LO ESENCIAL DE NUESTRA EXISTENCIA por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico numerario

Podría parecer pretencioso, pero está ponderado el enunciado: lo esencial de nuestra existencia es la consciencia. Es la única parte del Universo a la que tenemos acceso. El resto ya es una inferencia lógica, elaborada a partir de sensaciones. La existencia de objetos, desde casas hasta zapatos, la deducimos a partir de las sensaciones y concluimos que debe haberlos. Pero sucede lo mismo con la existencia de otras personas y, en general, de un mundo exterior a nosotros mismos, que es lo que tienen en común todos los seres y objetos que podemos enumerar.

 

Ahora bien, con la naturaleza intrínseca de la consciencia, al igual que con el resto de entidades físicas, tenemos evidencias a partir de las interacciones con otras entidades. Podríamos pensar que la consciencia es un producto de las leyes de la Naturaleza, de forma que pueda ser reproducible, recreada y verificada en un laboratorio. A escala, se construyen los modelos simplificados que reducen el número de variables de una realidad, con objeto de poner la lupa y extraer consecuencias, aunque sean válidas en condiciones límite, pero nos acercan a la comprensión de un fenómeno. No podemos recrear a escala 1:1 las mareas de la ría de Betanzos, pero sí llegamos a recrear una marea en una maqueta de 3 x 4 que nos da una idea aproximada de cuanto ocurre en el comportamiento marino, a pequeña escala. En el caso de la consciencia, ocurre que dentro de este paradigma de interpretarla en el contexto de las leyes de la Naturaleza, hay intentos de crear consciencias artificiales usando superordenadores.

 

Otra alternativa consiste en considerar que la consciencia es algo distinto de la materia y que nunca logrará ser explicada por la Ciencia. Quizás es ésta la posición más cómoda. Resulta mucho más asequible formular construcciones mentales, sin atenerse a ninguna disciplina, ni al rigor que la Ciencia, a lo largo de mucho tiempo, ha ido construyendo y evidenciando.  Una buena disciplina es aceptar de partida que cualquier enunciado tiene que demostrarse para poder ser aceptable.  Demostrar exige partir de unas premisas (axiomas) incontrovertibles, de cumplimiento indudable y mediante un razonamiento y deducción gobernadas por la lógica, alcanzar unas conclusiones. A la creencia de que mente y materia son la misma cosa, se le denominó monismo y a la que las separa, dualismo. El monismo es hoy de práctica mayoritaria, pero no por ello más reciente, porque en realidad era lo aceptado en épocas prehistóricas, aunque con argumentos diferentes. En aquellos tiempos, la lluvia la enviaban los dioses, sin que tuviera nada que ver la gravedad. Las piedras ofrecían dificultad a que fueran transportadas, pero porque no querían moverse. Es, en esencia, el animismo imperante en la época prehistórica. Aquí no era la mente la que se regía por las leyes del Universo, sino que el universo se regía por las leyes de la mente. Los objetos tenían voluntad. Desmontar esta estructura fue objeto de mucho trabajo y tiempo. Aristóteles se condujo como monista, con los cinco elementos, cada uno con su lugar natural: la tierra en el centro, seguida del agua, el aire y el fuego. Las piedras no caían por la gravedad, sino porque su tendencia natural era moverse hacia el centro de la Tierra. Al igual, la lluvia se dirigía al centro del mar, por encima de la tierra. Así que, al alterar el estado natural, como era elevar una piedra, había resistencia, que venía a significar la tendencia de la piedra a volver a su sitio natural, la Tierra.

 

El propio Demócrito propuso la existencia de los átomos, como partículas indivisibles, no queriendo nada, dado que se movían según fuerzas que escapaban a su control. Era monista porque lo aplicaba a las personas: estaban hechas de átomos que seguían patrones de movimiento rígidos. ¿Dónde encajaba el libre albedrío? Lucrecio tres siglos después, propuso la teoría del Clinamen, según la cual, cada cierto tiempo, los átomos se comportaban aleatoriamente, de forma impredecible y esto es lo que explicaba la libertad humana. No separar mente y materia implicaba explicar por qué no opera la mente como la materia, sujeta a las mismas leyes. Merece la pena analizar cuidadosamente las sugerentes propuestas de los promotores “legales” del entramando científico.