MENOS TRABAJO PARA DIOS por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico de número

En los albores de la Humanidad, magia, mito, leyenda alimentaban creencias, sin atisbo alguno de ningún componente racional que las explicara. Hoy persiste la situación para algunos, pero son los menos. ¡qué triste vida la de los que solo la alimentan sin razón! Se ha documentado con leyendas la preocupación de que el cielo pudiera caer sobre las cabezas de los pocos que habitaban, en tiempos primitivos, la Tierra. ¿Por qué no iba a caer el Sol o las estrellas, en algún momento? Estas ideas pudieron atormentar hasta el punto de afectar a sueño y, desde luego, la tranquilidad, al permanecer la tensión de que todo pudiera caer encima. Hoy se puede traducir esto como signo de imbecilidad. Cierto. Pero no sería menor la pretensión de que alguien explicara por qué no ocurre tal cosa.  Apoyarse, tan solo en que nos parezca que tal cosa no va a ocurrir, no es un razonamiento que soporte demasiados argumentos ni que aporte razones suficientes para convencer. ¿Por qué no caen los objetos estelares? ¿Quién los mantiene? ¿Cómo se mantienen? ¿Siempre han estado ahí? ¿Es cosa de magia? ¿Hay algún dios que se dedica a mantener la configuración que actualmente conocemos en el Universo? ¿Siempre ha sido así? ¿Qué significan las leyes de la Naturaleza? ¿Quién ha puesto en vigor esas leyes? ¿Se pueden modificar a capricho de alguien las leyes de la Naturaleza?

 

El fraile y filósofo medieval Santo Tomás de Aquino, que vivió en el siglo XIII creyó poseer la explicación apelando a que Dios era el primer motor y el que había puesto en marcha a los objetos celestes. Esto implicaba que la configuración de los objetos estelares era eterna y el sistema resultaba ser imperturbable y no caería nunca sobre nosotros, porque así lo había dispuesto Dios. No se daba ninguna explicación ni detalle y, tan solo, se apelaba a una creencia. A finales del siglo XVII Newton logró dar una explicación más razonable, al lograr formular una teoría que explicaba tanto el movimiento orbital de los planetas, como la caída de los cuerpos hacia la Tierra. La Luna también caía hacia la Tierra como si se tratara de una piedra, pero tanto la esfericidad de la misma como el impulso en una dirección paralela a la superficie de la Tierra, eran las razones que producían las órbitas elípticas que había detectado Kepler en las trayectorias de los planetas. De no ser porque la Luna estaba animada de un movimiento transversal, hubiera caído sobre la Tierra como ocurre con cualquier otro objeto.

 

No obstante, Newton, que era profundamente religioso, también acudió a Dios, como antes hiciera Santo Tomás de Aquino, para dar explicación del origen de ese movimiento transversal que impedía que la Luna nos cayera encima. La cuestión, no obstante, es sumamente compleja, por cuanto la Tierra o la Luna, no son los únicos objetos que interaccionan entre sí. Hay muchos planetas. El Sol es mucho más grande que cualquier planeta y todos ellos describen órbitas en torno a él. Pero todos los planetas afectan a todos los demás. Las fuerzas que ejercen los planetas serán pequeñas comparadas con la que ejerce el Sol, pero su acción continuada podía afectar al sistema solar y dar al traste con el mismo, en algún momento. Newton no encontró mejor explicación que acudir, de nuevo, a Dios para mantener el orden Cósmico. Con su infinito poder corregía las órbitas para que los efectos de los demás objetos del Universo, no afectaran el orden establecido.

 

Fue Kant, desde la filosofía (esto alimentará la autoestima de los filósofos) el primero que propuso que el sistema solar había evolucionado a partir de una nebulosa. Con los telescopios de la época se habían detectado varias nebulosas y acertó Kant con su proposición de que el origen estuvo en una nube de gas y polvo. Así que, era fácil deducir que tanto el Sol como los planetas habían heredado los movimientos que tuviera la citada nebulosa original, tanto de traslación como de rotación. Conforme se contraía la nebulosa y se formaban los planetas aumenta la velocidad de traslación. El giro coincide con el de la nebulosa. Se le había quitado trabajo a Dios, desde luego.