Los rayos N por el Prof. Dr. D. Manuel Hernández Córdoba, académico de número

Columna de la Academia publicada en el Diario La Verdad el 2 de febrero de 2019

Durante los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX se hicieron descubrimientos de mucha relevancia en Física y en Química. Los rayos X se descubrieron en 1895, la radioactividad en 1896, el electrón en 1897, los elementos polonio y radio en 1898 y la teoría de la relatividad se formuló en 1905, por citar tan solo unos cuantos hitos de ese casi mágico período. La repercusión mediática, en especial de las inusuales propiedades del radio y de los rayos X, fue enorme. En ese contexto de euforia científica, René Blondlot, prestigioso investigador de la Universidad de Nancy, anunció en 1903 que había descubierto una nueva radiación que denominó rayos N en honor de su ciudad y Universidad. La radiación se ponía de manifiesto porque hacía variar el brillo de una chispa eléctrica y, según describía su descubridor y muchos otros que corroboraron sus observaciones, tenía curiosas propiedades como atravesar los metales y el papel seco, pero no el humedecido.

La radiación N era emitida por muchas fuentes, incluido el propio cuerpo humano, lo que suscitaba una lógica expectación en el ámbito clínico, todavía impresionado por la reciente introducción de los rayos X. Un gran número de científicos se lanzó a estudiar en profundidad las propiedades de los rayos N y, en un breve intervalo de menos de tres años, se publicaron  cerca de doscientos artículos en las revistas mas prestigiosas. Pero pronto surgieron algunas dudas pues había científicos que no conseguían observar la radiación. No es de extrañar: no podían reproducir los resultados porque los rayos N no existen. Blondlot era un científico acreditado, de cuya formación y ética profesional no hay por qué dudar, pero en su afán por conseguir un gran descubrimiento veía, al igual que quienes le siguieron, lo que quería ver, no lo que realmente mostraban los experimentos. La radiación en cuestión era una ilusión óptica. No es ésta la única ocasión en la que un científico ha incurrido en un error en la interpretación de los resultados de la investigación, lo que no debe ser causa de menosprecio a su tarea u oprobio para su nombre, porque solo quien se esfuerza en trabajar y razonar puede equivocarse. Quizás en algunos años un investigador de nuestra región descubra una nueva y maravillosa radiación y, en honor a nuestra querida tierra murciana, la denomine rayos M. Ojalá así sea, pero esperemos que en este caso los rayos sí tengan una existencia real.