L’art c’est moi, la science c’est nous por el Prof. Dr. D. Angel Ferrández Izquierdo, académico de número

Hay muchos hechos que se perpetúan en la memoria colectiva. El pasado 4 de julio la dirección del CERN (Organización Europea para la Investigación Nuclear), con su buque insignia el LHC (acelerador de partículas) y más de 6.000 científicos en la retaguardia, nos anunciaba las primeras huellas del escurridizo bosón de Higgs. ¿Podemos dar algún nombre, siquiera español, de entre todos aquellos que pusieron todo su saber en el progreso de la Ciencia? ¿Hasta dónde somos capaces de valorar el alcance de la noticia? El 6 de agosto, el vehículo de exploración “Curiosity” se posaba suavemente sobre la superficie de Marte y todas las cadenas de TV del mundo nos regalaban aquellas imágenes seguidas del enorme alborozo de centenares de técnicos y científicos, delante de sus respectivas pantallas de ordenador, aplaudiendo la proeza y felicitándose por el éxito. Supongo que tampoco será fácil dar alguno de aquellos nombres, a pesar de que entre ellos hay muchos españoles. El pasado 25 de agosto, la muerte de Neil Armstrong nos recordó la llegada del hombre a la Luna, un éxito rotundo de la Ciencia y la Tecnología de la época, una hazaña que hasta entonces pertenecía al mundo de la ficción. Miles de científicos y tecnólogos, la mayoría de ellos anónimos, habían sido capaces de hacer realidad un sueño. Todavía más reciente, el 5 de septiembre, de nuevo la Ciencia pone optimismo en nuestras vidas. Los espectaculares resultados del Proyecto “Encode” destierran el concepto de ADN basura, la parte que se crecía inservible y que parece contener elementos activos muy importantes, entre ellos una especie de interruptores que intervienen en la regulación de los genes. Ahora se buscará su relevancia patológica, como paso previo a las medicinas preventiva y curativa. De entre los muchos que podríamos elegir, basten estas cuatro muestras, por recientes, de trascendentales logros científicos conseguidos a través de la colaboración, del trabajo en equipo, como principal motor del progreso. Salvo raras y celebradas excepciones, la generación de conocimiento por un solo individuo es una tarea sumamente difícil. Ya lo pronosticaba en 1850 el eminente fisiólogo Claude Bernard: “L’art c’est moi, la science c’est nous”. Cuatro ejemplos, tan recientes como excelentes, para apreciar una práctica tantas veces oculta o desconocida: la cooperación científica como catapulta para la creación de conocimiento. Y aun más, la solidaridad y generosidad del científico, que sitúa su diana en la mejora de las condiciones de vida de sus conciudadanos.