Morir para seguir viviendo por el Prof. Dr. D. Ángel Pérez Ruzafa, académico de número

Una de las características de la vida es su vocación de persistir. A lo largo de la evolución ha desarrollado mecanismos para perpetuarse e independizarse de los avatares del entorno. Sistemas de almacenamiento y transmisión de la información para reconstruir su estructura (el ADN), distintas formas de reproducción, simbiosis, recombinación, defensa, homeostasis, regulación… que le permiten amortiguar los impactos del ambiente, de competidores o depredadores. Pero uno de los mecanismos más singulares y enigmáticos inherente a la vida, desde la célula hasta la biosfera, es la muerte.

Esta paradoja tiene sentido. La vida tiende a crecer y aumentar su complejidad para hacerse más eficiente en el uso de los recursos e independizarse del ambiente, aumentando su control sobre los flujos de energía. Sin embargo un aumento excesivo de complejidad puede resultar inmanejable. Se pierde flexibilidad y velocidad de reacción. Hay mayor control sobre lo previsible, pero perdiendo capacidad de reacción ante situaciones imprevistas. Además, los costos de mantenimiento aumentan exponencialmente a medida que el sistema es más complejo y la falta de recursos lo hacen muy vulnerable. Cualquier pequeña perturbación podría desmoronarlo. Más allá de los organismos vivos, podemos encontrar ejemplos de esta situación en empresas que han crecido excesivamente, imperios desaparecidos, muchos repentinamente y sin dejar casi rastro, en la cumbre de su esplendor.

La muerte, más o menos controlada, es un mecanismo para retardar todo lo posible ese estado. A nivel celular, en tejidos y órganos, tenemos la apoptosis o muerte celular programada; en las poblaciones de las distintas especies hay eventos de mortandad masiva, en forma de epidemias muchas veces sin causas conocidas; las comunidades y ecosistemas sufren procesos de destrucción parcial en forma de incendios, tormentas u otras catástrofes; la biosfera ha sufrido también eventos catastróficos periódicos que han producido extinciones en masa que han acabado con hasta el 95% de las especies del planeta. Pero estos eventos, lejos de acabar con la vida, son mecanismos de rejuvenecimiento. Las estructuras se simplifican, en zonas más o menos restringidas, ganando en flexibilidad y productividad, coexistiendo con zonas más maduras y complejas que ofrecen estabilidad y posibilidades de regulación. En el caso de la evolución, tras una extinción, mediante la radiación y aparición de nuevas especies la vida se revitaliza y aumenta su diversidad. Un proceso que aún no ha finalizado. Nuestro cuerpo, por término medio, cada 5 a 10 años renueva sus células y a pesar de ello seguimos reconociéndonos como la misma persona. En palabras de Ramón Margalef: los ecosistemas permanecen, aunque sus componentes cambian constantemente.

Columna de la Academia publicada en el Diario La Verdad el 6 de febrero de 2016