Libros de texto por el Prof. Dr. D. Miguel Ortuño Ortín, académico de número

La cuesta de septiembre se ha hecho más pronunciada para las familias con hijos en edad escolar que la de enero. A ello contribuyen de forma decisiva los libros de texto. Creo que es injustificado el gasto que han de soportar las familias en este apartado. A pesar de la auténtica ingeniería que se ha ido desarrollando en el intercambio de libros, es casi inevitable un gasto de casi trescientos euros por alumno. La inversión que hay que hacer en un hijo menor no es sensiblemente inferior a la que hay que hacer en el mayor. Al menos si se llevan tres años de diferencia. Se supone que las editoriales no pueden cambiar de libro antes de tres años. No sé quien comprueba esta norma, pero lo que sí parece claro es que no tardan más de tres años en cambiarlos. Volviendo al ejemplo de dos hermanos que se lleven tres años de diferencia, resulta que en media la tercera parte de los libros ha cambiado cada año. Esto suponiendo que los profesores mantienen los mismos libros. Es decir, que el cambio sistemático de libros cada tres años, supone un gasto innecesario de unos 100 euros al año. Si multiplicamos este dato por el número de familias con más de un hijo en edad escolar, que supera con creces el millón, es fácil estimar que las editoriales nos están forzando a un gasto de unos 100 millones de euros anuales. Existe otro “truco” igual de dañino o más que el anterior: muchos libros están diseñados para que se escriba en ellos, de forma que su reutilización es muy complicada. Por último, el precio de los libros es desorbitado. En Francia, con un sistema educativo similar al nuestro, los libros valen un tercio menos que aquí. Eso a pesar de su mayor nivel adquisitivo. Quizás, parte de ese alto precio se debe a los múltiples complementos que contienen los libros y que, en mi opinión de no pedagogo, creo inútiles en su mayoría. Los alumnos ni saben que existen. Se les hacen invisibles en el momento en que el profesor les dice que no entran para el examen. La solución es complicada. Espero que alguna de las iniciativas particulares que van surgiendo adquiera la fuerza suficiente para poder hablar en pie de igualdad con las editoriales. Creo que a la larga ayudará también el que los profesores (y los padres) discriminen positivamente a las editoriales que menos artimañas utilicen.