LA IA DEL TRAJE BLANCO por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico de número

En el año 1951, el director de cine Alexander Mackendrick realizó el film titulado “El hombre del traje blanco”, con un protagonista de excepción, como fue el llorado Alec Guinness. En la calificación de género, figura Comedia. Ciencia ficción | Trabajo/empleo. El argumento narra cómo los poderes fácticos que operan en la sociedad, los intereses y la industria, constituyen una poderosa maquinaria capaz de anular y quitar de en medio, incluso hundir a alguien, que desde la genialidad haya podido aportar una creación o una invención (ahora se diría innovación, aunque no lo sea) de repercusión universal. En la vida real ha acontecido muchas veces e incluso en la actualidad acontece, en este universo del “contrato” que venera la mal denominada competitividad, y desprecia las cosas bien hechas, con honestidad y sin pretensiones de destruir al competidor al que se entrevé como el maniquí a batir.

El argumento describe a un investigador que ha descubierto una fórmula para fabricar un tejido que ni se mancha ni se estropea. Se le echan encima tanto los empresarios/ejecutivos como los trabajadores, para evitar que prospere el invento. El espectador se mantiene en tensión y, con facilidad, se pone de parte de Sydney Stratton, protagonista que interpreta Alec Guinness. Se idean toda suerte de patrañas para impedir que el invento se ponga en operación. Traen a colación los pasos de los primeros ingenios mecánicos, que con harta frecuencia acababan en un foso junto con su inventor, llevado allí por aquellos que veían que se ponía en peligro su trabajo y su subsistencia. Exalta la cinta la superación de las dificultades y que no tenemos que arredrarnos ante las dificultades. No termina bien, por cuanto al fin no evidencia utilidad el invento, aunque el protagonista no se rinde. Da para pensar que cual Quijote, el inventor, inocente él, se ve acusado de inducir un paso terrible a la sociedad en la que vive, aunque él es ajeno a esta interpretación. Sin lugar a duda que desde la comedia, pretende hacernos reflexionar sobre lo que cuenta y cómo lo cuenta.

Y todo esto viene a colación tras saber que el hacker Chema Alonso, reconvertido en un ser pasional movido a hacer cosas que aún nadie ha hecho, según afirma el mismo. Ahora se le ha ocurrido impulsar el proyecto Maquet, que alude al ayudante de Alejandro Dumas y que emula una obra de Asimov, tratando de encontrar respuesta a : ¿Cómo por medio de una IA un escritor puede copiar, reproducir, o suplantar el estilo de otro autor? ¿Se puede entrenar a una máquina para que escriba, por ejemplo, como Arturo Pérez-Reverte? Porque ha sido el brillante novelista el que se ha prestado al experimento. Telefónica y la RAE están detrás, con el proyecto LEIA, (Lengua Española e Inteligencia Artificial), que pretende preservar el buen uso de la Lengua en el ámbito digital, con especial énfasis en la Inteligencia Artificial.

El punto de partida es que, si se ha logrado que las máquinas hablen, ¿por qué no van a escribir? Ahí entra Arturo Pérez Reverte. Se entrena a un sistema de Inteligencia Artificial para que lleve a cabo un mini-relato en el escenario del Capitán Alatriste, obra emblemática del autor. Resultó un pasaje que fue titulado La noche de los cuchillos, Se dice que es aceptable, incluso podría llegar a ser confundible con originales. Términos, expresiones, alusiones, evidencia, que el entrenamiento ha sido apropiado y que es algo alcanzable el que las máquinas, de forma autónoma, puedan escribir. Es una oportunidad abierta que no se sabe hasta dónde puede llegar, mejor dicho, no es fácil imaginar lo que puede suponer. Los temores del “hombre del Traje Blanco” emergen, aunque con otra vestimenta. Las máquinas no crean de la nada, sino que aprenden de forma autónoma y avanzada y son capaces de imitar muy finamente. Algo parecido a la conducta humana que se inicia imitando. No cabe duda de que una aplicación como la señalada permitirá identificar la paternidad de una obra escrita. De momento es una herramienta que promete ser útil. Un escrito inicial, “pasado” por el sistema de IA entrenado, puede incorporar “el aroma” acercándose al eco de un autor. El futuro puede esperar un desarrollo interesante. Muchos escritores mediocres estarán temerosos de la situación. Es una experiencia muy interesante. De un texto original la IA le incorpora una pátina que permite crear una bóveda aproximada al universo del autor con el que se entrenó el sistema.

Hoy la IA simula y parece que se sitúa en el universo del autor, pero requiere a un autor original que le suministre la semilla, es decir, se trata de pasar un texto por una IA, para aproximarse a un autor concreto, la IA enriquecerá un texto con la aproximación a un autor. Está dotando a un autor de una herramienta complementaria con variantes para producir el escrito. La literatura es creatividad, talento, intuición. La inspiración, el error, el imponderable, es difícil de reflejar. Como reflexiona Pérez Reverte, cuando se incorpore la incertidumbre se acercará a la autoría, mientras tanto, será una herramienta fría excelente compañera, pero bajo el control humano.

A diferencia del tiempo en el que se enmarca el film “El hombre del traje blanco” hoy pasan las cosas de forma disimulada, casi inadvertida. La globalidad despliega su velo y todo se vuelve un tanto ambiguo, sin saber de forma fehaciente donde incide. Hoy, se acepta hasta lo inconveniente, sin problema. No es que esta aplicación de la IA lo sea, ni mucho menos, sirve para medir distancias de lo que todavía falta. Animamos el avance, sin ser muy conscientes de que lo importante es reubicarnos. No somos conscientes cuando reclamamos cambios en el sistema productivo, porque no imaginamos que nos pueda repercutir de forma negativa. Ahora ocurre que abrazamos lo que creemos que es modernidad, de forma inconsciente. Estamos construyendo un mundo en el que nuestro papel no está finamente delineado y solamente nos preocupamos de aspectos accesorios. En la época del “hombre del traje blanco” de forma simple, se apreciaba el papel de la persona y el de la tecnología, acertada o equivocadamente. Hoy vemos como una ficción lo que en realidad está ocurriendo. Mas que nunca se precisa formación para enjuiciar sopesadamente la dirección del progreso, los valores humanos que nos han permitido avanzar y alcanzar el grado de desarrollo que disfrutamos. El futuro solamente será placentero si somos conscientes de su dirección, de su aportación y de nuestro papel como humanos. No estoy muy seguro de que sea esta vista ponderada la que nos anime en la actualidad.