MUNDO CIRCULAR por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico de número

No, no se trata de poner en entredicho la forma cuasi esférica de nuestro mundo, ni mucho menos. Si de reflexionar sobre el abuso al que sometemos los recursos de los que está dotado, en especial de los no renovables que, por tanto, se agotan con el tiempo de explotación. Se trata de ejercitarnos en un “sueño” como el de que las cosas que compramos, consumimos y utilizamos, no acaban sus vidas en escombreras en no se sabe dónde, sino que completos o en partes vuelven a reusarse, en una segunda, tercera, etc, vidas en otros productos, como componentes del mismo.

Hace un tiempo, cuando el consumismo no había invadido todas las esferas humanas en todas partes, en distinto grado, pero incorporada esta forma de vivir a las raíces culturales que nos condicionan la conducta, las cosas se valoraban como “que tenían que durar”. Pasando el tiempo se revela esta reflexión muy condicionada a la capacidad adquisitiva de los humanos, mucho mas que a un enfoque conductual que no lo justificaba como basado en principio alguno. La denominada economía circular se basa en una aproximación al desarrollo económico que pretende el beneficio de la empresa, de la sociedad y del Medio Ambiente. Se desarrolla en contraste al denominado modelo lineal basado en “adquirir, hacer, convertir en residuo” en el que está ausente el cuidado del Medio Ambiente y satisface demandas para satisfacción de los fabricantes de productos que no ven agotado su proceso de producción, incentivado, incluso, por la obsolescencia de los productos que acelera el consumo y la generación de recursos. De alguna manera el modelo circular activa responde a un diseño regenerativo y con plazo suficiente puede lograr desacoplar el crecimiento del consumo, con el beneficio añadido de contemplar más apropiadamente los recursos finitos de que está dotado nuestro mundo.

Nuestra vida actual está basada en una falta de valoración de muchos elementos que se incorporan de forma inconsciente, y en todo caso, sin incluir su coste, a los productos elaborados. Los minerales se obtienen de los emplazamientos en los que están depositados los recursos en la Tierra, que son cantidades finitas. Se les transporta en grandes cantidades para crear nuevos productos demandados por el consumo u ofrecidos para él. Los dispositivos electrónicos son grandes consumidores de estos valiosos y preciosos productos naturales. Pero desde la extracción de la madre tierra hasta el lugar en el que se incorporan a la tecnología, el esfuerzo emplea grandes cantidades de energía, agua y otros recursos. Camiones, barcos que cruzan el globo hasta los mercados finales, van agregando más energía y contribuyendo a las emisiones de dióxido de carbono. En muy poco tiempo se habrá logrado que cada adulto pose un teléfono inteligente. Efectivamente nuestra vida ha cambiado con la aportación de la tecnología, como han cambiado las sociedades y, desde luego, la economía. Pero cuando un teléfono lo consideramos “pasado”, viejo y no lo usaremos más, va a parar a la basura, despreciando la cantidad de energía invertida para producirlo y de forma inmisericorde va a parar al baúl de los residuos. Pero en estos materiales que despreciamos van pequeñas cantidades de oro, plata, cobre y platino que se han empleado en fabricar la electrónica, además de soldaduras de paladio y plomo, litio en las baterías, neodimio para las componentes magnéticas que incorporan los altavoces y wolframio en la parte que vibra. Todo ello, además de los componentes del petróleo con los que se obtuvieron los plásticos, bauxita, aluminio y sílice en las pantallas.

Un teléfono es un dechado de ingredientes y de energía empleada en transporte y fabricación. En realidad es increíble que puedan ir a parar al cubo de la basura. Pero es que, además del hecho en sí, se da la circunstancia de que la consideración de desecho se da en una proporción inimaginable. En España se estima que anualmente desechamos 20 millones de teléfonos, lo que se aproxima a 2.000 toneladas de residuos y estas cantidades están incrementándose de forma exponencial. Pero a nivel mundial las cifras son mareantes ya que según el Observatorio mundial de residuos electrónicos, que elabora la Unión Internacional de Telecomunicaciones en 2016 se generaron 435.000 toneladas de residuos procedentes de los 4.500 millones de teléfonos móviles desechados. El ciclo de vida media en Estados Unidos, China y las principales economías de la Unión europea se sitúa entre 18 meses y 2 años. Es posible que como media casi 2/3 de la población tienen más de un dispositivo.

Con este escenario, hay que imaginar, necesariamente, como sería nuestro mundo de ser circular. Cómo se vería afectado el cambio climático en cuanto a las emisiones del transporte y la extracción de los metales preciosos reseñados. Sin duda que la clave estaría en la escala que haría el reciclado un proceso económicamente viable de forma que el impacto fuera global. NO es fácil, cuando en la producción hasta ahora no se han tenido en cuenta los costes medioambientales, con lo que ahora se exige rentabilidad al reciclado con respecto al statu quo alcanzado sin tenerlo en cuenta.

No es una cuestión alcanzable desde la esfera individual. Se requiere una acción global, lo que no es óbice de que a nivel personal hay muchas cosas a hacer en la buena dirección y es, al menos, evitar el tratamiento indiscriminado de los productos de desecho, para paliar la contaminación en algún grado. Si se reciclan los teléfonos lo primero que se hace es separar los distintos componentes como la batería, placa base, carcasa, pantalla, accesorios, etc. Los circuitos se trituran, para evitar acceso a datos privados, al tiempo que se recuperan los metales para reutilizarlos. Algunos metales como el aluminio son fáciles de recuperar, simplemente fundiendo para situarlo en nuevos moldes de nuevos productos de aluminio. Los plásticos vuelven a la forma de “pellets” (macarrones del producto plástico) que es energéticamente favorable con respecto a la obtención del plástico a partir de sus componentes moleculares. El vidrio de las pantallas se funde y se emplea en nuevos productos de vidrio a como ingrediente en el asfaltado de carreteras.

Un mundo circular implica la conversión de cosas que consideramos residuos, como el caso de los teléfonos que hemos considerado, en recursos a reutilizar. De reciclarse todos los minerales incluidos en los productos serían muchos miles de toneladas de minerales que no habría que extraer. No cabe duda de que nuestra disposición racional debería ayudar en esta dirección de lograr un mundo circular, por encima del concepto económico que lleva aparejado. Como consumidores tenemos un papel central, fomentando la adquisición de productos fabricados con materiales reciclados y apropiados para ser reciclados. No es posible lograr un planeta sostenible sin lograr conductas y economías sostenibles. El teléfono es una buena justificación para comenzar con este planteamiento de vida, dado que está al alcance de casi todos y la estrategia de comienzo es muy apropiada para lograr detener este loco comportamiento irracional de agresión a un planeta que, estoicamente, está aguantando los constantes abusos, aunque cuando vaya a quejarse, ya no habrá salvación posible. Nos jugamos mucho. Esta cultura de respeto se debe respirar en nuestros entornos, en los que estudiantes comienzan a asimilar la que será su cultura y, tampoco sin duda alguna, imitarán lo que vean. Así ha sido, y seguirá siendo. Tenemos responsabilidades.