Miopes en la oscuridad por el Prof. Dr. D. Pablo Artal Soriano, académico de número

Nuestro sistema visual nos permite ver bien en un rango muy amplio de iluminación, tanto a pleno sol como en la penumbra. En similares condiciones, la más moderna de las cámaras, bien se saturaría con mucha luz ambiente o se quedaría “ciega” en la penumbra. Pero lo cierto es que todos notamos que en la oscuridad la calidad de nuestra visión empeora. Esto se debe a varios factores, incluyendo el conocido como «miopía nocturna», que consiste en que una persona que no precisa gafas durante el día se convierte en ligeramente miope en la oscuridad, de forma que su visión se emborrona al no estar bien enfocados los objetos en la retina. La importancia de este fenómeno reside en las múltiples actividades que se realizan con baja iluminación, desde la astronomía a la vigilancia, pasando por la conducción nocturna. La miopía nocturna ha interesado a los científicos desde finales del siglo XVIII. Lord Rayleigh la describió para sí mismo: «He encontrado que en una habitación casi a oscuras, soy claramente miope y en una noche sin luna las estrellas me resultan más evidentes con la ayuda de gafas de miope». Durante la Segunda Guerra Mundial se multiplicaron las investigaciones para comprender mejor el fenómeno, que fue redescubierto, y bautizado con el nombre de miopía nocturna, por dos científicos españoles, José María Otero y Armando Durán en 1941. Pero durante más de un siglo se ha prolongado el debate sobre sus causas, ya que los diferentes experimentos proporcionaron a menudo resultados contradictorios y todavía hoy en día persistían las dudas sobre lo que producía la miopía nocturna. Para desentrañar este misterio, en nuestro laboratorio desarrollamos un dispositivo experimental para medir la miopía que se induce en el ojo en condiciones de oscuridad utilizando luz infrarroja totalmente invisible. Los resultados han demostrado que la magnitud de la miopía nocturna es probablemente menor de lo que se pensaba y que sólo tiene efectos importantes para condiciones de muy baja iluminación. Por ejemplo, la cantidad de luz que existe durante la conducción nocturna ya suele ser lo bastante elevada como para que el efecto sea muy pequeño y probablemente despreciable a efectos prácticos. Los experimentos también han demostrado que el fenómeno se produce por un mecanismo de sobre-acomodación del cristalino del ojo en la oscuridad, como si se mirara a objetos cercanos. Finalmente el uso de los instrumentos opto-electrónicos más novedosos nos ha permitido aclarar uno de los enigmas más longevos de la fisiología visual.