misma clase y forman patrones de moléculas tan diferentes como el grafito y el diamante. Cuando se combinan tres tonos a ciertas distancias fijas entre ellos, no se crea un tema, sino una molécula o célula, tres puntos de sonido, conformando un triángulo, reteniendo su identidad en cualquier movimiento. A partir de la molécula crece una pieza de música, ya como una delicada y abierta estructura de sonidos y silencios. En la Naturaleza pueden darse estructuras muy diversas. Esta es una forma distinta de construir un nuevo tipo de orden basado en cluster discretos, que incluso cambian las relaciones entre ellos. La unidad de composición está situada a nivel “molecular” y no como una forma emergente de secciones y repeticiones  equilibradas en un discurso que soporta el contenido dramático, el conflicto y la resolución, por ejemplo, de una forma de sonata. David Bohm opinó que la Ciencia y el Arte son complementarios y el propio Heisemberg opinaba que en la actualidad hay un sentido de la vida que percibe al hombre en relación a la Tierra en su conjunto y contempla la Tierra en el Cosmos como si fuera otra estrella más.

 

La música hoy se concibe, excepciones populares,  como un flujo de sonido suave y constante, con discontinuidades de tensión articuladas a través de silencios, yuxtaposiciones y “momentos”. En la coordenada tiempo muestra poco movimiento, pero sí llama la atención su comportamiento espacial, es decir, donde y no cuando emergerá el siguiente sonido. Esta estructura supone una abstracción que va más allá, no solo de las palabras, sino de los distintos perfiles de la voz. Este tipo de música, en opinión de algunos melómanos, en su nivel de abstracción, supone una deshumanización. Pero eliminar la componente temática de la música, o la cara humana de la pintura, o el yo de la poesía, no necesariamente supone deshumanizar el arte. Perfectamente puede ser un camino para extender el alcance en el mundo. Ortega nos habla de ello, precisamente en “La deshumanización del Arte”, ensayo que parece que se conoce mejor el título que la esencia, ya que usa el término deshumanización como un término de elogio. En su propuesta, la creación artística requiere estilización y estilización significa des-realizar, de-formar, des-humanizar, en orden a extraer el significado intrínseco de una confusión con el hecho y una contaminación del sentimiento.